31 de marzo de 2016

Gracias


Gracias a todos, de verdad, los que hasta ahora estáis apoyando el libro. A los que han comprado el libro y a los que comparten y a los que están aunque no digan nada. A veces no hace falta decir nada.
Os dejo un extracto:
–Es que ahora estoy muy ocupado, feligresa mía. ¿No puedes esperar a misa de las ocho para confesarte?
El padre Estefanía es un curita con gafas de culo de botella que en el setenta y nueve fue exiliado a la parroquia de San Judas por el obispado con la intención de que dejara de promover revueltas entre los estudiantes de la Universidad Nacional, a los que animaba con sermones verdaderamente revolucionarios a que no se acostumbraran a que nadie les dijera nunca que el sol salía por el oeste. Treinta heridos. Las piedras. Los huesos. Las botellas ardiendo.
Dos años antes, ya había tocado un solo de trompeta en el norte, pronunciando claramente y con todas las letras en el culto de domingo que si dios no hubiera cometido tantos errores todavía iríamos por ahí desnudos y brincando entre las flores, y el día dos “no tendríamos que convocar una huelga general para reivindicar nuestro derecho a...”. Cincuenta obreros detenidos. Siete coches volcados. El humo. Los cristales.
–Tiene que ser ahora, padre. Antes de la hora de comer, que viene mi Antonio del trabajo.
–¿Otra vez?
–Es que mi Antonio es muy bueno, padre; pero no me rasca ahí. De bueno que es.
–¿Con el panadero?
–Con Orlando.
–Pero si Orlando es...
–Le digo yo que no, que la tiene como un caballo y...
–Manolita...
El cura está subido a una escalera en mangas de camisa y rodeado de cajas llenas de bombillas de colores que Viridiana Silveria de Gonzaga, que es muy católica romana y apostólica, le alcanza para que las enrosque de una en una en un cable que cruza la calle de balcón a balcón.
–¿Me confiesa, padre? Es que tengo puestas unas lentejas, que a mi Antonio le gustan mucho y...
–Esto tiene que estar para cuando le den al alumbrado mañana por la noche, no voy a dejarlo de la mano de dios, como la fuente, que en vez de agua, le salían hormigas por el grifo. Que las cosas, para que estén bien hechas, las tiene que hacer uno, Manolita... Me cago en San... a ver... Ave María Purísima...
–Se le ha olvidado santiguarse, padre.
–Es que tengo en esta mano unos alicates y en esta otra un cable pelado con doscientos veinte voltios dentro, hija.
–Sin pecado concebida.
–El Señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados. Rapidito, que tengo que probar el cuadro de luces.
–¿Sin cortinita ni nada, padre? ¿Y con ésta delante?
–Como si no te conociera. Viridiana hija, ¿podrías...? Gracias. ¿Seguimos?
–Me acuso de que esta mañana cuando he ido a la peluquería...
–Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.
–¿Ya está?
–Si quieres, puedes decir amén.
–¿Y la penitencia?
–¿Para qué? Si en cuanto se descuide al Antonio le ponen un monumento en la plaza.
–¿Por bueno, padre?
–Porque eres más puta que una plancha, Manolita.

27 de marzo de 2016

The Crossroads


Si uno supiera exactamente el día de su muerte. A qué hora. De qué día, ¿cómo pasaría las últimas horas de su vida?
Yahira lo sabía. Y había decidido emplear hasta el último segundo en comerse de postre el mundo.

-Hola...

Imaginad a Yahira lo más bonita posible. Morena, rubia, delgada, o no, en tejanos, con falda, con los ojos azules o verdes o naranjas. Pero con pétalos, porque Yahira es una flor.

-Hola...¿qué tal? ¿En qué puedo ayudarte?

El chico del videoclub se llama Alonso. Pero a partir de aquí le llamaremos victima.

-Me llevo esta. ¿la has visto?

-Mmm no. Soy más de ciencia ficción que de otra cosa. Pero me han dicho que está muy bien.

¿Ciencia ficción? Te vas a cagar, Alonso.

