30 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: Más cerca del ocaso



-...¿y por qué se mueve la casa?

-Porque no es una casa. Es un barco.

-¿Y yo dónde estaba?

-Llevas tres días dormida.

-Dime que no lo has robado. Porque lo denunciarán sabes y...

-A veces voy a pescar al puerto. Conozco a Vázquez hace mucho. No dirá nada hasta dentro de una semana. He traído el maletín, la pistola, algo de ropa y, ese libro tuyo.

-¿Y maquinillas de afeitar?

-¿No te gusta? Ahora soy marinero...

Se mira la herida.

-No había nadie más. Y te pusiste tan pesada: “Si no lo sacas me voy a morir, si no lo sacas me voy a morir”. Tan convincente: “Tira, joder, ya dirás luego el tres”. Y estabas tan...¿bonita?: “¡Hazlo! ¡Ahora!”. Y me estabas apuntando a la cabeza. ¿Eso es deformación profesional, no? Nunca le había puesto una cuchara al rojo a nadie en la carne. Me ha salido una estrella de mar. Para ser la primera no está mal. Y ni siquiera vomité. ¿Sabes por qué? Porque no me dio tiempo. Se te paró el corazón. Por lo menos dos siglos. Y entonces me acordé de aquella película y, fui a la cocina a por unas tijeras y pelé los cables y luego lo enchufé y, te despertaste. No precisamente como Blanca Nieves. Los puntos te los ha cogido Vázquez. Por eso tienen forma de As de Guía. A mí me gusta.

-Y has aprendido a ser retórico.

-Casi me muero del susto joder. Soy el tío que lleva un traje nuclear amarillo y un lanzallamas para matar una cucaracha. Llevas cinco minutos de nuevo en el mundo y ya me estás haciendo la vida imposible. ¿Estás viva no? Podrías decir: gracias. O, ¿gracias?. ¿Qué tal, gracias?

-Tengo hambre.

-Ya. Claro, sí, bueno, hay...muchas latas por ahí y...prepararé algo...

-Eh...

-¿Qué?

-Eres mi héroe.

Aunque le duele mucho, al rato, subimos a cubierta. Eva no quiere perderse la caída de la tarde. De pronto recuerdo que yo tampoco le he dado las gracias. Es gracioso. Y en cambio estamos en el mismo barco.

-¿Por qué quieren matarnos, Eva?

-Siempre hay alguien que quiere otra cosa.

-¿Y por qué...?

Y me ha mirado y ha dicho “No tengo todas las respuestas” y, se la ven tan cansada. Y después me cuenta cosas que no vienen al caso como “...y una vez tuve un novio que olía a dinero; pero no pudo comprarme. También tuve un gato. Se ahogó. En la taza del váter. Estábamos jugando y...”

Yo miro el mar. Miro el mar y hago como que la escucho. Como si fuera lo único que tengo que hacer en la vida: “...de la universidad una vez trajeron a clase una tarta con las letras Eva de chocolate blanco. Aún recuerdo qué pedí. ¿Quieres saberlo? Ya da igual, no se ha cumplido”.

Miro el mar y recuerdo mis sueños y que corrían más que yo. Y pienso en toda esa gente. ¿Es que nadie va a decirles nada? Tal vez, quieran pasar, ese tiempo, haciendo, otras cosas. Más cerca. Más bonito. Aunque pensándolo bien, debe ser triste saber cuando vas a morir. La vida se convertiría, supongo, en una caja de regalos sin regalo.

-...y cometer algún pecado. De vez en cuando.

Y digo, ¡claro! Pero en realidad no la estaba escuchando.

Que le gusta el Fly me to the moon, de Frank Sinatra, dice.

Y va y me lo canta.

29 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: palabras que rimen contigo



Eva sigue sin hablarme. Ayer dijo tres cosas: “¿Con leche?” , “ya salgo”, y “¡Cof-cof!” con la mano en la boca. Sonaba raro. Como que te den, o así. Pero no puedo asegurarlo.

Y ni siquiera hay tele.

Hoy llueve. Ven, Eva, pienso, mientras este silencio, siéntate aquí a mi lado, reposa tu cabeza en mi hombro y...y después pienso en una N y en una o. Juntas. Y sigue lloviendo y el agua golpea los cristales y Eva está dormida todavía.

He hecho tortitas.

-Buenos días. He hecho tortitas.

Huele a bonito. Como todo lo que brota. Me mira con un solo ojo y lo vuelve a cerrar y me da los buenos días: “Eres tonto”. Y me abraza. Y es verdad, de algún modo sus átomos y los míos se conocen de algo más que de vista y se funden como la mantequilla en la sartén unos con otros, como huevos revueltos, como buscan las raíces el centro de la tierra, como el liquen de los anclas. Como quién pone el dedo en una plancha.

Desayunamos en silencio. Nos miramos en silencio. Nos cogemos de la mano en silencio. Nos besamos en silencio. Follamos en silencio. Fumamos en silencio. Miramos al techo en silencio. Nuestro silencio.

Pero todo se acaba.

-Hoy tengo que encontrarme con alguien en el centro por la tarde. Es un correo de Isaac, el agente asignado a Natalia. Tenemos que empezar a pensar en encontrar la manera de cruzar todos esos kilómetros sin que nadie nos vea. Cuando llegue el momento.

