30 de noviembre de 2016

Pretérito perfecto para coro en pez mayor e infantería de pianos




Ya sé que sólo era la bañera; pero incluso había puesto a flotar dos cubitos de hielo que hacían de Icebergs y aquello parecía el Atlántico. Mi muñeco Geyper-man-buzo hacía primero una revisión de todo: bombonas de oxígeno llenas; gafas; reloj; un cuchillo de acero...y después se tiraba a un mar de espuma de gel de baño y se hundía en las profundidades en busca de estrellas de mar. Eran de plástico y estaban muy pegadas al suelo. Mamá las había comprado hacía poco, para que no nos resbaláramos al ducharnos. Pero yo hacía así con la uña del dedo, y salían, y entonces las metía en la bodega de un barco que era una esponja con un lápiz clavado y una hoja de papel, y cuando tenía tres o cuatro, daba por terminada la misión y ponía a secar mi Geyper-man en la terraza, y miraba a lo lejos, al día en el que fuera grande y mamá me dejara llegar a casa tarde y me diera tiempo a volver de la Atlántida.
Quería descubrirlo todo, quería saber qué había dentro, cómo funcionaba, qué extraño mecanismo hacía girar las muñequitas rusas o dónde se escondían los músicos dentro del tocadiscos, quería saber por qué los mayores cerraban a veces la puerta de su cuarto y qué ley era aquella de porque lo digo yo, quería ir al cielo, y enseñarle a mi abuela los zapatos nuevos y que me diera una peseta para chucherías porque estaba muy guapo y me preguntara que si ya tenía novia y yo le contestara lo de siempre, que no abuela, que a los exploradores se los podía comer un oso, o un caimán, o se podían caer de un barranco o de un avión en pleno vuelo. Con algunos años más tal vez le hubiera dicho, soy el novio de la muerte, abuela, como los legionarios; pero a aquella edad sólo me salía decirle que no abuela, que ya había intentado saber por qué las niñas hacían tic tac como por dentro y me habían castigado sin recreo por subirle la falda a Carolina.

28 de noviembre de 2016

...como en la guerra.



-¿Recuerdas el día que te tiré por la ventana tu tocadiscos?

-Sí, joder, fue alucinante. Nunca he llorado más. Reventó en el suelo como, como...

-Como una puta mierda.

-sí, eso, eso.

-Te hice un favor.

-¿Y...y...y te acuerdas el día que llamé a tu madre para decirle que te habías muerto?

-¡Wowww! ¡Aquello sí que fue bueno viejo!

-"Que sí suegra, que está tiesa en el suelo porque se ha desnucado con la esquina de la lavadora..."

-Muy bueno lo tuyo. ¿Y tú te acuerdas de “La tenaza”?

-No me lo recuerdes.

-¿Dolía eh?

-No tengo palabras, se te saltaban dos lagrimones como pelotas de béisbol.

(“La tenaza” consistía en que cuando menos lo esperabas, ella se abalanzaba sobre él y le mordía la nariz con todas las ganas)

-Me encantaba. Me gustaba verte. Con los ojos como platos y la nariz toda roja y todo descompuesto.

-¿Qué ponen hoy de comer en este sitio, vieja?

-Pescado. Otra vez. Sin sal ni nada.

27 de noviembre de 2016

Psique y yo



Era más fácil cuando Marilú-la arañita parlante-, andaba colgada de un hilo en el cuarto de baño, usando todo el tiempo la palabra “deberías”. Deberías esto, deberías lo otro. Echo de menos perseguirla con la zapatilla en la mano por toda la casa. Buscarla debajo de los muebles y en el polvo de las lamparas, y aplastarla. Si le hacía caso y salía mal, podía echarle la culpa a ella. No pasó nunca; pero si alguna vez...

Esta noche he soñado con como se llame. Yo estaba tomando café, a mi rollo, y de pronto se ha sentado en la silla de enfrente y se ha puesto a mirarme con los brazos cruzados encima de la mesa y una bonita sonrisa en la boca. Su boca me recuerda a la boca de la Elizabeth Bennet de Orgullo y Prejuicio Zombie. Pero es trigueña y lleva el pelo muy corto. ¿Y tú quién coño eres?, me pregunto, mientras ella empieza a hablar aunque no se la escucha entre el sonido de las cucharitas y la máquina de café calentando la leche-me agarra una mano-, ni tampoco me interesa. Es mi sueño y yo estaba aquí, tan tranquilo...
Me hago pis hace rato; pero no quiero despertarme.

