28 de agosto de 2016

Y



“A los lirios del bosque le importan una mierda mis lágrimas.
Carecen de ese afán de competir por todo. Sólo son lirios. Putos lirios.”

Así empezaba.

Nora estaba leyendo de nuevo aquel libro que hablaba de cómo Teo Spinozza-una persona normal según parece con trabajo y un utilitario- se levantó un día de la mesa y con una cucharita de postre le sacó los ojos a su hijo de ocho años. Después lo tiró por la ventana. De un sexto piso. Y acto seguido empujó a Emily contra la pared con tanta fuerza que Emily se clavó en la frente el clavo de colgar el almanaque hasta el cerebro. Tomó el ascensor hasta la calle y con un bate de béisbol le arrancó de su sitio la cabeza al perrito de Miss Whillyte y destrozó la bicicleta del cartero. Mordía las ruedas de los coches y echaba babas por la boca como un hijo del diablo. Cuando llegó la policía se estaba comiendo el brazo de un peatón. Treinta y nueve tiros. Y a los quince minutos todavía movía un pie.

-A la mesa...pescado al horno. Los niños ya están dormidos. Feliz cumpleaños cariño.

Era su 27 cumpleaños. Se había teñido hacía poco el pelo de color caoba y lo cierto, es que era feliz.

-Eric...

-Sí, ya lo sé, está buenísimo. Por eso me quieres. Entre otras dos mil cosas. ¿Quieres más? ¿Más vino? Todavía no has pedido tu deseo.  

25 de agosto de 2016

Ponle otra a Joe Cocker


Cuándo: justo entre antes y después.
De sus ojos verdes. De su boca roja. De sus trenzas de trigo.
De que el mundo hiciera prff-prffffff-ñecccc-crock crok y se parara.
Sí, era perfecta y allí estaba. De invitada al cumpleaños de mi primo.
Yo iba de pirata. Ella de teniente coronel de la armada británica.

Me dio de canto con un plato en la cabeza.

Porque yo le gustaba.

Sólo tenía nueve años y ya era una hija de puta.

Dónde: en todos los sitios desde entonces.
En todas las canciones. Dentro de la lavadora. Tomándose un té sobre un zeppelin, yo qué sé, en la luna a veces, lejos, bellísima, como un cuadro de ese tío que pintaba mujeres oblicuas.

Quién: Ramona, así, con dos cojones.
La chica que en cuarto de carrera me tiró por la escalera.
Que en el parto de Juanito me arrancó un mechón de pelo.
Y no obstante más pero aunque sin embargo,
ese hambre siempre de su su culo marmoleo y definitivo, dionisíaco, elíptico.
De la sombra de Ramona.


Por qué: Porque Ramona es capaz de llenar la habitación de pequeños penes voladores. Sólo con desearlo.
Porque me gusta que me clave tenedores.
Que le broten del verde de los ojos naranjas de la china y albaricoques y un arroyo con patos y pregunte si me duele. Que cuánto.

Cuánto: como para parar un ascensor. Y quitarle las bragas otra vez.
Como para echar un tabique abajo.

Nivel yonki.

Qué: meter la cabeza entre sus muslos blancos y abrevar.
Que me llame cerdo. Con todo el amor del mundo.

Que todo sea con Ramona a vida o muerte.


23 de agosto de 2016

Mira el pajarito



¿Qué esperas que caiga del cielo?
¿Lingotes de oro? ¿Confeti?¿Un solo de trompeta?

¿Quién esperas que llame a tu puerta?
¿Tu hada madrina?¿San Judas Tadeo? ¿Brigitte Bardot?

¿Le rezas a Mazinguer Z?

Tenemos la solución. ¿Quiénes? Una entidad sin ánimo de lucro, por supuesto.
Y en sólo tres sencillos pasos:

1-Regístrate en la web veteatomarporculopauloyalohagoyo.
Punto con claro.