Ese momento. Ayer estuve hasta veinte minutos mirando esa foto sin pestañear ni una sola vez. El aparato. Joder, es, enorme y está en mitad del desierto:

“-Keops le encargó el trabajo al arquitecto Hemiunu alrededor del 2570 a.C., fue el edificio más grande del mundo hasta el siglo XIV y...

-¿Y dónde está “El aparato”? ¿Dentro?

-Toda la pirámide es el aparato”.

Sigue lloviendo y pienso en cómo echaría de menos a Eva si nunca volviera. Dice que soy la persona más importante del mundo. Literalmente. Pero que ella me quiere porque hablo con las macetas de geranios. Y porque no piso hormigas.

“-No salgas a la calle. No llames por teléfono, no...

-No hay teléfono.

-Continúa vivo. Hasta que yo vuelva”.

Y me aburro. Sin que me mire de reojo. Sin jugarnos a vida o muerte quién friega los platos. Sin su sonrisa, porque me he dado con el dedo pequeño del pie en la esquina de un mueble.

“-¿Me dolerá?”, quise preguntarle. Pero bastó con mi color de cara para que ella me entendiera y dijera, que a veces, nos toca ser héroes. Yo me sentí un héroe cuando me toco la barbilla. Pero ya se me ha pasado.

Me dijo que “El aparato” no era una nave. Que era otra cosa. Le pregunté qué otra cosa. Dos veces. Y a la tercera me dijo que, qué versión quería escuchar, ¿La de la parte técnica? ¿O la de no te preocupes no te va a pasar nada aunque tu cuerpo se descomponga en billones de trillones de pequeñísimas partículas que viajaran por un agujero de gusano a través del Universo 60 millones de años luz para volver a reunir tu metabolismo partícula a partícula sobre la superficie de un planeta gemelo de este en alguna galaxia todavía aún no descubierta por el ser humano para empezar de nuevo? ¿Qué? Todo.

Y luego está lo de la gente del Buró. ¿Dónde coño se ha metido mi Karma? ¿Mi ángel de la guarda? ¿Mi..? Joder. Sólo tengo a Eva. Eva siempre ha estado ahí. Y ni siquiera le he dado las gracias.

Y de pronto he escuchado la puerta de la casa, el tilín de las llaves, el crac-crac de la cerradura, el ñicccccc de las bisagras, y la he visto.

-¿Qué coño te ha pasado?

-El Buró. Me han seguido. Tenemos que irnos de aquí...

Eva tiene cristales en la cara y la pata de una silla clavada entre la cuarta y la quinta costilla. Le sale por la espalda.  

28 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: La sartén y el mango



Siempre pensé que el fin del mundo se llamaría Donald Trump, o sólo bebe agua quien la paga, o el asteroide HJ-635. De pequeño me enseñaron que la gente se quemaba en el infierno, que estaba justamente, abajo, muy hondo, en el centro casi de la tierra. Fuego, gritos, desolación, tridentes y demonios. Y luego creces. Y el infierno puede estar en cualquier parte. Pensé que el wifi freiría a lo mejor los cerebros de los peatones o que si las abejas mueren, ya nadie le haría el amor a las flores y no volverían a nacer más días de sol detrás de las montañas. Qué bonito. Esa me gusta. Y a veces he pensado que, por qué no. Si es vergonzoso como el hombre trafica con el hombre o lo demuele a palos por su color de piel o se cuela en la cola del supermercado o aprieta un botón y a miles de kilómetros un submarino nuclear lanza un misil y te joden la hora de la siesta. Si hay gente en las favelas vendiéndose a trozos en el mercado negro de órganos y cinco kilómetros más tarde hay un chalet que mira al mar desde un jardín con bonsais traídos de la china en un avión privado. Si ya no hablamos. Si no hacemos hogueras.

Eva lleva tres días sin hablarme. Por qué la mandé a la mierda. Hubiera preferido que me partiera el cuello con una de esos nudos que le enseñan a hacer los de fuerzas especiales. Callada, da más miedo.

Ni me ha vuelto a morder, ni me mira bonito, ni me pasa la sal.

Se sienta ahí, sube las piernas a un banquito, las cruza, y lee esa mierda:

“Que lástima existir por si acaso,
sin haber sido nunca arena y resbalar entre las manos de alguien que te ame.
¿Qué pensará María sentada frente al mar?

Hoy hizo un día estupendo.
Con un sol grande y mujeres descalzas y niños y castillos.
Un día donde el cielo era un terreno edificable,
con nubes ático y unos cien gramos de promesas.
Pesa una promesa.
Son tan leves.
“Perdóname. No volveré a hacerlo”

Que lástima,
que el mejor amigo del hombre sea un perro
y no otro hombre.
Entonces no me engañaría.
Porque volveré a hacerlo.
Pensará que no peso más que mis promesas,
y que me iré volando con un viento.
Y Claro que la amo.
Es María.
Y eso es suficiente para que cualquiera la ame.
Cualquiera menos yo, dice María sin mirarme,
mirando al Mar, las luces de los barcos...
Más allá del Mar, y de los barcos.

Hoy hizo un día estupendo y yo pasé de largo.
Que lástima,
que más allá sólo haya sitio para uno
-a lo mejor, muy apretados, cabe otro-.
Porque va haciendo frío,
y normalmente la abrazo si hace frío.
Que poco dueño soy de mí, sin ella.

Y como más allá María siempre es una sirena,
me abandono a la suerte de su instinto animal,
aunque no me lo merezca.”