Más tarde bajé a comprar el pan y a fumarme un cigarro y ver si veía alguna hormiga por el suelo y, me he encontrado la perla de un collar de plástico. Es verde. La meto en el bolsillo. Y he seguido pensando en como se llame. En que quiso besarme. Y todavía no sé por qué. Le dije que no, claro, porque yo soy así de simpático. Que no, que no. Que no quería que nadie me quisiera. Y entonces se subió la camisa y me enseñó las tetas. Parecían de pan. O pasteles de fresa. Pero que no.
No aguanto más y voy al baño.
Cuando vuelvo a la cama cierro los ojos y la busco. Y tampoco sé por qué. Sé que mi cepillo de dientes está, tan triste, ahí, y tan solo, en ese vasito.

Ya no estaba.

26 de noviembre de 2016

El increíble hombre menguante





Era el momento perfecto para amarla-pijama de ositos, toalla en el pelo, recién emergida del baño-, era la luz que entraba por debajo de la puerta y la lluvia era bonita detrás de los cristales, recién follados, así y, comiendo chocolate negro y entonces, metí un pájaro en la batidora, dos o tres nubes, un día de abril y unos cubitos de hielo para celebrarlo y se lo puse en un vaso y pensé, que en Riga la lluvia eran puñales cayendo en picado y otra vez comencé a hablarle de que cada día estaba más cerca del mundo subatómico, mientras ella se llevaba a la boca la aceituna del Martini, que la respuesta estaba dentro, más adentro, que no había conseguido ningún resultado mirando el horizonte ni alejándome cada vez más del suelo hasta flotar como una pompa de jabón por el espacio sideral, que alguna gravedad desconocida e inevitable me impulsaba a ir ahora hacia el interior de las cosas, cuyo interior, a su vez, estaba hecho de otras cosas y a su vez de otras y así no sé si hasta algún infinito y que las cosas más cercanas por ejemplo, tenían nombres como: edificio, mercado de valores, árbol u hormiga u átomo u núcleo u electrones, neutrones, protones, bariones, mesones y así hasta llegar a los Quarks o a un leptón o a las partículas Tau y poco más tarde a otras cosas que aún no tenían apellidos y, que podía vivir comiendo una manzana al día o, un huevo, y sobre todo, no creer que existía la felicidad tal y como la conocíamos. Que algo había liberado a mi pesar en mí otros sentidos en algún momento y podía ver a través de los volúmenes e incluso acertar a pensar que alguno de ellos no eran del todo reales, y en cambio, podía ver perfectamente otros que nadie más veía. Colores que no se encontraban en el campo y olores que podían tocarse con las manos, perfectamente como el pan o un higo. Que cuanto más lejos llegaba menos importancia tenía. Que la magnificencia de lo que observaba era tal, que era más grande que las más grandes cordilleras montañosas y los más grandes imperios que el hombre había construido. Que sus leyes y fronteras y promesas. Y que un día me haría tan pequeño para poder pasar por todos aquellos recovecos parecidos a ojos de aguja, que ya no volvería. Habitaría, de algún modo entonces, un todo, formando parte, sin duda, de ti también, solía decirle.

Le importaba una mierda. Ella era más de andar por casa y un día, sin irme, me hice tan pequeño que ya no volví. Me buscó por todos los cajones. Dentro de la lavadora y en el bar y en el estanco. Pero yo sigo aquí. En todos los sitios. En los vasos de agua y el polvo de los muebles. En cada lágrima, o la primera luz del día.

