30 de abril de 2016

Ensayo general



A veces he llegado a pensar que escribir no sirve para nada:

“-Hola. A veces te leo. Y me pregunto quién eres. Aunque en realidad no quiero saberlo. Mi matrimonio es una mierda. No suelo usar palabras como esa. Pero es lo que más se parece a la verdad. Hace poco leí algo tuyo que me hizo llorar. En ocasiones llorar es lo único caliente que tengo todavía. Después me acosté. No conseguía dormir. Volví a levantarme y leí de nuevo aquella frase: si te arrastras, no es amor.
Estoy viviendo con mi hermana desde entonces. Supongo que, iba a pasar de todos modos; pero ¿sabes?: gracias. Fue bonito saber que no estaba sola.”

Firmaba Alicia. El 8 de marzo del 2004.

A veces escribir me hace daño. Y me gusta. Todo lo que duele me gusta.

Alguien me contó que antes de enroscarse por fin entre las sábanas solía hacer un té y abrir el portátil con la-tal vez o no-la vana esperanza de que aquella noche la hiciera sonreír con una de esas historias a las que yo siempre inventaba un final feliz aunque a la chica del relato le faltaran las dos piernas y al chico los dos ojos en la cara. Había besos, decía, siempre al final y suspiros y, además era gratis. Los médicos le habían recomendado que fuera hacia la luz. Aunque la luz no cure el cáncer.
Y que para cuando el té se había quedado frío, ya se estaba acordando de Julián, que era bombero y murió en una llama, mientras a ella la devoraba algo por dentro que aún no tenía nombre, que, se acordaba que de novia iban al cine y él salía haciendo el tonto y diciendo que de mayor quería parecerse a Richar Gere, porque había visto cómo le miraba todo el tiempo, y ella, se ponía entonces de puntillas y le mordía la oreja y lo amaba así, como una bailarina hasta que se le pasaba aquella tontería.

Un día dejo de escribirme.
Me hubiera gustado estar allí.

Otras, escribir es como...

“Te odio”
Y al día siguiente con la misma firma, “Te amo”. Y así todo agosto. Cada día. Los leí todos como una margarita. Como alguien a quien van a fusilar. 31 camisas con el mismo agujero y en el mismo sitio. Y lo peor es que podía ser cualquiera. A veces, escribir te lleva a Roma como cualquier otro camino y otras, te clava como a un clavo a la pared. Como un clavo sin cuadro. Y entonces tienes la absoluta certeza de que vas a morir solo.

Y otras, en cambio:

“Hey, me llamo Alonso y me masturbo leyendo tus poemas de amor”.

Nunca supe qué decir. ¿Gracias?

A los dos meses me llegó otro correo, invitándome a la boda de Mario y Alonso. Y a los dos años, una foto de los dos y en el medio un niño coreano, creo, al que habían adoptado hacía poco. Detrás, el castillo de Disney, y al dorso de la foto, algo así como, que amar sólo le estaba destinado a los más valientes, porque de todas las guerras, era la más sangrienta.

Fui feliz cinco segundos y apagué el ordenador pronto porque al día siguiente enterraban a mi padre, y quería estar muy guapo.

Otras creo que escribir puede dejarse. Como el tabaco. Como la heroína. Como un perro en mitad de la calle. Pero al minuto me arrepiento porque sé que escribir no es cosa tuya, si no de quién más lo necesita.

También recibo Spam:

“...te ayudará a llegar a un mayor número de lectores. El curso empieza...con una duración de...y en definitiva, con las nuevas herramientas de marketing que...un producto final...”

Yo no quiero lectores. Quiero cómplices. Y ganar juntos todas las batallas.

