30 de enero de 2016

Despretérito impoluto de la trigésimo tercera persona del verbo amor


Trabajaba hacía poco en la barra de un céntrico bar de la Avenida Welis por entonces pero ya conocía de a diario a bastantes clientes cuando apareció con un carrito de la compra y un bastón con cabeza de galgo plateado la señora aquella que desde luego había visto varías veces y vendía, a la puerta del mercado, tabaco de contrabando. Nadie sabía su nombre. Siempre pedía un café. Pagaba con monedas pequeñas y se ponía otra vez a pregonar el Winston y el Marlboro.

Aquel día hacía mucho frío:

“-Ponme un cafelito, hijo, muy calentito, que hace hoy mucho frío.”

Había mucha gente, las prisas del trabajo, yo qué sé. Y le puse un café que mataría a un caballo. Agua con algo. Frío como el día. Sin ningún amor. Sólo le faltaba una mosca flotando.

Al rato, la mujer seguía allí. Con el café intacto. Con las cara intacta. Como si el tiempo se hubiera congelado. Y con la mano, me hizo así. Y me acerqué, y procurando que nadie se enterara excepto yo, me dijo, muy bajito, que “a lo mejor esto es lo único caliente que me voy a tomar hoy”. Que su marido se gastaba en putas malas el dinero de la chatarra, que tenía un hijo en la cárcel y otro enterrado en Santa Fe y otro casado con una paraguaya a saber dónde y en qué y otro tirado en un sofá porque le había faltado oxígeno en el parto y...; que de joven había sido muy bonita, pero que tanta paliza y tanto parir para nada la habían dejado en el pellejo.
Que si no me daba pena ponerle aquello.

Y después se marchó. Y dejó allí su dinerito. Moneda por moneda. Y yo me quedé allí, como un pez fuera del agua agonizando de vergüenza.

Y desde entonces me sobran las palabras.



29 de enero de 2016

Querido diario, día último




“-No eres muy listo y te encanta trabajar bajo presión, así que te lo voy a poner fácil, entre la espada y la pared, como a ti te gusta: o sigues estrellándote contra las rocas, o lo aceptas”.

Qué rico está este cigarrito. Perdona, no te estaba escuchando, ¿que acepte el qué?

“-A ti.”

Ahí llega uno de esos bonitos momentos con música de violín y margaritas. Ni no na niiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
No voy a llorar ni nada de eso. Un día me sequé. O las cosas ya no me importan tanto. Aunque lloro con las películas baratas con chica y aviones que surcan el cielo. No sé si eso es llorar.
Miro el horizonte.

¿A mí?

“-Hay cosas peores. Y eso de ahí fuera no va a cambiar, seguirá habiendo leones y panteras y trampas para oso. Juega tus cartas, cruza los dedos y ponte a ser tú. Un salmón río arriba. Y escribe. Escribe como si fueras a morirte mañana. O sigue como ibas, torciéndote, doblándote, negandolo todo como si fueras San Pedro a las seis de la mañana. Destruyéndote. Dejando un rastro de hojas muertas.
Acaba esta lucha.
Yo necesito esas alas, tío, y tú necesitas seguir respirando. Te encanta respirar.”

Eso es verdad.

“-Deja de buscar.”

Ha pasado un pájaro. También me encantan los pájaros.

“-Eres bonito. Esa manera que tienes de mirar. Tus manos. Tan calientes siempre. No eres un error de la naturaleza ¿sabes? Sé tú. Paga ese precio. Hay cosas que te han salido más caras”

¿Y los abrazos? ¿Y los besos? Porque también me encantan los besos. Los pequeños más. Muy seguidos. O los besos en la frente. Cuando estás resfriado y eso. Y los besos guarros. Como de perro. Y los de hola qué tal cuánto tiempo me alegro de verte.

“-Puedes vivir sin eso. Pero no puedes vivir sin un paisaje. Sin el olor del mar  a tus espaldas, sin el viento en la cara. Sin ladrarle a la luna. Sin nubes. No puedes. Ya te has muerto otras veces. Porque no puedes. No puedes.”

Ya me he enterado joder. Y estoy de luto, coño. Podrías darme un poco más de tiempo.

“-Tengo que irme.”

¿Ya?

“-Ya he dicho todo lo que tenía que decir. Aunque no estaré muy lejos si me necesitas.”

Y después el silencio. La espada clavándose en mi carne. La gota de sangre. La espalda contra la pared.

Y todo el camino por delante.


28 de enero de 2016

Querido diario, día 9


" - Mírate: eres el hombre que apenas se refleja en los cristales de los escaparates.  ¿Es lo  que quieres? "

He pensado que si me emborracho no la escucharé.
Pero cuando vuelva seguirá estando ahí.  Y además la resaca. Y a saber. He pensado en un antivirus. Proyecto Ego. Pero hace mucho tiempo que no tengo. He pensado en invernar. Como los osos. En hacerme millonario a ver si el dinero me pudre.

"-¿Qué cosas te gustan?"

Me gusta estar solo.