24 de noviembre de 2016

Desde




Lo primero que haces casi cuando quieres mucho algo-con los ojos cerrados-es ponerle un nombre. Uno bonito. Corto. Que sólo sepas tú. Yo le llamé Totó, porque me recordaba al niño de aquella película, con los ojos tan limpios. Aunque lo cierto es que se llamaba Marco Antonio y era hijo de la panadera y a veces la ayudaba en la tienda por las tardes después del colegio. Así que yo veía a Totó casi todos los días cuando mi yaya me mandaba a por el pan-porque antes se comía pan todos los días- y todos los días, aquel momento era como pegar la nariz a un escaparate para ver más de cerca aquellos zapatos que tú te imaginabas en tus pies, tan rojos y tan brillantes como el lomo de un delfín. Pero él no me veía a mí. Ni aunque me pusiera un lazo celeste en el pelo a juego con el blanco del vestido o entrara en la tienda toda brillantisísima como un lucero de noche de mayo o carraspeara “aquí-aquí”. “Aquí, Totó”. Totó nunca levantaba la cabeza de las latas de conserva de atún o de los tarros de tomate frito o los sacos de nueces o alubias o lentejas cualquier otra cosa donde pudiera refugiar sus ojos de los míos, y siempre, hacía lo posible para que fuera su madre la que me atendiera. Aún usaba pantalones cortos y se le podían ver las rodillas echadas abajo de subirse a los árboles a ver nacer pollos de mirlo. Cecilia, que también era amiga de una amiga de una amiga de Bea la que tenía una prima mayor que estaba de novia con uno del barrio alto que trabajaba en parques y jardines y que por eso coincidía en ocasiones con Totó trepando ramas, Cecilia me había dicho, que a Totó lo habían escuchado decirle a un pajarito que le gustaba una niña con un lazo en el pelo. ¿De qué color?, pensaba yo, porque si no, me miraría, a la cara, me hablaría, algo. Hasta las moscas se hablan con las patas. No todo lo contrario. Yo no existía para él. Y entonces tomé una decisión: se lo iba a decir. Mira Totó, eres el niño más tonto que conozco y yo un día me haré mayor y a lo mejor me gusta otro y yo, no quiero que me guste otro, así que he pensado, que bla bla y bla y que si quieres ser mi novio desde ya, desde ahora mismo, desde siempre. Tracé un plan. Tenía que acorralarlo en algún sitio, donde no pudiera evitarme la mirada ni hacer como que no me había visto, y el doce de noviembre de hace ya tantos años, me levanté decidida como un soldado a ganar aquella batalla y lo sorprendí en el portal de su casa cuando llegó casi de oscurecida de jugar al futbol en el parque. Esperé un rato apoyada en los buzones, como una ninja, y cuando fue a poner el dedo en el portero electrónico, dije, “Hola Totó”. Y ya no dije nada más porque Totó salió a correr como un demonio. Estuvo varios días sin aparecer por la tienda. No fue al colegio. Cuando a los cuatro o cinco días volví a a verle, miré a otro lado. Como si Totó se hubiera muerto. Soy una niña muy linda, Totó, me merezco un prado de flores con besos y que me invites a un paquete de pipas o me lleves contigo a ese sitio secreto detrás de la tapia, que yo te he visto, darle el biberón a una camada de gatitos. Mi madre me ha dicho que no pase la vida acumulando decepciones. No sé qué de que hay muchos trenes. Yo todavía no me he montado en ninguno. Será bonito, seguro Totó, ver pasar las farolas sentada en mi sitio. Y todavía me duele, Totó. Lloré mucho allí solita y hacía frío y, estaba oscuro.
Lo maté por lo menos tres meses, y una tarde que estaba Totó sentado en un banco y yo pasé camino de la ferretería a por tornillos, me acerqué a hablar con el muerto a ver que hacía:

“-¿Qué haces?

-Nada.

Y mientras hacía nada vi las nubes pasar hacia el oeste en la niña de sus ojos.

-Los mayores no saben no hacer nada ¿lo sabías?...

Empezó a hablar solo. Yo no hice nada. Y tampoco entendía lo que me estaba contando y además le odiaba. Mi madre decía que del amor al odio apenas había un paso. Que no lo diera nunca. Pero yo di un saltito.

-...te gustaría, ¿verlo?...

Y dije que sí, claro. Aunque no sabía qué, ni dónde estaba mirando.

Y entonces me cogió de la mano y casi se me cae el lazo del pelo. Era tan suave que daban ganas de comerse los deditos. Pero siguió hablando.

