9 de marzo de 2016

"De entre las grietas", página tal y tal


¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! ¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Ciento veintitrés llamadas perdidas. Diecinueve mensajes sin leer. De Álvaro. Seguro que son largos. Y aburridos. Y claro que mentira. Está cansada. Han vuelto tarde del centro comercial. Lleva cansada mucho tiempo. Se ha comprado un chal verde. Botella. Le queda perfecto. Mucho tiempo cansada. Algo de ropa interior y calcetines. Tanto tiempo cansada. Un par de jeans. Y un jersey. De Mafalda.
Pobre Álvaro. Siempre tan amable y tan bueno como el agua potable, tan tierno como un tallo de soja, tan tan que al menos al principio, no parecía costarle en absoluto o eso parecía, detener los tic-tac en mitad de la cena y disfrutar con una delicada pero estúpida sonrisa dibujada en la cara, del milagro, decía, de rozar sus dedos al pasarle la sal, o de pronto y así, como hacía fresco, le salía de la boca que era la mujer más bonita de todas las mujeres bonitas del reino de las mujeres bonitas de Bonitilandia y bla-bla-bla, que había visto nunca, y que iba a regalarle la Luna. Tan educado. Tan servicial. Y tan lleno de sueños donde ella, vestida de porcelana para la ocasión, era coronada su reina. La reina de la casa de Álvaro Pelayo qué ilusión, uno de los más prometedores juristas y pronto socio mayoritario del mejor buffet de abogados de la ciudad, y desde hacía ya algún tiempo, miembro de un exquisito club de hombres bien afeitados con corbata y calcetines de hilo inglés cuya misión en la vida no era otra que llenar un chalet adosado de niños que ganaran trofeos de paddel y nunca dijeran palabrotas; de lámparas de diseño y fotos de la Rivera Maya, una casa repleta de paredes repletas de diplomas, y cómo no, un perro, un galgo ruso, con un rancio abolengo y un nombre largo y complicado. Y una mujer con forma de florero, perfectamente ubicada en un jardín con barbacoa a la que llamar Cariño o Cielo delante de los invitados. La reina de una casa con vistas a otras casas con niños y más fotos y más lámparas raras, la reina de la casa del rey, del rey de la casa, el rey Álvaro Pelayo, para el que todo era obvio y atendía a una razón de ser lógica y bien argumentada, como el hecho de que ella, por muy muy muy que fuera, iba a ser su consorte y debía empezar a comportarse como tal. ¿No era obvio?

La reina madre Doña Juana, una mujer que usaba el verbo deberías como un caramelo relleno de licor de avellanas, dos chihuahuas y el recién licenciado, también en leyes, Cándido Pelayo, hermano real de Álvaro y cabrón de nacimiento, que la llamaba artista a la mínima ocasión con una entonación mordaz y delicadamente insultante, formaban el resto de la familia real. Una corte que esperaba de ella lo mejor de una auténtica reina. Y lo mejor para Álvaro, no era que una “artista” fuera por ahí pintando potros con cuerpos de varón o mujeres de orejas puntiagudas, ni criaturas semi-desnudas que nacían en su mesa de trabajo fruto de, como decía Cándido, su bohemia manera de ver las cosas de otro modo, sin duda equivocado. Porque una reina ejemplar dejaría de inmediato la tontería esa de ilustrar libros de literatura fantástica y se pondría a reinar en serio, como la novia de Cándido, que era economista y hablaba francés perfectamente. Y nada de Jeans. Qué horror. Qué trapecismo.

La reina de una casa sin dragones, ni faunos, ni sirenas.

¡Plop!

Eso es lo que hacen cuando plop, las pompas de jabón.

Tiqui-tiqui-tiqui-tiqui. Tiqui.

Eso, las moscas follando en las cortinas.


7 comentarios:

  1. Mira lo que te digo, no sé cómo lo haces. Mire donde mire hay un sinfín de imágenes y calidad literaria, calidad de la de morder y dar el visto bueno. Como oro del bueno y apto para comerciar y cerrar tratos. En serio. Reverencia.

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  2. Jo, qué bonito todo en Santa Marta... me tienes que contar cómo ir, va, por fiiiiii
    Mua

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    Respuestas
    1. Se llega en el tren de las once menos cuarto.

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    2. Se llega en el tren de las once menos cuarto.

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  3. No se puede ser tan cortés, hay que empezar por la bajeza para alzarse hacia la belleza y no al contrario. Una vida acomodada acaba en miserias acomodadas con miserables acomodaticios. Las moscas follando en las cortinas de una casa desencantada y señoritos con fulanas de baja alcurnia en las alcobas de invitados.

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