"-No pasa nada. Seguro que tiene un nombre. Cuando las cosas tienen nombre son más fáciles."

"-¿ Cuánta gente has visto sonriendo en el metro? Los demás van en sus cosas. Resolviendo siempre algo. Lamiendo sus heridas. Y alguno, sonríe.
Podrías ser tú. De vez en cuando.
He trazado un plan, por cierto"

No jodas.

" ...así que con lo que tenemos...Bla  y bla...porque está claro que no se pueden hacer milagros...bla...bla...o sea: llevas una mierda de cartas, pero las he visto peores y hacer saltar la banca"

¿Está haciendo números conmigo? Hija de puta .

"- Empezamos en cinco minutos. Te voy a poner cachas. Emocionalmente hablando, claro."

¿Y tú que ganas?

"- Mis alas. No te jode. Como en aquella película."

¿Me has escondido el tabaco?

"-Sí "

¿ Por qué?  Me voy a morir tía.

" - Porque me sale del chichi."

Pero...Pero...

"-Cuando aprendas a comportarte..."

Lo voy a encontrar.

"- No lo vas a encontrar.  Soy tu parte lista. ¿ Quieres fumar?"

No.


"-Vale."

27 de enero de 2016

Querido diario, día 8


“¿-Ya tienes un nombre para mí?”

Coño. Qué susto. ¿Todavía estás aquí?

“-Cumplo mi misión, eso es todo. ¿Crees que me gusta lo que hago?”

¿Tú misión? ¿Joderme vivo? ¿Machacarme?

“-Exactamente. Pero si pones de tu parte todo será más fácil”.

O sea, que te de la razón. Siempre. Porque tú siempre tienes razón. ¿A que sí?

“Siempre. Yo no tengo la culpa. Se supone que soy la voz de tu conciencia. ¿He pedido yo estar aquí? Pues no. Para mí tampoco es fácil. ¿Así que qué te parece si hacemos un trato? Soy la única cosa que te va a sacar de aquí”

Lo primero que hay que hacer ante lo inevitable es ponerle un bonito vestido.

“-No me gustan los vestidos. Me gustan los jeans. Ajustados. Y las zapatillas de deporte. Rojas. Y una blusa blanca. Lisa. De algodón. Me gusta hacerme una cola de caballo y el yogur de coco. Fumo. Y el café me gusta solo. Nunca llevo sujetador. Tengo los ojos azules y me gusta meter la punta del pie en la arena de la playa.”

Bueno, lo segundo, ponerle un nombre. Es más fácil cuando las cosas tienen nombre. ¿Qué tal Aurora?

“-No quiero llamarme Aurora.”

¿Y cómo coño quieres llamarte? No puedo perder el tiempo en estas tonterías. Estoy muy ocupado buscando el Norte, ¿sabes guapa?. Y además da igual como te llames. No quiero ser tu amiguito. Quiero que me dejes en paz. Quiero dormir tranquilo, quiero que te vayas. Como te llames. Quiero olvidar las farolas y los vestidos de flores amarillas y toda esa mierda que sólo me trae problemas. Las calles empedradas, los grillos, el sonido del viento, quiero, una vida normal y un cerebro normal y un bol de palomitas y una película mala. Quiero ser cutre, plano, uniforme, plural, tener menos escrúpulos, menos ojos, menos de todo, quiero...

“-¿Has terminado?”

Sí.

“-Vamos a empezar por el principio. ¿Qué te parece? Por saber lo que quieres. ¿Sabes lo que quieres? ¿En serio?”

Quiero que te vayas.

“-Me gustaría un nombre, no sé, que huela a limpio. Como el de esas chicas de los cincuenta con los dientes tan blancos y los labios tan rojos. ¿Qué te parece Betty?”

Ridículo.

“-Eres muy desagradable ¿sabes? Intento ayudarte a salir de esta mierda. Quiérete un poquito. No eres un monstruo. No estás enfermo. Tienes brazos y piernas, joder, yo no tengo nada de eso y me aguanto. Y no quiero emplear el plan B.”

El plan B. Vaya. ¿Me tiene que dar miedo? ¿Y qué coño le pasa a Aurora? ¿No es un nombre bonito, lleno de esperanza y toda esa cosa, luminoso, especial? ¿Por qué coño no te quieres llamar Aurora? Yo también tengo un plan B, coño, y no te amenazo con tomarme un bote de pastillas. No soy tan tonto. Siempre he solucionado mis problemas. Y he llegado hasta aquí. ¿Y sabes Aurora? Estoy orgulloso. Puede que a veces me comporte como un estúpido; ¿y qué? ¿Por qué coño no te quieres llamar Aurora? Por cierto, no intentes acostarte conmigo. No estoy para nadie últimamente.Y otra cosa: te puedes meter tu plan B por...

“- Aurora está bien.”



26 de enero de 2016

Querido diario, día 7


Querido diario: a lo lejos se escucha el ruido de los coches. Por allí pasa la autopista. A lo lejos.