29 de abril de 2016

Kramgasse 49


Me acostumbré a echarte de menos porque era la única manera de no olvidarte nunca. Venías conmigo al mar y en mis largos paseos por la playa siempre había una gaviota que decía tu nombre, y una ola más ola que rompía en mis pies, como tu lengua entre mis dedos. No quiero morir, pensaba, sin haberte vivido hasta el final. Y entonces encendía un cigarrillo y maldecía entre dientes al mundo por haberte apartado de mí de aquella forma. Tan muerta. Tan debajo de todos los kilos de toda esa tierra mojada de tantos otoños. Tan “no podemos hacer nada”. ¿Y quién podía? Recé lo que sabía. Busqué en el cielo con los ojos. Arañaba las puertas con las uñas, lo recuerdo, implorando un diablo que quisiera mi alma para algo a cambio de un minuto más contigo. Un minuto en silencio diciéndolo todo. Y había, no creas, muchas cosas bonitas en el mundo: el ruido del grifo gota a gota como corcheas cayendo al vacío de la noche cada siete segundos. Las galletas rellenas de chocolate. Todo relleno de chocolate. El chocolate. Las vías de los trenes y ese momento donde todas las cigarras se callaban. Los caracoles. Las ranas y los rinocerontes y las cartas escritas a mano; los paraguas; la sonrisa de los maniquís; el viento entre los árboles; las telenovelas; las naranjas; los aviones. Tan alto. Tan pequeños como estrellas fugaces que atravesaran el cielo en las noches de verano a alguna parte, muy despacito. Daba tiempo a pedir un montón de deseos. Pero yo siempre pedía el mismo.

Me sentaba a los pies de la cama de cualquier motel sin galones ni agua caliente y volvía a preguntarme qué. Cómo. Cuándo. Ese tipo de estúpidas preguntas sin respuestas de quien se ha acostumbrado a vivir del fracaso. Y fue entonces que pasó que de pronto tal vez tomé la decisión de darte forma. ¿Por qué no? Lo único que tenía que perder era la cordura. Tal vez la única manera era perder la cordura. Así empezaste a veces a estar dentro de la almohada y otras pintada en el techo y otras en una canción. A contarme tus días de muerta, mientras tu voz como la brisa movía las cortinas.
A veces bailamos. Todavía hueles. Y a pesar de que nunca firmamos ninguna promesa, recuerdo exactamente el sabor tus labios.


28 de abril de 2016

¿No me debes una estrella fugaz?


Es ese algo que no sé lo que me vuelve como loco, de ti
o hacer la cucharita-oh my god-
contigo o tú de tuerca y yo hacer de tornillo entre las sábanas
cri cri cri
como pequeños y adorables(tan brillantes) insectos metálicos.

No es que tengas scanners en los ojos ni infrarojos, rayos x,
periscópios
ni esa luz ultravioleta o que lo quieran todo-todo-todo-todo.
Es otra cosa.
Pero no sé si de este mundo o si es el pío pío de tus labios
o ir en barco hasta tu lado de la cama, tú,
que todo lo inundas, ten piedad.
Tú, mi amorrrrrrrrr de muchas erres, ten piedad.
No me señales con tu único dedo como si fuera la cena de esta noche y
ten piedad.
Tengo huesos que casi ya no me obedecen y estas ganas terribles
de comer chocolate todo el tiempo.
¿Nunca te duele la cabeza?
¿Por qué nunca me sale decir no?
¿Existe nunca? ¿Dónde está?
¿Sirvió de algo dar la vuelta ochenta veces en un mundo,
arreglar tostadoras,
levantar de su tumba a Baudelaire y
pintar las paredes del Olimpo, de rosa palo?
Porque partí por donde el alba y como Sirio vuelvo
cada noche a pronunciar tu nombre en vano.
Con las manos vacías, es cierto.
Pero mirá, mirá que cicatrices...

Yo, modelo de señor B-34, te amo.
Y aún no sé por qué.
Creo(que alguien apague esa luz) que por eso le he puesto tu nombre a mi último cartucho.

27 de abril de 2016

De entre las grietas, extracto



Me aburro...

¿Por qué no vas con las otras niñas, Lorena? Mira, allí están Carolina y las demás haciendo banderines y guirnaldas.