Y luego empezó con eso de que me había visto pasear en bicicleta y de que, si me gustaba una rotonda le daba la vuelta 17 veces. Y después sonreía. Que usaron drones. Porque yo no vi a nadie. Qué nivel, le contesté y ella dijo que la organización no iba a escatimar en gastos por algo tan valioso como yo. Y entonces empecé a partirme por la mitad de la risa y...bueno...la mandé a la mierda. Y le puse mi firma: “Y ni siquiera eres mi tipo”.

Me gustaría preguntarle de quién es ese libro. Romper este silencio.

-¿Qué estás leyendo? ¿De quién es?

-De alguien mejor que tú.

Prefiero el silencio creo, por el momento.

¿Qué va a pasar con toda esa gente? No habrá un lugar donde esconderse. ¿Qué va a pasar con los guardias de tráfico y los lanzadores de cuchillos y las asistentas sociales? ¿Con los chicos del coro? ¿Con las Drag Queens y los limpiabotas de la calle 13?

Miro por la ventana y todo es tan...hermoso.



27 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: La sonrisa más bonita del mundo




...y así fue como acabé en los marines. Y más tarde en Seguridad Nacional. Y un día, apareció aquel tipo y me dijo que si quería formar parte de una organización, tan secreta, que ni siquiera tenía nombre. Y le dije que sí. ¿Sabes por qué? Yo no. Ahora mismo me gustaría ser por ejemplo, enfermera. O una de esas bailarinas que trepan a una barra metálica como serpientes. Y es otoño...¿me puedo poner triste?

Eva me ha traído tabaco. Y comida china. Y me lo ha contado todo. Ha sido como si alguien te diera con una sartén en toda la cara. Algo me ha recorrido cada centímetro de piel y todavía tengo frío y el estómago algo revuelto.

-Tuve una bicicleta ¿sabes, individuo 15? Le puse un nombre. Se llamaba Wendy. Íbamos juntas a todos sitios, a veces muy lejos, a la valla de piedra donde los sapos.

-Entonces eres norteamericana...

-En realidad soy canadiense. Mis padres...

Podría salir por esa puerta cuando Eva estuviera dormida. Por mi propio pie. Pero cuando Eva está dormida estoy muy ocupado intentando descubrir por qué una mujer que podría matarme con el dedo meñique de mil formas diferentes es tan bonita. Y además según ella, todo el mundo me busca y todo el mundo para lo mismo: hacerme desaparecer. Como en un truco de Houdini. ¿Por qué? Y esa es la peor parte. Perdona Eva, no estaba escuchando...

-...aunque el abuelo de mi abuelo era Cheyenne y...

Ahora resulta que tengo que salvar el mundo.

Yo.

¿A que suena gracioso? Pues no lo es. Eva tiene vídeos. Dossiers. Fotos y archivos de audio. Papeles firmados por el presidente. Discos duros. Y ese soy yo, desayunando hace tres meses. Y ese también, planchando. De hace siete. Y ahí estoy poniendo una lavadora de color. También salgo afeitándome. Y cantando en la ducha. Canto fatal.

-...hasta que empezó a morir gente. En el mismo día los individuos 3 y 17. Al día siguiente tres de las siete únicas personas que sabían dónde está el aparato...todo ha ocurrido tan rápido...

El aparato. Ahí fue donde dije, ahora vengo, y fui al baño.

-...la profesora Kalye me llamó esa tarde y me dijo que no tenía tiempo, que había dos hombres llamando a su puerta, que la escuchara bien, porque iba a decirme exactamente dónde estaba el aparato y qué había que hacer. Que había dejado un maletín con todos los informes en una consigna del metro. Que las llaves estaban debajo del felpudo. Que ya están aquí...y se cortó. Era la última de los siete. Así que supongo que estoy tan jodida como tú, porque ahora soy la única persona que sabe cómo sacaros de aquí a ti y a Natalia.

Natalia está a salvo en una granja al sudeste de Ucrania.

...¿me estás escuchando, individuo 15?

-¿Cuando vas a dejar de llamarme así? Ya te he dicho que lo siento. No fui yo quien apareció sin ropa en mi casa. Y nunca me había disparado nadie, perdona. Y de la última vez que alguien se me subió encima diciendo te quiero y mordiéndome el cuello para echarme un polvo mientras me amarra a la cama con las bragas, ya ni me acuerdo. Yo creo que nunca; pero lo he visto en los documentales.

-Tuve que deshacerme de la ropa. ¿Has estado metido tres horas en un contenedor de basura? Casi me matan. Y después vi aquellas braguitas en el tendedero de tu vecina y, bueno, me hacía falta una ducha y...

¿Por qué yo?, le pregunté sin querer escuchar la respuesta. Y me habló de códigos genéticos, del ADN, de que en una proporción infinitesimalisísísima alguno de nosotros coincidía más que otros con la formación molecular primigenia, de todo lo que existe.
Volví de nuevo al baño. Mi estómago era una noria y el tipo del espejo no se parecía en nada a mí, tan sin color, tan ¡oh mierda, quiero irme a casa! Despertarme un día más en mi cama para dos yo solo y coger el mismo bus hacia el mismo trabajo y con las mismas ningunas ganas. Quiero tomar café otra vez en el mismo sitio como si no hubiera más bares, porque en ese, los gorriones vienen a comer migas de pan.

