17 de agosto de 2016

No obstante...



Antes-que casi siempre suele ser hace mucho o tal vez demasiado o nunca volverá( donde casi es sin duda todas las veces, aunque haga en ocasiones de placebo. Casi. Uno pronuncia esa palabra y como que se siente mejor. Como si la esperanza viniera embotellada. De la palabra siempre hablaremos en otra ocasión. No existe una palabra más larga. Me extendería. Y no tengo tiempo. Quiero decir que no sé cuánto. Cinco minutos, veinte años. Quién lo sabe)-, antes, pasaba por aquí el afilador de cuchillos, por este barrio, en una bicicleta y tocando ese instrumento que parece un pito pero con más agujeritos, y tú, que eras tonto, te ponías un pañuelo blanco en la cabeza porque daba suerte. Me lo pasaba bien pensando que iba a tener un día estupendo. Era bonito un rato. Pero aquel día era como todos los demás: una puta mierda, que es como son los días de la gente que no sabe lo que quiere. Una de las cosas más extrañas de este mundo-más que un ornitorrinco incluso -, es que lo tengas todo a tu alcance y no te apetezca ni cenar.

En cambio Marisol era feliz con un dedal. Marisol era mi vecina. Tenía seis años, y a veces-que suele casi siempre ser bonito-, jugábamos a los cromos en la terraza a la sombra de los geranios: “Eres raro”, me decía, porque yo tenía una arañita metida en un bote de cristal y le había hecho una sillita con palillos de dientes y una alfombra con hilos y de noche, le dejaba la luz encendida porque a la arañita le gustaba leer hasta muy tarde.

Crecí. Marisol no. Marisol se murió al año siguiente de una neumonía.
Y a medida que crecía, cuantas más cosas aprendía, menos feliz era. Y me dolía el pecho y a veces-sin casis-, lloraba. Con mocos y todo. Si había hecho todo lo que me habían enseñado, si iba a la iglesia, si plante mi semilla, si tenía una hipoteca y un coche de cuatro puertas y un perchero, si era puntual en el trabajo y le dejaba el asiento del bus a los ancianos, si pagaba rigurosamente mis impuestos y...
Y un día me senté a a los pies de la cama. Y le dije a Marta, Marta, ya no te quiero, de hecho creo que nunca te he querido, ni siquiera te gustan las pelis de ciencia ficción. Y suerte con Bryan. Sé que siempre-esa palabra tan larga-, pensaste que era para ti mejor que yo.
Y después fui a la oficina y le dije a mi jefe que adiós. Mi jefe sacó un pañuelo blanco-se ve que por su barrio también pasaba el afilador-, y lo agitó en el aire mientras yo firmaba mi despido voluntario. Luego respiré. Me miré en el bolsillo. Siete francos. Caminé largo rato. Me senté en un café. Y dije, Dios mío, ¿qué he hecho?: soy libre.

Desde entonces miro nubes. No sé para qué sirve; pero sé que soy feliz, porque tengo en la cara la misma sonrisa que aquella Marisol, que olía a Nenuco y llevaba en el pelo un gran lazo celeste.
También hago otras cosas igualmente inútiles, como ponerme en la mano el corazón y dárselo a cualquiera, o escribir mientras me lavo los dientes, en el espejo, que te echo de menos, que duele, que me gusta. Que estoy enamorado de la vida y de sus ojos negros y el sabor de las cosas, de la sandía, de las naranjas, del color de todo esto, de cómo cambia con la luz continuamente, del sonido de las olas y la voz de la chica de la radio por la noche, contando historias de fantasmas o cómo una ballena apareció de la nada en medio de un aparcamiento subterráneo.
A veces lo que te hace feliz también te mata. Es un riesgo que hay que correr. Pero me gustan tantas cosas todavía, que nunca me rindo. Prefiero un final. Aunque no quede nadie vivo en la película. Me encantaría por ejemplo correrme en las tetas de la Venus de Milo. Dedicarle un poema, aunque se me quedara mirando un momento y dijera, no me entero de ná. No importa, conocí a una abogada del gobierno que pensaba que Rilke era una marca de helado. Quiero decir que he encontrado la felicidad en mi hambre y en las cosas sencillas, es más sencillo decir vete a la mierda, que ponerse a estudiar burocracia para salir airoso de la cola del supermercado: “Bueno señora, si tiene tanta prisa...” La perdono que me haya empujado varias veces con la punta del paraguas. Y que use esa vocecita, hijo, por favor, es que tengo prisa, y en realidad no vaya a ningún lado. Incluso la perdono por ponerse esa puta colonia que puede olerse desde Nicaragua. No coja un ascensor, señora, o matará a alguien.


Un día iba yo por...

4 comentarios:

  1. Yo lo intentaré sobre la Venus de Botticelli con un narcopoema de corrida nocturna, charanga de mariachi y vino peleón. Si quieres haré de brazos de Afrodita y lo extenderé sobre todo su torso (el perfecto antiarrugas para el mármol helenístico y un crece pelo para la Victoria de Samotracia). Al final, los hombres "punta de paraguas" como nosotros, acabaremos en los pezones de una Venus prehistórica, aplastados por la terrible fecundidad de sus nalgas bajo un topónimo austriaco impronunciable, jugando con cárceles de arañas y llorando Marisoles de aquí a Nicaragua.

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    1. Me gusta la gente inteligente. Permisiva con la cara oculta de uno.

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  2. fue un deleite leerte, me gusta la atmósfera que creas en tus letras

    saludos!

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    1. Y yo que te lo agradezco, porque la verdad es que me lo curro, y le pongo un lacito.

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