Con ellas me aburro todavía más que sola. Ni siquiera usan nunca la palabra “Nebulosa”.

Micaela nunca se aburre. Siempre está haciendo algo. Algo por alguien. Así que se levanta de la hamaca y se mete en la cocina del Brillante a buscar en el arcón congelador, entre tanta patata, helados gratis para todos.

¿Jugamos a leer mesas, Paca?

No puedo, Lorena. Lo siento. Soy la presidenta del Consejo Estelar de infladoras de globos del cinturón de Andrómeda, y si mis obligaciones lo requieren, me dejaré los pulmones en acto de servicio; pero jamás abandonaré...

¿Jugamos a leer mesas, Sebastián?

Yo no he jugado en mi vida, niña. ¿Tú te crees que con esta nariz se tiene infancia?

¿Jugamos, Palomo?

Palomo babea como un prestamista lo caro que sale jugar con muñequitas, “porque eso es lo que hacéis las mujeres, trampas, desde pequeñas, como la Maite, hija de puta, que tenía un as en la manga cuando hizo las maletas, y yo sin enterarme”.

¿Juegas, negra? ¡Pssssss!

La Marenga está en trance. Entre este mundo y el otro. Más en el otro. Por lo menos cuando ronca.

Don Ramón...

Es que me cuesta mucho levantarme, hija. Yo, cuando era joven, me saltaba la palma de la mano, y si me apuras, casi podía arrancar del suelo un árbol con las manos; pero ahora no llego ni a abrocharme los cordones de los zapatos.

Los perros no saben leer.

Pero María sí.

¿Juegas, María?

¿Mmmmm?

María anda distraída desde que se ha sentado en la terraza, y mientras hace como que hace farolillos, a saber dónde andará.

Pasó la noche más larga de su vida mil quinientos trece barra doce punto B sentada en la cocina, contando estrellas en el cielo y haciendo inventario de los hombres que la habían amado locamente, sin que ninguno de ellos tampoco Álvaro, la hubiera hecho feliz. Habría unas veinticuatro mil y por lo menos, cinco estrellas rojas.
Habían discutido. Otra vez. De lo mismo: “Ni siquiera soy una princesa”.

Álvaro se fue pasillo abajo arrastrando una vez más los pies como un fantasma hasta la cama, sin imaginar que a la mañana siguiente, de la mujer que una vez más se había negado “incomprensiblemente” a ser su reina, no quedaría más que el humo del cigarro, una nota pegada al frigorífico y una montañita de fotos sin cabeza.

Un trozo de tarta de manzana, treinta y dos fotos rotas y tres cafés más tarde sin azúcar, absurdamente sola, sin un plano del mundo en la maleta y otra vez en el kilómetro cero de su vida, tomó un taxi a la estación, compró un billete, se pasó un mechón de pelo tras la oreja y subió al vagón número ocho del tren ciento veintiuno con destino a lejos, completamente convencida de que el amor era una mierda.

Porfi...

Un “Porfi” de Lorena es como un puñetazo en la barriga.

Porfi...

Dos, un martillazo en la rodilla.

Pero solo un ratito. ¿Vale?

Vale, María.

Nunca ha usado tres. No se ha dado el caso.

La oferta radiofónica del Brillante es lamentable. Pero el aparato no sintoniza otra emisora desde que una vez los gatos de la difunta Doña Rosita, persiguiendo un canario que se había escapado de la jaula dicen que por culpa de Cachito, lo dejaron caer al fregadero.

“–...viento del norte de treinta a cuarenta y cinco km/h con rachas de hasta noventa en...”

Pero aquí no se mueve ni una hoja, y las nubes en el cielo, a punto de sufrir una avalancha, parecen enormes montañas dispuestas a quedarse.

Bueno, niña, ¿y cómo se juega a leer mesas?

Es muy fácil. Cierras los ojos, pones el dedo, y lo lees.

Es fácil.

Y luego tienes que adivinar quién lo ha escrito.

