23 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: ¿Cuándo caduca la esperanza?




Hay tantas formas de morir como días en el calendario. Sesenta en cada minuto. 86.400 maneras de irse de este mundo. Cada día. Más las que ni se me ocurren. Y sólo una de vivir. Aunque hay matices; pero en realidad sólo tienes que seguir respirando.

437 metros para llegar al suelo. ¿Qué ruido haré? ¿¡Crumch!? ¿¡Plof!? ¿¡Cataplum!?
Interesante.

Te puedes atragantar con el hueso de una aceituna. Puede caerte un piano encima. Blanco. De cola. Puede morderte una serpiente cascabel, o puede derrumbarse el edificio mientras te lavas los dientes. O, te pueden empujar desde un helicóptero. Porque está en llamas. Porque le han disparado con un bazooka. Los mismos tíos que me han disparado en la pierna. ¿ Y yo qué sé? Yo sólo me estaba enamorando. Y de repente llamaron a la puerta y Eva dijo ¡Oh oh! Y yo dije ¡Oh oh, ¿qué?! Y ella dijo: “Vístete, rápido”. Y yo dije, ¿y el cigarro? ¿Y la luz de la luna entrando por esa ventana? ¿Y eso de: “Joder, eres preciosa”? ¿Por qué tengo que salir por la ventana? Esto es un quinto piso ¿sabes? Y además, será el cartero, el vecino a ver si tengo sal, yo qué sé. Y en ese momento sonaron dos disparos y alguien tiró la puerta abajo. Bajamos por las tuberías. Había dos tíos esperando. Uno de ellos sacó una escopeta muy grande y se puso a dar tiros sin dar las buenas tardes ni nada, como si me conociera de toda la vida. Eva me cogió de la mano y empezamos a correr mientras me decía que no mirara atrás. Que confiara en ella. Que iba a sacarme de allí. Y entonces me paré en seco y le pregunté que qué coño había hecho para que un puto escuadrón de tíos con esa artillería la quisiera cortar en trocitos. Y justo cuando iba a contestarme, sentí ese dolor en la pierna. Joder, era enorme, y se podía ver el hueso. Me desmayé. Y cuando volví a abrir los ojos estaba en un helicóptero. Y otra vez justo cuando iba a contarme algo algo hizo boommm y se llevó por delante medio aparato y, bueno, recuerdo a Eva diciendo ¡Salta, salta! Y me recuerdo a mí diciendo, y una mierda, si no hay paracaídas, si eso de ahí abajo es el suelo. Y entonces me empujó.

Siempre había pensado que la muerte, no me preocupaba demasiado. Está bien así. Convierte la vida en algo único. Pero sí que me hubiera gustado morir de otra manera. Tener algo más de tiempo para dar las gracias, para besar a la gente que quiero por última vez, para asegurarme de que hice lo que pude. Y puestos a pedir, me hubiera encantado hacerlo rodeado de todos. Tocar sus manos. Mirarlos a los ojos. Sonreír...
Pero no así, desde luego, como un huevo frito estrellado contra el pavimento.

267 metros para el final.

Cierro los ojos. Aún tengo un segundo.
Recuerdo a mi padre poniendo en su sitio los regalos de reyes mientras dormíamos. Supuestamente. El más grande, era una bicicleta. Seguro. Recuerdo las primeras revistas picantes en casa de mi tía. Aquellas tetas. Eran tan grandes que podía soñar una semana con ellas. Recuerdo el olor del pan y de la ropa planchada. Lo rico que está la sandía. Recuerdo a mi madre poniéndome esparadrapo en las rodillas. A Sultán esperándome, y su rabo moviéndose de aquí para allá y sus ojos buenos y grandes. Recuerdo cosas, de las que ya no me acordaba y otras de las que no quería acordarme.
Recuerdo que hoy tenía cita en el dentista. Que nunca voy a devolver a la biblioteca ese ejemplar de Ulises. Que tenía que haberle dado a Eva con el ladrillo en la cabeza.

122 metros.

Me he dejado la luz del baño encendida.

67 metros.

Quiero pensar que alguien me echará de menos...

32 metros.

Tendría que haber cambiado el mensaje del contestador. No sé, algo que dijera, “En este momento no estoy en casa; estoy ahí fuera, nadando contracorriente”.

21 metros.

Joder Eva, me cago en tu puta madre.

14 metros.
11 metros.
7 metros.

Metro y medio.

Cinco centímetros.

Casi como un beso.

2 comentarios:

  1. ¡Pues imagina un beso con lengua! Creo que hay cierto temor a un polvo mal agenciado, cierto daño colateral en las sangrías de dormitorio (por eso lo de la huida, el helicóptero y la caída libre). Supongo que al relato le sigue una polución, temores nocturnos y la humedad eterna de los colchones...

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    1. Imagino un beso con lengua y me pongo malito de pensarlo, me encanta esa humedad.

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