28 de febrero de 2016

Underwood nº 3


Mercedes tenía los ojos más tristes que he visto en mi vida. Uno se imaginaba que detrás de aquel brillo de altamar, en lontananza, tras toda aquel agua, alguien le había hecho tanto daño que por dentro tenía el corazón colgando de un hilo en mitad de una nada con nombres y apellidos. Ojos de pozo con muertos en el fondo, ojos de perro apaleado, de roedor buscando queso entre las trampas por toda la cocina, ojos de mina de carbón, de limpiar escaleras de pisos por horas, de rodillas, cinco bloques, de criar niños que a los quince se morían con una jeringilla clavada en el tobillo, ojos de no saber donde esconderse cuando venía tu marido, de no saber hasta donde arrastrarse si te encontraba, ojos de no sirves para nada, de otra ve está fría la sopa, de te voy a matar, puta, puta, puta. Ojos de ya no puedo más. Ojos de me voy a tomar un bote de pastillas. De ya no sé llorar. ¿Con qué lágrimas? ¿Con esta arena? Ojos de me ha dejado. Se ha ido a Alemania. Con el poco dinero que había en casa. Ojos de aquí no queda nadie. Yo y las paredes. Yo rota. Yo seca. Yo sin circunstancias. Ojos de me hubiera gustado, por ejemplo, trabajar de mecanógrafa. Con mis lápices bonitos y una grapadora sobre el escritorio y una flor en el pelo y una rebeca rosa.

Hasta que un día llamó a la puerta un tal miraquelindo vendiendo a plazos una enciclopedia con dibujos de coníferas y dioses egipcios y aviones que atravesaban medio mundo y “lo ve, esto con forma de bota, es Italia” y, esto es mi sonrisa, porque, ¿sabe?, no quiero irme de la puerta de su casa, yo, a las cuatro termino, y, no sabe lo poco que voy a dormir si no la invito a un buen café, con pastelito, claro, y una guinda, le prometo, que lo único que quiero es que me mire así un poquito, un poquito más con esos ojos tan bonitos.

Mercedes cayó en el umbral como un saco de trigo, suavemente, si apenas ruido. De la emoción. Se hubiera desmayado de aquel modo una vez más, y otra, y otra.

Cuando abrió los ojos tenía una servilleta mojada con agua caliente en la frente y la vecina le estaba preparando una yema de huevo con coñac porque eso era muy bueno cuando se tenía anemia. Mercedes le dijo que en sueños, había visto en algún sitio dinosaurios y un planeta pequeño llamado plutón y la punta de un dedo señalando la Toscana.


Se fue a la cama tarde, y al pasar por la mesa del salón, vio el tomo abierto encima de la mesa por una página con pájaros pequeños como granos de arroz que batían las alas tan rápido como un abejorro. Bajo la luz de la bombilla aquella de aquel dormitorio, Mercedes, con la espalda recostada en la pared y un pijamita puesto de lirios amarillos, estuvo viendo fotos de animales hasta que el sueño la rindió. De montañas nevadas y ríos con pirañas. De hombres que habían conquistado Asia. De mujeres que habían inventado cosas. De palabras que nunca había escuchado. Y cuando el sueño la rindió volvió a escuchar la voz, tan limpia como el agua del grifo, diciendo volveré a por tus ojos bonitos.  

22 de febrero de 2016

Cosas que



-¿En serio vas a saltar?

Cinco minutos antes la chica del cabello rubio y de los ojos claros y el vestido raro y el rimel corrido y un puñal en la mano que se iba clavando camino del puente en el pecho con el puño cerrado y se llamaba Alfredo y le había, jurado por su madre amor eterno y por su sangre la vida y un riñón y su alma y sus labios y la luna menguante y una noche con grillos...había cruzado la barandilla con la intención de lanzarse al vacío en picado como un kilo de plomo.

-Ya no te quiero, dice. Así, por whatspp.

-Ah...

-Perdóname, dice. Y me manda una carita.

-Oye, yo, pasaba por aquí y...la verdad es que acojona lo alto que está esto.

-Cuatro años a la mierda. Hijo de puta. ¿Y sabes por qué?

-Mmmmm no.

-Ni yo.

-Oye no...¿tendrás un cigarro? Mientras hablamos, ya sabes. Cruzaba el puente camino de algo abierto donde comprar tabaco y, me está entrando un mono que no veas.

-No fumo.

-joder...oye, puedo, ir un momento y...volver rápido, joder...necesito un cigarro.