Esta mañana me he bajado del metro y al final del pasillo he subido el primer escalón. Una chica se ha quedado mirando. Y luego una anciano. Y después un chico con gafas y el pelo rizado. Y me he dado cuenta de que estaba allí parado. En aquel escalón. De que aquello no eran las escaleras mecánicas. De que el suelo es de cemento. De que una niña chica me está señalando con el dedo y preguntándole a su madre que qué le pasa a ese hombre.

Que me acorde de...

Y así estuve un rato. Mascando pétalos de rosa.

Entonces escuché la vocecita:

“-Sube otro escalón”.

Me volví, y no era nadie. El eco y yo, y esa luz blanca tan, blanca.

“-Marilú no ha podido venir”.

Me vuelvo a volver. Nadie. Su puta madre, justo ahora, que empezaba a tener algo de cordura.

“-Si vas a tardar mucho en continuar con tu vida me pintaré los labios mientras tanto. Creí que eras más alto, por cierto. ¿Te gusta este color? Es rojo. Aunque no puedes verlo, claro. Porque soy invisible. Para que no puedas hacerme lo que le hiciste a Marilú-la arañita parlante- con una zapatilla. Y es una pena porque soy preciosa. Este trabajo es muy ingrato. Tienes tres segundos para mover un pie. Uno...”

-¿ O qué?

Mi voz resuena en el pasillo como una moneda en el fondo de un pozo seco.

No hace falta que me empujes, joder. Yo puedo solo. Y subo y enciendo un cigarro y me cago en la vida seis veces. Y luego otras seis. Hasta que me canso.

Así que invisible...vaya...vaya...qué putada. Ahora tendré que aprender técnicas ninjas o algo parecido para librarme de esta cosa.

“-Si estás pensando en aprender técnicas ninjas para librarte de mí, olvidalo. Soy tan etérea como una mota de polvo.”

No te necesito.

“-Eso dicen todos.”

Y ya te odio.

“-Sólo hay una manera de librarte de mí, y lo sabes.”

¿Gas lacrimógeno?
Yo ya tengo sombra, chica interesante. Estás perdiendo el tiempo conmigo.

“-Mañana tendré nombre. Te lo aseguro.”

Me gusta ver las lucecitas de los coches, a lo lejos, en la autopista.

25 de enero de 2016

Querido diario, día 6


Querido diario: A veces la vida es una mierda pinchada en un palo. Se te cae la tostada del revés al suelo; un coche te salpica de barro; se muere tu perro; te quedas sin trabajo; se te acaba el amor; suspendes sociales; o el mundo es invadido por los alienígenas o el arbitro anula un gol o se quema tu casa o el médico te dice que si quieres un cigarro, que ya da igual, que para lo que te queda, o, las pisas a todas bailando o te ha salido un grano en la punta de la nariz, rooooooojo, enorrrrrrrrme, o ves a tu novio con otra, o cae un meteorito en el cuarto de baño, o cualquier otra cosa entre un millón de millones de otras cosas horribles que pueden pasarte. En cualquier momento. Así, como suena.

Puedes cerrar los ojos muy muy fuerte mientras pones rumbo a mitad del desierto sin mirar atrás, por supuesto. No está mal. Si no fuera porque en mitad del desierto no hay agua. Ni estancos.

Puedes pegarte un tiro.

Y puedes armarte hasta los dientes y luchar hasta el final. Porque si quieres estar mañana aquí, en este sitio donde crecen las margaritas y las lagartijas se pasean al sol y las olas del mar traen hasta tus pies cosas bonitas y barquitos de papel de periódico, a este sitio con estrellas y pájaros y la risa de los niños y tantos, tantos colores, si quieres, tienes que ganártelo.

Así se juega a esto.

23 de enero de 2016

Querido diario, día 5


Querido diario: a veces cierro los ojos y escucho el mundo. Eso son pájaros. Pío-pío. O sólo pío. O seis píos seguidos. Dos píos juntos, silencio cuatro píos, significá te quiero. Cuatro píos, silencio, dos píos, silencio, un pío largo, significa me voy a por tabaco.
Eso es un coche que acaba de pasar y eso, un perro ladrando desde un balcón. Lo sé porque viene de lo alto. A no ser que sea un perro volador. De una ventana sale la voz de un locutor hablando de Gettisburg.
Esto es el Sol. El Sol en la cara. Y este el color naranja. Por dentro. Como si no hubieras nacido todavía.
Acaba de pasar un helicóptero.
Los tickes de los parkings rodando por el suelo; el pum pum de un martillo; los carritos de la compra; las gotitas que caen sobre los paraguas; Alguien que tose; el camión del butano, el clinck clink de las cucharas de café. Y a lo lejos el mar. Pintado a mano. Bordado de pesqueros. Azul.

Cierro los ojos, y te espero.

Siempre apareces de una esquina. Con un vestido blanco de flores amarillas, y en el pelo una tormenta.


22 de enero de 2016

Querido diario, día 4



Querido diario: Respiro hondo. Muy hondo. Como si fuera a sumergirme en el fondo del océano. Y llamo a atención al cliente de mi compañía telefónica.