2-Hazte un perfil: ...y entonces me ahogo en un vaso de agua, ojos marrones, uno y tanto de estatura bla bla bla.
Por ejemplo.

3-Elige una opción de entrega, tal que una patada en los cojones en tu propio domicilio.
Cuando puedas respirar, sal a la calle-esa cosa con semáforos-
y ponte a vivir de inmediato.

Y no olvides consultar tus dudas en
nuestra sección de preguntas frecuentes:

-¿Me dolerá?
-¿Y salir de mi zona de confort-si se está de puta madre-? ¿Para qué? ¿No es peligroso?
-¿Puedo registrarme con seudónimo?
-¿dejaré de llorar? ¿Engorda? ¿Lo tienen en rosa?

22 de agosto de 2016

¿Cuándo?: todo el tiempo



¿No ves, si te acercas, a ese vaso de agua
un velero flotando? ¿Las gaviotas? ¿El faro?
Y si pegas la nariz al cristal: ¿no ves cómo se aman los batracios?
¿Y ves toda esta luz? ¿No te dan ganas
de abrazar una farola
una vaca
un muerto?
Y más allá los rótulos: “Autorecambios Pepito; Panadería López; Frutas Romualdo”.
¿No es tan hermoso? Escucha...: son los ciervos,
las lavadoras y los tangos, las gramolas, la gota del grifo y los tucanes.
Las ambulancias y los perros. La guerra. Inevitable.
los ukeleles, los banjos, las campanas...A lo lejos el azul.
Azul faldita corta de las tres de la mañana
azul noche estrellada
azul nave espacial
azul pijama, azul ojos bonitos, azul nombre de barca, azul azul
o sólo azul poquito,
como un copo de nieve, todavía.
No sólo azul.
Mira ésta cicatriz, estuve allí, en todos sitios.
Fue mítico, salvaje, irrepetible.
Mira esa silla. Con sus cuatro patitas. Mira las bolas que hacen los escarabajos. Tan redondas. Mira, un pájaro; un porta aviones; una hormiga.
Júpiter.
Aquello.
El amor.

Tan ancho.


A Big Eyes

21 de agosto de 2016

Trocito


Podías dejar caer las manos así por sus caderas, así, tan lentamente y...Podías comerte a bocados aquel cuello así, tan rico, y después morirte. Sin problemas. Con la polla apostada en su espalda, caliente y sonrosada como una hermosa flor, y que ella suspirarararará con los ojos cerrados y los labios brillantes y toscos y entreabiertos como queriendo decirte algo oscuro, algo guarro de de dentro de eso que llamamos alma, algo prohibido, que doliera un poquito, algo que le estallara entre las piernas y la volviera completamente loca.

Era la hostia.

Una vez rebosó el fregadero. Yo la había enredado malamente con la lengua y ella por supuesto se había dejado y al rato, como nadie cerraba aquel grifo aquello caía hasta el suelo como un Niágara y de pronto sentimos el agua en los pies y luego en las rodillas y luego en el cuello y cuando nos dimos cuenta de que ya no había aire, gritamos a la vez como dos locos de gusto porque aquella cosa eléctrica que no tenía nombre y por eso la llamabamos Ahhhhhhhhhhhhhhhh, o Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, o Joderrrrrrrrrrrrrrrrrr, nos estaba partiendo como a barcos por la puta mitad. Pues al rato, un vecino llamó a la policía. Que si estaban allí matando a alguien. Y ella le dijo que sí. Que dos veces porque era domingo.
Le brillaban tanto los ojos, que al guardia se le saltó una lágrima.