-¿Sabes lo que cuesta este traje de novia?

Horas antes la chica del cabello rubio y de los ojos claros bla bla y bla le estaba diciendo a su madre que Alfredo nunca había llegado a tiempo a ningún sitio, que no se preocupara, que las flores del ramo no iban a secarse por cinco minutos. Ni por diez. Ni por veinte.

-Es una putada. Pero si saltas te vas a perder un montón de cosas chulas. ¿No has visto esas películas? A mí me encantan. Me trago dos horas de esa mierda sólo para ver el beso.

-Estoy embarazada. Y borracha. Y llevo toda la tarde dando vueltas por ahí de bar en bar con este vestido.

-Ah...

Ringgggggg-ringggggg. Teléfono. Ella. Seguro que quiere preguntarle que dónde ha ido por tabaco. ¿A Louisina?

-Perdona, chica del cabello rubio y de los ojos claros....¿Sí? Hola cariño...no, a Louisiana no. Es que me ha pasado una cosa que...te lo juro...que estoy en mitad del puente coño, que no me he parado en ningún sitio...a ver...oye, chica del cabello rubio y de los ojos claros, que te pongas, que mi mujer no se lo cree.

-¿Sí? Pues...no sé, un rato. ¿Que si voy a tirarme? ¿Que tiene que acostar a los niños? Sí, mucho frío. Hay niebla. Es como si las nubes se hubieran derramado. ¿Que se lo pase?

-Dime. Vale. Voy.

-¿Qué?

-Que si te gustan las croquetas. ¿Te gustan?



17 de febrero de 2016

Extracto


¿Hola?
¿Y tu boca y mi boca haciendo shurch shurch shurch y tu saliva y mis dientes mordiéndote los labios y los tuyos mi aorta y mi omóplato?
¿Y mis pies de puntillas?
¿Y yo abrazando tus caderas y trayéndote hasta puerto y tú
clavándote a mi pecho con tu pecho de ciervo?
¿Y el confeti y los globos y las tracas de petardos?
¿Y el olor a canela?
¿Y nosotros?
¿Hola?

¿Y mi beso?

16 de febrero de 2016

Manera de vivir nº 28965


Lo último que recuerdo es aquella niebla y la extraña sensación de pronto de estar en el fondo del océano. No me dolió. Cuando volví a abrir los ojos el equipo médico ya me había amputado las dos piernas. Llegaron colgando, dicen, de un hilo a mi cuerpo.

Las primeras noches ya de vuelta en casa solía bromear con Anabelle: “Entonces, Anabelle, si tú eres mi media naranja ¿yo que soy? ¿tu gajo?”. Pero no se reía. En realidad dejó de reírse el día que la conocí en aquel café de Luxemburgo y me preguntó que en qué trabajaba un chico tan rubio como yo: “Soy artificiero”. Aunque no supo de qué se trataba hasta que no tuvo que quedarse en casa una y otra vez sola esperando a que alguien la llamara desde muy lejos para intentar decirle con las mínimas palabras que a su marido le había ocurrido un terrible accidente. ¿Un terrible accidente?

La sargento de ingenieros Mimí no fue tan mentirosa: “Peter ha volado por los aires”. Siempre habían sido muy amigas.

Hasta que un día Anabelle se acercó y, me rodeo con los brazos por la espalda y me preguntó, cómo era aquel chico. Qué tenía en los ojos. Cómo se llamaba.

Le pregunté si de verdad quería saberlo y para qué.

“-Porque esta tarde voy a perdonarle. Y vamos a seguir con nuestras vidas, porque ahora estás en casa y yo te necesito. Necesito dormir. Cerrar los ojos y saber que al día siguiente estarás a mi lado. Lo que queda de ti es más de lo que cualquier mujer podría soñar.”


“-Se llamaba muchacho, y lo único que vi en sus ojos era miedo. Si hubiera llegado a la plaza...Había niños, mujeres comprando verduras, cabras, pájaros, manzanas...Fue su madre quien llamó por teléfono. No le dejó salir de su habitación. Cuando llegamos estaba sentado a los pies de su cama. Le ofrecí un cigarrillo. ¿Quieres fuego muchacho? Bonito collar, le dije, ¿veintitrés kilos? Y yo encendí otro, me dijo que tenía una novia. Que era buena y dulce y le hacía bufandas para el frío. Yo le hablé de ese suéter horrible que me regalaste en navidades. Y después me dijo... corre. Corre. Y yo corrí, corrí porque quería estar contigo. Corrí a abrazarte Anabelle. Corrí como si me estuviera persiguiendo el diablo. De él no quedo nada. Veintitrés kilos de explosivos. Nada, Anabelle, sólo humo.”

