29 de abril de 2016

Kramgasse 49


Me acostumbré a echarte de menos porque era la única manera de no olvidarte nunca. Venías conmigo al mar y en mis largos paseos por la playa siempre había una gaviota que decía tu nombre, y una ola más ola que rompía en mis pies, como tu lengua entre mis dedos. No quiero morir, pensaba, sin haberte vivido hasta el final. Y entonces encendía un cigarrillo y maldecía entre dientes al mundo por haberte apartado de mí de aquella forma. Tan muerta. Tan debajo de todos los kilos de toda esa tierra mojada de tantos otoños. Tan “no podemos hacer nada”. ¿Y quién podía? Recé lo que sabía. Busqué en el cielo con los ojos. Arañaba las puertas con las uñas, lo recuerdo, implorando un diablo que quisiera mi alma para algo a cambio de un minuto más contigo. Un minuto en silencio diciéndolo todo. Y había, no creas, muchas cosas bonitas en el mundo: el ruido del grifo gota a gota como corcheas cayendo al vacío de la noche cada siete segundos. Las galletas rellenas de chocolate. Todo relleno de chocolate. El chocolate. Las vías de los trenes y ese momento donde todas las cigarras se callaban. Los caracoles. Las ranas y los rinocerontes y las cartas escritas a mano; los paraguas; la sonrisa de los maniquís; el viento entre los árboles; las telenovelas; las naranjas; los aviones. Tan alto. Tan pequeños como estrellas fugaces que atravesaran el cielo en las noches de verano a alguna parte, muy despacito. Daba tiempo a pedir un montón de deseos. Pero yo siempre pedía el mismo.

Me sentaba a los pies de la cama de cualquier motel sin galones ni agua caliente y volvía a preguntarme qué. Cómo. Cuándo. Ese tipo de estúpidas preguntas sin respuestas de quien se ha acostumbrado a vivir del fracaso. Y fue entonces que pasó que de pronto tal vez tomé la decisión de darte forma. ¿Por qué no? Lo único que tenía que perder era la cordura. Tal vez la única manera era perder la cordura. Así empezaste a veces a estar dentro de la almohada y otras pintada en el techo y otras en una canción. A contarme tus días de muerta, mientras tu voz como la brisa movía las cortinas.
A veces bailamos. Todavía hueles. Y a pesar de que nunca firmamos ninguna promesa, recuerdo exactamente el sabor tus labios.


2 comentarios:

  1. Subí a un barquito precioso hace tan solo unas semanas, no me pregunto ni me planteo nada... simplemente me dejo llevar y disfruto del viaje, aunque a veces lloro pero también sonrío.

    Pero no puedo ignorar, que dentro de cada historia hay pedacitos de realidad y quizá dentro de otras, haya pedazos enteros de verdad. Entonces se me encoge el corazón y lloro.

    Nunca me ha molestado llorar, pues soy de aquellas personas que ríen como si no hubiera un mañana y otras veces lloran sin querer salir de la cama.

    Pero entonces me doy cuenta, que quizá aquellas divinas ausencias, son reales... y no imagino un dolor más grande.

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    1. Hay tantas maneras de amar como de morir. Un número de ellas mágico en infinito.

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