30 de julio de 2016

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El ocho de octubre de un mil novecientos dieciséis, entre las tres y media y las cuatro justo en punto de una madrugada tan tan fría que le había llevado de nuevo tras otra larga noche de taberna en taberna y taberna hasta un oscuro callejón cerca del puerto donde solía ir en busca de algo de calor cuando estaba a punto de morirse de amor, Oswald salió de la habitación de Corina, cruzó el pasillo como una cuerda floja, bajó las escaleras como quien baja a los infiernos y a duras penas, torpemente, con las mismas manos con las que le escribía baladas a la luna, los perros y las flores de estanque, se sirvió una copa de coñac hasta los bordes de una mesita de caoba que había en el salón y con el que la Madamme obsequiaba a sus clientes. Tenía veintisiete años y ya estaba roto. Antes de irse, dejó escrito en las cortinas del vestíbulo un poema que iba a perseguirle el resto de su vida como un lobo persigue a un cervatillo, y que empezaba diciendo: “Moriré solo, sé que moriré solo...”
Corina, con la nariz pegada al cristal de la ventana, le despidió con una sonrisa preciosa y un pañuelo blanco mientras él, se alejaba hasta desaparecer para siempre, de todos sitios.

No graznó ningún cuervo. No había luna llena. Sólo era octubre y sin embargo, con el paso del tiempo, Oswald acabaría por titular aquellas patitas de araña que trepaban por una cortina roja, el poema maldito.

2 comentarios:

  1. Muy bien hilado como tela de araña u ovillo de madeja. Nunca estamos solos, siempre tenemos algún poema que nos acompaña, incluso algún poema pelmazo que con su pesado advenimiento se niegan a despedirse de nosotros.

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  2. ¿Sabes? Yo no elegí ser poeta, Mail. Estoy jodido...

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