15 de febrero de 2016

Angustias, el origen



Lo primero que notabas cuando entrabas al kiosko del Guaje era aquel olor a todo y al mismo tiempo a nada en particular que era como una marca de la casa y que junto a la mísera luz de dos tristísimas bombillas siempre a punto de morir que pendían colgadas de un cable como ahorcadas y que apenas alumbraban aquel sitio sin ventanas y de techos muy bajos, hacían de buenos días hola qué tal cómo está usted, porque el guaje, aunque entrara por la puerta el presidente de la república, nunca levantaba de lo que andaba haciendo la cabeza, como si no le importara otra cosa en el mundo que arreglar aquellos televisores abiertos en canal con las tripas por fuera porque había que cambiarles una lámpara o el botón del volumen o soldar con estaño esto allá o lo otro que se había estropeado de viejo o de dejar que los niños tocaran algo tan moderno y delicado. Así que te ponías a mirar lo que querías como si allí no hubiera nadie. Pipas de calabaza o caramelos mentolados; regaliz; cromos de fútbol y latas de refresco y avellanas y monedas de chocolate que brillaban como el tesoro de un pirata sobre las estanterías al lado de los últimos modelos de coches de metal en miniatura; papel de fumar o pegatinas para los cuadernos con la foto de todos los cantantes famosos del momento, que las niñas se dedicaban a coleccionar con verdadero fervor en sus carpetas del colegio a pesar de que las monjas las miraran con recelo porque no era de bien que una niña se pusiera a besar en el recreo a jóvenes rubios con el pelo tan largo.
Detrás de unas cortinas estaba la casa, y el Guaje, tenía allí dentro en el salón una hija acostada en un sofá desde hacía veinte años, porque había nacido torcida y ni siquiera hablaba. Pesaba treinta kilos y tenía la piel igual de blanca que una novela sin hacer, el pelo largo y las manos dobladas hacia dentro y, cuando tenía ganas de orinar, movía una lata con canicas que alertaban al Guaje antes de que mojara los pañales. La niña de aburrirse se metía las manos en la boca casi enteras, y de vez en cuando, se la podía oír hablar en su idioma supongo, que era muy parecido a como suena un disco del revés o un animal atrapado en una trampa para osos. Te acostumbrabas. Y seguías buscando en las repisas aquello que quisieras mientras el guaje tras sus gafas de culo de botella ponía a funcionar un transistor de onda media que se le había caído al fregadero a la mujer del carbonero.

Yo iba a cambiar tebeos con el dinero que sacaba de vender pan duro y papel de periódico y botellas vacías en un almacén del barrio alto donde además vendían leche recién ordeñada de una vaca que la vieja tenía en el fondo del patio amarrada a una higuera. El Guaje ponía sobre el mostrador una pila de ellos muy alta y por una peseta, tú le dabas uno y él te daba otro. Me tomaba mi tiempo. Disfrutaba de cada una de las coloridas portadas y hasta aprovechando la impavidez del propietario me permitía leer algunas viñetas de Mortadelo y Filemón o Anacleto agente secreto antes de decidirme por alguno.


Los leía más tarde con la espalda apoyada en la pared de la azotea, que había estado al sol toda la mañana del sábado y estaba calentita, mientras disfrutaba de los primeros cigarros de aquel tabaco negro que le había robado a mi abuelo aquella misma mañana mientras mi abuelo se afeitaba con jabón y una navaja con el mango de hueso y escuchaba en la radio atentamente las noticias del país para después cagarse en las noticias y en el país y en el copón, imagino que divino, porque los astilleros le habían dejado en la estacada seis años antes de que le tocara.