-Detrás del cielo, hay tantas estrellas que no podrías contarla ni con los dedos de las dos manos. Un montón. Y todavía más lejos y más detrás de las estrellas hay dragones. Viven allí. En castillos con torres tan altas que dan vértigo. Y más más allá, donde ya casi no te alcanza la vista, vive el Principito. ¿Lo has leído? Yo tres veces. ¿Me perdonas? No quería salir corriendo. Es que me das miedo. Porque me miras raro y...a lo mejor quieres besarme. Y si me besas te quedarás embarazada. Y entonces tendremos que casarnos. Y yo...yo quiero ser astronauta. Entonces estaría mucho tiempo fuera. En el espacio y, me echarías de menos y yo a ti también y, a lo mejor ya no querría ser astronauta...

Cuando quieres mucho algo, acabas hablando en un idioma extraño.

-...y yo, yo, yo quiero ser aztromauta. Mi badre dice ke estudie para bédico, o fontarnero o señor con bihote. Zú me ghusthas. Eles la más votita de la clase. A bezes me imajino a qué zave. ¿Tú no?

La primera vez que besé a Totó fue en aquel parque.

Nunca he besado a nadie más.

Aunque una vez, a los dos años de viuda, un señor en el médico me insinuó que era una flor, a mi edad, y que no le importaría tomar un café algún día conmigo. 

Mientras bajaba en ascensor, pensé, con un sonrisa en los labios, si aquel señor habría besado alguna vez un a un astronauta.

22 de noviembre de 2016

I, de cualquier cosa que empiece por I




Hay un gato enroscado en mi sitio del sofá. Le disparo. Sus sesos acaban cayendo como la nieve sobre la alfombra, como el confeti de un cumpleaños, cubriendo la habitación de un rojo satinado, muy bonito. No pensaba decorar la casa todavía. Ahora tendré que cambiar las cortinas. Cuando se seque la primera mano, buscaré otro gato para darle la segunda.
Tengo pescado en el horno, por cierto. Así que en la pecera he puesto, un poco de tierra y un hueso de aguacate. Era un pez pequeño, naranja, pizpireto. Le puse un nombre, para romper el hielo cuando le daba una pizca de comida con los dedos y él acudía a la superficie con aquellos ojos grandes de pestañas rizadas. Creo que, se alegraba de verme y movía la cola cuando me veía entrar por la puerta. Espero que no tenga muchas espinas.

No sé si era esto a lo que se refería Andy Warhol cuando aseguraba que siempre se podía decir: “¿Y qué?”.

Abro la ventana y miro el cielo.

Cojo un cigarrillo de un paquete con una foto mía a todo color sobre una mesa de operaciones con los pulmones destrozados y una enfermera susurrándome al oído su número de teléfono, le veo, el escote y asiento con los ojos antes de sumirme en el sueño benedicto de la anestesia. Debajo en letras grandes dice: “Te lo dije”.
Y más abajo todo eso de que fumar provoca cáncer.

Joder, qué bonito es el cielo.

Me encantaría meterle fuego a esta ciudad. Ver a la gente saltar por las ventanas y estrellarse contra el suelo como huevos crudos. Mientras pienso en Claire voy poniendo derechos con el dedo los cuadros del pasillo:

-¿Claire?

-¿Sí?

-He matado tu gato.

-No importa amor. Hace un ratito que salí del trabajo. ¿Qué hay de cenar?

-Claire...

-No importa amor...¿Qué ponen esta noche en la tele? Estoy deseando llegar a casa para que me des muchos besitos.

-...Creo que voy a tomarme un bote de pastillas azules...

-Las azules te harán daño al estómago.

-...o a cortarme las venas sentado en la taza del váter...

-¿Quieres que me pare en la gasolinera a comprar helado?

-...y creo que he mezclado ropa de color y ropa blanca y...

-Voy conduciendo, ya hablamos en casa ¿vale?

-Ojalá choques de frente con un rinoceronte en mitad de la carretera y salgas despedida a más de veinte metros por el cristal delantero y te estampes de cabeza contra un árbol.

-Yo también te quiero, tonto.