María se ha quedado mirando a Paca como esperando una respuesta a semejante tontería. Hay kilómetros de frases en las mesas del Brillante. De no se sabe quién. Ni cuándo, ni por qué.

No es tan difícil.

Eso es todo lo que ha dicho Paca, sin dejar de sonreír. Como si no hubiera nada imposible y jugar a adivinar los corazones de la gente fuera algo tan normal como escuchar a Don Ramón redecirle a todo el mundo, cuando han dado y media en el reloj, que las campanas, las de San Judas, tocan a muerto solas un minuto antes de que vaya a morirse alguien, como cuando el farmacéutico, o el pobre Nicolás, que se murió de una tos para adentro, de bruces junto a los rosales.

Cuando Paca le advirtió ayer de que tuviera cuidado por ahí con el “click” de las farolas cuando se encienden Las que dan luz amarilla; nunca blanca.”, María pensó que de la boca color tulipán de Paca solo estaban saliendo tonterías. Algo hormonal, típico de las embarazadas, como cuando les da por comerse un huevo frito a las tres de la mañana, o le cogen asco a la remolacha, los calamares, o el cónyuge.

Antes de que María pueda decirle a la niña Lorena que si pueden jugar a otra cosa o mejor, que si lo dejan para otra ocasión; o mejor, que para nunca, porque sabes, no he tenido un buen día desde... perdona, pero es que yo ya soy mayor, y tengo mis propios problemas, y además..., la niña Lorena se ha puesto boca abajo, y del revés, le está preguntando a María que por qué tiene ganas de llorar desde hace rato.

Porque todos quisieron regalarme la luna.

¿Por qué ha dicho eso? Solo es una niña. Aún lleva braguitas con la cara de Minnie, la novia de Mickey.

¿Porque está harta de atraer a las moscas? ¿De ser solo preciosa? ¿A María la besaron a los trece? Y desde Pérez a Álvaro pasando por Damián, Juan, Ernesto o Josemari, ningún beso le supo nunca a nada que no fuera solo a beso. A lo mejor Lorena solo es una niña que colecciona cromos de príncipes azules y mete pétalos de rosa entre las páginas de un libro de aventuras submarinas. O a lo mejor es verdad. A lo mejor los besos que saben a besos no son besos de verdad. ¿Y quién quiere ser un desierto? Ella es de agua. Toda de agua, y lo que quiere es que el viento mueva las cortinas, meter la mano en un gran bol de palomitas de maíz y ver cómo la Taylor busca con las uñas los ojos increíblemente azules de Paul Newman, y en los anuncios que alguien la bese como a ella le gusta: no muy fuerte; pero tampoco suave. Quiere un papel protagonista. Sin renunciar a ser María. A ser María nada más.

¡Helados! ¡De vainilla, de fresa, de limón, de chocolate, de nata! Este es para ti, María. De nata. Con trocitos de nuez. Y este para ti, y este para ti, Lorena, de chocolate, y este otro para... ¿Y tú cuál quieres Paca?

Es que hay tantos sabores. El de coco, qué rico, que es como estar con los pies metidos en la orilla de una playa con corales; el de manzana, con sus gusanos parlantes con sombrero y paraguas; el de melón, el de mango; pero el que más... con su palito de madera y todo.

El secreto de un helado de limón está en chuparlo hasta que se le vea el hueso, y en masticar el palito hasta que se te ponga cara de esquimal.

Edta um foco ácido, da vedá, pedo mencanta.

Mañana hay cole, Lorena Micaela se ha sentado otra vez junto al fuego. Le dije a tu madre que estarías en casa antes de las doce, y de eso ya hace rato.

Pero ya es mañana Micaela, quiero quedarme otro ratito. ¿Puedo llevarle a Billy su helado?

Es muy tarde Lorena.

Porfi.

No empieces.

Porfi.

Que te acompañe Paca, que está muy oscuro por allí. Y después...

A la cama.