13 de febrero de 2016

Mientras tanto


Así que Teté-que era como ella le llamaba y se escribía TT y le venía por aquello de teniente Trujillo- entró por la puerta del ultramarinos como venía haciendo cada uno de todos los martes de aquellos siete meses a las cuatro de la tarde desde un día de junio del cincuenta y cuatro y cerró tras de sí con un pestillo grande la puerta pintada de azul-y luego de verde y después de beige clarito y de mostaza y de color rojo carré-, dejando atrás la puntiaguda lluvia que le había estado empapando los huesos y el sombrero y el cigarro, y volviendo del revés un cartelito en el que desde el frío de la calle podía leerse: cerrado, anduvo los seis pasos que le separaban de Lu Borrego con una mueca terriblemente parecida a una sonrisa en los labios y la mano abierta, y con la mano abierta le asestó a la tendera tal bofetada que la empotró de lleno y de una sola vez sobre una estantería de conservas y latas de alcachofas y de anchoas y mortadela siciliana y aceitunas que rodaron por el suelo de baldosas de tablero de ajedrez y fueron a morir debajo del cualquier mostrador junto a un centenar de cucarachas.

“La próxima vez te abro en canal como a una perra”.

Porque había sido mala. Porque era sólo suya.

¿Qué iba a decirle? Que estaba enamorada de un chiquito que venía en bicicleta a dejar las botellas de leche y siempre le dejaba un suspiro flotando en el aire? ¿Que ella los guardaba en una caja de dulce de membrillo? ¿Que sólo con mirarla de aquel modo como un cachorrito la tenía despierta las noches y las noches enteras? Porque era tan cierto, tan lindo, tan todas las cosas más bonitas de este mundo y tenía el pelo rubio y se soplaba los flequillos para verla mejor con sus ojos azules como el mar que ella siempre había soñado ¿Me vas a llevar tú al mar, Teté? ¿Qué le vas a decir a tu mujer? ¿Que te vas a pasear por la orilla con la fulana esa que vende ampollas de morfina en la trastienda y le hace los abortos a las putas de la calle Recaredo? ¿Que me quieres? Tú no quieres a nadie Teté. Y él no me ha tocado. ¿Sabes por qué? Porque él si que me quiere. Porque él no está podrido como tú y como yo, Teté. Y ahora voy a abrirme de piernas como siempre, como todos los martes, para ti Teté, para que me hurgues, para que me horades, para que me rompas con tus manos sucias hasta que caigas medio muerto sobre mí como un saco de mierda y me digas al oído que sin ti no soy nadie, que tú me proteges, que mientras siga siendo la de todos los martes todo me irá bien con los apaños que me invento en la trastienda, no sabes para qué.

Para ir al mar Teté, te lo he dicho muchas veces...


12 de febrero de 2016

“- ¡Espartano! - ¿Sí, mi señora? - Regresa con tu escudo. O sobre él.”


Señoras, señores-me iba a poner una corbata; pero he dicho “pa qué”, con lo a gusto que estoy en pijama-: hace mucho que muchos de vosotros me andáis diciendo: coño, Billy, ¿para cuándo tu libro en papel? Y yo os doy largas contestando que no soy la persona indicada, que me da susto tanta burocracia, que no sé nadar fuera del agua, que bla, bla, bla. Y lo que pasa en realidad es que soy un cobarde, porque se me olvida como huele el papel cuando lo abres, como uno se para a degustar una frase con la lengua y mira el cielo, con qué cariño se cierra la última página...y me digo, qué cabrón, ¿eso es lo que se merece la gente que te quiere? Y cualquier día me voy a morir sin hacer mis deberes, yo, que pregono tanto que hay que ser feliz. Que no hay que rendirse, que los sueños nos estás esperando. Yo, que creo en vosotros.

Así que me he puesto delante del espejo y le he dicho: “Nadie va a cambiar el mundo tío; pero tú, tú haz feliz a toda la gente que puedas”.
El tío del espejo ha hecho así como que no entendía de barcos y entonces he añadido, “o te hincho a ostias”. Bruto sí que soy. Pero coño, para lo que voy a hacer me hace falta un espartano. Y yo a veces me siento tan pequeño...ni siquiera tengo ego-me lo bebí de un trago en mis mejores tiempos-, o ambiciones que no sea tener en el bolsillo un paquete de tabaco.

Además, a mi Coliflor-esa Xenobia mía-, se le ilumina la cara cuando ve cómo me lanzo a los abismos como un ángel, aunque me tiemblen las rodillas como a un perrito chico. Tendríais que verla. Es precioso.