21 de noviembre de 2016

The invisible man



Paso la yema de la lengua por el filo de la palabra abrupto
como digo tu nombre sin cortarme, la imagen,
en realidad es un señor en calzoncillos con pelos en las piernas haciendo equilibrios
sobre un alambre.
En zapatillas de ballet, ya sé que es obvio
pero tenía que decirlo
y añadir que he superado por fin la barrera del sonido
o que soy otro; pero también soy el mismo, no había
diferencia alguna entre la metafísica y una pizza.
Te señalaba con la punta del dedo las batallas
de las enciclopedias
porque
quería elevarme entre tanta tristeza, te mostré,
la belleza de mi hipotálamo, soy un tipo con suerte,
te insinuaba,
un hijo de Ulises.

Latifundio, limítrofe , lavadora, telúrico.
La discrepancia. El tejido ocular advertido.
¿Y qué?
Legiones de magos esperan en la sombra
para dar forma a cualquier imposible.

Acto seguido tomó entre sus manos una oblea de trigo
y la repartió entre los viandantes que pedían cigarrillos a las puertas del metro.
Trae un muerto a la cena
recuerdo meridianamente decir a Ivanovich,
es bueno
alimentar el vientre de todas las patrias.

19 de noviembre de 2016

Manera de vivir nº 13



Cuando voy por el carril bici, pedaleando tararí tararí, no me gusta estar pendiente de atropellar un niño con carrito ni una anciano ni un señor con bigote leyendo el periódico ni estar zigzageando cacas de perro. Me gusta silbar una canción.
Pero cuando voy por la acera de peatón, o leyendo el periódico, aunque no tenga bigote, me gusta caminar sin que ninguna bicicleta me saque el corazón del sitio con su timbre o me pase por encima de los pies. ¿Qué culpa tengo yo de ir distraído? ¿De que haya nubes en los charcos?

Lo mismo pasa con Genaro, que hay que ponerse en su lugar. Vive en un coche abandonado. ¿Tú te crees que a Genaro le importan dos cojones si sube el petróleo? Si no se afeita hace tres años... ¿Que le preocupa si el champú contiene alérgenos? Si le entran en el coche las ratas por la noche... A Genaro le importa vivir otra semana. Ya no sabe por qué; pero de algo se acuerda y le sigue gustando ver el partido por la ventana del Bar, y ayer mismo, se encontró en la basura una armónica.

17 de noviembre de 2016

Cuéntame un cuento antes de dormir...




Hay gente hasta para comer mierda. De hecho, casi todos cuando éramos niños queríamos meter el dedito en aquello a ver a qué sabía. Algunos lo hicimos, a otros nos cortaron las manos y nunca más volvimos a querer tocar algo. Y así es como comienza este cuento, sobre cómo cada uno de nosotros guarda algún oscuro secreto:

Erase una vez, en el bar de abajo...

-Buenos días. ¿Lo de siempre?

Lo de siempre para Doña Lola es un café descafeinado con sacarina y leche sin lactosa y una tostada de york de pavo criado con mimo y música de Vivaldi en una granja ecológica y por supuesto, pan integral, con pepitas de mijo y tueste natural y amasado a mano. Y el café templado, por favor, y una botella de agua mineral. De sierra, si puede ser, de cumbres nevadas y castillo de Disney. Y antes de sentarse a la mesa, la mesa de siempre, por supuesto el piropo de Juan, en nombre, por supuesto, de todos los abuelos que todos los días se sienta en la mesa de siempre a jugar al dominó:

-¿Dónde irá usted tan guapa, Doña Lola, y tan de rojo?

-A llevar esta cestita a casa de mi abuelita.

Doña Lola se pinta el rabillo del ojo con escuadra y cartabón y un astrolabio, y las pestañas, se las peina con pincel de pelo de bigote de caballito de mar y las uñas, le relucen como azulejos portugueses de bonitas y en las mejillas, dos soles naranjas. Y es tan mansa, tan pausada, a Manolo le gusta, verla así, con las piernas cruzadas y esa mirada tierna de vaca como pastando en lontananza. Manolo es viudo. Ya hace tiempo que no:

-Aquí tiene, Doña Lola, que le aproveche.

Ahora ella le mostrará una sonrisa y el le responderá con otra y eso será todo. Como siempre.

