2 de agosto de 2016

La extraña sensación de estar vivo


Son las tres de la mañana y con la misma brisa que mece en los parques a las briznas de hierba hasta que son felices y se ríen o eleva en el aire las hojitas de té para que bailen valses porque sí a la luz de la luna o se lleva de viaje a las bolsas de plástico de los aparcamientos de los supermercados completamente gratis a lugares lejanos con sol y con olas y un mar y gaviotas y un faro pintado de azul sobre un fondo llamado lontananza o levanta las faldas de las chicas bonitas en alguna película justo hasta las rodillas o entra por la ventana y mueve las cortinas de la alcoba como a velas de un mercante portugués cargado de esperanzas rumbo a Ojalá o como vientres de preñadas a punto de parir algún poema, llega por fin el sueño hasta los párpados de Peter como una bendición mientras el tic tac de los relojes se va perdiendo en la distancia igual que se perdieron los pasos de ya sabes quién por el andén o el sabor de la sandía en la boca de cuando uno era pequeño y las sandias tenían por dentro, pepitas que escupir.


La misma canción otra vez. Para Elisa. Viene justo de allí. De aquella mesa cuajada de cartas sin abrir y crucigramas sin hacer y restos de pizza y de galletas de la suerte y ceniceros con colillas desde hace mil años y mecheros que ya no funcionan y botellas vacías y tazas donde los posos de café han formado la cara de Jhon Lennon con el paso del tiempo. De velitas todavía encendidas desde el último cumpleaños porque lo único por lo que quería soplar se había ido hacía tiempo por el fregadero hacia el fondo del océano. De antidepresivos que ya no se toma porque no se le pone dura y no puede masturbarse pensando en ella. De nubes lloviendo sobre todos los días de un calendario de bolsillo con la foto de un delfín, saltando a través de un aro ardiendo.

La encontró en la basura. Le dio cuerda. Funcionaba.

A veces Peter se queda mucho rato mirándola dar vueltas sobre sus zapatillas rojas. Sin pensar en nada. Pensando en lo mismo.

Lula lleva puesto un tutú blanco y tiene unos tobillos preciosos y los labios pintados de rosa y un moño en el pelo con forma de magnolia. Primero ha movido un pie. Luego el otro. Y después ha saltado de la cajita y entre paquetes de tabaco y migas de galletas su pequeña sombra de no más de tres centímetros y medio ha caminado hasta la orilla de la mesa. Está muy alto. Y ella es tan frágil. Hay una biblia de Bukowski con un puñal clavado en la página siete. Lula ha atado en él la cuerda con la que Peter se cuelga del cuello sus gafas y está bajando al suelo. Ojalá no haya gato.
Cuando llega a los pies de la cama trepa por los flecos de la colcha y cuando llega arriba trepa la montaña que es Peter hecho un bebé de ocho perfecto y enroscado como una lombriz y cuando llega a donde Peter tiene apoyada esa cabeza de loco soñador y feligrés de lo imposible, se acomoda a su lado a esperar que amanezca y antes de dormirse, se asoma a su oreja y le susurra con su voz pequeña de pequeño milagro, así, con las manos en la boca como una caracola: “Voy a sacarte de aquí”.







3 comentarios:

  1. Eres un mago, de los de magia buena.
    Besos Billy.

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  2. En realidad soy una persona. Pero no se lo digas a nadie.

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  3. En realidad soy una persona. Pero no se lo digas a nadie.

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