20 de agosto de 2016

...on the bridge a rainy day


...y que alguien-ese alguien-, te ponga en la mesita un ibuprofeno y un vasito de agua y se siente a tu lado y te bese la frente y te tape hasta las orejas con la manta y te apague la luz y te deje la puerta entreabierta por si toses. Que una manada de cachorros se suban en pijama a la cama a dar saltos sobre ti porque es domingo. Que te regalen flores, con una nota que diga te amo. Con letra chiquitita y un puntito final. Que se preocupen por ti. Que te cuiden. Que se acuerden de tu cumpleaños. De cómo te gusta el café. De la cita del dentista. De que no sé mañana; pero hoy te quiero más que ayer. Ayer fui tonto y no te quise como hoy, así bonito con los pies por debajo de la sábana, así pequeño con mi cosa en tu cosa en este mundo grande, así sin saber cuándo nos vamos a morir, con besos ahora, con ojos ahora, con gracias, por esto, ahora, mientras cruzamos cualquier paso de cebra camino del supermercado. Y así todos los días. Mientras haya un ahora. A pesar de los platos volando por el aire y los mordiscos y la plancha en mi espalda y aquella vez que me partiste en la cabeza una botella.

Cierro los ojos y sonrío, y, me alegro tanto de haberlo tocado con las manos y, luego disparo.

Las cortinas han quedado preciosas. Me encanta ese color.

19 de agosto de 2016

Gráfico de una cáscara de plátano



La villa estaba situada en...
No-no-no. ¿A quien puede importarle una casa encima de una colina? A no ser que esté encantada. O que Sr H hubiera matado allí a veintisiete personas en el 59.
“La villa estaba situada encima de la única colina de Hill Durham, y como todo el mundo sabía, permanecía cerrada a cal y canto desde aquello, y aquello, como también todo el mundo sabía, no se podía decir porque si mencionabas el apellido familiar los perros se ponían a aullar toda la noche y las cosas de la nevera se pudrían en segundos. Sr H, que es como se refería a él el pueblo en definitiva, trajo del brazo a Raquel un día a la casa y le dijo que detrás, había un jardín. A Raquel le faltaba una pierna. Y empezaron a pasar cosas raras.”
Pues si digo que un día Jerónimo Wallace se cruzó en mi camino, y no sabes quién es Jerónimo Wallace, sólo será una casa sobre una colina.
“-Ya queda poco, le dijo Williams a Duke dándole otra hostia en toda la boca. Tenía que parecer verdad. Y lo era. Como dolía. Willians atizaba bien. Duke pensó que era porque se había follado a su novia mientras él regresaba del servicio militar. En realidad a su novia se la había follado todo el barrio. Pero seguían siendo amigos.
Raquel, con las manos tapándose la boca y los ojos muy abiertos, asistía a la tremenda paliza dentro de un vestido barato. El plan era que Raquel salía del trabajo y unos tipos muy muy malos la intentaban atracar y él, salía al paso de pronto y de la nada para socorrerla, tras lo cual, ella quedaría completamente prendada de su heroicidad y lo amaría para el resto de sus días por los siglos de los siglos amén. Porque lo que era hasta el momento, no le había hecho ningún caso. Ni a las flores ni a los bombones que Duke le enviaba con el chico de los periódicos, ni a las invitaciones para ir a bailar a ese sitio nuevo con nombre de fruta tropical. Nada. La más absoluta indiferencia. Incluso había llegado a decirle en medio de la calle que los hombres como él sabían amargo desde antes de doblar una esquina. ¿No había otra cosa que hacer en Detroit que no tuviera que ver con Lino Callongero? Un trabajo honrado. Herrero, soldador, había mucho que hacer con tanta fábrica de coches. ¿Por qué un chico como él-tan guapo-tenía que dedicar su vida a destruirla? Porque así es como se acaba al al lado de los Callongero: muerto. Tarde o temprano, aunque casi siempre, solía ser temprano.
El plan no salió muy bien. Willians sólo tenía que ponerse gallito. Nadie habló de sacar la navaja, ni de aquella ristra de golpes.
“-Estás herido...”
Ahora Duke tenía que decir, “no es nada”, pero la verdad es que tenía una raja en la barriga de siete centímetros y la cara como una cordillera montañosa.
Lo único que le salió por la boca fue “Esta noche dan una de Elvis en el cine”.
A Duke le brillaba en la cara una sonrisa tan blanca que Raquel tuvo que cerrar los ojos y dejar que la besara. Luego le dijo: “-Duke Helios, eres tonto”


