15 de septiembre de 2016

Proyecto EVA



Estoy en el banco. Uno sin patos ni farolas ni verde ni césped ni cacas de perro. Un banco de los otros. De los de señor con ventanita. Una factura devuelta. Mi vida está llena de facturas devueltas. Ahí voy: pagando poco a poco mis pequeños fracasos. Hay una cola enorme aquí. Señor con ventanita no tiene buena cara. Ordenador no le hace caso. Me recuerda el hombre a Gary Cooper.
Hay un chico a mi lado. Su mujer, más allá, espera sentada su turno con un crío en los brazos. Yo miro el horizonte. Es lo que hago normalmente. Y entonces el chico de a mi lado ha llamado a su mujer, así, bajito, para decirle que al crío se le ha caído un zapato: “...Eva...”

Y he salido a la calle y he encendido un cigarro y una hoja ha caído de un árbol y se ha matado.

Lo ha dicho. Estoy seguro. Ha dicho Eva.

Sudo.

¿Qué hago ahora? ¿Me acerco y le pregunto? ¿Eres mi Eva?

Vuelvo a entrar y me siento en el mismo lugar y miro a la chica y, sí, es linda; pero no, no es mi Eva. Aunque tampoco sé cómo es mi Eva. Busco Eva en el móvil: “Eva, la primera mujer”.
¿Y?
Me gustaría saber tantas cosas. O mejor no. Lo que menos duela.

Esa Eva lleva puesto un jersey y en el jersey dice en mayúsculas I'm seding a virtual hug. Que significa “Te estoy enviando un abrazo virtual”.

Jo-der.

Miro a todos lados. Nadie va a darme ningún abrazo. Ni el hombre del bigote ni la señora del bolso marca mira parezco auténtico ni el señor con ventanita. Y La última vez que seguí las señales acabé en otro planeta. Me perdí creo. Entonces no había gps.

¿Quién coño es Eva? ¿Por qué se sienta a los pies de mi cama por las noches? ¿No es un nombre como otro cualquiera? Mercedes por ejemplo, como la pescadera, con sus manos siempre húmedas y esas tetas y esa boca tan roja que uno no puede dejar de mirar mientras compra medio kilo de sardinas. Su boca tragándoselo todo. Luego hablamos de Proust, el de la magdalena, y de tripas de pez leopardo. En mi imaginación, claro. Tengo mucha. Camila, Soledad, Paquita, Gertrudis. Gertrudis también es un nombre.

Camino. Voy al supermercado. Me pongo los auriculares y enciendo la radio y suena esa canción. No puede ser, pienso. Pero es: “...buscando el sol a la playa...”
llego al supermercado. Me encanta el helado. “...con su maleta de piel y su bikini de rayas...”

Sólo es una canción, no seas estúpido.

Pero no dejo de pensar que la cajera que me cobre lleve un cartelito con su nombre y se llame...
Pues no. Se llama Antonio. Pero me mira bonito.

Mientras vuelvo a casa pienso en cuántos locos ha parido este mundo. Pienso en Corea del Norte y en Hitler y en el tío que inventó los abre fácil. Pienso en la O.N.U. En Siria y en el vecino del tercero. Bebe. Mucho. A lo mejor un día su mujer sale en la tele.

Yo no estoy loco. Estoy vivo.

¿Quién eres Eva? ¿Un fantasma? Lo digo porque anoche tuve que levantarme a encender la luz otra vez. Y es verdad. Había un hueco en el colchón. Y estaba todavía caliente.

Pero tú ya no estabas.

Y llegas en un mal momento-¿cuántas mentiras se pueden decir en una sola frase?-, no me apetece ser feliz, ni enamorarme ni comer chocolate ni hacer el gilipollas debajo de la lluvia.

Yo he contado cuatro.

Ni siquiera sé por qué pierdo el tiempo hablando contigo.

Te odio. ¿Me escuchas?

Sé que me estás escuchando.  



3 comentarios:

  1. -Un recibo que no encuentra a su destinatario siempre es un pequeño logro.

    -¿Eres mi Eva? Sí, si quieres pagar las facturas y tener un hijo sin zapatos.


    -Te va a doler, te va a doler mucho, al darte cuenta que la primera mujer no se rasuraba y tenía pelos en el escote.


    -Quieres meterle la sardinilla a la pescadera y sabes que te va a despellejar vivo como a un besugo, pero nunca más tendrás que comprar cebo para la caña.

    -¡Qué suerte tienes! Ni Antonio me mira bonito, ni las cajeras se paran en mis agallas... Los perros mean en mis sandalias.

    -¿El tío que inventó el abrelatas, no inventó también el follafácil?

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  2. Respuestas
    1. Por si no ha quedado suficientemente claro, ¡sí!

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