27 de abril de 2016

De entre las grietas, extracto



Me aburro...

¿Por qué no vas con las otras niñas, Lorena? Mira, allí están Carolina y las demás haciendo banderines y guirnaldas.

Con ellas me aburro todavía más que sola. Ni siquiera usan nunca la palabra “Nebulosa”.

Micaela nunca se aburre. Siempre está haciendo algo. Algo por alguien. Así que se levanta de la hamaca y se mete en la cocina del Brillante a buscar en el arcón congelador, entre tanta patata, helados gratis para todos.

¿Jugamos a leer mesas, Paca?

No puedo, Lorena. Lo siento. Soy la presidenta del Consejo Estelar de infladoras de globos del cinturón de Andrómeda, y si mis obligaciones lo requieren, me dejaré los pulmones en acto de servicio; pero jamás abandonaré...

¿Jugamos a leer mesas, Sebastián?

Yo no he jugado en mi vida, niña. ¿Tú te crees que con esta nariz se tiene infancia?

¿Jugamos, Palomo?

Palomo babea como un prestamista lo caro que sale jugar con muñequitas, “porque eso es lo que hacéis las mujeres, trampas, desde pequeñas, como la Maite, hija de puta, que tenía un as en la manga cuando hizo las maletas, y yo sin enterarme”.

¿Juegas, negra? ¡Pssssss!

La Marenga está en trance. Entre este mundo y el otro. Más en el otro. Por lo menos cuando ronca.

Don Ramón...

Es que me cuesta mucho levantarme, hija. Yo, cuando era joven, me saltaba la palma de la mano, y si me apuras, casi podía arrancar del suelo un árbol con las manos; pero ahora no llego ni a abrocharme los cordones de los zapatos.

Los perros no saben leer.

Pero María sí.

¿Juegas, María?

¿Mmmmm?

María anda distraída desde que se ha sentado en la terraza, y mientras hace como que hace farolillos, a saber dónde andará.

Pasó la noche más larga de su vida mil quinientos trece barra doce punto B sentada en la cocina, contando estrellas en el cielo y haciendo inventario de los hombres que la habían amado locamente, sin que ninguno de ellos tampoco Álvaro, la hubiera hecho feliz. Habría unas veinticuatro mil y por lo menos, cinco estrellas rojas.
Habían discutido. Otra vez. De lo mismo: “Ni siquiera soy una princesa”.

Álvaro se fue pasillo abajo arrastrando una vez más los pies como un fantasma hasta la cama, sin imaginar que a la mañana siguiente, de la mujer que una vez más se había negado “incomprensiblemente” a ser su reina, no quedaría más que el humo del cigarro, una nota pegada al frigorífico y una montañita de fotos sin cabeza.

Un trozo de tarta de manzana, treinta y dos fotos rotas y tres cafés más tarde sin azúcar, absurdamente sola, sin un plano del mundo en la maleta y otra vez en el kilómetro cero de su vida, tomó un taxi a la estación, compró un billete, se pasó un mechón de pelo tras la oreja y subió al vagón número ocho del tren ciento veintiuno con destino a lejos, completamente convencida de que el amor era una mierda.

Porfi...

Un “Porfi” de Lorena es como un puñetazo en la barriga.

Porfi...

Dos, un martillazo en la rodilla.

Pero solo un ratito. ¿Vale?

Vale, María.

Nunca ha usado tres. No se ha dado el caso.

La oferta radiofónica del Brillante es lamentable. Pero el aparato no sintoniza otra emisora desde que una vez los gatos de la difunta Doña Rosita, persiguiendo un canario que se había escapado de la jaula dicen que por culpa de Cachito, lo dejaron caer al fregadero.

“–...viento del norte de treinta a cuarenta y cinco km/h con rachas de hasta noventa en...”

Pero aquí no se mueve ni una hoja, y las nubes en el cielo, a punto de sufrir una avalancha, parecen enormes montañas dispuestas a quedarse.

Bueno, niña, ¿y cómo se juega a leer mesas?

Es muy fácil. Cierras los ojos, pones el dedo, y lo lees.

Es fácil.

Y luego tienes que adivinar quién lo ha escrito.

María se ha quedado mirando a Paca como esperando una respuesta a semejante tontería. Hay kilómetros de frases en las mesas del Brillante. De no se sabe quién. Ni cuándo, ni por qué.

No es tan difícil.

Eso es todo lo que ha dicho Paca, sin dejar de sonreír. Como si no hubiera nada imposible y jugar a adivinar los corazones de la gente fuera algo tan normal como escuchar a Don Ramón redecirle a todo el mundo, cuando han dado y media en el reloj, que las campanas, las de San Judas, tocan a muerto solas un minuto antes de que vaya a morirse alguien, como cuando el farmacéutico, o el pobre Nicolás, que se murió de una tos para adentro, de bruces junto a los rosales.

Cuando Paca le advirtió ayer de que tuviera cuidado por ahí con el “click” de las farolas cuando se encienden Las que dan luz amarilla; nunca blanca.”, María pensó que de la boca color tulipán de Paca solo estaban saliendo tonterías. Algo hormonal, típico de las embarazadas, como cuando les da por comerse un huevo frito a las tres de la mañana, o le cogen asco a la remolacha, los calamares, o el cónyuge.