Ya podemos poner la H en su sitio.
Jerónimo Wallace, es el tío que conoce las respuestas a todas las preguntas del mundo. Hablaba poco. Pero si se quedaba callado, era peor, así que fui al grano:
“-¿Quién soy?
-Una hojita en el viento.”
Y cerró la puerta en mi puta cara.
Cuando eres una hojita en el viento nunca sabes dónde. Ni cuándo. A veces ni por qué. Y dejas de hacerte preguntas. Y disfrutas del paisaje. Tal vez el viento te deje sobre el regazo de una cajera de supermercado o en la cara norte del K 2. Tal vez te lleves dando vueltas y vueltas mucho tiempo dentro de un huracán, o tal vez seas una hojita de charco, con luna y todo y un gato maullando.
La casa en la colina, por supuesto, no existe. Jerónimo tampoco.
Pero hay algo seguro: no se puede luchar contra el viento.


18 de agosto de 2016

Dirty



Imagina que llevas tres días
cruzando un desierto cualquiera
y de pronto
ves un árbol.

Pero tiene un león a la sombra.

¿Por qué los poemas son tan complicados?

¿Qué coño hacías en el desierto?

(Si lo lees todo junto, dice te quiero)

¿No podría ser una ardilla? ¿Un ratón?
¿Por qué no me dejas morir a la sombra?

Preguntas, preguntas...bah...debería drogarme.
Meterme a alguna secta.
Hacer un crucero.

Dato curioso:
“...tantos miles de personas muriendo de hambre”.
Lo dice la radio.
¿Y a mí qué me importa?

Están lejos.

No los veo.

En cambio a ti tampoco y me dueles como una patada en los huevos.

Ayer le robé el bolso a una vieja.
Compraré un revólver. Atracaré un banco. Alquilaré un aeroplano. Te buscaré.

Salvé un niño de morir ahogado, se me olvidaba, el otro día en el río.

Su madre me dio un beso en la mejilla.

¿Me llamarás?, le dije, y le di mi teléfono porque me encantaría comerle el coño.

Mientras tú no estás.  

17 de agosto de 2016

No obstante...



Antes-que casi siempre suele ser hace mucho o tal vez demasiado o nunca volverá( donde casi es sin duda todas las veces, aunque haga en ocasiones de placebo. Casi. Uno pronuncia esa palabra y como que se siente mejor. Como si la esperanza viniera embotellada. De la palabra siempre hablaremos en otra ocasión. No existe una palabra más larga. Me extendería. Y no tengo tiempo. Quiero decir que no sé cuánto. Cinco minutos, veinte años. Quién lo sabe)-, antes, pasaba por aquí el afilador de cuchillos, por este barrio, en una bicicleta y tocando ese instrumento que parece un pito pero con más agujeritos, y tú, que eras tonto, te ponías un pañuelo blanco en la cabeza porque daba suerte. Me lo pasaba bien pensando que iba a tener un día estupendo. Era bonito un rato. Pero aquel día era como todos los demás: una puta mierda, que es como son los días de la gente que no sabe lo que quiere. Una de las cosas más extrañas de este mundo-más que un ornitorrinco incluso -, es que lo tengas todo a tu alcance y no te apetezca ni cenar.

En cambio Marisol era feliz con un dedal. Marisol era mi vecina. Tenía seis años, y a veces-que suele casi siempre ser bonito-, jugábamos a los cromos en la terraza a la sombra de los geranios: “Eres raro”, me decía, porque yo tenía una arañita metida en un bote de cristal y le había hecho una sillita con palillos de dientes y una alfombra con hilos y de noche, le dejaba la luz encendida porque a la arañita le gustaba leer hasta muy tarde.