“-Si su pregunta está relacionada con bla bla bla, pulse 1”

Y así hasta el cuatro. Pulso cuatro. Se abre un sub-menú que me pregunta si quiero contratar el nuevo servicio de no sé qué. Pulso 2, que significa, no, no quiero contratar una mierda, quiero que me pasen con una de esas señoritas con un bonito acento que me de los buenos días y me pregunte cómo me llamo.

“-Tal y tal me llamo. Y tengo pendiente con ustedes un tema que...”

Me escucha. Que qué raro. Que será un error, mire, esto es lo que vamos a hacer, le voy a pasar con una compañera que...

Pa pa pa-pa...pa pa papapapá...Preferiría a Mozart. O el Sweet home Alabama.

Salgo a la superficie un momento y vuelvo a coger aire.

“-Buenos días mi nombre es...”

Y tampoco puede solucionar mi problema. Y vuelven a pasarme con otra voz otra vez con otra mujer con nombre bonito, con una voz bonita, con modales de magdalena, con paciencia de piedra, y mientras le doy un sorbo a mi café pienso en lo afortunado que soy rodeado de mujeres toda la mañana.

“-¿Hola? ¿Señor Tal y tal?...mire, creo que, hay una manera de solucionar este problema, que tal, si- no entiendo lo que dice, parece un informe de la N.A.S.A, un pergamino egipcio, no sé-, quitamos esto de aquí y lo ponemos allí y le hacemos un lacito y además es gratis porque no le cobramos el alta y por si fuera poco...bla bla bla.”

Ni idea. Pero suena bien.

No me ha dicho su nombre.

“-¿Cómo te llamas”.

Me he permitido tutearla. Hay un silencio de más o menos un segundo y treinta y siete milésimas. Luego dice “¿perdone?”. Y yo vuelvo a preguntarle su nombre, y, esta vez el silencio bate su propio récord y se alarga hasta los dos segundos veinte.
Se lo está pensando. Como si estuviera prohibido salirse del guión. Como si fuera un pecado.

“-Natali”.

Imagino que le falta una e al final.

Cuelgo.

Miro las putas nubes. Enciendo un cigarrillo. Un pájaro se posa en el brazo de la silla.

A empezado a llover, Natali con e al final.

Justo a tiempo.

21 de enero de 2016

Querido diario: día 3


Querido diario, este viento tiene unas manos tan bonitas...dan ganas de cerrar los ojos y dejar que te acaricie. Que te meta los dedos entre el pelo. Que te bese los párpados. Que te abrace. Que te susurra al oído, yo, te amo.

19 de enero de 2016

Querido diario: día 2


Querido diario, hoy, es martes.
En la parada de autobús había una señora esperando. Pude sentir sus ojos en mi nuca: “Muchacho...¿sabes si tarda mucho el autobús?

¿Cuál autobús?

Está como perdida. Parece una niña. Con su pelo plateado y sus zapatos de viejita y una bolsa de plástico colgando del brazo con dios sabe qué.
Se nota que en casa sólo tiene un cepillo de dientes.

-Es que voy a ver a una amiga al asilo de ancianos, y cómo tengo las piernas operadas, se me ha escapado el último autobús y...bla bla bla...que yo en casa me las apaño muy bien sola. ¿sabe, muchacho?; muy bien, no me hace falta nadie. Yo pongo mi televisión y me hago una ensalada y me siento a que me de sueño. Mis hijos me llaman, a veces. Vienen poco. Están muy ocupados. Los niños, el trabajo...bla bla bla...pues Elvira, mi amiga, esa si que ha tenido mala suerte. Su marido le...eso, eso que hacían antes los marido cuando llegaban a casa borrachos, y un día Elvira cogió a los tres niños y se fue a Barcelona. Y allí conoció a Paco, al cabo de un tiempo, muy despacito, con mucho amor, porque Paco, era pastelero. Y Paco va y se muere. Al poco de que Elvira levantara cabeza. A los gemelos los pilló un tranvia. Y del otro no se sabe, la metió en un asilo y se embarcó para la francia con una camarera del barrio chino. Total, que está más sola que la una...bla bla bla...y esto que le llevo son macarrones, porque dice que allí come muy mal, que no le ponen sal a nada...

Ahí viene mi autobús.

17 de enero de 2016

Querido diario: día 1.



Querido diario:

Padezco el síndrome de mí desde que tengo uso de razón. No es mortal, pero te jode la vida. He probado de todo: emborracharme hasta morir; mentirme como un auténtico profesional; romper el cerdito y gastármelo en psicólogos; cerrar muy fuerte los ojos y desear ser otro; tirarme de un tercero; llorar hasta secarme...y no hay cura. Así que lo único que puedes hacer es aceptarlo. Vivir con ello como vive un hombre sin piernas sin piernas, como vive un sordo sin poder escuchar su propia voz; como viven las orugas siendo orugas.

