24 de noviembre de 2016

Desde




Lo primero que haces casi cuando quieres mucho algo-con los ojos cerrados-es ponerle un nombre. Uno bonito. Corto. Que sólo sepas tú. Yo le llamé Totó, porque me recordaba al niño de aquella película, con los ojos tan limpios. Aunque lo cierto es que se llamaba Marco Antonio y era hijo de la panadera y a veces la ayudaba en la tienda por las tardes después del colegio. Así que yo veía a Totó casi todos los días cuando mi yaya me mandaba a por el pan-porque antes se comía pan todos los días- y todos los días, aquel momento era como pegar la nariz a un escaparate para ver más de cerca aquellos zapatos que tú te imaginabas en tus pies, tan rojos y tan brillantes como el lomo de un delfín. Pero él no me veía a mí. Ni aunque me pusiera un lazo celeste en el pelo a juego con el blanco del vestido o entrara en la tienda toda brillantisísima como un lucero de noche de mayo o carraspeara “aquí-aquí”. “Aquí, Totó”. Totó nunca levantaba la cabeza de las latas de conserva de atún o de los tarros de tomate frito o los sacos de nueces o alubias o lentejas cualquier otra cosa donde pudiera refugiar sus ojos de los míos, y siempre, hacía lo posible para que fuera su madre la que me atendiera. Aún usaba pantalones cortos y se le podían ver las rodillas echadas abajo de subirse a los árboles a ver nacer pollos de mirlo. Cecilia, que también era amiga de una amiga de una amiga de Bea la que tenía una prima mayor que estaba de novia con uno del barrio alto que trabajaba en parques y jardines y que por eso coincidía en ocasiones con Totó trepando ramas, Cecilia me había dicho, que a Totó lo habían escuchado decirle a un pajarito que le gustaba una niña con un lazo en el pelo. ¿De qué color?, pensaba yo, porque si no, me miraría, a la cara, me hablaría, algo. Hasta las moscas se hablan con las patas. No todo lo contrario. Yo no existía para él. Y entonces tomé una decisión: se lo iba a decir. Mira Totó, eres el niño más tonto que conozco y yo un día me haré mayor y a lo mejor me gusta otro y yo, no quiero que me guste otro, así que he pensado, que bla bla y bla y que si quieres ser mi novio desde ya, desde ahora mismo, desde siempre. Tracé un plan. Tenía que acorralarlo en algún sitio, donde no pudiera evitarme la mirada ni hacer como que no me había visto, y el doce de noviembre de hace ya tantos años, me levanté decidida como un soldado a ganar aquella batalla y lo sorprendí en el portal de su casa cuando llegó casi de oscurecida de jugar al futbol en el parque. Esperé un rato apoyada en los buzones, como una ninja, y cuando fue a poner el dedo en el portero electrónico, dije, “Hola Totó”. Y ya no dije nada más porque Totó salió a correr como un demonio. Estuvo varios días sin aparecer por la tienda. No fue al colegio. Cuando a los cuatro o cinco días volví a a verle, miré a otro lado. Como si Totó se hubiera muerto. Soy una niña muy linda, Totó, me merezco un prado de flores con besos y que me invites a un paquete de pipas o me lleves contigo a ese sitio secreto detrás de la tapia, que yo te he visto, darle el biberón a una camada de gatitos. Mi madre me ha dicho que no pase la vida acumulando decepciones. No sé qué de que hay muchos trenes. Yo todavía no me he montado en ninguno. Será bonito, seguro Totó, ver pasar las farolas sentada en mi sitio. Y todavía me duele, Totó. Lloré mucho allí solita y hacía frío y, estaba oscuro.
Lo maté por lo menos tres meses, y una tarde que estaba Totó sentado en un banco y yo pasé camino de la ferretería a por tornillos, me acerqué a hablar con el muerto a ver que hacía:

“-¿Qué haces?

-Nada.

Y mientras hacía nada vi las nubes pasar hacia el oeste en la niña de sus ojos.

-Los mayores no saben no hacer nada ¿lo sabías?...

Empezó a hablar solo. Yo no hice nada. Y tampoco entendía lo que me estaba contando y además le odiaba. Mi madre decía que del amor al odio apenas había un paso. Que no lo diera nunca. Pero yo di un saltito.

-...te gustaría, ¿verlo?...

Y dije que sí, claro. Aunque no sabía qué, ni dónde estaba mirando.