Crecí. Marisol no. Marisol se murió al año siguiente de una neumonía.
Y a medida que crecía, cuantas más cosas aprendía, menos feliz era. Y me dolía el pecho y a veces-sin casis-, lloraba. Con mocos y todo. Si había hecho todo lo que me habían enseñado, si iba a la iglesia, si plante mi semilla, si tenía una hipoteca y un coche de cuatro puertas y un perchero, si era puntual en el trabajo y le dejaba el asiento del bus a los ancianos, si pagaba rigurosamente mis impuestos y...
Y un día me senté a a los pies de la cama. Y le dije a Marta, Marta, ya no te quiero, de hecho creo que nunca te he querido, ni siquiera te gustan las pelis de ciencia ficción. Y suerte con Bryan. Sé que siempre-esa palabra tan larga-, pensaste que era para ti mejor que yo.
Y después fui a la oficina y le dije a mi jefe que adiós. Mi jefe sacó un pañuelo blanco-se ve que por su barrio también pasaba el afilador-, y lo agitó en el aire mientras yo firmaba mi despido voluntario. Luego respiré. Me miré en el bolsillo. Siete francos. Caminé largo rato. Me senté en un café. Y dije, Dios mío, ¿qué he hecho?: soy libre.

Desde entonces miro nubes. No sé para qué sirve; pero sé que soy feliz, porque tengo en la cara la misma sonrisa que aquella Marisol, que olía a Nenuco y llevaba en el pelo un gran lazo celeste.
También hago otras cosas igualmente inútiles, como ponerme en la mano el corazón y dárselo a cualquiera, o escribir mientras me lavo los dientes, en el espejo, que te echo de menos, que duele, que me gusta. Que estoy enamorado de la vida y de sus ojos negros y el sabor de las cosas, de la sandía, de las naranjas, del color de todo esto, de cómo cambia con la luz continuamente, del sonido de las olas y la voz de la chica de la radio por la noche, contando historias de fantasmas o cómo una ballena apareció de la nada en medio de un aparcamiento subterráneo.
A veces lo que te hace feliz también te mata. Es un riesgo que hay que correr. Pero me gustan tantas cosas todavía, que nunca me rindo. Prefiero un final. Aunque no quede nadie vivo en la película. Me encantaría por ejemplo correrme en las tetas de la Venus de Milo. Dedicarle un poema, aunque se me quedara mirando un momento y dijera, no me entero de ná. No importa, conocí a una abogada del gobierno que pensaba que Rilke era una marca de helado. Quiero decir que he encontrado la felicidad en mi hambre y en las cosas sencillas, es más sencillo decir vete a la mierda, que ponerse a estudiar burocracia para salir airoso de la cola del supermercado: “Bueno señora, si tiene tanta prisa...” La perdono que me haya empujado varias veces con la punta del paraguas. Y que use esa vocecita, hijo, por favor, es que tengo prisa, y en realidad no vaya a ningún lado. Incluso la perdono por ponerse esa puta colonia que puede olerse desde Nicaragua. No coja un ascensor, señora, o matará a alguien.


Un día iba yo por...

16 de agosto de 2016

Corten



-Buenos días...

-Buenos días, Rogers.”

Aquí podría acabar esta historia. ¿No veis cómo Susan se pasa el pelo por la oreja? ¿Ese brillo en los ojos? Nada brilla igual. Ni siquiera un planeta. ¿Y por qué sonríen? Así. ¿O es que la oficina es el mejor lugar del mundo? ¿Aunque sea lunes? Pues sí. Es como el cielo. Y Susi- así la llama en su cabeza. Por dentro. Al fondo a la izquierda-, es un ángel. Y estaba deseando que llegara el lunes.