Doña Lola tuvo un novio ya hace mucho, que la dejó tirada en el altar porque ella decía que no se la chupaba, que le daba asco. Y desde entonces desayuna sola. ¿En qué estará pensando, algunas veces-se pregunta Manolo desde el mostrador-que se pone tan guapa?

“¿Por qué no eres un lobo, Manolo? ¿Por qué no me preguntas lo que llevo en el bolso?”

Doña Lola lo llama “El destructor”. Mide 27 centímetros y funciona con cuatro pilas de 1,5 voltios.

“¿Por qué no me metes en el cuarto de los trastos y me la metes por el culo, Manolo? ¿Por qué no eres un cabrón conmigo y me tiras de las crines y me escupes en la cara que soy una guarra? ¿Por qué no me comes el coño como la tapadera de un yogurt con ese hambre de zombi?¿ No te gusto? Levanta la cabeza del puto fregadero”

Está sola en el bosque.

Doña Lola está suscrita a una revista de cocina. Todos los jueves un chico que trabaja en correos llama a la puerta:

“-Hala, Doña Lola, que la disfrute, seguro que hace usted unas cosas muy ricas”

No lo sabes tú bien, cartero.

La misma noche que Alfonso la plantó de blanco y se fue en un taxi a Segovia a casa de una hermana, Doña Lola, que por entonces no la chupaba todavía, le dijo a sus padres que ahora venia, que iba a llorarlo todo de una vez y volvía. Cogió el coche y fue al polígono industrial por donde pasaba todos los días camino del trabajo y donde había visto chicas y travestis que ofrecían sus servicios casi en bragas. Se bajó del coche. Preguntó cuánto. Y al minuto siguiente le estaba comiendo la polla a un senegalés con las tetas muy gordas y unos labios bellísimos. Se lo tragó todo. Volvió a casa y antes de bajarse del coche y subir, giró el retrovisor hacia ella y le dijo: “Juro por Dios que nunca volveré a pasar hambre”.

16 de noviembre de 2016

Evelyn & Dylan





...que con el tiempo y en contra de todo pronóstico, Dylan Mahoney no llegaría tan lejos como decía él de pequeño señalando una estrella con la punta del dedo mientras Evelyn se ponía el indice en la sien y lo giraba de un lado a otro y le decía, que estaba loco y que por eso le gustaba; pero sí llegaría a ser astrofísico, e incluso a formar parte del protocolo Hamilton cuando este se activó porque el satélite Dédalo, recibió una señal del espacio exterior. Y hasta conocería a Verónica, la primera extraterrestre.

Lo mejor de los días de clase, era salir de clase. Salían corriendo del colegio cogidos de la mano y eran los primeros en montarse en el bus porque les gustaba ese sitio- él había pintado en la ventanilla “Evelyn& Dylan” dentro de un corazón con un rotulador y como ya hacía tres meses que eran novios y aunque nadie lo supiera todavía, también había dibujado una flecha. Y corriendo, salían del autobús y enfilaban la colina y entraban en casa de Evelyn como un vendaval y piando mamá mamá qué hay hoy de merendar y corriendo, cruzaban a casa de Dylan con una tableta de chocolate negro y un pan bajo el brazo y como un vendaval salían por la parte de atrás con una revista de papá escondida debajo de la camiseta con fotos de la Loren enseñando por la playa las tetas, mientras a lo lejos, ya, se escuchaba una voz que decía, a lo lejos, “¿y cuándo piensas arreglar tu cuarto?”.

Hasta tenían un cuartel general: la casa del árbol. Y una bandera o, la misteriosa desaparición del mantel blanco de lino de la abuela. Evelyn le había dibujado un Unicornio, que en realidad parecía una gamba, aunque Dylan nunca se lo dijo.

