26 de noviembre de 2016

El increíble hombre menguante





Era el momento perfecto para amarla-pijama de ositos, toalla en el pelo, recién emergida del baño-, era la luz que entraba por debajo de la puerta y la lluvia era bonita detrás de los cristales, recién follados, así y, comiendo chocolate negro y entonces, metí un pájaro en la batidora, dos o tres nubes, un día de abril y unos cubitos de hielo para celebrarlo y se lo puse en un vaso y pensé, que en Riga la lluvia eran puñales cayendo en picado y otra vez comencé a hablarle de que cada día estaba más cerca del mundo subatómico, mientras ella se llevaba a la boca la aceituna del Martini, que la respuesta estaba dentro, más adentro, que no había conseguido ningún resultado mirando el horizonte ni alejándome cada vez más del suelo hasta flotar como una pompa de jabón por el espacio sideral, que alguna gravedad desconocida e inevitable me impulsaba a ir ahora hacia el interior de las cosas, cuyo interior, a su vez, estaba hecho de otras cosas y a su vez de otras y así no sé si hasta algún infinito y que las cosas más cercanas por ejemplo, tenían nombres como: edificio, mercado de valores, árbol u hormiga u átomo u núcleo u electrones, neutrones, protones, bariones, mesones y así hasta llegar a los Quarks o a un leptón o a las partículas Tau y poco más tarde a otras cosas que aún no tenían apellidos y, que podía vivir comiendo una manzana al día o, un huevo, y sobre todo, no creer que existía la felicidad tal y como la conocíamos. Que algo había liberado a mi pesar en mí otros sentidos en algún momento y podía ver a través de los volúmenes e incluso acertar a pensar que alguno de ellos no eran del todo reales, y en cambio, podía ver perfectamente otros que nadie más veía. Colores que no se encontraban en el campo y olores que podían tocarse con las manos, perfectamente como el pan o un higo. Que cuanto más lejos llegaba menos importancia tenía. Que la magnificencia de lo que observaba era tal, que era más grande que las más grandes cordilleras montañosas y los más grandes imperios que el hombre había construido. Que sus leyes y fronteras y promesas. Y que un día me haría tan pequeño para poder pasar por todos aquellos recovecos parecidos a ojos de aguja, que ya no volvería. Habitaría, de algún modo entonces, un todo, formando parte, sin duda, de ti también, solía decirle.

Le importaba una mierda. Ella era más de andar por casa y un día, sin irme, me hice tan pequeño que ya no volví. Me buscó por todos los cajones. Dentro de la lavadora y en el bar y en el estanco. Pero yo sigo aquí. En todos los sitios. En los vasos de agua y el polvo de los muebles. En cada lágrima, o la primera luz del día.

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