Menos a Palomo, que no se deja, Lorena ha ido repartiendo besos de buenas noches para todos. A María le ha dado uno y un abrazo, y al oído, le ha dicho que si quiere ser su nueva amiga favorita. Sin darle lugar a contestar, ha cogido a María de la mano y le ha preguntado a Micaela que si la puede acompañar al otro lado de las vías.

Anda ve, que se derrite. Aún hay luz al otro lado de las vías.

Allí van. Al otro lado de las vías. Pero primero hay que atravesar todo esa nada negra, llena de matojos y cri-cris.

¿Quién vive ahí, Lorena? ¿El Coco?

No. “Cara de lobo”.

En serio.

En realidad se llama Billy.

¿El de los ojos grises?

Sí, ese.

¿Y porque lo llamáis...?

Creo que es porque siempre está triste. O por la barba, algo de eso.

Vaya. ¿Y por qué está tan triste?

Yo qué sé, no tengo tanto años. ¿Y tú por qué tienes ganas de llorar?

Pero aún no he llorado. Sé estar ciento cincuenta y siete días sin llorar. Ese es mi récord. Y empezar desde cero muchas veces.

No lo entiendo.

No hay nada que entender. Es el amor.




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Algoritmoºº+ergo o un caballo blanco*.
(Aproximándome a la zona de aterrizaje)
“Hola, soy el cero absoluto”.

*Léase Unicornio.

Tiempo después me daría cuenta de que el cero es sólo un círculo.

I firmly believe that there is no god.
Y sin embargo rezo.
No sabes cuánto.

“-¿De dónde vienes?”

De todas partes.

O a veces tengo ganas de saltar por la ventana
con la sola intención de volar
unos pocos metros.

Y me derramaré sobre la mesa como un puzzle infinito si me tocas.
Porque estoy hecho de palabras. De castillos de naipes.
Será como magia
ver un ejercito de hormigas llevándome a hombros
y esa sonrisa en mi cara imposible de borrar.

He visto el cosmos. No importa si me crees. Está ahí.
Y dentro de nosotros.
Y en todas las cosas.

Y que la muerte es sólo un paso más hacia ningún lugar
o que el viento entra por debajo de las puertas como una niña con tirabuzones
a jugar entre las patas de las sillas sin dar las buenas tardes.

Que si sacas un globo de paseo, lo haces feliz.


25 de abril de 2016

High Fidelity



...un amor tan profundo como allá hasta donde
las raíces de los robles casi,
al centro mismo de la tierra o un amor
sin cordura y a la vez tan loco como el sueño de Petit
de cruzar de punta a punta el Orinoco
sobre una cuerda de guitarra.

Un amor con las tripas por fuera de esos donde uno de los dos lo deja todo
y atraviesa
el puto océano sobre una tabla de la plancha y de vela las cortinas de la ducha
porque el otro,
haya dicho abrázame.

Un amor grande que no quepa en el pecho o nada.
Que me parta como un rayo el corazón o nada.
Que imposible signifique una vez y otra y otra y otra o nada.
Un amor sin mañana ni pies ni cabeza ni tones o sones
ni un sólo minuto que no sea de gloria.
Un amor ahora o nunca.
Sin papeles ni firmas ni precio ni ya te lo dijes.
Que en vez de mi mitad lo sea mi todo.
Que en vez de una palabra sea verdad.
Que me duela.
Que me ría.
Que me llueva.
Que me mar, que me flor, que me pájaro y me nube.

Ese amor o nada.


24 de abril de 2016

En tres, dos, uno...




Próximo parada: arrojarse y vivir.
Ese es mi tren.
Sin equipaje.
Sólo tabaco y un montón de tatuajes.

Necesito más tiempo, Universo,
todavía me quedan muchas cosa por hacer.

Ya sé que te he decepcionado.
Pero aún queda sitio en en cielo para otra estrella.
Si me das la oportunidad 3.500 veinte...

¿Recuerdas aquel tipo que hacía milagros por veinte centavos
en la esquina de “cuéntale a la gente algo que pueda entender”?
Murió de frío, cabrón.
Tocaba el saxo
y tenía un agujero en el zapato.