Podría. Porque uno podría imaginar cualquier cosa, mil historias y hasta un final feliz. Uno podría imaginar por cómo se miran de soslayo mientras se incorporan a sus mesas de trabajo, que Rogers, por ejemplo, lleva gafas, y que por encima de las gafas, se queda como tonto mirando los tobillos de Susi en su cabeza por dentro al fondo a la izquierda.
Que Susi lo sabe. Que ya hace tiempo.
Hace calor en la oficina y Susi no es un ángel. Pero es lo suficientemente bonita como para que Rogers la invite a cenar esta noche y le diga mientras brindan con dos copas de champán que desde el primer día que la vio, casi no duerme y casi todo se le cae de las manos. Que le encanta su voz. Cuando habla al teléfono con algún cliente. Que si le hablara a él así al oído, y en vez de decir que en breve nos pondremos en contacto con usted y que el seguro se hará cargo de todo que tenga buenos días y otra vez gracias por llamar a...que dijera te amo.
A Rogers le tiemblan las piernas. Si ella está cerca. Y ahora está cerca:

-¿Has visto el informe de...?, estaba por aquí...”

Y huele tan rico. Y su piel es tan blanca. Y sus labios tan...joder Rogers. Invítala a cenar. Ahora.

Podría acabar aquí. Sin saber si Susi en su cabeza por dentro al fondo a la izquierda le contesta que no. Que tiene un novio rubio desde hace cuatro años.
Que lo siente. Pero que es un chico con muchas posibilidades y...

Joder, Rogers, llevas tres meses aprendiéndotela. De memoria sus gestos y esa forma que tiene de juntar las rodillas, tan linda, cuando sabe que la estás mirando. Joder. Joder.

Pero volvamos a hace cinco minutos:

-¿No lo has visto, Rogers?”

Rogers, despierta. Nunca va a estar más cerca.

-¿Qué tienes que hacer esta noche, Susan?”.

No está mal Rogers. Demasiado prudente, tal vez. A Susi le gustan los valientes.

-¿Me estás invitando a cenar?”.

Vaya Rogers, ya sabemos quién va a llevar los pantalones en casa.


Yo aquí pondría un beso. Y un fundido a negro y a Susi alejándose, hacia su mesa, dentro de una falda color beige y mascando entre sus dientes la punta del bolígrafo.

12 de agosto de 2016

Way out



Me encantaría saber qué vio Klein-mi osito de peluche-aquella noche en aquella habitación. Por qué Críspulo Cortés no la asfixió con la almohada. ¿Qué le paso? ¿Qué podía hacer una niña de seis años para que aquél gigante tuerto y sin escrúpulos se enamorara de ella para el resto de la vida? Klein lo sabe. Pero no va a decir nada. Nunca dirá nada. Porque tiene la boca cosida y por dentro es de trapo.
Me encantaría ver la tumba de Sacramento. Alguna vez. Bajo el manzano. Fumarme un cigarro. Aplastar la colilla. Adiós Sacramento. Ya tienes tu horizonte.
Saber si Eva Amaral sabe que una muchacha vestida de azul canta una canción suya entre las páginas de un libro que habla del amor y que empieza a las siete y media de la tarde. Que el eco es precioso: “...no soy nada”. Que hay lágrimas. Y besos. O las dos cosas a la vez.

Qué nombre le puso Paca al niño. Si tenía alas. Si a Paca le dio tiempo de celebrarle el primer cumpleaños. Porque Paca se iba a morir. Lo habían dicho los hombres de blanco.


Saber cómo siguen. Qué ha sido de sus vidas. Si son felices. Saber si Clarisse se estrelló contra un muro a bordo de un Ferrari mientras lloraba la muerte de su Luiggi por una sobredosis o en cambio todavía estaban recorriendo el mundo a bordo de un yate con muebles de nogal y mini-golf. Tan felices. Tan hijos de puta.

11 de agosto de 2016

...y cruzaremos Arizona en un chevrolet rojo


“-De eso estamos hechos-le hizo notar Jimmy Boy a La Belle señalando a Sebastian, con acento en la primera a, con el cañón de una magnum 38. Seis balas. Todas en el pecho-, de pura mierda.”

Le había abierto un agujero tan grande como Italia, por donde podía verse en la pared de enfrente un cartel del circo que anunciaba su llegada a la ciudad, en breve, con una comitiva de elefantes y payasos y caballos con las crines tan blancas como el blanco de los ojos de aquel cantante que venía de La Habana con sus canciones debajo del brazo y dos gardenias para ti.

