6 de octubre de 2016

Proyecto EVA: ...two...



Al principio fueron pequeñas cosas. Como que te olvidaras del aniversario y llegaras a casa y tu ella de toda la vida tan ella se quedara esperando con las manos abiertas de par en par como ventanas y en vez de te quiero como el primer día, no dijeras una puta mierda. Porque ya no te acordabas:

“-No te acuerdas? Yo iba de blanco. Hoy hace quince años”.

¿De qué?

Que el autobús no parara por ejemplo o que las zapaterías no abrieran por la tarde. Que en vez de un café te pusieran vino blanco; que los maestros se quedaran callados en plena revolución francesa y salieran de clase y compraran un donuts y se fueran al parque a pasear y a mear en los árboles; que a la mitad de las películas de amor la chica fuera atropellada porque un fontanero de Queens se le olvidó que el muñequito del semáforo era rojo por algo. Que no te importara en absoluto si te cagaba encima una paloma...cosas como no saber si ibas a por pan o a recoger a los niños del colegio, o como que los peces naranjas empezaran a flotar boca arriba porque nadie les cambiaba el agua, cosas a veces tan insignificantes como que desayunaras a las seis de la tarde o metieras la ropa sucia en el microondas y le echaras suavizante.

Eso fue un lunes por la tarde. A los seis días el virus ODP ya se había extendido como una mano negra por todo el planeta, provocando en la gente, tras una incubación de veinticuatro horas, la más horrible muerte de las muertes: el olvido.

Vimos aviones caer del cielo porque a los pilotos se les olvidó batir las alas. Los periódicos mostrando en primera plana el choque de un navío mercante contra las pistas de paddel de una urbanización con setos recortados a lo afro y vigilante jurado. Vimos en la tele desbordarse una presa, inundar una ciudad, arder una central nuclear y aquel ruido de bocinas pi pi pi de manera alarmante y la carne haciendo crekccc hasta agrietarse. Transitar por las aceras se convirtió en un acto suicida, la calle, era como una feria con autos de choque y artistas que saltaban desde las ventanas porque no se acordaban de que había ascensor. Los bebés lloraban de hambre en sus cunas sin que nadie llegara con nada en el pico. Se cagaban encima y morían completamente solos y deshidratados como hojas de te puestas al sol. Con los ojos abiertos, sin bautizar y con nudos en el estomago de hambre, como puños. Los animales del zoo aparecían de pronto de una esquina porque nadie cerraba sus jaulas, y era normal ver a las jirafas devorando macetas de balcón o a los rinocerontes bebiendo en una fuente pública.
El ODP era un auténtico hijo de puta y no había manera de pararlo. Lo intentaron; pero no había tiempo, el virus se lo comía todo a una velocidad imposible. Te dejaba vacío. Hueco por dentro, hasta que te olvidabas de beber o respirar, y caías redondo como un saco de naranjas sobre el pavimento sin saber por dónde te habían metido aquella puñalada. Incluso el Air Force One se estrelló de boca contra un arrecife de coral con todos dentro. Se colaba por todos sitios, incluso en los bunkers más acorazados, si había aire, estabas muerto, llegaba a cualquier parte, y cuando el virus te encontraba, te lo quitaba todo.

Eva y yo nos inyectamos la vacuna hace dos días. Si no nos cae un aeroplano o un tren nos descarrila encima, mañana llegaremos al Cairo.

-Tenemos que echar gasolina.

Eva no contesta. Está tan triste, que parece un poema de Alejandra.

-Eva...

-¿Sí?


5 comentarios:

  1. Me fascinan las cosas que se te ocurren como lo de los setos podados a lo afro, que a los pilotos se les olvide batir las alas o que nadie lleve algo en el pico para alimentar a un bebé.

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    1. Y a mí, y lo mejor es que no tengo idea de dónde salen.

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  2. Yo tb me quedaría muerta de tristeza si presencio algo parecido a lo que acabas de describir... que en el Cairo ocurra algo mágico por favor ...
    ¡¡ Que EVA de a luz cinco bebés, tres gatitos y dos pájaros !! ;)

    Un besito y feliz finde... - con o sin vacuna pero lo más feliz que puedas -

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    1. Ahí va el final. Ufff. Cómo cansa salvar el mundo.

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  3. El mejor de los recuerdos, el recuerdo de la especie, está escrito en el ADN de los niños hoja de secuoya que mueren sin bautizar.

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