Lo que tengo aquí dentro no es mío. Lo sé. Y por eso me he puesto las pilas y voy a hacer en breve una campaña de Crowdfunding para que el libro salga a volar en papel. Del que huele. Del que puede tocarse. Del que nos hace latir , a veces, taaaaaaan deprisa el corazón.
¿Por qué este formato? Porque no entiendo el mundo editorial. Y yo no sé de esas cosas. Me perdería. Yo sólo sé mirar nubes, joder. Y he encontrado a unos tíos muy majos que se ocupan de todo. Y me encanta la idea de que forméis parte de esto, como la señorita Elena, por ejemplo, una cineasta a la que conocí hace tiempo y que va a hacer un booktrailer del libro. O como Miss ángel de la guarda, que ha evitado que termine vendiendo mi alma en la sección de anuncios por palabras, o como Lady Caos, a cuyo cargo corrió la difícil tarea de corrección, o como a todo aquel que me empujó a esta aventura de una o de otra manera. Hubo hasta quien, en un alarde de nobleza, me llamó hijo de puta: ¿En serio te vas a llevar esto a la tumba?

Os iré informando de todo el proceso a medida que vaya sucediendo, que es ya, y, si os estáis preguntando qué punto me ha dado, sólo hay un motivo: os quiero. Y tengo una llave que abre la esperanza.


11 de febrero de 2016

Cortar por la línea de puntos


Cuanto más cerca el fin del mundo más y más y más te aprieto contra mí y más me acuerdo que te quiero y te quiero y te quiero y de por qué y más mi búnker y mi isla desierta y mi lámpara mágica y mi debajo de la cama y mi antivirus y mi no tengas miedo y mi que yo estoy aquí y más brillas como una farolita en medio de este caos al que uno abre los ojos cada día como un pececito asustado porque el Deutsche Bank se va al carajo o Europa se derrumba o se te han vuelto a caer las bragas por el ojo de patio o Corea del Norte o Chernobyl o la ley de Murphy o los lobos arañando la puerta de la casa y las facturas y la cola del paro dando vueltas a la misma manzana como una serpiente y los frigoríficos vacíos y los niños dibujando en sus libretas elefantes mientras meriendan cáscaras de plátano y las velas de moco-más te te te y más te hallo con dos elles en los sitios más extraños( dentro de la lavadora y en la cama sin hacer y en las telenovelas malas con señoras y criadas y en los pelos del lavabo y en la cornea de todos los caballos y en especial en cada nube que me pasa por encima) en los sitios más raros- o pasa que los ingenieros y los filósofos y los profesores de arte moderno cuelgan cartelitos diciendo “arreglo planchas” de las rejas del balcón y a la entrada de los supermercados los sin techo como filas de hormigas esperan el milagro de un centavo o que si sube la cifra cualquiera de cualquier maltrato o construyen un hotel de lujo para gatos donde antes estaba el hospital o aparece en la tele un payaso diciendo que no pasa nada y que el país va bien y tú te ríes porque tu equipo ha fichado un tío muy caro que tiene asegurado el culo en no sé cuántos millones o un satélite detecta un meteorito grande grande como Barcelona que viene directo a donde estás de pie parado y soñando que alguien va a arreglar todo este lío que es vivir estos tiempos sin fe ni esperanza ni un dios que mueva un dedo por sus hijos como tú lo haces por mí cuando me abrazas y me dices que sea lo que sea lo que pase juntos seremos invencibles porque no estás dispuesta a que nada ni nadie te estropee elegir las cortinas del cuarto de baño ni hacer unas croquetas con las sobras del pollo ni ahorrar en un cerdito muchas cuantas moneditas para ir un día a Roma-¿o es que crees que no te veo cuando no estás mirando?- o eres un espejo o no sé de dónde la sonrisa esa tuya que me salva la vida porque pase lo que pase siempre existe porque lo dices tú sin que nadie se te atreva a negarlo porque da mucho miedo de alguien que lo tiene tan claro y va por ahí sin chaleco antibalas feliz como una lombriz precisamente por si un día a las tres de la tarde este mundo es verdad que se acaba.

Y sin una puta coma.

10 de febrero de 2016

Y por las tardes, escucho a Mozart


Y por las tardes, escucho a Mozart.
En el segundo movimiento,
me invento un paisaje de muñecas sin cabeza,
y em ognop a ralbah led séver, como los Ángeles,
con yo, de tú, que ya no estás.

Siempre fui un velocista.
Podía correr los mil metros “no necesito a nadie”
en cero coma cero cero siete diezmuchilésimas de segundo.
Mi récord fue la medalla de oro al gilipollas,
por un sprint escaleras abajo hasta el infierno,
hasta donde se hace el fracaso en cal viva y miles de grados centígrados,
hasta el botoncito rojo que sólo puede pulsar el presidente,
hasta los huevos.
Ya lo sé,
me auto destruyo, con demasiada frecuencia.