-...voy a abrir las ventanas. ¿No vas a saltar verdad, individ...?

-Por eso eras tan tú debajo de la lluvia ¿verdad?

-La echaré de menos. ¿Tú no?

-¿Y por eso has decidido enamorarte? ¿No es cierto? Porque el planeta se va a la mierda. Y porque no veo a nadie más por aquí. ¿Eso no es como enamorarse de un paciente?

Y ha sonreído. Como quien sabe muchas cosas que el otro no sabe.

-¿Me he perdido algo?

-Me encantas cuando tienes seis años...



26 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: Código de barras



Primero se ha quitado la goma del pelo. Luego ha hecho así, y ha meneado la melena hacia ambos lados inclusivos como el león de la Metro. Y ha apagado la lámpara. Y su silueta a la luz de los planetas. Y sus labios brillantes y entornados y más dentro un gusanito rosado, una lombriz de amor, de sabor torrefacto, mezcla de te odio y te amo al cincuenta por ciento. O todo elevado al cuadrado, al cubo, a los altares, al Mouline Rouge, joder, a la derecha justo del mismísimo Zeus en el Olimpo, es, perfecta y no le falta de nada de nada, ni una curva, ni un teorema ni arrecifes donde cualquier ser humano quisiera estrellarse. Tiene bahía y puerto y hasta un parque, con dalias negras flotando en un estanque.

Una lágrima, muy gorda, se le ha caído al suelo y ha hecho plop sobre el parquet. Y después se ha erizado, como una-puta-pantera, y ha hecho presa en mi cuello con todos los dientes. Grito. Aprieta. Y me ata una mano al cabecero de la cama con las bragas. No puedo pensar. Toda la sangre que tengo, está en el mismo sitio.

Con Eva siempre llueve. Siempre sobre mojado. O se escuchan los grillos. O huele a pan de avena o algo pasa, que sin uno querer, te dan ganas de sacarte el corazón y de enseñárselo y de tirarlo luego a suelo y, pisotearlo, y, escupir sobre sus restos y decir, esto, esto Eva es lo que valgo. (Dilo). Sin ti, claro.

Patético.

Pero te dan ganas.

Al rato. No sé. Al rato...Eva está haciendo zumo de naranjas. Es la puta diosa de las batidoras, con esa rodilla doblada a lo Anne Hathaway. Me doy asco. Aunque supongo que pueda, ser el síndrome de Estocolmo, con lo cual la culpa ya no sería mía y...

-¿Quieres azúcar en tu zumo?

-Con dos preguntas, por favor. Una: ¿De qué coño va todo esto?¿Proyecto Acuarius? ¿Natalia Varasitrinova? ¿Por qué tiene apellido de medicamento? Si, ya sé, son varias; pero...Y segunda: ¿Dónde está mi tabaco? Seguro que queda algún cigarrillo, lo tenía en...

Quedan tres. Eva me ofrece uno encendido. Está bonita con el pelo así, recién feliz. En realidad la casa es una sola y enorme habitación con ventanales y todo está con todo y la cama está en medio y, allí está la cocina y eso es, la ropa, por ahí, y aquello, creo, un libro de Rabindranath Tagore.

-Hace ocho años, el telescopio Castell de Hawaii recibió una señal del espacio.

-¿Hay mas Vodka?

-Era un mensaje.

-¿Y qué decía? ¿Feliz Navidad?

-Querías respuestas ¿no?

-¿Por qué quieres joderme la vida? Eso no son respuestas, sólo hace que me sienta como un estúpido. ¿Tengo cara de estúpido? Sí, claro, no te esfuerces.

-¿Quieres azúcar o no?

-Quiero no haberte conocido en mi vida.

Y entonces se ha iluminado así como por dentro como una de esos farolillos chinos y ha dicho: “¿Podrías jurar eso sobre una biblia?”.

-Y por la tumba de mi madre.

-Tu madre está viva. La viste el martes pasado. Comisteis arroz. Con pollo. Había melón de postre, después te tomaste un café con leche y saliste al balcón a fumarte un cigarro. Había nanocámaras en toda tu ropa.



25 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: Todas las respuestas menos una




-¿Dónde estamos?

La boca me sabe a Vodka.

-No tenía anestesia. Y tenía que sacarte esa bala. Mira cómo brilla. ¿No es preciosa? Estamos en un piso franco. No hay agua caliente; pero las vistas son estupendas y nadie va a entrar por esa puerta con una recortada haciendo agujeros como pelotas de pin pong en la pared. Estaremos aquí algún tiempo. Hasta que llegue el momento.

-¿El momento?

-Lo llaman “El reinicio”. Dentro de unos meses.

-¿Podrías empezar por el principio? O mejor, podrías no empezar. Pedir un taxi. Llevarme a casa. Me acostaré a dormir y seguro que cuando despierte tú ya no estarás, ni esos tíos que quieren matarnos, ni tendré que saltar de helicópteros ni nadie me meterá nunca más un tiro en la pierna. Porque ¿sabes? No puedes ser otra cosa que una pesadilla.

-Ya no tienes casa. Ni trabajo. Aunque eso no importa. Dentro de poco nadie tendrá casa. Ni trabajo. Y no puedo dejar que te vayas.

-¿Pero a ti que te pasa? ¿Y tu infancia? ¿Es que nunca tuviste juguetes? ¿Qué te he hecho?

-Me hago pis.