El síndrome de mí, entre otros, comprende los siguientes síntomas:

-La gente te mira raro. Porque vas como al revés a todos lados. Pensando en no se sabe qué. No hablas mucho y cuando hablas, nunca es lo que el otro quiere escuchar. No has visto un protocolo en tu puta vida.

-Alergia a las conversaciones banales tipo ayer me comí un coño o mi equipo es el mejor y el tuyo es una mierda.

-Amar cada átomo. De cualquier cosa. Un trozo de madera, el agua de un río, la nieve, el pelo de las muñecas, las latas de tomate triturado, las cáscaras de pipas, los rayos del sol, los almanaques, el asfalto y la salsa barbacoa, los tigres, el cubito y el radio, en fin, así hasta el fin de mis días.

-Parecer idiota. Hasta el punto de que casi te lo crees.

-No rendirse nunca. Da igual que te apaleen como a un perro, da igual que te pase por encima un camión, da igual cuántas puñaladas por la espalda, cuántos sobornos te ofrezcan para que vayas hacia la luz, da igual las patadas en la boca, perder un trabajo, un amor, el tabaco, tú, nunca te rindes. Lo llamas tu camino. Y no siquiera sabes muy bien donde va a llevarte.

-No tener nada que perder. Y eso a veces te convierte en alguien peligroso.

No hay medicación. Bueno, el mar ayuda; pero también puede tragarte.

Pero si aprendes a jugar al basket y resulta que sin brazos haces canastas de tres o, eres ciego pero cruzas la calle y sabes dónde esta la sal y qué rico debe estar el culo de la cajera del súper o, vives en una zona de guerra porque el mundo es así y te ha tocado pero te levantas y sales a trabajar y a la vuelta todavía estás vivo y hay sopa en la mesa, si quieres, si puedes, si todavía respiras... yo puedo vivir con esta enfermedad. Es la opción. No tengo otra.

Puedo poner una película y llorar lagrimones como pelotas de ping pong que caen al suelo y hacen plo plop, porque la chica rubia se va a Boston, joder, en vez de quedarse con Bryan, que está de rodillas ante ella, tan tonto, tan pobrecito, diciéndole, Doris, no te vayas, yo, te amo más que a nada en este mundo, por favor.
Por favor.

Por favor.

Jódete Bryan. Aprende a vivir sin Doris. Échale huevos.

Puedo salir a pasear y rozar con la punta de los dedos las paredes y oler cómo huelen las mujeres que pasan por mi lado y puedo, seguir bajo la lluvia un rato más. Tengo en casa aspirinas. Merece la pena, y sé que algún día lo echaré de menos. Puedo comer queso y puedo acostarme muy tarde porque estoy inventando una cosa que da vueltas, así, y que no sirve para nada. Sólo da vueltas.
Así.

A mí me gusta.



14 de enero de 2016

Erase una vez


Lindsey tenía nueve años la primera vez que un hombre la llamó puta en un portal del barrio. Volvió a casa sin braguitas, pasó junto a su madre que le acarició el pelo mientras freía unas patatas sin apartar la vista del fuego: ¿De dónde vienes?. De jugar mami. Y se metió en el baño a llorar delante del espejo.

Norris tenía quince años. Era amigo de su hermano Thomas. Lindsey se secó la cara con una toalla y decidió que de ahora en adelante todo iba a ser maravilloso. Primero tenía que matar a Norris, claro. No sabía muy bien cómo, hasta ahora, sólo había matado ranas con una piedra gorda en el jardín.

Exactamente con la misma piedra que le partió en dos la cabeza a Norris en el patio del recreo delante de todo el mundo. Lindsey estuvo en algún lugar que sus padres nunca nombraron, unos seis años, y cuando volvió, subió a su habitación, hizo la maleta y sin decir ni una sola palabra se escapó por la ventana, sin apartar la vista del fuego.
La casa ardía en la distancia como una bonita estrella. Tomó un autobús, y cuando pisó tierra de nuevo, llevaba los labios pintados de rojo y un cigarrillo entre los labios. Esa noche durmió en el banco de un parque de algún lugar del mundo, y al día siguiente, robó una manzana de un puesto de verduras y mientras le daba el primer mordisco se puso a caminar hacia el resto de su vida completamente convencida de que iba a ser, muy feliz.







13 de enero de 2016

Red seis balas


No entiendo cómo Dios pudo olvidarse de todo esto como si sólo se tratara de otro juguete roto. Desde el otro lado del río hasta casi el océano las plantaciones de tabaco se mecen con el viento y me hacen recordar quién soy y por qué estoy aquí: mi nombre es Red Walace y soy cazador de ángeles caídos.

Llevo haciendo esto desde el levantamiento. Un mal día. El cielo casi no lo cuenta. Los caídos no fueron desterrados; se les masacró como a alimañas allí mismo y sin la más mínima piedad por miedo a que en un futuro volvieran a intentar otro derrocamiento. Yo era joven todavía y no me hacía demasiadas preguntas. Fui ascendido por méritos en la batalla. Desde entonces persigo a estos pobres infelices por todo el universo, incluido este pequeño planeta, con el único fin de acabar con sus eternas vidas. Con la rebelión. Con un enemigo que también tiene alas, como yo, que también sangra, como yo, que echa de menos un hogar del que fueron arrancados sólo por no querer comer la sopa.