-¿Te gusta la pizza?

-¿Em...?

-Te espero esta noche en mi casa. Vivo cerca, a tres manzanas. Tienes mi dirección y mi teléfono en el carnet de socio del videoclub. A mi me gusta el peperoni.

Alonso un chico normal VS la chica que te va a cambiar la vida.
Proximamente en sus pantallas. A las ocho cierras, Alonso. Tú mismo. ¿La has visto? Es una flor. Una amapola exactamente. Y te ha guiñado un ojo. Y nunca has visto sonreír a nadie así, tan tanto, como si todo le importara una mierda.

Las ocho.

A las doce, en punto, Yahira va a saltar por un balcón. Yo sé por qué. Y no voy a evitarlo.



23 de marzo de 2016

Campaña de "Entre las Grietas"


Ya podéis comprar el libro en la web.
Necesitamos 100 mecenas.
Tenemos 30 días.
Podéis leer el primer capítulo de la obra, aquí:


https://libros.com/crowdfunding/de-entre-las-grietas/





22 de marzo de 2016

Dorothy


Bonita
como el pan recién hecho.
Bonita como una inmaculada con los ojos vueltos.
Como una ardilla.
Bonita como cuando nadie está mirando.
Bonita como una Cherokee. Con pluma, y los muy ojos negros.
Como un tatoo de los Beatles cruzando un semáforo
de omóplato a omóplato.
Como un concierto de cucharas de café.
Como la primera gota. De lluvia. En la frente.
Bonita,
más
de lo que un solo hombre es capaz de soportar.


21 de marzo de 2016

Esa sonrisa, ya sabes, de no haber roto un plato


Allí a lo lejos, muy, muy lejos, lejísimos, va mi último tren,
pensé entonces como sólo podría haber pensado un perdedor.

No siempre se gana.

Pero no me había tragado la trilogía de Batman para nada.
Y volví a a levantarme. Y juré por Tara, que nunca volvería a pasar hambre.
Quería comer carne. Humana, claro, a ser posible, cruda
y subida a ese tipo de tacones con los que una mujer podría matarte.

Y así fue como aprendí a hacer trampas.

Por ejemplo: Nada de amor. Directo al grano: ¿Follamos?

La primera vez no salió bien.
La segunda tampoco.
Nuca salió bien, joder. Pero aprendí algo:
Las chicas malas, movían el hielo de sus copas con la punta del dedo.

Y un día Mery Sue se cruzó en mi camino.
Era más puta que una plancha y tenía a Bugs Bunny tatuado en un tobillo.
Mala de cojones.
Cobraba veinte doláres sólo por mirarla.
No hacía un francés por menos de cincuenta.

Fui feliz, no lo dudo, hasta que Mary Sue se esfumó como el humo
por debajo de la puerta.

También he visto “El motorista Fantasma”.
No se puede vivir con miedo.

Me compré un revolver en Avenue Norton.
No me preguntaron para qué.

Justo en aquel instante, lo recuerdo, pasaba por allí Alicia Kramer, con K
de ¿Ké estas mirando?
Era más bonita, ella sola,
que el resto del mundo.

Hacía un buen café.
Me enamoré. Quise.
Murió.
Se la tragó una ola.

Sí, ya sé,
la vida es una mierda y todo eso.

Aunque la tarta de arándanos está muy buena.
Y a veces, escampa más que llueve. Ayer, precisamente,
Raquel cayó del cielo.

No. No como un rayo. Como un copo de nieve...

He visto Braveheart. Seis veces.

¿Se nota?


16 de marzo de 2016

Niños y niñas...


Niños y niñas, comienza la pre-campaña de Crowdfunding de mi libro.
¿En qué consiste? En un micromecenazgo. Sí, como los Médici. En que, con vuestra ayuda, este libro se convierta en una realidad.

¿Por qué he elegido este formato? Porque me gustaría que formarais parte de esto-vuestro nombre saldrá en una de las páginas-. Porque va a ser emocionante. Porque estoy seguro de que merece la pena contar con vosotros. Dar forma a un sueño. Dar vida a unos personajes. Eso, es lo que haréis. Es verdad que podría haber utilizado otros conductos; pero me gusta el camino difícil.

