10 de abril de 2016

El extraño caso de Lake County, Indiana


Todas las historias, están ahí fuera” , Billy MacGregor.

He salido a la calle a comprar un libro de mi muy mejor amigo Albert Einstein. No sé qué de que las cosas nunca son lo que parecen.
Este es uno de esos sitios olvidados de la mano de cualquier Dios donde la marea ha ido dejando en la orilla durante años los restos de miles de naufragios. Al distrito 9 no se llega porque sí. Se parece al barrio bajo del Grand theft Auto IV, con un burdel a cada lado de la carretera y casas de peleas para gallos. A mí me gusta. No engaña a nadie y puedes leer en las paredes mientras vas caminando: “Camila está gorda”. O, “Soy tu ninja”. O, “Estas muerto, Brady”.
No es el infierno. Pero no está tan mal, siempre que lleves encima una pistola, por supuesto.

-¡Eh, tío, ¿me das algo?!

La diferencia entre mi silla y la suya es que él nunca va a levantarse de ahí.
Niego con la cabeza y de reojo veo como se aleja empujando las ruedas con las manos, hasta que tuerce una esquina y vuelvo a sumergirme en el expediente 137:

“Nombre: La belle Montenegro. Edad, veintiséis años. Color del pelo...”

Rojo. Como un atardecer adriático. La última vez que la vi, llevaba un vestido de infarto, y un tipo del brazo al que llamaban Jimmy Boy.

Mi café ya está frío.

Camino a mi departamento vuelvo a encontrarme con el tipo:

-¿Puedes cogerme esa moneda? Con este frío las cosas se me caen de las manos.

Lleva un vaso de plástico colgando del cuello con algunos centavos. Los estaba contando, dice, porque va a llover, ¿sabes?, dice, y aún me faltan seis dólares para seguir vivo un día más, me dice: “¿Me ayudas a cruzar ese semáforo?”.

Claro.
Y me incrusto a Einstein debajo de la axila y me pongo al timón y cuando justo hemos llegado al otro lado me dice que, va a la farmacia. Se ve desde aquí.
Claro.
Y mientras nos dirigimos a ella el tipo aprovecha para sacar de una bolsa del supermercado una ristra de gafas que vende baratas, para el sol, cuando salga, oye, me dice, hay que aprovechar cada centímetro, amigo, tengo, que comer todos los días y el crack cada vez está más caro.

Le dejo en la puerta de la farmacia.

Cuando llego a casa suelto sobre la mesa lo que traigo. La teoría de la relatividad, una manzana, las llaves, un 38, y ese maldito expediente. No va a ser fácil acercarse a La Belle. No con ese tipo colgándole del brazo.

Antes tenía un nombre. Una oficina, ya sabes, con una de esas puertas de cristal donde podía leerse en letras grandes, lo importante que era: Teniente Gallagher.
Ahora cualquiera puede contratarme llamando al teléfono que dice mi tarjeta de visita. Siempre que pague.

Y que no haga demasiadas preguntas.  

3 comentarios:

  1. Un cielo cobrizo en el Adriático es mejor que una habitación con ático. ¿Y si esa musa se llamara Adriana, a cualquier hora siempre que cobre?

    ResponderEliminar
  2. Jimmy Boy es un tipo peligroso. No tiene escrúpulos y está enamorado hasta las trancas de la Belle, y lo mejor, es que a La Belle le gusta tanto verle matar por ella a un hombre, que a veces coquetea co alguno sólo para que él saque allí mismo donde sea su pistolas y le meta seis tiros en la barriga a bocajarro.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La Belle es una automática con retroceso que maneja muy bien las pistolas y los tiempos del retrasado Jimmy Boy (un tipo sobrealimentado de romanticismo y testosterona fácil, rápido para desenfundar y más rápido para disparar). Es peor estar enamorado que loco y eso no nos absuelve, convertidos en individuos valientes para la ceguera, pero de poco valor para las batallas de sábanas en las que hay que aprender especular con la bestia. A Belle sólo le interesa saber que a uno solo de sus pestañeos se arma un tiroteo: por el ojo entra la bala, a bocajarro entre las cejas.

      Eliminar