Tú también te equivocas.

Te decía,
y brillar
como los ojos de quien mira un horizonte.
Como una cucharita de café.
Como el espejo de los cuartos de baño de esas gasolineras, ya sabes.
Las luces de emergencia de los bares.
Como la luz de la bombilla del pasillo de la casa de mi abuela.
Era mi faro.
Yo tenía seis años y me hacía pis.
Mi faro en mitad de la noche.
Brillar como brillaba de rojo Betty Boop sobre aquel escenario.

Sólo dejar esto latir.

Lo digo porque,
aunque haya escrito un libro y plantado un manzano y
esparcido tu semilla por la tierra,
no me quiero morir
sin saber qué se siente estando vivo.

Es mi momento. Al fin.
No llames a mi puerta justamente
ahora que tengo tantas cosas que perder.

22 de abril de 2016

Ha sido niñ@ y tendrá alas



No sé qué ha pasado aquí dentro. Estoy lleno, pletórico, tonto. Doy asco. Tanto, tanto amor. Uno se siente capaz de cualquier cosa con vosotros al lado. Os llamo, seres humanos. A veces pienso que no existen. Poned la tele. Y cierro los ojos y deseo, deseo con todas las ganas que el mundo se salve. A mí me salváis. Cada día.
Ha sido emocionante y perfecto. Mágico. Nuestro. Qué bonita palabra. Y hablando de palabras: os debo millones de ellas, constelaciones, supernovas, galaxias, nebulosas de palabras bonitas.

Y empiezo, ya:

“Yo sólo sé hacer cosas magníficas”



19 de abril de 2016

Todo el mundo debería de morir para estar vivo, al menos una vez en su vida.



Y entonces vas y te atragantas
con un hueso de pollo y,
joder
joder
que me muero.
Que no hay aire.
Que me pongo morado como una aceituna
Que caigo al suelo redondo como una pelota de playa
Que ya no me levanto.

Nuca más.

Imagina.

Hace un día perfecto.

Brilla el sol y toda
esa mierda que decimos los poetas.

Imagina que de pronto
un meteorito
cayera sobre ti. Así. De pronto, que de pronto,
te aplastara en mitad de la cola del supermercado.
Así.
¿Quieres escucharlo?
¡Plaff!
Ya esta.
No es para tanto.

El Universo es muy cabrón, no creas, a veces.

Imagina.

Imagina que Godzilla invade tu ciudad,
que un borracho se cruza en tu camino a
ciento cincuenta kilómetros por hora, imagina
que
tu ex te mete cuatro navajazos.

Al menos sales en la tele.

Imagina que el médico te dice,
eso.
De ya a mañana.
Y te pudres.
Y la gente a la que amas,
se va perdiendo en la distancia como un barco.

Imagina que el agua se acaba.
Toda esa sed.
Tanto coleccionar cosas inútiles, para nada.
Y seguro que sabes que todo se acaba,
Imagina,
las lombrices y esos insectos pequeñitos
-no sé cómo se llaman-
comiéndoselo todo
poco
a
p
o
c
o.

La más absoluta oscuridad.

Imagina.

No tienes cojones.

Porque entonces tendrías que vivir,
de otra manera.

Automáticamente.

Saldrías a la calle a buscar con las manos el Sol.
Te bañarías desnudo en la playa. A la luz de la Luna.
Siempre he querido hacer eso.
Y follar como un loco.
A la luz de la luna.
Y gritar
te amo
te amo
te amo
y
me estoy corriendo vivo.

Abrazarías a la gente por la calle.
A la gente bonita con cosas en los ojos.
A los árboles.
A tu perro.

Llamarías a tu padre.
Hablarías con él.
Aunque lleve muerto veinte años.
Le llamarías.
Ningún pecado dura tanto.

Correrías detrás del viento.
¿Por qué?
Porque sí, todo el mundo lo sabe.

