28 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: La sartén y el mango



Siempre pensé que el fin del mundo se llamaría Donald Trump, o sólo bebe agua quien la paga, o el asteroide HJ-635. De pequeño me enseñaron que la gente se quemaba en el infierno, que estaba justamente, abajo, muy hondo, en el centro casi de la tierra. Fuego, gritos, desolación, tridentes y demonios. Y luego creces. Y el infierno puede estar en cualquier parte. Pensé que el wifi freiría a lo mejor los cerebros de los peatones o que si las abejas mueren, ya nadie le haría el amor a las flores y no volverían a nacer más días de sol detrás de las montañas. Qué bonito. Esa me gusta. Y a veces he pensado que, por qué no. Si es vergonzoso como el hombre trafica con el hombre o lo demuele a palos por su color de piel o se cuela en la cola del supermercado o aprieta un botón y a miles de kilómetros un submarino nuclear lanza un misil y te joden la hora de la siesta. Si hay gente en las favelas vendiéndose a trozos en el mercado negro de órganos y cinco kilómetros más tarde hay un chalet que mira al mar desde un jardín con bonsais traídos de la china en un avión privado. Si ya no hablamos. Si no hacemos hogueras.

Eva lleva tres días sin hablarme. Por qué la mandé a la mierda. Hubiera preferido que me partiera el cuello con una de esos nudos que le enseñan a hacer los de fuerzas especiales. Callada, da más miedo.

Ni me ha vuelto a morder, ni me mira bonito, ni me pasa la sal.

Se sienta ahí, sube las piernas a un banquito, las cruza, y lee esa mierda:

“Que lástima existir por si acaso,
sin haber sido nunca arena y resbalar entre las manos de alguien que te ame.
¿Qué pensará María sentada frente al mar?

Hoy hizo un día estupendo.
Con un sol grande y mujeres descalzas y niños y castillos.
Un día donde el cielo era un terreno edificable,
con nubes ático y unos cien gramos de promesas.
Pesa una promesa.
Son tan leves.
“Perdóname. No volveré a hacerlo”

Que lástima,
que el mejor amigo del hombre sea un perro
y no otro hombre.
Entonces no me engañaría.
Porque volveré a hacerlo.
Pensará que no peso más que mis promesas,
y que me iré volando con un viento.
Y Claro que la amo.
Es María.
Y eso es suficiente para que cualquiera la ame.
Cualquiera menos yo, dice María sin mirarme,
mirando al Mar, las luces de los barcos...
Más allá del Mar, y de los barcos.

Hoy hizo un día estupendo y yo pasé de largo.
Que lástima,
que más allá sólo haya sitio para uno
-a lo mejor, muy apretados, cabe otro-.
Porque va haciendo frío,
y normalmente la abrazo si hace frío.
Que poco dueño soy de mí, sin ella.

Y como más allá María siempre es una sirena,
me abandono a la suerte de su instinto animal,
aunque no me lo merezca.”

Y luego empezó con eso de que me había visto pasear en bicicleta y de que, si me gustaba una rotonda le daba la vuelta 17 veces. Y después sonreía. Que usaron drones. Porque yo no vi a nadie. Qué nivel, le contesté y ella dijo que la organización no iba a escatimar en gastos por algo tan valioso como yo. Y entonces empecé a partirme por la mitad de la risa y...bueno...la mandé a la mierda. Y le puse mi firma: “Y ni siquiera eres mi tipo”.

Me gustaría preguntarle de quién es ese libro. Romper este silencio.

-¿Qué estás leyendo? ¿De quién es?

-De alguien mejor que tú.

Prefiero el silencio creo, por el momento.

¿Qué va a pasar con toda esa gente? No habrá un lugar donde esconderse. ¿Qué va a pasar con los guardias de tráfico y los lanzadores de cuchillos y las asistentas sociales? ¿Con los chicos del coro? ¿Con las Drag Queens y los limpiabotas de la calle 13?

Miro por la ventana y todo es tan...hermoso.



5 comentarios:

  1. A mí también. Por el gancho de sus imágenes.

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  2. Empieza todo en hermoso (Donald Trump y agua bendita) y acaba todo en hermoso (bendecidos por María). ¡No sé cómo lo consigues!

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