Y entonces me cogió de la mano y casi se me cae el lazo del pelo. Era tan suave que daban ganas de comerse los deditos. Pero siguió hablando.

-Detrás del cielo, hay tantas estrellas que no podrías contarla ni con los dedos de las dos manos. Un montón. Y todavía más lejos y más detrás de las estrellas hay dragones. Viven allí. En castillos con torres tan altas que dan vértigo. Y más más allá, donde ya casi no te alcanza la vista, vive el Principito. ¿Lo has leído? Yo tres veces. ¿Me perdonas? No quería salir corriendo. Es que me das miedo. Porque me miras raro y...a lo mejor quieres besarme. Y si me besas te quedarás embarazada. Y entonces tendremos que casarnos. Y yo...yo quiero ser astronauta. Entonces estaría mucho tiempo fuera. En el espacio y, me echarías de menos y yo a ti también y, a lo mejor ya no querría ser astronauta...

Cuando quieres mucho algo, acabas hablando en un idioma extraño.

-...y yo, yo, yo quiero ser aztromauta. Mi badre dice ke estudie para bédico, o fontarnero o señor con bihote. Zú me ghusthas. Eles la más votita de la clase. A bezes me imajino a qué zave. ¿Tú no?

La primera vez que besé a Totó fue en aquel parque.

Nunca he besado a nadie más.

Aunque una vez, a los dos años de viuda, un señor en el médico me insinuó que era una flor, a mi edad, y que no le importaría tomar un café algún día conmigo. 

Mientras bajaba en ascensor, pensé, con un sonrisa en los labios, si aquel señor habría besado alguna vez un a un astronauta.

9 comentarios:

  1. ¡De la tierra a la luna, de la corta infancia a la más larga infancia!

    ResponderEliminar
  2. El salto final en el tiempo es bestial, y sin embargo uno imagina toda una vida. Alucinante la palabra.

    ResponderEliminar
  3. Pues mira, como hacia atrás ni para coger impulso, sigo tu historia justo donde la has dejado porque meeencanta pensar q en los asilos hay vida jaja así que si a esta mujercita adorable la besó un astronauta ¿por qué no dos ? ;)

    No te rías q pienso escribirte de corrido y sin repasar ... ( prometo no arrepentirme y salga lo que salga y no borrar.. tengo q aprender a sumir mis destrozos con la cabeza alta jajaja )

    .......

    .....Y no pude terminar de pensar en ello... al abrir la puerta del ascensor me volví a encontrar de bruces con él, pero esta vez como no estaba mirando hacia abajo pude ver su cara surcada de arrugas, su pelo cano y espeso, tal vez 80 años, tres o cuatro menos que yo ( jeje) y sobre todo .. sobre todo aquella deliciosa mirada, tan cálida y acariciante como su sonrisa ... no sé cómo pero cuando pude ver su cara estaba sobre la mía y sus labios acaban de rozarme ..no sé él, pero yo sí que he besado a dos astronautas ;)


    ¿Por qué no va a haber vida más allá de los 80?... yo pienso llegar a los 100 y pico ( mi abuela vive y tiene 103) ... así q deja de fumar ¡ya! jajaja ( a RAUL no le digo nada porque me da q no fuma ;)

    MmuaaaksS!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me parece genial María. Tal vez pasara así en la siguiente cita médica. Ya sabes que me gustan los finales abiertos. Lo ambiguo. Lo relativo. Y que echéis a volar vuestra imaginación como pájaros.

      Eliminar
    2. Sólo fumo de los labios de una mujer fatal (soy un cenicero para las colillas), aunque besar a una mujer fatal provoque enfermedades fatales...

      Eliminar
  4. ...y al final es que te puede gustar mucho una cosa,(astronauta, por qué,¿no?) pero echar de menos es una putada que cambia el orden de prioridades y no te das cuenta, o sí... en realidad siempre estamos en las nubes.
    Pero qué bueno ser capaces de tomar la decisión. De recordar. De ser valientes...

    ResponderEliminar
  5. Hagas lo que hagas estás jodido. Por qué no hacer lo correcto? Y Qué es lo correcto? Ves? Hagas lo que hagas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hagas lo que hagas es más fácil hacer lo incorrecto.

      Eliminar
    2. Antes lo hacía,no sé,me estaré haciendo viejo.

      Eliminar