Lo amarías todo.
Porque todo es lo mismo,
el borde de una mesa y
el último modelo de Ferrari o el lomo
de un cocodrilo.
Las arañas y los besos, la ciénaga
y aquellas bragas que te ponías sólo para mí.
Kansas y las luciernagas.
Cualquiera de esas estrellas,
y tú.

Te pondrías el pelo de azul.
Y mañana de verde.
Y el otro de rojo todavía estoy aquí.
De qué rico está este chocolate.

De no me quiero ir nunca de aquí.

De quiero una cuchara de postre,
para comérmelo todo
todo
todo.


Quedan 2 días:

17 de abril de 2016

Y a veces, los sueños, te encuentran a ti


No quiero un para siempre.
Quiero un todos los días.
O por lo menos, este.
...que menos que un ahora.
Pequeño, a ser posible, que quepa en un bolsillo.
Un momento de gloria.
Esos quinces segundos. Y en tan poco,
cruzar un mar tras otro a lomos de un delfín.
Meternos en la boca una manzana, y hacernos al horno.

Hacer la digestión.

Perdonar nuestros pecados.

Ni siquiera te amo, yo creo
que estoy loco
por los trescientos y pico de huesos que soportan tu carne.
Tu toda esa carne.
Por tus tetas tan frías como putos glaciares.
Por esa forma de mirarme cuando estás,
a punto de clavarme un cuchillo de cocina por la espalda.

Que el fuego sea.
Que nos sacie la sed.
Que algún dios nos castigue.

Que todo, y las cenizas, allá donde la hierba.

16 de abril de 2016

Y el árbol de la vida dará sus frutos invisibles



No puedes huir de ti continuamente,
hay gente esperando que la hagas feliz.

¿Y dónde vas a ir? ¿A vivir otra vida?
Moviste una montaña, joder, lo has intentado.
Lo sabes cuando gastas el último cartucho.

Lo sabes.

Haz contigo lo que sea que aún te quede por hacer,
y llena tu cabeza de pájaros.





Mi libro, aquí
Quedan 6 días.

12 de abril de 2016

El aroma perfecto de la hierba


-¿Se acuerda usted, señora Wellington, la vez aquella que le dije , “moriría por usted todas las veces”, que le dije, que me dejaría cortar en trocitos y emmmm...que, ya sabe, que la quería tanto que mi amor era infinito y todo eso y, que incluso, ardería por usted en el infierno? ¿Recuerda aquella tarde?
Pues todo era mentira.

-Ya lo sé. Ni siquiera llovía.

-Pero no saldría corriendo.

-Mira, Robert, una mariposa blanca. Dicen que trae suerte. ¿Crees que nos traerá otra vez a nuestro hijo?

-Hace frío, señora Wellington, ¿no le parece, que es hora de irnos? Las flores son bonitas, ¿no es cierto? Y todo está tan limpio. Mire cómo brillan esas letras: “Muerto en combate”. En combate, señora Wellington. Con letras doradas. ¿No es magnífico? Ahí enfrente hacen café. Un café estupendo querida y...

-Vámonos a casa.

-¿Sabe, señora Wellington? No me canso de decir que es usted preciosa.

-Siempre dices lo mismo cuando estoy a punto de llorar.

-Y siempre lo hace, ¿no es verdad?

11 de abril de 2016

Cuando la piel de un hombre ya no importe, te decía.


Y a la hora aquella de la tarde que lamía los tejados como un gato
vimos perderse una cabeza nuclear entre las nubes.
Nos abrazamos como mástiles de barco sobre el césped
y allí mismo
-justo antes-,
justos antes de que todo estallara en mil pedazos
-allí mismo-
detuvimos el tiempo en mitad del jardín mientras los niños plantaban girasoles.
Toby ladraba alrededor entusiasmado y tú
me cantaste al oído(muy) bajito
que te había encantado tener algo conmigo.

Y de pronto la luz,
-toda
aquella
luz-,
tan ipso facta como el rayo de un Zeus
y el reloj de cocina resbalando,
daliniano,
por la pared como un helado de vainilla.