¿Qué hay que hacer? De momento, en esta fase de pre-campaña, conseguir mínimo 50 apoyos para pasar a la campaña. Registraros en la web.

En la página podréis encontrar el Booktrailer del libro, una sinopsis y una nota sobre el autor. Espero que os guste.
Si queréis, compartid.
Y a todos. Gracias. Me encanta que los sueños se hagan realidad. Ya me hace pum pum el corazón...

La Web, aquí:

Libros.com



13 de marzo de 2016

De entre las grietas, un retazo


Buenos días, princesa

No quiere abrir los ojos, quiere quedarse así, en posición fetal, y seguir pensando en ella toda la mañana.

¿Billy…?

¿Sí?

¿Por qué me quieres?

Te lo he dicho muchas veces.

¿Te digo yo las veces que me he quedado con las ganas?

¿De qué?

Dímelo otra.

Estás rara.

Yo sí sé por qué te quiero. Pregúntamelo.

¿Por qué me quieres?

-Porque dices mi nombre cuando duermes; porque llevas mi foto en la cartera; porque quitas mis pelos del lavabo y cuando dejo abierto el tubo de pasta de dientes ya no te dan ganas de arrojarme por la ventana; porque me haces el amor hasta que bramas como un ciervo y los ojos te escupen un millón de millones de voltios color esmeralda y yo grito y arranco las cortinas convertida en una hereje; muerta del gusto de tenerte, tan dentro, tan mío; porque si un día ya no estás cerraré los ojos y no los volveré a abrir hasta que encuentres el camino de regreso, aunque tardes diez mil años. Y allá donde estés te estarás acordando cada vez de que estoy esperando que vuelvas, con los ojos cerrados, ciega, sola, sentada en un sofá con los pies colgando, enterrada bajo el peso de catorce mil toneladas de recuerdos y sin ni un sólo gramo de cordura, hecha herrumbre, perdiéndome el resto de la vida amén porque te amo, y será culpa tuya; porque hueles a limpio, porque me abrazas, porque tiemblas de miedo si no tengo buena cara y me preguntas mil veces que si me pasa algo, que si ya no te quiero, que si aún soy feliz; porque no te has comido nunca el último yogur de la nevera; por esa sonrisa; porque te digo, y la boca se me llena de saliva y me dan ganas de saltar sobre ti en paracaídas; porque cuando te mueras, voy a guardar tus huesos en una caja de galletas debajo de la cama; porque hoy hace azul; porque te empapas de lo que yo me empapo y me pones pomada cuando me quemo con la plancha; porque te encanta que me ponga ese vestido, ese con flores amarillas y una vaca; porque me gusta llevarte de tiendas con una cuerda atado, y que me tengas paciencia mientras me pruebo toooooooooooooodo lo que veo; porque me inundas; porque nunca me explico; porque me siempre me entiendes; porque hablamos por debajo de la mesa con los pies...Porque siempre me perdonas.

¿Qué has roto?

Se me ha cayó. Como es redondo.

¿Un disco? ¿Cuál? No me lo digas.

Se me cayó. Lo tenía así, y ¡Uy!

Tú y tus ¡Uy! No sé porque te quiero. Por si me lo preguntas otra vez.

Era ese que tenía en la portada…

Que no quiero saberlo.

...cuatro chicos...

Necesito un cigarro.

...cruzando un paso cebra.

¿Te has cargado el Abbey Road de los Beatles?

No fumes. ¿Por qué fumas? Eso es lo que dices que me quieres. Billy…

¿Qué?

¿Ya me has perdonado?

Lo más particular de un beso, cuando todo lo demás simplemente no existe, es que puedes llegar con los ojos cerrados del sofá a la cama, sin tropezar con nada. Será porque, simplemente, todo lo demás no existe.

