12 de mayo de 2016

De entre las grietas, extracto


Billy conoció al ruso en Münstergasse, una noche de esas en las que iba por ahí cerrando bares. Alguien le había contado que el ruso antes mataba gente por dinero; pero que ahora se estaba dedicando a hacer timbas con la vida en una nave de un polígono industrial, desde donde ya no se veían las luces de la ciudad. El ruso tenía un coche amarillo descapotable. Decía que si alguien le hacía alguna vez un rasguño a su Camaro, primero mataría a su perro, y si no tenía, a su mujer, pero si tenía, primero a su perro, y luego a su mujer, y después, a los hijos de los hijos de sus hijos, porque un Camaro, decía, no es un coche, es algo único que vosotros nunca entenderéis.

Vladimir Stylo no volvió a hablar en todo el camino.

Había mucho humo en aquel sitio. Había rubias que se habían teñido el pelo tantas veces que de verdad se creían que eran rubias y se llamaban Lorraine; había veteranos del alba con la cara cortada y un puro en los labios, había un enano; había ratas; una vieja haciendo una bufanda. Un público exquisito y en el centro una mesa y en el medio un revólver y más dentro una bala. A veces dos. Y si querías salir de allí con tres mil francos, hasta cuatro. Y todo bajo la miserable luz de una mierda de bombilla, que apenas si alumbraba los zapatos de charol de Vladimir.

Le dais vueltas al tambor, lo cerráis, y apretáis el gatillo. ¿Alguien no ha entendido algo?

¿Por qué lo haces?”, le preguntó Bernardette Plumen. ¿Quién es Bernardette Plumen? Ya no es nadie. Pero ella al menos sabía por qué estaba allí. Tenía tres hijos de tres padres diferentes, dos hernias de disco y un cajón lleno de facturas que nadie iba a pagar porque nadie contrataba a una ex-yonki por mucho que hubiera lavado sus pecados, no vaya a ser que le contagiara el sida a alguien, aunque fuera sin querer. Tampoco nadie le iba a quitar a sus hijos. Porque eran suyos. Y era lo único que todavía no le habían quitado.
Mientras todos los demás dieron un respingo hacia atrás cuando sonó aquel click, ella, aún con la marca del cañón en plena sien, dejó el revólver al lado del siguiente y le dijo, “Tranquilo, No pasa nada”, porque el hombre se había hecho mierda en los pantalones.

Bernardette Plumen había terminado en Suiza por culpa de un marchante francés que la tenía de querida en un pisito cerca de los Alpes, lejos de París y los jardines del Chateau en propiedad donde todos los domingos sacaba a pasear a su esposa gorda fea y millonaria hasta que se cansaba de dar vueltas en su carrito de golf alrededor de una fuente traída desde Atracia y le decía, ella, muy peripuesta: “Tu puta nueva se parece a Kelly Michigan. Es tan joven. Siempre has sido un insecto. Hace frío. Llévame a casa”.
Kelly fue reina del baile del setenta. Una guarra. Eso decían. Al francés le gustaba la heroína. A Bernardette los trajes y las joyas, los restaurantes caros, los viajes a Cerdeña. Y un día se acabó. Como se acaba todo. Y entonces vinieron los diablos. Las noches sin dormir buscando la manera de atajar tanto sudor, y cabalgar otra vez sobre una jeringuilla aunque tuviera para ello que tirarse a la calle, por veinte francos, a chupársela al primero que pasara y que tuviera veinte francos.

Aquel día Bernardette llevaba una blusa estampada con anclas bordadas de grandes transatlánticos. Sus sesos estuvieron resbalando por la pared al menos seis minutos, como si alguien hubiera metido su cerebro en un bote de spray y hubieran pintado todo aquello de un bonito y brillante color rojo. Porque las cosas pasan.

Metió cinco balas. Quería comprarle un clarinete a Rosmarie y a su hermano un coche teledirigido que cogiera las curvas como si fuera de verdad. Al mayor, que había dejado haciendo los deberes, le había prometido un pupitre para él solo en la universidad.



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