8 de abril de 2016

Precisamente ahora que te amo


“¡Crunch!”, fue el único ruido que hizo la cabeza de Matías Santicuario cuando de un sólo golpe seco y tan preciso como un meridiano su mujer le clavó por detrás, en la raya de en medio del pelo el cuchillo grande de cocina un nueve de febrero de mil novecientos cuarenta y pico a la hora de la sopa de fideos. Matías se quedó tal como estaba: con la cuchara sopera a mitad de camino entre la boca y el plato y con los ojos pendientes de a ver cuanto quedaba de vino en la botella. Después Manolita dio la vuelta a la mesa pasando la punta de los dedos por el borde del mantel y se sentó frente a él en una silla, y tan tranquila como un atardecer a orillas de la playa, le dijo “Ahora, ya somos iguales, Matías”. Fuera llovía como todos los martes, un agua fría y pequeña. Los niños dormían. Hacía rato.

“¡Crunch!”.
Como una sandía.

Ahora Manolita ya puede abrir la boca para otra cosa que no sea preguntarle a Matías si la comida está buena, caliente y a punto de sal, a lo que Matías, siempre, responde con un ¡Mmmm! que viene a decir déjame en paz y cállate, estúpida. Que no me dejas escuchar el partido. Si aquel día perdía su equipo, Manolita corría a refugiarse entre las sábanas de franela del cuarto de arriba. ¿A refugiarse dónde, si le habían metido seis goles? A Matías se le podía escuchar en la cocina bramar como un toro, subir las escaleras peldaño a peldaño hacia la habitación maldiciendo cada uno de los días de su vida, de la vida del árbitro; de la del portero. Y aparecía por la puerta cagándose en los muertos de Dios, de la Virgen María y de todos los apóstoles del calendario mientras se iba quitando el cinturón y la hebilla brillaba a la luz de las farolas que se colaban como dedos por entre las persianas de una ventana con geranios.

-Ahora somos iguales, Matías. Ahora me escuchas. Como yo te escucho a ti desde hace treinta años. Callada como un árbol. Y siempre lo mismo. Que no valgo para nada. Que sin ti me moriría. De hambre. Sin un techo. Treinta años de ahora tengo ganas. De abre las piernas.

“-¿Otra vez Matías?”, solían preguntarle las vecinas por la calle cuando, Manolita para disimular lo que todo el mundo sabía, salía a comprar pescado con gafas oscuras, los ojos morados, la boca torcida y varios dientes perdidos en una batalla perdida. Porque a Manolita, hasta las vecinas la animaban a guardar un silencio atroz: “Al marido hay que tenerlo contento Manolita”. Que qué se le iba a hacer, si eso era así desde siempre. Que aguantara. Como aguantaban todas. Así Manolita, muy bien, muy bien, perrito bueno.
“¿O dónde vas a ir, criatura, con cuatro niños tú?”

-Ahora somos iguales Matías. Puedo ir donde quiera. Como tú vas al bar o a la bolera o a jugar al dominó o la casa de putas de la calle Rainiero sin dar explicaciones de a las horas que vienes oliendo a Polaca y farfullando que soy fea, que soy tonta, que no tengo dos luces, que sirvo sólo para mueble, que la Polaca esa, sí que es una jaca.
Que tengo pocas tetas. Que estoy muy parida. Que no parezco una mujer.
Yo iba a ser maestra. No esto. Esto ni siquiera tiene un nombre.
Ahora, ahora Matías somos iguales tú y yo. Me has matado tantas veces...Ese azulejo roto es de mayo del año pasado. Esa mancha en la puerta del horno de un día que no te fue bien. Hay pelos debajo de los muebles, de cualquier vez que me arrastraste por el suelo como a un saco de mierda. ¿Pero sabes lo que más-Matías- daño me hace? Que los niños tengan que esconderse debajo de la cama entre cucarachas muertas boca arriba del verano pasado y orinales. Que ni siquiera respiren hasta que no te cansas de hacer de diablo. Hasta que ya no te obedecen los brazos y te vuelves al bar a contarle a tus amigos que a la Manolita yo la tengo a raya, que sepa quien manda en mi casa la Manolita, que dónde se ha visto, por favor, a una mujer levantándole la voz al marido.
Sólo te dije basta, basta Matías, que de esta me matas. Como hago siempre. Que los niños se despiertan con las voces, que es muy tarde, que me partas los huesos mañana.

¿Quieres más sopa, Matías...? ¿Y te acuerdas de novios? Que era bonita me decías. Me llevabas de la mano detrás de una tapia. Me invitabas a helado, a manises, al cine. O íbamos en moto a la playa. Yo llevaba un pañuelo en la cabeza. Tú señalabas con el dedo, por allí, ya se ven las olas. Y yo pensé que un hombre que hablaba con el mar como tú era bueno como el pan. Y me vestí toda de blanco un día. Y te lavé la ropa frotando con amor y con amor aprendí a hacer las lentejas y a cortarte las uñas de los pies y a darte hijos y...

A los niños no, Matías, te dije. A los niños ni te acerques. Que se rompen.



5 comentarios:

  1. Meridiano justo, certero, necesario, como una sandía abriéndose. Dulce sonido de la libertad. Adoro los finales con los que redondeas siempre un buen relato, qué bien elegidas las palabras.

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    1. Que le den por culo a Matías. Al final todo el mundo piensa lo mismo aunque no lo diga.

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  2. Una lobotomía transforma a un hombre en el perfecto compañero de desayunos y, tal vez, de cama. Creo que un cuchillo de cocina en el hemisferio adecuado convierte a un asesino en poeta. Pero un poeta es un caso perdido, un caso aparte, ningún utillaje de cocina (por bien clavado) transfiguraría esa personalidad en algo distinto a una cancamusa.

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    1. Efectivamente, ya sabes por las películas de vaqueros que sólo hace falta una buena obra final para que el telón se cierre y todo el mundo aplauda al pistolero, alzándole entre vítores a la altura de un mártir por no decir un héroe, aunque se haya cargado a lo largo de flim a medio reparto.

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    2. Una igualdad tajante, a la luz de los cuchillos, con aplausos, vítores y palomitas de maíz...

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