Cuatro cigarrillos y dos cafés más tarde aún sigue pensando en ella, en lo bien que le sentaba aquel sombrero y en que nunca salía sin él de casa. Y ahora está colgado de un clavo. Sin ella debajo.


10 de marzo de 2016

No te imaginas lo que sabe hacer con un cepillo de dientes


He escrito esta canción para ti:
“Ohhhhhh, Patrice, Patrice
cómo te amo”.

Ya está.
Es corta.
¿Te gusta?

A Patrice lo que le gusta es que la clave a la pared.

Una vez quise bajarle la luna. Me mandó a la mierda.

Pero le gusta meterme los dedos de los pies ahí,
por debajo de la mesa
hasta que se me pone dura.

Siempre se muerde el labio.

Otra vez le dije, “no imagino la vida sin ti”.
Y se bajó del taxi.
Cuando llegué a casa no estaba.
La busqué seis manzanas, tres días, y una caja de clinex.

Volvió a la semana.
Traía el pelo azul y en una teta
se había tatuado la cabeza de un rottweiler y abajo decía
“Cuidado con la perra”.

Pero la he visto morder un vaso con los dientes.
Tragárselo.
Y jurarme al oído nunca dejaré que nadie te haga daño.



9 de marzo de 2016

"De entre las grietas", página tal y tal


¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! ¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Ciento veintitrés llamadas perdidas. Diecinueve mensajes sin leer. De Álvaro. Seguro que son largos. Y aburridos. Y claro que mentira. Está cansada. Han vuelto tarde del centro comercial. Lleva cansada mucho tiempo. Se ha comprado un chal verde. Botella. Le queda perfecto. Mucho tiempo cansada. Algo de ropa interior y calcetines. Tanto tiempo cansada. Un par de jeans. Y un jersey. De Mafalda.
Pobre Álvaro. Siempre tan amable y tan bueno como el agua potable, tan tierno como un tallo de soja, tan tan que al menos al principio, no parecía costarle en absoluto o eso parecía, detener los tic-tac en mitad de la cena y disfrutar con una delicada pero estúpida sonrisa dibujada en la cara, del milagro, decía, de rozar sus dedos al pasarle la sal, o de pronto y así, como hacía fresco, le salía de la boca que era la mujer más bonita de todas las mujeres bonitas del reino de las mujeres bonitas de Bonitilandia y bla-bla-bla, que había visto nunca, y que iba a regalarle la Luna. Tan educado. Tan servicial. Y tan lleno de sueños donde ella, vestida de porcelana para la ocasión, era coronada su reina. La reina de la casa de Álvaro Pelayo qué ilusión, uno de los más prometedores juristas y pronto socio mayoritario del mejor buffet de abogados de la ciudad, y desde hacía ya algún tiempo, miembro de un exquisito club de hombres bien afeitados con corbata y calcetines de hilo inglés cuya misión en la vida no era otra que llenar un chalet adosado de niños que ganaran trofeos de paddel y nunca dijeran palabrotas; de lámparas de diseño y fotos de la Rivera Maya, una casa repleta de paredes repletas de diplomas, y cómo no, un perro, un galgo ruso, con un rancio abolengo y un nombre largo y complicado. Y una mujer con forma de florero, perfectamente ubicada en un jardín con barbacoa a la que llamar Cariño o Cielo delante de los invitados. La reina de una casa con vistas a otras casas con niños y más fotos y más lámparas raras, la reina de la casa del rey, del rey de la casa, el rey Álvaro Pelayo, para el que todo era obvio y atendía a una razón de ser lógica y bien argumentada, como el hecho de que ella, por muy muy muy que fuera, iba a ser su consorte y debía empezar a comportarse como tal. ¿No era obvio?