La última vez que estuve aquí un tal Alejandro se disponía a conquistar Babilonia. Ahora las armas son otras, usan, pólvora y son capaces de matar a un hombre a cien metros de distancia. La preferida es el Colt. Todo el mundo lleva una. Tienen nuevas leyes y estrellas en el pecho, pero son los mismos. Siempre son los mismos. Esa diligencia va camino a Petersburg. Hay buenos burdeles en Petersburg, mi caballo está cojo-Pum-y creo, que me vendrá bien un baño.

-¿Y quién le espera en Petersburg?

La chica es una de esas señoritas criadas por los negros, seguramente la que lleva a la lado. Lleva un sombrero demasiado grande y tiene los ojos azules. Su voz es bonita.

-Nadie en particular señorita...

-Parrot de Henwicht. Pero puede llamarme Alicia. ¿Ha visto alguna vez un indio? Papá dice que este camino es seguro, que por aquí no hay cortadores de cabelleras. ¿No es horrible? ¿No es horrible Madeleine?

Su negra se llama Madeleine. Aunque seguramente no sea su verdadero nombre. A esta gente le gustan las cosas francesas.

Tras seis horas de una jovial charla con la chica de los ojos azules y la negra de nombre francés llegamos a la ciudad.

Puedo olerte. Sé que estás ahí, en algún sitio, en alguna de estas calles.
Es un olor especial. Nada huele como un ángel. Yo, puedo oler uno a cientos de kilómetros.
Soy un perro de dios. El mejor. Y uno de los pocos que aún no se han hecho esa horrible pregunta: ¿Por qué?
¿No son iguales que nosotros? ¿Nuestros hermanos? ¿No debieron haber sido perdonados? ¿No es infinita la bondad de mi padre?

¿Por qué?

-Quiero una habitación. Y que me llenen la bañera de agua caliente. ¿Dónde está la cantina?

-Cruzando la calle. Firme aquí. Gracias. ¿Se quedará mucho tiempo?

-Sólo el suficiente.

Cruzo la calle y pido un whysky. Y después otro. Y al tercero una puta de no más de veinte años me lleva escaleras arriba hasta una habitación donde me quita la ropa y me llama vaquero, y en sus ojos, puedo ver cuánto echa de menos la granja de sus padres y la tarta de manzana. Me la follo tres veces y le dejo dinero en la mesilla. Vuelvo a cruzar la calle y entro en el hotel y abro la puerta de la 107 y me meto en la bañera y luego me acuesto desnudo sobre la cama y miro el techo y me quedo así hasta que amanece, mirando el techo e intentando no pensar demasiado. Rezo, me enfundo bien la cartuchera al costado y salgo a la calle a que este sol derrita mi sombrero, y mientras enciendo un cigarrillo, veo a los niños jugar en el barro y los carros de los doctores ambulantes pasar calle abajo y las ferreterías abiertas y las mujeres camino de la iglesia.
Podría ser cualquiera de ellos. Está cerca. Muy cerca. A veces ocupan cuerpos hermosos de chicas rubias y modales exquisitos. Otras en cambio se ocultan dentro de viejos con barba y pantalones raídos, cambian, continuamente de envoltura. ¿Por qué no se rinden?





12 de enero de 2016

La sonrisa de los maniquíes


Ahora ya no puedo recordarte tan bonita como entonces porque te portaste conmigo como una hija de puta; pero aquella noche estabas preciosa. Yo aún creía en las princesas, y lo que se bajó del coche aquella noche era una auténtica princesa. El maquillaje era perfecto y hacía resaltar el verde de tus ojos verdes, y en el vestido, llevabas piedrecitas de río que brillaban bajo la luz de la luna como escamas de delfín. Me morí allí mismo de algo que empezó a subir por el estómago y se atascó en mi garganta. Tus labios eran perfectos, joder, cómo, podías sonreír de esa manera, a bocajarro, sin piedad. Más tarde lo supe: porque era mentira. Teníamos una caja de zapatos llenas de fotos donde sonreías de la misma manera. En todas. Una montaña de fotos de una mentira y otra.

Te cogí de la mano, aquella noche, me tragué aquello que tenía atravesado en la garganta y te dije que nunca, en mi puta vida, había visto algo más bonito que tú. Con esas palabras. Y era verdad. Y éramos tan jóvenes. Y te empecé a querer ese mismo momento.

Entramos al baile y a los cuatro gintonics te besé. Y tu boca era dulce. Y tus ojos de miel. Y te dije que tenía una serpiente entre las piernas deseando bailar una lambada y a ti no te importó y cogimos un taxi y amanecimos, tú y yo, desnudos como niños y con hambre y pagamos otra noche de motel y por teléfono pedimos dos sandwiches de queso y otro paquete de tabaco y el mundo fue perfecto. El mundo fue perfecto ¿sabes?