-Si no me das todas las respuestas que necesito yo...

-Tengo ganas de hacerte el amor. ¿Tú no?

No ha cerrado la puerta del baño y desde aquí la veo sentada en la taza del váter mirando la pared con la cabeza apoyada en la palma de las manos. ¿Por qué la miro y es como escuchar esa canción cuando vas en el coche y de pronto le das más volumen a ver si revienta un altavoz y de pronto un solo de guitarra y sientes, de pronto, que podrías llegar al fin del mundo?

-¿Estoy secuestrado?

-No.

-Pero no puedo irme.

-Tampoco.

-¿Te falta mucho? Esto es raro.

-No me sale si no dejas de hablarme.

Al poco escucho la cisterna y Eva se sienta a mi lado. Yo a lo mío: “ ¿Puedo bajar a por tabaco?”.
Y me mira, tan tan, que parece verdad. No sé qué. Esto. Lo que sea. Y sus ojos bonitos a punto de estallar.

-Las cámaras 9 y 11 dejaron de funcionar. Yo misma me ofrecí a repararlas. Las últimas tres noches he estado entrando en tu casa. Quería verte más de cerca. Saber a qué olías. Escucharte respirar. Roncas. Poquito. Como un bebé acatarrado. En realidad localicé la avería la primera noche; pero me inventé que tenía que revisar el circuito completo y volví al día siguiente.

-Sabes, casi que mejor no quiero saber nada más. Me estoy mareando...

-Llevo ocho meses observándote.

-¿Y qué más? ¿Ahora me vas a decir quién mató a Kennedy?

-Eres parte del protocolo Acuarius. No sé quién le pone los nombres a estas cosas, el caso es que tú y 27 personas más fueron elegidas en diversos países y entre millones de personas.

-¿Para qué? Ya tengo bastante con que me llenen el buzón de catálogos de muebles que nunca voy a comprar.

-Sólo quedas tú. Y Natalia Varisitrinova.

-¿Y los demás? ¿Eliminados? ¿Se han ido a casa con un juego de mesa debajo del brazo?

-Muertos.

-Claro, cómo no se me había ocurrido. ¿Y esa Natalia y yo, qué hemos ganado? No me lo digas: una semana de hotel en Jamaica.

Es la primera vez que la veo enfadada. Se ha levantado y se ha puesto a mirar por la ventana. Me duele la pierna joder. Eva lleva una pistola metida en la ingle y un jersey color humo que le queda genial con esos jeans. Pero sigue descalza.

-¿Sabes? Al principio sólo eras un tipo al que tenía que cuidar. Te he seguido al trabajo, a la panadería, a ese parque al que vas a sentarte y mirar nubes y a la lavandería. Te he visto llorar viendo “Tienes un E-mail”. Te he visto ver dibujos animados. Comerte un sandwich a las tres de la mañana...
Al principio, sólo eras el individuo 15 de entre 28.

Creo que se le ha metido algo en el ojo.

24 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: Densidad 0



Cuenta, tío, a lo mejor te has equivocado. A ver: una de cuando me pasaba las noches de tejado en tejado y una vez resbalé; pero caí de pie. Otra el día que lo celebré con un bote de pastillas y una botella de Jack Daniels. Vaya viajecito. Y ¿cómo se llamaba? Ah sí: demonio. Joder, era italiana y me partió una botella de espumoso en la cabeza. Aquí. ¿A que parece una cremallera?
Y la otra que...y...mierda, las he gastado todas.

Me encantaría volver a comerme un huevo frito. Con patatas. Y mayonesa. Y pan, claro. Me encantaría bailar contigo en cualquier bar que ya esté cerrando una canción de los cincuenta. Sentir la arena de la playa entre los dedos de los pies; leer carteles por la calle- “Auto-repuestos Pérez”, “Modas Melissa”-; enamorame seis segundos de la chica del anuncio en el cristal de la parada de autobús; leer en las noticias que un bebé ha nacido en un taxi; escuchar la sirena de las ambulancias mientras leo bajo la luz de una mierda de bombilla otra vez la palma de mi mano; Escribirle a la negra, saber si todavía está de puta y, meter en el sobre tantos besos. La negra siempre dijo que algo grande me estaba esperando. Que lo llevaba escrito en la frente.

Cuatro, tres, dos...uno.

-¡Plof!

¿Sólo plof?

Imposible.

Ni siquiera creo en dios.

Un camión de peluches. Un puto camión de peluches. No. ¿Sí? ¿En serio?

Gracias gracias gracias Bob Esponja, gracias Yogui, gracias gracias Betty Boop.

-¡Plof!

-¿Plof?

-Tengo buena puntería.

-¿Eva?

El dolor de la pierna me nubla la vista. Vuelvo a mirar la herida. Veo el hueso. Me desmayo. Otra vez. Yo soy así.

Cinco horas más tarde me recobro y llevo puesto un vendaje y Eva tiene los dedos metidos en mi pelo.

¿Lo has hecho tú-pienso-? ¿Qué más cosas sabes hacer-pienso-? ¿Desarmar una bomba nuclear? ¿Trepar por las paredes con unas, especies de ventosas termodinámicas o algo así?

-Te enfadas demasiado.