La reina madre Doña Juana, una mujer que usaba el verbo deberías como un caramelo relleno de licor de avellanas, dos chihuahuas y el recién licenciado, también en leyes, Cándido Pelayo, hermano real de Álvaro y cabrón de nacimiento, que la llamaba artista a la mínima ocasión con una entonación mordaz y delicadamente insultante, formaban el resto de la familia real. Una corte que esperaba de ella lo mejor de una auténtica reina. Y lo mejor para Álvaro, no era que una “artista” fuera por ahí pintando potros con cuerpos de varón o mujeres de orejas puntiagudas, ni criaturas semi-desnudas que nacían en su mesa de trabajo fruto de, como decía Cándido, su bohemia manera de ver las cosas de otro modo, sin duda equivocado. Porque una reina ejemplar dejaría de inmediato la tontería esa de ilustrar libros de literatura fantástica y se pondría a reinar en serio, como la novia de Cándido, que era economista y hablaba francés perfectamente. Y nada de Jeans. Qué horror. Qué trapecismo.

La reina de una casa sin dragones, ni faunos, ni sirenas.

¡Plop!

Eso es lo que hacen cuando plop, las pompas de jabón.

Tiqui-tiqui-tiqui-tiqui. Tiqui.

Eso, las moscas follando en las cortinas.


8 de marzo de 2016

Una vara de nardo



No soy un trozo de carne.
No soy ganado.
No soy tu pañuelo de lágrimas.
No soy tu princesa ni hago pis de color rosa.
No soy de piedra.
No soy, o blanca, o negra.
No soy tu proyecto.
No soy tan flexible como una vara de nardo.
No soy tu centro de gravedad.
Ni una estación de paso.
Ni tu último tren.
Ni tu horizonte.
Ni un faro.
No soy estúpida.
Ni sorda.
Ni tampoco estoy ciega.
No soy incandescente. Me apago. A veces.
No soy muda.
No soy una bandera.
Soy una valkiria.
Ni el Sol.
No soy el final de tu camino.

No soy de nadie.

3 de marzo de 2016

Juegos de invierno


-Empieza tú.

-No, empieza tú.

Ya empezamos.
A veces jugamos a ver quiénes somos. Todavía.
Empiezo yo:

-Me gustan las pistas de basket cuando llueve. Los charcos que se forman y cómo se reflejan en ellos los edificios y van los pájaros a beber y las hojitas de los árboles a morir ahogadas.

-Vale. Me gusta que sonrías.

-¿Y?

-Y nada. Eso.

-Bueno...Sigo: me gusta el traca traca y el slurp slurp y el chunga chunga y el mmmmmmmmmmm...mmmmmmmmmm...y que me comas la...

-Lo he entendido. Me toca: me gusta morirme contigo.

-¿Así? Podrías extenderte un poco más, no sé, a veces no te entiendo. ¿Qué coño significa morirme contigo?

-Qué tonto eres. Con lo listo que eres. Te toca. Di que te gusta quererme.

-¿Sabes qué me gusta de verdad? Darte mordiscos. Y que salga sangre.

-Pues a mí sólo me duelen.

-Que no. Que te gustan.

-Una mierda me gustan.

-¿Y por qué te dejas?

-Porque te gusta a ti.

A veces jugamos a ver si aquello que empezamos sigue ahí.

A veces dejamos que el silencio. Nos miramos. Nos cogemos de la mano.

A veces, nos besamos. No como un beso de todos los día de adiós que me voy al trabajo o de hola qué tal ya estoy aquí o de sana que sana culito de rana que por poco te matas con el quicio de la puerta ni, un beso de esos de vale vale lo que tú digas por tal de no escucharte o un beso, guarro de te la voy a meter hasta los huevos o el beso ese de ha sido sin querer ¿me perdonas? O el otro aquel como una traca raca raca raca, como una metralleta, raca raca uno detrás de otro en la mejilla mientras le aprietas con la mano la boquita y ella dice qui mi dijis, que no te voy a perdonar o, un beso de esos de vale te perdono pero. ¿Pero qué? ¿Por qué siempre hay un pero? No. No un beso cualquiera.
Un beso firmado gracias, mi amor, por todos estos años. Es especial. Sabe a bonito y a te daría un riñón y a no tengo palabras. A sin ti la vida es una mierda y a no quiero que no estés, a mi lado por los siglos de los siglos amén ni un sólo minuto de mi vida.

