17 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: Houston, tenemos un problema




Me duele la espalda. Anoche dormí en el sofá. Es uno de los daños colaterales de tener en casa un fantasma creo. Llevo noches sin dormir porque alguien se está sentando a los pies de mi cama. Se llama Eva, no sé por qué. Al principio creí que me había quedado tonto para el resto de mi vida, que había comido algo en mal estado, que me había dado un esguince en el cerebro, que estaba, no sé, inventando un universo paralelo porque este planeta da cada día más asco-si no fuera por la risa de los niños, los tulipanes, el olor a ropa planchada-, pensé, tranquilo tío, se te va a pasar.

Pues no. Todas las noches hay un hueco entre las sabanas. Y siempre todavía está tibio. Es un hueco pequeño. Redondito. Casi perfecto.

Yo no tengo gato.

He dormido en un sofá muchas veces. Por muchas cosas. Y muchas culpa mía.
Y es como haber fracasado, como si todo se hundiera, como si a partir de ese momento, ya todo empezara a acabarse.
Y no me gusta. No quiero ir por ahí leyendo Eva en las paredes, pintado bajo los puentes en letras de metro y medio rojas con lunares blancos por dentro, no quiero pedir un refresco y que me pongan delante su nombre en una lata naranja, no quiero esperarla, todas las noches.

Así que construí una trampa. Mortal. Espero. Como cuando maté con una zapatilla a Marilú. O a la señorita Li, mi psicóloga, porque estaba harto de que en cada visita me clavara la mano al escritorio con la pinza del pelo. O a Lucas, mi ángel de la guarda. Aunque aquello fue raro. Lucas estaba muy borracho y tenía el sol de cara. Total, que soy un puto psicópata, un asesino en serie de cosas que ni siquiera existen.
La trampa, como en E.T, era un caminito de caramelos de varios colores-exactamente trece amarillos, cuatro rojos, seis verdes y once azules-. En fila por el suelo. Desde los pies de la cama hasta la cocina. “Y cuando esté en la cocina, ¡Zasca! Con este ladrillo”.

Pero al rato me dormí. Y soñé que era un ciervo y que aquel horizonte nunca se acababa.

Cuando me he despertado esta mañana no había ni un solo caramelo en el suelo. Y en vez del huequito a los pies de la cama, unas braguitas rosas. Con un lacito blanco.

Y alguien ha usado la ducha. Hay huellas en el piso. De pies. Pequeños. Un 36. No son muy profundas, 0'00005 milímetros aproximadamente, así que quien sea, debe pesar entre 47 y cincuenta y cuatro kilos. Y hay algo escrito en el espejo, a mano, con un pintalabios: “Estoy haciendo café”.




6 comentarios:

  1. No se puede matar a alguien con un 36 de pie, aunque la matemática de las huellas me plantee serias dudas sobre la superficie del piso y el peso de la doncella.
    Al empezar a leerlo pensaba en una especie de Eva transexual (Evo de día y braguitas rosas con un lazo blanco de noche).
    Reitero tu buen gusto en lo que se refiere a acostarse con desconocidas.

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  2. Poder se puede. Pero la curiosidad también es una asesina. En cuanto a mis gustos, mera coincidencia. Me pongo lo primero que pillo del ropero.

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  3. Poder se puede. Pero la curiosidad también es una asesina. En cuanto a mis gustos, mera coincidencia. Me pongo lo primero que pillo del ropero.

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  4. Imposible quitarle la vida a alguien que te la da con el café por las mañanas. Todo el mundo quiere eso.

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    Respuestas
    1. Es verdad. A quien quiero engañar?
      A mí,claro.

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    2. Es verdad. A quien quiero engañar?
      A mí,claro.

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