¿En qué estabas pensando?

Y un día fui poco para ti y al día siguiente ya tardabas del trabajo a casa y al siguiente te ponías a pedirle peras a un olmo. Que si quiero una casa más grande, que si el coche va a caerse a pedazos, que para cuándo el viaje a La Habana. Que en qué estabas pensando. Que tu madre tenía razón. Que echabas de menos a Laramie. Tu primer novio, el abogado, que usaba náuticos de piel de Las Guayanas y vivía en Manhattan en un ático nuevo que se había comprado con vistas al río Hudson.

Yo y mi vida sencilla nos fuimos al carajo.

Yo y mis plantas en macetas y mis peces de colores y mis tripas sin coser, yo, y mi quimera de que el amor lo podía todo. Qué tonto. Qué estrafalario. Y tenías razón: te equivocaste. ¿En qué estarías pensando?

Con aquel poco me hice un hombre de provecho. Un hombre lleno de recuerdos y buenos sentimientos. Un hombre rodeado de seres queridos. De buenos momentos. De los mejores momentos de mi vida. Con aquel poco construimos esta casa Selma y yo. Es pequeña y caliente y nunca le han faltado geranios en la ventana ni tartas de manzana. Ni sonrisas. Sonrisas de verdad, de las de cuando alguien que te quiere te hace cosquillas. No ha sido fácil. No lo ha sido. Pero ha merecido la pena.

Hoy te vi por la calle del brazo de un marido Visa Oro. Sin tu sonrisa. Como si mentir, cuando has caído tan bajo, ya no sirviera de nada. Como si hubieras abierto los ojos. Como si ya, siempre fuera tarde para todo.

¿En qué estabas pensando?





11 de enero de 2016

Sr Parker


-¿Va a matarme? ¿Verdad?

Todas preguntan lo mismo. Todas me hablan de usted.

Belinda ya ha gritado todo lo que podía gritar y no le quedan apenas fuerzas. Solloza, gime, me pregunta por qué, bajito, casi en un susurro, que repite una y otra vez: ¿Por qué...por qué?
Porque mato chicas bonitas Belinda. Aunque el por qué de eso es otra historia. No estoy muy seguro de ese por qué. Tal vez esté enfermo. Tal vez me guste. Tal vez no pueda evitarlo. No lo sé. Es cierto que siento placer. Pero no más que cuando muerdo una manzana o saco al perro. Y en realidad me da asco la sangre. Mi padre era estupendo por cierto. Un fontanero de New Jersey y, mi madre un ángel. Nunca pasé hambre. Y me abrazaban.
Llora bonito. Toda ella es bonita. Sus pezones rosados y sus hombros redondos y su pelo castaño y suave y sus ojos de pájaro y los dedos de sus pies y la forma en que ha decorado su pubis. Sus pestañas rizadas. Cada poro de ella, cada trocito es bonito.

-¿Qué le he echo yo?

Nada, Belinda, nada. Eres una buena chica que trabaja en un supermercado y está ahorrando para viajar a Canadá.

-Diga algo...

Ahora dirá, se lo suplico.

-...se lo suplico.

Esta parte me encanta.








10 de enero de 2016

Elegía leré leré


Marilú no ha vuelto-la arañita parlante-. Nunca más. La echo de menos. Con ella todo era más fácil. Me decía lo que estaba bien y estaba mal. Y lo que estaba muy mal. Y como la mitad de las veces pendía de un hilo por ahí por el techo vete a saber en que oscuros rincones, no podía matarla con una zapatilla. Lo intentaba, desde luego. De echo un día lo conseguí. Por eso no ha vuelto, aunque durante cierto tiempo creía ver su fantasma aquí o allá, depende.

Días antes habíamos tenido nuestra última conversación:

“-Te he enseñado todo lo que sé, chico. Y me apetece darme una vuelta por la India. Estuve allí cuando Ghandi lo cambió todo. Hay unas moscas gordísimas rondando el culo de las vacas. Ghandi no era como dicen por cierto. Pero nadie es perfecto. Así que no lo intentes. No intentes ser perfecto. O lo fastidiarás todo. Tengo que irme. ¿No vas a decir nada?”

No.

Supongo que estaba distraída. Fue un golpe seco. No sentí nada. Ni siquiera parpadeé.

Pero a los pocos días empecé a darme cuenta de que faltaba algo en la casa.

De eso hace mucho. Pero todavía cuando no sé que hacer o tengo que tomar alguna decisión importante, me gustaría escuchar su voz de arañita escupiéndome a la cara la puta verdad. Me dolía. Pero tomaba decisiones acertadas. Y eso era bueno. Que a veces también dolían. Y eso era malo; nadie es perfecto. Aunque siempre era mejor que sentirte culpable el resto de la vida.


No sé si hay un cielo para las arañitas parlantes. Me gustaría. Y que Marilú me estuviera viendo y que frotándose las patitas, dijera aquello de “ ¿a quién vas a engañar, muchacho? A mí no, desde luego.”




