16 de noviembre de 2016

Evelyn & Dylan





...que con el tiempo y en contra de todo pronóstico, Dylan Mahoney no llegaría tan lejos como decía él de pequeño señalando una estrella con la punta del dedo mientras Evelyn se ponía el indice en la sien y lo giraba de un lado a otro y le decía, que estaba loco y que por eso le gustaba; pero sí llegaría a ser astrofísico, e incluso a formar parte del protocolo Hamilton cuando este se activó porque el satélite Dédalo, recibió una señal del espacio exterior. Y hasta conocería a Verónica, la primera extraterrestre.

Lo mejor de los días de clase, era salir de clase. Salían corriendo del colegio cogidos de la mano y eran los primeros en montarse en el bus porque les gustaba ese sitio- él había pintado en la ventanilla “Evelyn& Dylan” dentro de un corazón con un rotulador y como ya hacía tres meses que eran novios y aunque nadie lo supiera todavía, también había dibujado una flecha. Y corriendo, salían del autobús y enfilaban la colina y entraban en casa de Evelyn como un vendaval y piando mamá mamá qué hay hoy de merendar y corriendo, cruzaban a casa de Dylan con una tableta de chocolate negro y un pan bajo el brazo y como un vendaval salían por la parte de atrás con una revista de papá escondida debajo de la camiseta con fotos de la Loren enseñando por la playa las tetas, mientras a lo lejos, ya, se escuchaba una voz que decía, a lo lejos, “¿y cuándo piensas arreglar tu cuarto?”.

Hasta tenían un cuartel general: la casa del árbol. Y una bandera o, la misteriosa desaparición del mantel blanco de lino de la abuela. Evelyn le había dibujado un Unicornio, que en realidad parecía una gamba, aunque Dylan nunca se lo dijo.

Al principio se odiaban. En segundo curso, Evelyn no hacía más que sacarle la lengua en público o pegarle chicles en el pelo o esconderle los lápices en la cisterna del váter o lo que se le ocurriera a ella aquel día, como si no hubiera más niños en el cole a los que hacer la vida imposible. Hasta que un día, Dylan, se levantó de su silla y dijo en voz alta, he sido yo. Y era mentira. Había sido Evelyn la que había puesto una chincheta en el asiento de la profe. Lo expulsaron de clase una semana. Todos los días, Evelyn trepaba a la habitación de Dylan por una enredadera y se sentaba en el marco de la ventana. La primera vez Dylan se asustó, porque creyó que era un pájaro, o un cometa, o una flor; pero la segunda la estaba esperando: “¿Quieres ser mi novia?”.
Aunque no fue tan fácil. Evelyn le impuso algunas condiciones:
“-Nada de besos. Ni de llamarme linda ni nada de eso que hacen los de séptimo curso, ni...”
Después se escupió en la palma de la mano y la extendió hacía Dylan y dijo “Jura”, y juraron. Y automáticamente después, allí mismo, él en calcetines de ositos y ella en falda plisada, Evelyn le dio el primer beso. Porque le dio la gana.

A veces también iban al río a pescar ranas, y aunque a Dylan le gustaba más disparar con una escopeta de tapones de corcho a las libélulas, Evelyn siempre acababa metida en el fango cortando lombrices por la mitad. Una vez se comió una.
Otras sacaban de debajo de la cama de Evelyn una caja repleta hasta arriba de pequeñas pelotitas de goma e iban al puente a arrojarlas en la autopista y cuando pasaban los coches, era todo un espectáculo verlas botar de aquí para allá como en una máquina de pinball. Nunca supieron cuántas de aquellas pelotitas acabaron en uno u otro sitio cualquiera que viniera en los mapas. Una de ellas por ejemplo se metió por la ventanilla de un Mustang y luego en el bolsillo de la chaqueta de un piloto de la Pan Am que iba conduciendo hacia el aeropuerto porque a las cuatro a.m., salía su vuelo a Hamburgo.

4 comentarios:

  1. ¿Es cierto que las extraterrestres se depilan el monte de Venus con una uve de "Visitante", o, "Verónica", por necesidad, así como mi prima?
    Lo mejor de los días sin clase era no tener que ir a clase, creo que lo aprendimos todo en la calle, con soltura: ¡enséñale a mi cintura a manejar tu coeficiente intelectual!
    Correrse en unas tetas de papel siempre fue menos complicado que llegar a la ciencia de los pechos pasando por el purgatorio del amor: gambas al ajillo de noche y unicornios de día.

    Una vez se me rompió el pantalón y me tocó ir al encerado, aguardé en el baño a que me lo cosieran, la inconsistente vergüenza no podía ocultar su tardanza.
    Si pretendes ser mi novia, quiero que seas maleducada, simple e infiel como una chincheta en el trasero de una monja, o inútil como una escoba sin cerdas: de las chicas me gusta probar su afila-lápiz y su borra-todo.

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  2. A mí de las chicas me gusta que me enseñan a vivir.

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    1. A mí, tanto como enseñar, no. Creo que son un acicate para el malvivir.

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