Cuando volví,
donde tenías que estar tú,
había un agujero tan grande,
que podía verse la calle Candelaria.

Aquel día, te acabaste.
Así que ahora,
que se que existe el fin del mundo,
que las gotas de agua que caen del grifo de la ducha,
son animales comiéndome la espalda,
y mi almohada, un Tritapceratus que devora mi encéfalo,
también sé,
que porque cuando tenías algo en la comisura de los labios,
y yo te hacia “Slurp”,
por eso me amabas.

Seguro que en el año LVK44KVL,
fabrican una pastilla para no sentir nada,
pero esta tarde,
si no fuera por Mozart,
no me importaría en absoluto,
que un planeta cualquiera me cayera encima.



7 de febrero de 2016

Autorretrato asqueroso de mí a las diez menos cuarto de la noche


Normalmente no escribo nunca cuando soy feliz.
Entendamos feliz, como algo relativo. Entendámoslo todo como algo relativo. Lo relativo es bueno, lo relativo, conduce al equilibrio.
Creo que no me estoy explicando bien: normalmente, no quiero ser feliz. Porque el amor es una puta mierda.
Ahora bien: vive sin amor, y la habrás cagado. Todo el mundo sabe eso.
¿Tú no? En ese caso, no te bastará con tener suerte, necesitarás un cerebro nuevo cuando el amor acabe contigo.
A mí me da asco estar enamorado, la verdad. Toda esa maldita dependencia, no jodas. Porque al final dependes, necesitas, te apegas. Definitivamente, te hace menos libre, y yo, amo mi libertad por encima de todas las cosas. Pero es curiosa la vida, qué cabrona. Con esa misma libertad que tanto amo, me pongo a amar, que complicado. Ni idea.
Que alguien ponga una canción, por favor, me siento tan estúpido.

Cuando estoy triste escribo como un maldito hijo de puta.
En cambio, ahora, en este momento, sólo pienso en ella. Me doy asco, lo juro.
Lo que creo es que si por cojones el amor tiene que formar parte de la vida, lo chuli súper chuli ya de la muerte, sería tener claro qué cosa es el amor:
Todo se practica, el amor también.
Todo se aprende, el amor también.

A lo largo de mis múltiples y variadas cagadas en la vida, he aprendido algunas cosas. Estoy casi seguro, de que si vuelvo a cagarla, no será culpa del destino.
Tengo al destino hasta los cojones.
No sé lo que se hace para que toda esto del amor funcione. Entiéndase por funcione, tres tomas al día de te jodes, te aguantas, porque si patatín, porque si patatán. Y vas y lo soportas. Más o menos.
Pero sé lo que, no se hace. De eso, estoy, total, absolutamente y que me maten, convencido.
No se hace llorar a la persona que te quiere. Bajo ningún concepto.
Eso no ha sonado muy relativo.
No se le anula la voluntad, ni se le matan los sueños, ni se le pide perdón por cosas que son imperdonables.
No se cuestiona si el otro individuo es o no es esto o lo otro. Es. No hay más. Es, incluso en todos los millones de momentos en el que nos parece, que sólo vive por nosotros. Porque ha elegido amarte. Libremente.
¿De qué otro modo sería posible?
No te derrumbas. Y si te derrumbas, no te levantes, ni se te ocurra, porque cuando lo hagas, el otro estará llorando por tu culpa, y eso, es caca, de la vaca.
Si te han dicho que todo se paga, olvídalo. No es del todo exactamente así. Hay cosas, que no pueden pagarse. Por mucho que lo intentes.
Cuánta mierda me he comido, en serio, por amar. Y en cambio por no amar, me pierdo la vida. Mi vida.
Creo que perderse la vida es una de esas cosas que no puede perdonarse, ni aunque lo intentes.
Y el caso es que soy un gilipollas, porque el amor a mí, me la pela, y al mismo tiempo, perdida ya toda dignidad y rumbo, ridículamente idiotizado, vaya, me enamoro como un cerdo y soy feliz.


O lo intento. Es que se parecen esas cosas, creo. Hay que ser muy gilipollas, eso sí. O muy hombre.

O muy mujer. Y aceptar el hecho de que no quieres morirte sin haber amado, al menos, un poquito, al menos, una vez, porque si no, seguramente, ya estés muerto, enterrado entre cosas que sabes que no sirven para nada, sí, coches grandes y grandes pajas mentales sobre lo guapo y magnifico que se ve uno, rodeado de todas mis cosas que no sirven para nada. Solo. Porque soy magnífico. Una pasada. Y un día, te levantas y decides que estás equivocado. Que puedes cambiar. Que aún no es tarde para amar.