8 de enero de 2016

I jornada de puertas abiertas


¿Que la vida está llena de piedras? ¿Y qué? Sólo voy a tropezar con una. Todas las veces. ¿Que la felicidad es aquello que brilla allá en lo alto? Joder, qué lejos. Prefiero que el caldo de una pera me resbale entre los dientes garganta abajo. ¿Que hay que dejar huella? Ya. Como el cambio climático. O Hiroshima.
¿Que para ser hijo de puta ya estoy yo? No gracias. Me gusta como soy. Me lo he ganado. ¿Que qué me pongo hoy para estar guapo? Yo no soy guapo. Da igual lo que me ponga. ¿Qué cuánto gano? Suficiente. Aunque lo pierda todo en la próxima partida. Es lo divertido de jugárselo todo a una carta. ¿Que tengo que labrarme un futuro? ¿En este país? Labraré mi propia tierra. Y tendrá un cielo azul y pájaros que canten. Y la amaré como se deben amar las cosas buenas. ¿Que es que las cosas son así? Mentira. Las cosas no existen si no creemos en ellas. Ni el racismo o la forma en que miras a la maricona del tercero. La maricona del tercero si es guapa. Da igual lo que se ponga.

Y si creemos, existen. Da igual lo que sea.

Nadie te puede quitar eso.



7 de enero de 2016

El humo del cigarro se engancha como una culebra a lo brazos de las lámparas.


Te vi los ojos mar y eran oscuros. Otra vez.
Caí a tu orilla muerto, mientras la barca con su nombre se estrellaba
contra la puta realidad.

Pero amor es todo aquello que tocas con tus manos.
Te he vencido.
Y ya no necesito ningún mapa del mundo.

O mi pez naranja no habla. Yo, imagino que habla
porque quiero escuchar cosas bonitas: tranquilo hombre
todo
va
bien.

Vete a la mierda Zaratustra, el amor duele; la vida duele, nada, nunca, es justo.

Sólo eres un pez.

Te he vencido. La biblia era mentira; el Kamasutra
la temporada otoño-invierno, los robots de cocina, todo
era mentira menos yo, yo siempre estuve ahí.
Lo demás sólo giraba como gira una moneda de cincuenta centavos
sobre el mostrador de una tienda de juguetes.

No necesito un equilibrio.
Me basta con el caos, con la avalancha, me basta
con los bosques y los ríos y las ranas. Con los sioux. Con las toallas.
Me basta con tanto y con tan poco y me sobra casi todo.
Te he vencido.

Porque he dejado de hacerme preguntas estúpidas.
Porque el tiempo se acaba.

Mientras respire, todo está a punto de ocurrir.



4 de enero de 2016

El camino largo



He creído ver un búho dentro del microondas.
Siempre estoy inventándome cosas.
Porque soy un niño. Todavía.
Aunque ya no me da miedo la oscuridad
y me afeito tres veces por semana.

No he crecido. Simplemente.
Si alguna vez hubo un por qué, ya no me acuerdo.

A veces estoy triste. Vivo encerrado en este cuerpo.
A la intemperie.
Bajo la atenta mirada de la sociedad.
Intento no hacer ruido.
Como cuando papá se echaba a la siesta
y hasta las moscas
temblaban de miedo.

Tengo un amigo invisible y cromos de la Era espacial. En una caja.
Y aún me pregunto si la luna me sigue a todas partes.
Mamá también decía que la lluvia,
eran los ángeles llorando.

No escucho voces ni nada parecido. Pero hablo con el techo.
No veo luces. Pero lloro cuando escucho esa canción. Como los ángeles.
Por lo tanto, yo también lluevo.
Sobre los peatones y sobre los escaparates.

Siempre hay alguien que decide mojarse.
O ha olvidado el paraguas.

Y entonces ocurre.

Y alguien te ve.

Y sonríe.

Porque dice que le gustan los niños.

Que se aburre sin mí.

Que le recuerdo a Tom Sawyer.

Que si me porto bien, de postre, follaremos.

La miro y es bonita.
Y me pregunto si seguirá siendo bonita cuando la luna me persiga a todos sitios.

Cuando llegue a casa envuelto en llamas porque alguien me ha quitado un caramelo.

Cuando no sepa qué me pasa.
Me duele aquí.
Y no es de tantas chucherías.

Cuando me haga pis.
Cuando tenga pesadillas.
Cuando quiera meterme debajo de su falda.

Si me suelta de la mano, no me perderé.
Se volver a casa solo.

Y hacer dos huevos fritos.
Y mirar por la ventana.
Y echar de menos algo.

Lo bueno de ser niño, es que siempre vuelves a intentarlo.
Da igual la sangre en las rodillas.
Da igual si tu espada es de palo.

Lo malo es el espejo.
Las canas y los huesos.
Saberte equivocado. Tal vez. A qué precio te cobra la vida tener siempre seis años.

Tiro piedras al río,
mientras espero que ocurra el milagro.