Fue tan hermoso el fin del mundo de tu mano...

Emocionante como un día de playa.

Cuando el sol salga otra vez vendrán los pájaros
a anidarnos el pelo y los zapatos.
Le pondrán nuestro amor de nombre a alguna calle
o echaremos un chorrito de agua por la boca
como esas estatuas del parque.

¿Si nos construyen encima un centro comercial?
Haremos que somos fantasmas de castillo
susurrando la salsa secreta por ejemplo de tus tallarines
en la fila once de las salas de cine.

Nadie nos quitará nuestros ayeres. Tú elegiste las cortinas de esta casa.
Te pusiste guapa y
aquel día
salimos a gastar en sueños
nuestros últimos veinte dólares.
Cenamos pizza.

Sonreíste dormida, toda la noche.
A todos, gracias.

El por qué, aquí:

https://www.facebook.com/billy.macgregor.56

10 de abril de 2016

El extraño caso de Lake County, Indiana


Todas las historias, están ahí fuera” , Billy MacGregor.

He salido a la calle a comprar un libro de mi muy mejor amigo Albert Einstein. No sé qué de que las cosas nunca son lo que parecen.
Este es uno de esos sitios olvidados de la mano de cualquier Dios donde la marea ha ido dejando en la orilla durante años los restos de miles de naufragios. Al distrito 9 no se llega porque sí. Se parece al barrio bajo del Grand theft Auto IV, con un burdel a cada lado de la carretera y casas de peleas para gallos. A mí me gusta. No engaña a nadie y puedes leer en las paredes mientras vas caminando: “Camila está gorda”. O, “Soy tu ninja”. O, “Estas muerto, Brady”.
No es el infierno. Pero no está tan mal, siempre que lleves encima una pistola, por supuesto.

-¡Eh, tío, ¿me das algo?!

La diferencia entre mi silla y la suya es que él nunca va a levantarse de ahí.
Niego con la cabeza y de reojo veo como se aleja empujando las ruedas con las manos, hasta que tuerce una esquina y vuelvo a sumergirme en el expediente 137:

“Nombre: La belle Montenegro. Edad, veintiséis años. Color del pelo...”

Rojo. Como un atardecer adriático. La última vez que la vi, llevaba un vestido de infarto, y un tipo del brazo al que llamaban Jimmy Boy.

Mi café ya está frío.

Camino a mi departamento vuelvo a encontrarme con el tipo:

-¿Puedes cogerme esa moneda? Con este frío las cosas se me caen de las manos.

Lleva un vaso de plástico colgando del cuello con algunos centavos. Los estaba contando, dice, porque va a llover, ¿sabes?, dice, y aún me faltan seis dólares para seguir vivo un día más, me dice: “¿Me ayudas a cruzar ese semáforo?”.

Claro.
Y me incrusto a Einstein debajo de la axila y me pongo al timón y cuando justo hemos llegado al otro lado me dice que, va a la farmacia. Se ve desde aquí.
Claro.
Y mientras nos dirigimos a ella el tipo aprovecha para sacar de una bolsa del supermercado una ristra de gafas que vende baratas, para el sol, cuando salga, oye, me dice, hay que aprovechar cada centímetro, amigo, tengo, que comer todos los días y el crack cada vez está más caro.

Le dejo en la puerta de la farmacia.

Cuando llego a casa suelto sobre la mesa lo que traigo. La teoría de la relatividad, una manzana, las llaves, un 38, y ese maldito expediente. No va a ser fácil acercarse a La Belle. No con ese tipo colgándole del brazo.

Antes tenía un nombre. Una oficina, ya sabes, con una de esas puertas de cristal donde podía leerse en letras grandes, lo importante que era: Teniente Gallagher.
Ahora cualquiera puede contratarme llamando al teléfono que dice mi tarjeta de visita. Siempre que pague.

Y que no haga demasiadas preguntas.