Después siempre intento follar.

-¿Follamos?

-He quedado con Matilde a correr por el carril bici. No puedo. Me voy. Te quiero. Mua muac.

Y se va. Y yo me quedo. Mirando el cielo...


1 de marzo de 2016

Sí menor, No mayor



Bruno recién había cumplido un par, apenas, de meses la noche que a las dos y diez minutos largos de aquella larga noche y bajo la atenta mirada de la osa mayor, su puta madre lo arrojó a un contenedor verde manzana dentro de una bolsa de basura. Ni siquiera le hizo un lacito.

Mamá, que a la semana siguiente apareció colgada de una viga con la lengua por fuera y muy, muy mal color, le había mojado a Bruno el chupete en cocaína porque no se sabía ni una nana, y aunque el crío lloró y lloró y lloró durante un rato-tanto...- las peleas de gatos y las sirenas de la policía y las sartenes friendo huevos y las abuelas dejando en un vaso de agua las dentaduras y los televisores anunciando cremas que aseguraban casi la inmortalidad, no dejaron escuchar a los vecinos al pequeño, que en pocos minutos, acabaría en las tripas del camión de recogida que pasaba por allí, casi ya.

Aquella misma tarde en la central de reciclaje, las ratas, habían roído varios cables del vehículo 137, y justo a las y cuarto, saltaron chispas de algún sitio y la máquina aquella ruidosa y fea fea y con dientes que se llevaba por delante a mordiscos los cristales y las cáscaras de plátano, las tapaderas del yogur, la ropa vieja y si hubiera hecho falta un elefante, las cartas de amor, la lista de la compra, los regalos de boda que no quería nadie, se paró. Así que el 137, pasó por donde Bruno sin pena ni sin gloria, y un operario con más sueño que hambre y manos grandes de bregar, lanzó la última bolsa a la boca aquella del furgón y le dijo al conductor que a los garajes, y que después, a casa, que la Mari, me ha dejado, dice, estofado en el microondas y patatas.

La bolsa donde Bruno ya se había hecho caca encima varias veces y al menos una había vomitado comida de tortuga, terminó sobre una cinta transportadora cuyo final no era otro que un infierno de ácidos y otros líquidos misteriosos donde cualquier cosa desaparecía en pocos segundos a ojos vista para quedar convertida en un caldo cuasi universal que los obreros del complejo llamaban “La Cosa” porque nadie se atrevía a ponerle otro nombre desde que uno de ellos había visto flotando pelo de muñeca o rosarios de comunión y una vez, hasta un perro, que por alguna razón, no se había desintegrado y todavía movía el rabo.
Aquello se movía lento, pero seguro que todo lo que caía en aquella telaraña terminaba siendo lava de volcán cuando a los dos escasos minutos que duraba aquel viaje lo que fuera cayera de cuajo a su estómago. Lo que quería decir, que Bruno nunca aprendería a montar en bicicleta ni marcaría ningún gol ni terminaría bachillerato ni tendría una novia que lo llamara tonto y a continuación se lo comiera a besos, no soplaría velitas, nunca, jamás, llegaría a decirle a nadie te amo.


Y a medio metro del infierno el capataz fue y dijo que era la hora del café, que él invitaba, vamos, chicos, que todavía queda mucho para amanecer. Y detuvo el futuro inminente, cinco minutos. Cinco minutos más era un milagro, aunque eso a Bruno, en la más completa oscuridad, no le importaba mucho más que sacar leche de una teta, que encontrar otra piel, un pálpito ajeno, alguna voz, en medio de aquel aire enrarecido que en la boca le sabía a plástico quemado. Y volvió a llorar como un tenorio en su idioma de pájaro, y se puso a buscar algo caliente y con las uñas, rasgó por donde pudo un lateral de aquella tumba y vio una luz de fluorescente, tan blanca, tan bonita, tan brillante. Y justo cuando iba a coger aire, la máquina tembló y se puso en marcha, para borrar de la faz de la tierra lo que la gente ya no quiere.