22 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: ¿Oh oh?




-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

Eso es lo único que se puede decir mientras uno se precipita a 160 kilómetros por hora hacia el cemento en caída libre desde un helicóptero. Sin paracaídas.
La h es muda.
Voy a morir. Mierda. Joder. Y todo porque soy un romántico. Yo debería estar ahora viendo mi serie favorita. No cayendo en picado.

“-¿Has pilotado alguna vez uno de estos?”. Primera pregunta estúpida.
“-¿Por qué tengo una bala metida en la pierna?”. Segunda pregunta estúpida.
“-¿Y quién coño era esa gente?”. Tercera y última pregunta estúpida. A los cinco segundos, Eva elevaba en el aire aquel cacharro y había tanto ruido que tuve que leerle los labios cuando dijo: “Te lo explicaré por el camino. Ponte esto.”, y me dio unos auriculares enormes con un microfonito por donde lo primero que le dije fue: “Me estoy desangrando”.

Anoche, Eva, después de redecorarme la casa con un montón de fórmulas matemáticas hasta dejarla como en esa película donde matan gente y decidir que a lo mejor casi seguro que tal vez me quería, después de quedárseme mirando como si fuera a comerme, de acorralarme poco a poco contra la pared, después de que casi me hiciera pis encima cuanto más cerca estaba y menos centímetros quedaban de su boca a la mía, con un dedito, hizo así con el tirante del vestido y todo el verde botella se desparramó por el suelo y Eva, me ofreció a la vista los limones del pecho, la playa de su vientre, el delta, lo imposible.
Y me besó en la mejilla. La izquierda. Y luego en la derecha. Y luego en la nariz. Y en un párpado. Y así me llenó de besos pequeñitos toda la cara como quien va a acostar a un niño, con muacs muacs que decían-tranquilo-, con besos como flores que se abrían-no voy a hacerte daño-, besos de colores como el confeti, a la temperatura ideal como la leche de los biberones, besos más bonitos que la luna y pintados a mano. Y cuando quise darme cuenta, su hambre me había devorado.
Primero se comió los dedos de mis pies uno por uno. Me hubiera gustado tener más. Después me arrancó la camisa así: ¡Racccccccccccc!. Me encantaba esa camisa. Quise decir algo en legítima defensa; pero no pude, porque tenía una lengua dentro de mi boca además de la mía, jugando a ver qué hay ahí dentro, buscándome el alma. O los intestinos, no sabría decir. Y ese sabor a ola de su boca, a mediodía, a higo, a caracol. Y todo mi organismo conformándose en algo nuevo y asombroso terminado en punta, en roca, en ya no puedo más, déjame entrar. Sus muslos y el mar rojo. Mis manos donde sea, como si fuera un traje hecho a medida. Allá donde quisiera, dijo, mis manos. Averiguándola. Haciéndola tan cierta. Olisqueando como un perro, camino de lo recóndito, cada cráter minúsculo de una piel sin control de aduanas ni fronteras. Licuándome casi. Casi evaporándome. Loco. Perdido a veces en su axila y otras tirándome en su ombligo haciendo el ángel. Dejándome hacer, cosas, que ni siquiera sabía que podían hacerse. Y entonces, más adentro, más hondo, más profundo. Y entonces, lo tibio. La carne con la carne abrazada como hiedras. Los dientes clavados a algún sitio. El nudo. Y aquella música de uñas arañando la pared.

Al rato de resucitar de entre los muertos, nos, alguien llamó a la puerta con los nudillos, tres veces, y Eva dijo: ¡Oh oh!


4 comentarios:

  1. ¡Por fin los muertos se saciaron y la faz masculina de Eva quiso probar los encantos femeninos de su Adán!

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    1. Ha sido la hostia. Aunque el precio me parece algo caro.

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  2. Que bonito lo de tirarse haciendo el angel al ombligo.

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    1. Me alegro que te guste Pseudo, un besito. Parece poco; pero pesa.

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