4 de noviembre de 2016

Verbo



Si me llamara Shalimar y tuviera once años y mis padres estuvieran a punto de entregarme en matrimonio al señor Iham a cambio de no sé cuántas cabras, estaría temblando de miedo. Si tuviera que ir a la panadería de aquel Sarajevo del sabor a escombro y a las calles desiertas y se me hubiera olvidado darle un beso a los niños y otro a mi mujer, nunca podría perdonármelo, porque nunca sabías si ibas a volver con pan caliente o con un tiro en la cabeza. Si estuviera sentado a los pies de la cama de uno de mis hijos y el médico ya hubiera dicho lo siento, es todo lo que se puede hacer, si estuviera a los pies de la cama, estaría rezando. Con toda mi alma. Con los ojos cerrados. Con los puños estrujando las sábanas. Aunque no crea en dios. Si otra vez fuera mil seiscientos noventa y tres y me estuvieran quemando por bruja, desearía la muerte con toda mi alma en vez de la carne abandonándome los huesos, del olor a orinal, de las cenizas elevándose en el viento. Si Harvey me diera una paliza cada vez que algo no le sale bien. Estaría esperando, esperando ese algún día. El día que al llegar no me encontrara porque estoy detrás de la puerta con el cuchillo grande de cortar el queso en la mano. Si tantas cosas, peores que estar sentado en un sofá sin saber cual es el Norte, o porque no pasa por delante de la tele un tren que me lleve a Escandinavia.

Después salgo a la calle y me sorprendo mirando los cables de la luz, de los teléfonos, de las antenas parábolicas y la fibra óptica, enredándose en los bloques de piso como la hiedra, reptando hacia arriba como una red arterial, dibujando kandinskys en los ladrillos rojos, extendiéndose como ríos hacia los tejados, perdiéndose en el sky line de esta ciudad de carriles bici y tiendas donde venden plátanos, y, miro a otro lado y veo volar una bolsa de plástico del supermercado, la veo elevarse y elevarse hasta que la pierdo de vista y me pregunto dónde irá, o escucho la canción del butanero golpeando una bombona contra otra hasta que la gente asoma por los balcones y hacen así con tres dedos, o con cinco, sin ascensor, y me gusta ese estribillo que dice joder estoy viejo para esto, mientras el hombre sube peldaño a peldaño un día más de su vida y, en la acera de enfrente hay pintado un te quiero en la pared, con letras grandes, te quiero Emmy, y le voy a meter fuego al coche de tu profesora si no te pone un diez en ser tan guapa. A lo lejos el pi pi pi de todas esas ambulancias; los perros; los niños saliendo del colegio, los brindis a la hora del almuerzo; los timbres de las bicis, las cáscaras de pipas crujiendo bajo el peso de los pies; las filas de hormigas y los peces de acuario; los girasoles y las ruedas de los coches, los tranvías y los libros. Los barcos. Las cigüeñas. El pelo de Lidia por el retrovisor.

10 comentarios:

  1. fascinante.... no dejó de romperse la guitarra eléctrica en mi corazón mientras tu voz daba vuelta al asfalto donde perdí un día una servilleta que decía algo importante sobre el big bang o sobre aquél hombre triste de cigarrillos de flores

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me gusta mucho saber que estamos aquí después de tanto. En este reducto para miserables,aquí,viendo llover mientras la tarde.

      Eliminar
  2. El señor Shalimar estaba temblando de miedo porque no sabía que hacer con una niña, ya que se había criado toda la vida entre cabras; por supuesto, no esperaba que ese enlace tuviera un buen desenlace.
    Sólo apelamos a Dios cuando no hay más remedio, y éste siempre nos amonesta con un: "te avisé, sabías que era corto el tiempo y no hiciste nada para apreciar el instante".
    La religión no sabe qué hacer con sus milagros: las tumbas están llenas de inocentes y quemados.
    El sofá es peor que esos fiordos escandinavos que se te clavan en la butaca, el asalto de un Ángel glaciar o un alicatador noruego violándote las uñas de los pies.
    El perro de kandinski firmaba sus cuadros con una meada (si el realismo se convirtió en abstracción, sin duda, se lo debemos a la verga de un chucho).
    Rojos ladrillos entre tus cachas y el sol reclinando horizontes, el ocaso es como Taylor May en una creampie gangbang.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tus comentarios me aportan otros puntos de vista. De los que aprendo. A veces nadie pisa el suelo como tú.

      Eliminar
    2. Me gusto eso de "reducto para miserables", cuadrúpedos sin montura, indigentes y pordioseros que participan de tu concupiscencia. ¡Yo aprendo mucho más porque nadie acaricia el cielo como tú!

      Eliminar
    3. Es la forma más preciosa de consolarse que he leído en mi vida … ( si de verdad hubieras estado tirado en un sofá muerto de asco … ojalá, no;) y lo que te ha escrito RAUL encima de este comentario, lo más bonito que te ha dio en su vida en nuestro idioma, en el suyo seguro que te ha dicho cosas alucinantes, pero yo no se lo pillo ;)

      Mañana te digo algo en la del cover de Beethoven … me pone triste esa música y hoy es sábado ... bueno sí, te voy a decir algo pero cortito para no contagiarme ...

      ;-)

      Eliminar
    4. Prefiero llamarlo aceptar en vez de consolarse. Cuando hay que luchar se lucha. Cuando hay que dejar a un lado las armas y pactar, se hace. Tal vez el equilibrio consiste un poco en eso.

      Eliminar
  3. En realidad nadie es como nadie y todos somos lo mismo, aunque durante ese periodo de tiempo que llamamos vida,nos empeñemos en verlo de otro modo.

    ResponderEliminar
  4. Hay personas que son verbo(lo he leído en alguna parte).

    ResponderEliminar