Quiero hablar; pero cuando hablo me duele todo el cuerpo. Quiero hablar y decir todas las palabrotas que me sé sin comas ni puntos seguidos. Maldecirla hasta que la lengua se me caiga a trozos.
Le pregunto con los ojos así y el ceño más torcido que tengo que quiénes eran esos tíos, que cómo se llamaban, ¿hijoputas?, ¿Organización supersecreta para joderme la vida? La miro y sonríe. Y me da otro de esos asquerosos besos pequeñitos que lo curan todo. Tranquilo, yo cuidaré de ti, dice. Jar jar jar. Risa. Neurótica. Rictus. Congoja.

-Sé cosas-dice-. Cosas que podrían cambiar el mundo-dice-.

Vale. Ya estoy más tranquilo.

-Seguro que has leído a Stephen Hawking .

Pues no. ¿Te sirve Whitman?

-Al principio...todo el Universo estaba dentro de algo tan pequeño que no podía ni verse a simple vista. Más pequeño que un grano de arroz. Que una cabeza de alfiler. Que una pestaña. Los átomos estaban tan apretados, que podría decirse que eran una sola cosa y que todos eran lo mismo. Tus átomos y los míos se conocen. Desde siempre.

¡Oh capitán mi capitán!

Creo que voy a vomitar. Ahora dirá que no es de este planeta. O que viene del futuro. O sonará una trompeta y una luz divina caerá sobre ella iluminándola como a un ángel.

Interesante.

23 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: ¿Cuándo caduca la esperanza?




Hay tantas formas de morir como días en el calendario. Sesenta en cada minuto. 86.400 maneras de irse de este mundo. Cada día. Más las que ni se me ocurren. Y sólo una de vivir. Aunque hay matices; pero en realidad sólo tienes que seguir respirando.

437 metros para llegar al suelo. ¿Qué ruido haré? ¿¡Crumch!? ¿¡Plof!? ¿¡Cataplum!?
Interesante.

Te puedes atragantar con el hueso de una aceituna. Puede caerte un piano encima. Blanco. De cola. Puede morderte una serpiente cascabel, o puede derrumbarse el edificio mientras te lavas los dientes. O, te pueden empujar desde un helicóptero. Porque está en llamas. Porque le han disparado con un bazooka. Los mismos tíos que me han disparado en la pierna. ¿ Y yo qué sé? Yo sólo me estaba enamorando. Y de repente llamaron a la puerta y Eva dijo ¡Oh oh! Y yo dije ¡Oh oh, ¿qué?! Y ella dijo: “Vístete, rápido”. Y yo dije, ¿y el cigarro? ¿Y la luz de la luna entrando por esa ventana? ¿Y eso de: “Joder, eres preciosa”? ¿Por qué tengo que salir por la ventana? Esto es un quinto piso ¿sabes? Y además, será el cartero, el vecino a ver si tengo sal, yo qué sé. Y en ese momento sonaron dos disparos y alguien tiró la puerta abajo. Bajamos por las tuberías. Había dos tíos esperando. Uno de ellos sacó una escopeta muy grande y se puso a dar tiros sin dar las buenas tardes ni nada, como si me conociera de toda la vida. Eva me cogió de la mano y empezamos a correr mientras me decía que no mirara atrás. Que confiara en ella. Que iba a sacarme de allí. Y entonces me paré en seco y le pregunté que qué coño había hecho para que un puto escuadrón de tíos con esa artillería la quisiera cortar en trocitos. Y justo cuando iba a contestarme, sentí ese dolor en la pierna. Joder, era enorme, y se podía ver el hueso. Me desmayé. Y cuando volví a abrir los ojos estaba en un helicóptero. Y otra vez justo cuando iba a contarme algo algo hizo boommm y se llevó por delante medio aparato y, bueno, recuerdo a Eva diciendo ¡Salta, salta! Y me recuerdo a mí diciendo, y una mierda, si no hay paracaídas, si eso de ahí abajo es el suelo. Y entonces me empujó.

Siempre había pensado que la muerte, no me preocupaba demasiado. Está bien así. Convierte la vida en algo único. Pero sí que me hubiera gustado morir de otra manera. Tener algo más de tiempo para dar las gracias, para besar a la gente que quiero por última vez, para asegurarme de que hice lo que pude. Y puestos a pedir, me hubiera encantado hacerlo rodeado de todos. Tocar sus manos. Mirarlos a los ojos. Sonreír...
Pero no así, desde luego, como un huevo frito estrellado contra el pavimento.

267 metros para el final.

Cierro los ojos. Aún tengo un segundo.
Recuerdo a mi padre poniendo en su sitio los regalos de reyes mientras dormíamos. Supuestamente. El más grande, era una bicicleta. Seguro. Recuerdo las primeras revistas picantes en casa de mi tía. Aquellas tetas. Eran tan grandes que podía soñar una semana con ellas. Recuerdo el olor del pan y de la ropa planchada. Lo rico que está la sandía. Recuerdo a mi madre poniéndome esparadrapo en las rodillas. A Sultán esperándome, y su rabo moviéndose de aquí para allá y sus ojos buenos y grandes. Recuerdo cosas, de las que ya no me acordaba y otras de las que no quería acordarme.
Recuerdo que hoy tenía cita en el dentista. Que nunca voy a devolver a la biblioteca ese ejemplar de Ulises. Que tenía que haberle dado a Eva con el ladrillo en la cabeza.

122 metros.

Me he dejado la luz del baño encendida.

67 metros.

Quiero pensar que alguien me echará de menos...

32 metros.