La Belle dejó caer su larga melena sobre el hombro de Jimmy y le susurró al oído: “¿No es precioso?”.

Para él era sólo trabajo. No sabía quién era aquel tipo ni tampoco le importaba. Y además le había salpicado los zapatos con toda aquella puta sangre.
A la Belle le gustaba estar delante.
Disfrutaba viendo como el pánico se comía a trozos a los hombres. Como algunos se hacían pis encima. Como suplicaban como perros. Y Jimmy la excitaba más que nunca. Tan alto, tan guapo, tan malo.
A veces jugaba a contarle cicatrices. Les ponía un nombre, y con besos pequeños, las cubría de amor.
Un día Jimmy le arrancó de cuajo la oreja a un contable de Illinois, sólo porque la había mirado demasiado tiempo. Con aquella cara. Como si La Belle fuera de este mundo. Y no lo es. Como si pudiera comprarla. Y no podía. Como si sus asquerosas manos se la merecieran. Jimmy escupió la oreja sobre el mostrador y le dijo a La Belle vamonosdeaquíestesitiomedaasco, porque una señora con abrigo se había subido a las faldas su perrito y otra, se había quedado con la taza de té congelada en el tiempo a mitad de camino entre la mesa y su dentadura postiza.
Como si nunca hubieran visto tanto amor.


6 de agosto de 2016

¿Mañana cuándo?


-...me encantaría morir acribillado por los malos a balazos sin que el cigarrillo se me cayera de los labios sobre la arena de alguna ciudad con una sola calle y un bonito nombre como, Perdición, y que una niña rubia como el trigo saliera de una de esas puertas con un lindo vestidito azul y me pusiera sobre el pecho una rosa blanca y dos monedas de cincuenta centavos en los ojos y un beso en la frente mientras los buitres hacen cola en el cielo más azul que hayas visto en tu vida...sí, me gusta fumar.
También me gustan las hormigas. Las hormigas son tan honradas...Y quedarme sin dinero a veces, o con un sólo huevo en la nevera. Está delicioso. Sabe a huevo. A veces camino mucho tiempo. Llego tan lejos que ya no sé volver. Entonces me siento y espero a que llueva. Y cuando llueve, me mojo. Eso es lo que pasa cuando llueve, nada más; pero me gusta que las cosas sean como son, el mar, por ejemplo, no habla, sólo es el mar. No se le pueden pedir peras a un olmo. Un olmo no da peras. Si quieres peras tienes que ir a una frutería. Tienes que entrar y dar los buenos días y esperar tu turno y decir, quiero peras. Me gusta ver como las chicas se hacen una cola de caballo en el pelo y dejan a la intemperie sus axilas durante un breve y magnífico instante y después mueven así la cabeza como lo haría un pura sangre. Me gusta David Bowei. Me gusta arrancarme del sitio el corazón de vez en cuando y ponerlo en mi mano y ver que sigue ahí, tan rojo, sin que se haya llenado de mentiras ni rencores ni nadie lo haya convencido todavía de otra cosa que no sea latir. Me gustan mis arrugas. Me gusta ponerme lo primero que cojo del ropero. Y las lagartijas. Y el olor de la ropa recién sacada de la lavadora. Y los abrazos. Y los trenes. Y el ruido del frigorífico en mitad de la noche y saber que no hay una meta esperándome ni un destino que cumplir. Me gusta ser pobre. Me gusta ver salir a los niños del colegio, sucios y pintados de todos los colores y con tanta hambre que podrían comerse el mundo. Me gusta cerrar los ojos por la noche y sonreír porque mi alma sigue aquí, conmigo, y no en una casa de empeños. Me gustan las gordas. Y este café. Y follar como si fuera a acabarse la vida en el planeta. Con todas mis manos, con toda mi polla, con todas mis lenguas, con todo mi amor. Aunque no sepa su nombre.
Me gustan las cosas que caben en un bolsillo. Me gusta comer con los dedos. Y el sabor de las lágrimas cuando se llora por algo que merece la pena. Y mi espada de palo. Y ver volar los pájaros. Y el reflejo del hombre verde del semáforo cruzando los charcos y que a los jóvenes le importe un carajo besarse como locos en mitad de un paso cebra. Que el miedo no los haya alcanzado todavía. Que brillen como estrellas. Tan ignorantes de la vuelta de la esquina y tan felices sin saber tantas cosas inútiles que mamá patria está deseando enseñarles. Me gustan como braman los ciervos y dormir con un pie fuera de la cama.