Y ese día, llueve. Y es tarde. Y entonces lloras. Y te das cuenta, de que nunca nadie te ha querido, y de que todas tus lágrimas, son culpa tuya, porque tú tampoco te has querido.

6 de febrero de 2016

Firmado: yo



Señores políticos: me dais asco.

Yo debería estar ahora escribiendo poemas de amor, y en vez de eso, estoy muerto de pena. Porque sois unos fariseos. Y a lo mejor no entiendo ni la palabra fariseo porque mi educación ha sido una mierda, porque en este país, la educación, todavía, es una mierda, es retrógrada, machista, es la educación de un país que, todavía, tira cabras desde un campanario y le quema los cuernos a los toros porque, eso, es una tradición. Un país de Colones que van por ahí saqueando el bolsillo de otro, el pan de otro, la dignidad de otro.

Os tengo que mirar desde abajo, servil como un cervatillo, porque vosotros, sois de otra galaxia, la Supernova de los trajes caros y los coches de lujo y las cuentas bancarias en las islas Caimán y el contrabando y los sobres por debajo de la mesa, mientras los comedores sociales se llenan de familias enteras que no tienen que llevarse a la boca. Porque no hay trabajo. Porque el país se va al carajo.
Sois la puta élite. No estáis en este mundo. ¿Por qué, no sale un político en la tele diciendo la verdad? No sé, que le de un punto, que vea la luz y se salga del guión ese que tienen preparados las cadenas de televisión o los periódicos, que vuelva a creer en algo, que ocurra un milagro y lo diga: ciudadanos, es todo mentira, sois ovejas, apretamos, pero no ahogamos, ese es el truco, ganado, eso sois. Pero aunque me metan dos tiros cuando salga de aquí voy a cambiar las cosas, porque también tengo hijos, porque tengo una casa bonita y todo el mundo tiene el mismo derecho a ser feliz. Porque creo en algo.

Que tenga dos cojones y lo tire todo por la borda en directo. Por el pueblo. Porque al pueblo hay que amarlo. Para eso estáis ahí. Lo habéis jurado. Sobre un libro muy gordo. Y lo que veo, es que estáis tirando patatas podridas a cuatro desgraciados a los que llamáis ciudadana. Matando a impuestos. Encerrando en la cárcel a la gente equivocada por robar un pollo. Para comer. Haciendo pactos como diablos en la sombra.

Pero algo está cambiando. Nosotros. Y un día vamos a parar todo esto, saldremos a a la calle con las abuelas y los niños y los carritos vacíos de la compra y la jaula del pájaro. Pararemos las fábricas. Esperaremos en tu puerta el tiempo que haga falta. Para que dejes de vender este país a trozos. Para que no permitas que nadie trabaje 16 horas y cotice 2 y cobre 8. Para que la mitad de la pensión de las personas mayores no se quede en la farmacia. Para que se haga justicia. La misma para todos.

Me tenéis hasta los huevos con tanta palabrita, con tanta explicación, con tanto parecer que somos tontos.

No os respetáis a vosotros mismos. Cómo os voy a pedir respeto...
Pero os voy a pedir otra cosa: Iros a la mierda.

4 de febrero de 2016

Que te que te no me no me



O dicho de otra forma...que me la chupes, vaya. Que metas la cabeza entre las sábanas y ñaca ñaca ñaca. No es muy romántico; pero es que está tan rico. Y tú me quieres. ¿A que sí? Y yo te quiero. Lo sé porque quiero ver tu puta cara el resto de mi vida, al otro lado de la almohada. Cada mañana. Con dos cojones.

Como me has preguntado que si soy feliz...que con qué cosas...

Oh, sí,claro, mi amor, claro claro, soy un guarro.
Te lo dije.
Un bruto.
Te lo dije.
Que iba a tener siempre las uñas llenas de tierra y los pies mojados de pisar charcos y sangre en las rodillas porque soy un niño malo con pantalones cortos y una espada de madera. Que no tenía patria, ni un dios ni una bandera. Ni raíces. Ni un lugar donde morir. Te lo dije. Que era hijo de Bukowski. Que había hecho algunos tratos. Con el diablo. Que al diablo se le paga con el alma. Te lo dije. Que era Frankestain. Que había vuelto del infierno. Te lo dije. Que ahora era libre porque ya no le debía nada a nadie. Que nadie iba a quitármelo.