Tendría que haber cambiado el mensaje del contestador. No sé, algo que dijera, “En este momento no estoy en casa; estoy ahí fuera, nadando contracorriente”.

21 metros.

Joder Eva, me cago en tu puta madre.

14 metros.
11 metros.
7 metros.

Metro y medio.

Cinco centímetros.

Casi como un beso.

22 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: ¿Oh oh?




-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

Eso es lo único que se puede decir mientras uno se precipita a 160 kilómetros por hora hacia el cemento en caída libre desde un helicóptero. Sin paracaídas.
La h es muda.
Voy a morir. Mierda. Joder. Y todo porque soy un romántico. Yo debería estar ahora viendo mi serie favorita. No cayendo en picado.

“-¿Has pilotado alguna vez uno de estos?”. Primera pregunta estúpida.
“-¿Por qué tengo una bala metida en la pierna?”. Segunda pregunta estúpida.
“-¿Y quién coño era esa gente?”. Tercera y última pregunta estúpida. A los cinco segundos, Eva elevaba en el aire aquel cacharro y había tanto ruido que tuve que leerle los labios cuando dijo: “Te lo explicaré por el camino. Ponte esto.”, y me dio unos auriculares enormes con un microfonito por donde lo primero que le dije fue: “Me estoy desangrando”.

Anoche, Eva, después de redecorarme la casa con un montón de fórmulas matemáticas hasta dejarla como en esa película donde matan gente y decidir que a lo mejor casi seguro que tal vez me quería, después de quedárseme mirando como si fuera a comerme, de acorralarme poco a poco contra la pared, después de que casi me hiciera pis encima cuanto más cerca estaba y menos centímetros quedaban de su boca a la mía, con un dedito, hizo así con el tirante del vestido y todo el verde botella se desparramó por el suelo y Eva, me ofreció a la vista los limones del pecho, la playa de su vientre, el delta, lo imposible.
Y me besó en la mejilla. La izquierda. Y luego en la derecha. Y luego en la nariz. Y en un párpado. Y así me llenó de besos pequeñitos toda la cara como quien va a acostar a un niño, con muacs muacs que decían-tranquilo-, con besos como flores que se abrían-no voy a hacerte daño-, besos de colores como el confeti, a la temperatura ideal como la leche de los biberones, besos más bonitos que la luna y pintados a mano. Y cuando quise darme cuenta, su hambre me había devorado.
Primero se comió los dedos de mis pies uno por uno. Me hubiera gustado tener más. Después me arrancó la camisa así: ¡Racccccccccccc!. Me encantaba esa camisa. Quise decir algo en legítima defensa; pero no pude, porque tenía una lengua dentro de mi boca además de la mía, jugando a ver qué hay ahí dentro, buscándome el alma. O los intestinos, no sabría decir. Y ese sabor a ola de su boca, a mediodía, a higo, a caracol. Y todo mi organismo conformándose en algo nuevo y asombroso terminado en punta, en roca, en ya no puedo más, déjame entrar. Sus muslos y el mar rojo. Mis manos donde sea, como si fuera un traje hecho a medida. Allá donde quisiera, dijo, mis manos. Averiguándola. Haciéndola tan cierta. Olisqueando como un perro, camino de lo recóndito, cada cráter minúsculo de una piel sin control de aduanas ni fronteras. Licuándome casi. Casi evaporándome. Loco. Perdido a veces en su axila y otras tirándome en su ombligo haciendo el ángel. Dejándome hacer, cosas, que ni siquiera sabía que podían hacerse. Y entonces, más adentro, más hondo, más profundo. Y entonces, lo tibio. La carne con la carne abrazada como hiedras. Los dientes clavados a algún sitio. El nudo. Y aquella música de uñas arañando la pared.

Al rato de resucitar de entre los muertos, nos, alguien llamó a la puerta con los nudillos, tres veces, y Eva dijo: ¡Oh oh!


21 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: lo cuántico



Ni me ha quitado la camisa a bocados ni le ha salido un rabo terminado en punta de flecha ni me ha tirado al césped y allí mismo se me ha subido encima y me ha cantado la Traviata de Verdi ni nada de nada de nada. Verás, no es que yo; pero que sí, vaya. Que me da igual que no exista y que haya roto mi cerdito, total, no iba a ir a ningún sitio.

Y hemos llegado a casa y se ha puesto a contar de pronto con los dedos como muy preocupada y, me ha preguntado que si tengo un bolígrafo y papel y se ha sentado en mitad del salón a hacer números raros y a los dos minutos ya había gastado una libreta y a los cuatro estaba escribiendo en una caja de pizza y cuando se ha quedado sin sitio se ha puesto a pintar en la pared y cuando ha terminado con ella ha pasado a la siguiente y así hasta la cocina y yo sin decir nada, ¿para qué?, si no hace caso, ¿para qué?, si está tan no sé cómo de tan con el vestido empapado pegado a la carne como la piel de una manzana, ¿para qué? Si ya no puedo pensar en otra cosa y digo Eva y se me caen las babas. Qué asco me doy. Tan predecible. Tan vale, Eva, tú ganas, pinta los azulejos de la cocina de números extraños, los fondo de las ollas de ecuaciones, lo cóncavo de las cucharas, los platos de raíces cuadradas, muérdete la lengua así otra vez, haz eso con las cejas, eso, ponte con los brazos en jarras delante del espejo y resuelve el pentagrama en el espejo o lo que sea que te tiene atareada, gasta todos los rotuladores que te de la gana, no me hagas caso Eva, como si no estuviera, a lo tuyo, hasta que te quedes sin paredes ni sábanas ni toallas que pintar o te quedes sin números. Yo aquí. Qué tal. Hola.