Antes de que María pueda decirle a la niña Lorena que si pueden jugar a otra cosa o mejor, que si lo dejan para otra ocasión; o mejor, que para nunca, porque sabes, no he tenido un buen día desde... perdona, pero es que yo ya soy mayor, y tengo mis propios problemas, y además..., la niña Lorena se ha puesto boca abajo, y del revés, le está preguntando a María que por qué tiene ganas de llorar desde hace rato.

Porque todos quisieron regalarme la luna.

¿Por qué ha dicho eso? Solo es una niña. Aún lleva braguitas con la cara de Minnie, la novia de Mickey.

¿Porque está harta de atraer a las moscas? ¿De ser solo preciosa? ¿A María la besaron a los trece? Y desde Pérez a Álvaro pasando por Damián, Juan, Ernesto o Josemari, ningún beso le supo nunca a nada que no fuera solo a beso. A lo mejor Lorena solo es una niña que colecciona cromos de príncipes azules y mete pétalos de rosa entre las páginas de un libro de aventuras submarinas. O a lo mejor es verdad. A lo mejor los besos que saben a besos no son besos de verdad. ¿Y quién quiere ser un desierto? Ella es de agua. Toda de agua, y lo que quiere es que el viento mueva las cortinas, meter la mano en un gran bol de palomitas de maíz y ver cómo la Taylor busca con las uñas los ojos increíblemente azules de Paul Newman, y en los anuncios que alguien la bese como a ella le gusta: no muy fuerte; pero tampoco suave. Quiere un papel protagonista. Sin renunciar a ser María. A ser María nada más.

¡Helados! ¡De vainilla, de fresa, de limón, de chocolate, de nata! Este es para ti, María. De nata. Con trocitos de nuez. Y este para ti, y este para ti, Lorena, de chocolate, y este otro para... ¿Y tú cuál quieres Paca?

Es que hay tantos sabores. El de coco, qué rico, que es como estar con los pies metidos en la orilla de una playa con corales; el de manzana, con sus gusanos parlantes con sombrero y paraguas; el de melón, el de mango; pero el que más... con su palito de madera y todo.

El secreto de un helado de limón está en chuparlo hasta que se le vea el hueso, y en masticar el palito hasta que se te ponga cara de esquimal.

Edta um foco ácido, da vedá, pedo mencanta.

Mañana hay cole, Lorena Micaela se ha sentado otra vez junto al fuego. Le dije a tu madre que estarías en casa antes de las doce, y de eso ya hace rato.

Pero ya es mañana Micaela, quiero quedarme otro ratito. ¿Puedo llevarle a Billy su helado?

Es muy tarde Lorena.

Porfi.

No empieces.

Porfi.

Que te acompañe Paca, que está muy oscuro por allí. Y después...

A la cama.

Menos a Palomo, que no se deja, Lorena ha ido repartiendo besos de buenas noches para todos. A María le ha dado uno y un abrazo, y al oído, le ha dicho que si quiere ser su nueva amiga favorita. Sin darle lugar a contestar, ha cogido a María de la mano y le ha preguntado a Micaela que si la puede acompañar al otro lado de las vías.

Anda ve, que se derrite. Aún hay luz al otro lado de las vías.

Allí van. Al otro lado de las vías. Pero primero hay que atravesar todo esa nada negra, llena de matojos y cri-cris.

¿Quién vive ahí, Lorena? ¿El Coco?

No. “Cara de lobo”.

En serio.

En realidad se llama Billy.

¿El de los ojos grises?

Sí, ese.

¿Y porque lo llamáis...?

Creo que es porque siempre está triste. O por la barba, algo de eso.

Vaya. ¿Y por qué está tan triste?

Yo qué sé, no tengo tanto años. ¿Y tú por qué tienes ganas de llorar?

Pero aún no he llorado. Sé estar ciento cincuenta y siete días sin llorar. Ese es mi récord. Y empezar desde cero muchas veces.

No lo entiendo.

No hay nada que entender. Es el amor.




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6 comentarios:

  1. No se puede entender, sólo se puede vivir, como cuando te enamoras de unos ojos estrábicos y sabes que nunca se focalizarán en tu persona.

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  2. También me alegro. De que no lo puedas entender.

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  3. Mi helado favorito es como el que se toma María, pero a veces necesito algo un poquito más fuerte y entonces prefiero el de limón.

    Mi corazón latía con fuerza cuando María ha preguntado por “cara de lobo” y ahora no puedo con la impaciencia de que crucen las vías.

    Gracias por compartir un pedacito de este libro, que tengo tantas ganas de leer. Me ha hecho ilusionarme desde el comienzo, me sabe un poquito a mis infancias en el pequeño pueblo de Andalucía donde veraneaba y me sabe a algo precioso por descubrir; esa mezcla entre ternura y amargura, ese equilibrio perfecto, me tiene tan atrapada que no sé cómo voy a aguantarme las ganas de saber más...

    Gracias Billy!!

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    1. Es un libro muy denso, y no es hasta la segunda lectura, que abres la boca y dices ohhhhhhhhh...así que era esto...
      Y entonces sonríes.

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