Que ahora era otro. Que me lo había ganado. Que todo lo que me habían enseñado, era mentira. Que la verdad estaba en otra parte. De otra manera. Ni te imaginas.

Ojalá fuera aquí. Contigo. Cuando dejes de tocarme los huevos, con eso de que las cosas son así.

Las cosas no son una puta mierda. La lluvia se ve de puta madre detrás de una ventana. Ponte debajo. Y que el mundo te de la espalda. Que no tengas un lugar donde volver. Que ni siquiera lo merezcas. Y dime que la lluvia es bonita.
Dime que vamos a tener una vida de mentira donde todo sea perfecto y aprendamos a callarnos y a coleccionar decepciones. Verás lo que tardo. En salir corriendo. En cambio si me odiaras y vinieras hacia mí con un cuchillo de cocina a cortarme los huevos y a escupirme a la cara todo tu, amor, yo, te comería a besos allí mismo y allí mismo te pondría a cuatro patas y ya sabes, mientras el resto del mundo sigue perdiendo el tiempo jugando a ver quién es más educado. Sintiéndose solo. Durmiendo tan lejos el uno del otro, como las Fidji de Groelandia.

Te lo dije. Estoy mu loco.
Y tú dijiste que yo era tu cuadro.

Lo nuestro da para escribir seis libros y un cd de regalo con canciones tipo mira cómo rompo este plato o te va ha hacer una tortilla tu puta madre. Y me voy a la cama. A llorar. Por tu culpa. Pero estaré despierta hasta que a mí me de la gana. Porque te quiero. Aunque te odie tanto.

De ese tipo. Lo que viene a ser una balada.

2 de febrero de 2016

Días de gloria



Los chavales del barrio ya no van a suplicar a la Venta aquellos pequeños calendarios de bolsillo que el Araujo regalaba en navidad a los camioneros-¿te acuerdas?-de morenas en pelotas con gatos en el coño y las carnes más apretadas que los tornillos de un submarino. Nos ponía a fregar vasos el cabrón. Pero tenía palabra, y tras hacernos jurar sobre la tumba de nuestra propia madre bajo pena de muerte o lo que fuera aquello que hacía con las manos, que él no nos había dado nada, salíamos de allí con una tía en el bolsillo de atrás de los vaqueros, enseñando la selva amazónica. Cada uno. Después nos las cambiábamos. Menos Raúl. Raúl se enamoraba. Y hasta le había puesto nombre. Pero nunca nos lo dijo. Al José le escondíamos las gafas, y se hacía las pajas de memoria detrás de la tapia.

La máquina de pinball ya no está. Ni el suelo aquel lleno de cáscaras de cacahuetes y colillas ni aquel olor a rancio del serrín ni el Araujo cagándose en los muertos del árbitro ni el solar de por detrás donde cazábamos libélulas con una escopeta de feria. Ahora hay un centro comercial que se traga a la gente y la devuelve más sola.
Y Manolita bien, no como, claro, cuando iba con nosotros a colarse en el cine de verano por debajo de la valla-más vieja, más que no hay quien la aguante-, ni cuando hacíamos dos bandas y ella se pedía ser india. Se hacía una cola. Se pintaba los labios. Y tiraba las piedras más gordas. Como esta. Todavía la tengo. Lo vi todo blanco. Y cuando abrí los ojos la vi a ella: “Si no te mueres me hago tu novia”. Porque yo ya se lo había dicho antes varias veces. Y ella decía que éramos muy chicos. Que todavía no se sabía la tabla del siete...






1 de febrero de 2016

Sólo es la niebla




...como flotan las hojas cuando llueve
del otoño en los charcos o esos
riachuelos con barquitos de papel que en vez de al mar
van a morir de amor a cualquier alcantarilla.
Atravesar con una flecha el corazón que me dejaste en el espejo después de ducharte.
La arena de la orilla entre los dedos de los pies y que el silencio diga tanto de nosotros,
mientras la espuma se traga nuestras huellas.

La luz, y un millón de millones de colores intentando
sacarme los ojos.
El perfecto tic tac de la tierra
girando como una bailarina rusa
sobre la punta del pie siempre la misma música.

No sé hacer otra cosa sin tus manos que no sea rodar cuesta abajo
como una pelota sin niño.

Porque a veces lo mismo que amas, también te hace daño.