Hay signos que no he visto en mi vida. Figuras geométricas y letras que no entiendo y al final, en las cortinas del baño, un signo de igual. Y ahí, ha parado, y ha escrito: “Creo que te quiero”.

Ahora me está mirando. Muy quieta y muy callada. Callada como una lámpara.

Sólo me falta una pared detrás. Pero no quiero que me vende los ojos.



20 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: ¿Qué margen?




¿Y ahora qué? ¿Cuando abra los ojos te habrás ido? ¿Volando? ¿Por la ventana? ¿En una nave espacial? ¿O me llevarás de la mano a la habitación y me quitarás uno a uno cada botón de la camisa y me tumbarás de un empujón sobre la cama, y me y me y me y me y después eso? ¿Y eso, con la luz apagada o encendida? Porque yo quiero verlo.

-Vamos...

¿Vamos? ¿Y para qué es el paraguas? ¿Y por qué tienes las llaves en la mano? ¿Por qué no puedo estar otro poquito con la boca entreabierta y los ojos cerrados y contigo en los labios? ¿Por qué me das algo así y después me lo quitas? ¿Quién eres? ¿Santa Rita? ¿Y a qué sabes? ¿A pularda rellena de calabaza y ostra confitada sobre un nido de tallos de soja macerados en salsa de peras y trufas del bosque de Sherwood o a naranja del árbol? ¿Vamos? ¿Dónde?

-Va a llover. ¿Te lo quieres perder?

Si hace sol. Si no hay nubes. Si el cielo está azul. Y aunque llueva; si yo he visto llover muchas veces. Siempre hacia abajo. Siempre mojado. Si yo lo que quiero es que me me y que me puf y que me ay-ay-ay-ay y después eso y con la luz encendida. Aunque no existas. Si sólo es agua. Si estás descalza.

Pero voy.

-No va a llover. ¿Ves aquello? Se llama Sol.

-Espera.

-Llevamos aquí un cuarto de hora. Al menos podrías decirme quién eres y de dónde has salido y por qué has roto mi cerdito. Y todo lo demás, claro, que si quieres, puedes inventarte que eres la hija de un jefe de la mafia rusa y te has fugado de casa, o que has robado las joyas de la corona o, o que tienes cables por dentro o...

-Puedo oler la lluvia desde muy lejos. ¿Tú no?

-¿Por qué no haces caso? Podría haberte denunciado hace rato. Es allanamiento de morada. ¿Lo sabías? Y has roto mi cerdito. Eso es robar. Y lo que hiciste antes, bueno, eso es, eso es...lo de...lo del beso...verás, no es que...pero...no...yo...

Casi me cuesta respirar después de tantos puntos suspensivos. Y porque ha recostado su cabeza en mi hombro así sin decir nada de nada y puedo oler su pelo. De lejos debe parecer una postal; pero de cerca me están dando ganas de vomitar y creo que tengo taquicardias y hay un gran agujero negro abriéndose bajo mis pies y va a tragarme y también creo que he dicho dios mío, oh dios mío o algo parecido y...

Y ha empezado a llover. No sé de dónde. Con ella por lo visto uno nunca sabe nada. Será que mientras la escuchaba respirar alguien ha cambiado el decorado. Será el efecto mariposa. Será que en algún sitio del mundo alguien ha soplado la llama de una vela. Ha pedido un deseo. Que llueva. Y ha puesto el dedo en el mapa. Está claro, eso ha sido. Pasa mucho.

Al menos tenemos un paraguas.

Pero dice que no quiere abrirlo.

-¿Y entonces para qué quieres un paraguas?

Y se ha abierto de brazos debajo de millones y millones y millones de gotas de agua como el cristo Redentor del Corcovado y se lo está pasando, de puta madre ella sola. Yo no. Yo me estoy mojando. Dan ganas de matarla. Ojalá pasará un tren por aquí cerca. Justo por encima. Seguro que entonces no sonríe. ¿Qué clase de sonrisa es esa? ¿Me encantaría pillar un resfriado? ¿Estoy completamente loca? ¿Me he escapado de algún oscuro sitio ja-ja-ja?
Lo he visto en esas estúpidas películas. En realidad en las películas son cubos de agua y siempre hay alguien esperando a que termine la toma con una toallita y un albornoz con tu nombre. La chica siempre muere. Da igual lo que llueva. La gente llora y se gasta mucho dinero en pañuelitos de papel mientras sale del cine diciendo oh pobre chico ¿qué será de él ahora?

-¿Estás enferma?

Y me ha mirado. Y ha dicho: “Sólo soy feliz”. Supongo que le importan una mierda el tiempo y el espacio, porque sin saber cómo, la tengo de nuevo colgada del cuello como un collar de flores Hawaiano.

Creo que va a besarme otra vez. Lo sé porque me tiemblan las rodillas. Y entonces ha abierto el paraguas y me ha metido la lengua por la oreja hasta el mismísimo córtex cerebral y todo se ha iluminado de repente y he contado uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis ¡Brrrrrrommmmmmmmmmmmmmmmmm! y del susto, se me ha parado el corazón.

-A veces me gusta ser mala.