13 de mayo de 2016

Si lo imaginas, crece


Yo que andaba perdido aquel día como otro cualquiera en el fondo de una taza de café, leyendo: “qué difícil sin ti”. Fueras quien fueras, yo, que la noche anterior y la anterior de la siguiente te había suspirado porque todo era cama y el frío me calaba los huesos y la gente me miraba raro en la cola del cine porque al cine, si vas solo, la gente te mira, yo, que venía de la guerra, de los cubos de basura y la botella más vacía, el callejón, la puñalada y el suelo en la boca y el milagro de estar vivo un día más sin saber cómo, por qué, para qué cosa, yo que había sido mercenario por un beso y suicida por otra copa más, yo que vendí el alma y la playstation por un billete a lejos, donde lo fácil, soy, inmortal sobre este mundo, pensaba, una estrella de cine, más madera, soy, el infierno, yo, mi propio Judas, yo el árbol del ahorcado, yo más tarde mi propio verdugo y mi juez y mi espejo y mi ya llegas tarde otra vez a tu entierro porque todo se paga, yo, el tío al que hacía poco le había caído un rayo encima y vio la luz, y la luz, dolía tanto, dolía tanto, dolía tanto abrir los ojos y ver aquel reguero a tus espaldas, tanto tiempo perdido, tanta lágrima por mí, tanta miseria, dolía tanto aquella luz. Y era tan hermosa. Yo que andaba aquel día, como digo, adivinando los posos del café, recién aprendiendo a vivir con lo puesto, yo que me daba cincuenta latigazos por entonces, yo, que andaba cada vez mirando al suelo, sin atreverme a disfrutar de los colores todos, de la ropa tendida en los balcones, de los pájaros, yo, que no era digno, que tenía que pagar tantos platos, yo, te esperaba no obstante en cualquier sitio, a todas horas, inventada tú y con formas imposibles de guitarra; pero siempre tú, fueras quien fueras y aquel brillo en tus ojos de supernova. Yo que te soñaba desde niño en los cuentos de hadas, ya, y que eras siempre la novia del sargento de un batallón de soldaditos de plástico que guardaba en una caja de hojaldres para el té con una rosa dibujada en el centro, yo que tenía un caballo de cartón, blanco y audaz y tan ligero, que cruzaba una nube en un plis plas a por ti y en bandolera, te sacaba de aquel torreón donde tendías las trenzas al sol para que yo subiera a darte picos en la boca. Yo, el soñador, el Peter Pan del bloque 4 puerta D, el que iba por la calle del revés, el que miraba todo todo todo cada vez como si no lo hubiera visto nunca o no fuera a verlo más, el que iba a salvar el mundo. Con sus manos. Ja ja ja. Yo ya te quería no sé para qué como no sé porque respiro a veces todavía. Quería que mi vida fuera una letra de bolero y que tú y yo nos la bailáramos juntos así, apretaditos sin salir de la cocina. Quería tu voz de campanita de tranvía y la medusa de tu pelo al viento como las crines de un caballo terriblemente negro; no es que, el mundo no estuviera cuajado de cosas magníficas, como la rueda de un camión o el Niágara o la primera de todas las gotas de lluvia del día más bonito de tu vida o los carritos de la compra, no es que, la soledad de un hombre fuera mala compañera ni nada parecido y por supuesto, no era un capricho, yo, me bastaba.

Es que me faltabas.

Quería ser tu patito de bañera y la ola que viniera a conocer tus pies de entre todos los pies de cualquier playa. Mi mantra, mi mandala, quería quedarme sin te quieros ni te adoros, quería un paraguas, y entrar en casa empapados de ganas y saltarnos la parte del pijama y directamente devorarnos en el porche y que la vida, nos explotara en las manos. Que fuéramos la llama de un amor incombustible y loco, loco, loco.

Y entonces levanté la cabeza.
Y tropecé con tus ojos.
Y algo hizo, plop. Como si yo hubiera sido toda la vida una pompa de jabón.

Los mejores tres segundos de mi vida.

3 comentarios:

  1. Siempre feliz de asomarme a tu mundo, Billy. Siempre.

    Gracias por el trocito de tarta. Delicioso.

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  2. Un beso para ti Soco. Siempre a tus pies.

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  3. Un beso para ti Soco. Siempre a tus pies.

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