-Oye, ¿estás bien, chico?

-De puta madre.


2 de agosto de 2016

La extraña sensación de estar vivo


Son las tres de la mañana y con la misma brisa que mece en los parques a las briznas de hierba hasta que son felices y se ríen o eleva en el aire las hojitas de té para que bailen valses porque sí a la luz de la luna o se lleva de viaje a las bolsas de plástico de los aparcamientos de los supermercados completamente gratis a lugares lejanos con sol y con olas y un mar y gaviotas y un faro pintado de azul sobre un fondo llamado lontananza o levanta las faldas de las chicas bonitas en alguna película justo hasta las rodillas o entra por la ventana y mueve las cortinas de la alcoba como a velas de un mercante portugués cargado de esperanzas rumbo a Ojalá o como vientres de preñadas a punto de parir algún poema, llega por fin el sueño hasta los párpados de Peter como una bendición mientras el tic tac de los relojes se va perdiendo en la distancia igual que se perdieron los pasos de ya sabes quién por el andén o el sabor de la sandía en la boca de cuando uno era pequeño y las sandias tenían por dentro, pepitas que escupir.


La misma canción otra vez. Para Elisa. Viene justo de allí. De aquella mesa cuajada de cartas sin abrir y crucigramas sin hacer y restos de pizza y de galletas de la suerte y ceniceros con colillas desde hace mil años y mecheros que ya no funcionan y botellas vacías y tazas donde los posos de café han formado la cara de Jhon Lennon con el paso del tiempo. De velitas todavía encendidas desde el último cumpleaños porque lo único por lo que quería soplar se había ido hacía tiempo por el fregadero hacia el fondo del océano. De antidepresivos que ya no se toma porque no se le pone dura y no puede masturbarse pensando en ella. De nubes lloviendo sobre todos los días de un calendario de bolsillo con la foto de un delfín, saltando a través de un aro ardiendo.

La encontró en la basura. Le dio cuerda. Funcionaba.

A veces Peter se queda mucho rato mirándola dar vueltas sobre sus zapatillas rojas. Sin pensar en nada. Pensando en lo mismo.

Lula lleva puesto un tutú blanco y tiene unos tobillos preciosos y los labios pintados de rosa y un moño en el pelo con forma de magnolia. Primero ha movido un pie. Luego el otro. Y después ha saltado de la cajita y entre paquetes de tabaco y migas de galletas su pequeña sombra de no más de tres centímetros y medio ha caminado hasta la orilla de la mesa. Está muy alto. Y ella es tan frágil. Hay una biblia de Bukowski con un puñal clavado en la página siete. Lula ha atado en él la cuerda con la que Peter se cuelga del cuello sus gafas y está bajando al suelo. Ojalá no haya gato.
Cuando llega a los pies de la cama trepa por los flecos de la colcha y cuando llega arriba trepa la montaña que es Peter hecho un bebé de ocho perfecto y enroscado como una lombriz y cuando llega a donde Peter tiene apoyada esa cabeza de loco soñador y feligrés de lo imposible, se acomoda a su lado a esperar que amanezca y antes de dormirse, se asoma a su oreja y le susurra con su voz pequeña de pequeño milagro, así, con las manos en la boca como una caracola: “Voy a sacarte de aquí”.