Al principio se odiaban. En segundo curso, Evelyn no hacía más que sacarle la lengua en público o pegarle chicles en el pelo o esconderle los lápices en la cisterna del váter o lo que se le ocurriera a ella aquel día, como si no hubiera más niños en el cole a los que hacer la vida imposible. Hasta que un día, Dylan, se levantó de su silla y dijo en voz alta, he sido yo. Y era mentira. Había sido Evelyn la que había puesto una chincheta en el asiento de la profe. Lo expulsaron de clase una semana. Todos los días, Evelyn trepaba a la habitación de Dylan por una enredadera y se sentaba en el marco de la ventana. La primera vez Dylan se asustó, porque creyó que era un pájaro, o un cometa, o una flor; pero la segunda la estaba esperando: “¿Quieres ser mi novia?”.
Aunque no fue tan fácil. Evelyn le impuso algunas condiciones:
“-Nada de besos. Ni de llamarme linda ni nada de eso que hacen los de séptimo curso, ni...”
Después se escupió en la palma de la mano y la extendió hacía Dylan y dijo “Jura”, y juraron. Y automáticamente después, allí mismo, él en calcetines de ositos y ella en falda plisada, Evelyn le dio el primer beso. Porque le dio la gana.

A veces también iban al río a pescar ranas, y aunque a Dylan le gustaba más disparar con una escopeta de tapones de corcho a las libélulas, Evelyn siempre acababa metida en el fango cortando lombrices por la mitad. Una vez se comió una.
Otras sacaban de debajo de la cama de Evelyn una caja repleta hasta arriba de pequeñas pelotitas de goma e iban al puente a arrojarlas en la autopista y cuando pasaban los coches, era todo un espectáculo verlas botar de aquí para allá como en una máquina de pinball. Nunca supieron cuántas de aquellas pelotitas acabaron en uno u otro sitio cualquiera que viniera en los mapas. Una de ellas por ejemplo se metió por la ventanilla de un Mustang y luego en el bolsillo de la chaqueta de un piloto de la Pan Am que iba conduciendo hacia el aeropuerto porque a las cuatro a.m., salía su vuelo a Hamburgo.

14 de noviembre de 2016

Winter shadows




Durante los interminables meses que siguieron a la repentina muerte de mi hermana Catherine aquel octubre y por orden expresa de mi señora madre, hube entonces de seguir un riguroso luto que incluía además del negro de una falda de paño hasta el tobillo, una faz tristísima y los párpados caídos y por supuesto, un minuto de silencio que acababan siendo siete u ocho a la hora del véspero junto al cerezo donde habían plantado el mármol con el nombre de la niña y dos serafines tallados en cedro a cada lado con trompetas en los labios pintadas a mano en pan de oro, o si estaba nevando, sentada junto a la chimenea con las rodillas juntas y un severo mutismo de flor de jarrón que apenas era interrumpido por el cambio de postura de los gatos enroscados en un sofá estampado con motivos navales y mapas de la Costa del marfil, porque todo, todo, era poco para honrar la memoria de una cría, que sentada al piano con aquel trajecito de raso traído de París y aquellos charoles en los pies brillantes como ojos de ballena, parecía un ángel, qué pena, que su padre, se hubiera traído del último viaje a la Guayana aquella fiebre rara "y tú-decía mirando la pared-, todavía tan viva”.  

9 de noviembre de 2016

Feroces




Supermercado. Una y media de la tarde. Caja nº 6. Cajera: Patricia. Me ha devuelto 2 euros de menos.

-Perdona...

-Dígame.

Ella es joven. Yo no.

-Creo que me has dado dos euros de menos.

El creo es retórico. Puro trámite. A veces soy amable. Son 11,90 y me ha dado el ticket y 6 con diez. Faltan dos euros.

-Yo...no sé...¿seguro?

Seguro no hay nada en el mundo Patricia. Pero sí, porque:

-¿Estás pensando en Carlos?

-¿Cómo dice?

-¿Se llama Carlos no? El que tienes tatuado en la muñeca. El que te ha regalado ese collar- “Patricia”. En letras doradas-, que por cierto, no es de oro, es chapado y por eso te hace, esas, pequeñas rojeces en el cuello. Un tío que te regala bisutería-¿te dijo que era oro?- no merece que llores por él.

-¿Quién es usted? ¿Un amigo de Carlos? ¿Le manda él?

-No he visto a Carlos en mi puta vida. Pero has llorado hace poco. En el baño. Todavía tienes rimel en el cuello de la camisa. Y los ojos rojos. Y no es rojo ordenador. Y te sale un paquete de clinex por el bolsillo del pantalón. ¿Cuánto hace que habéis terminado? ¿Cinco días?

A la señora de atrás mío le falta un segundo para soltar por la boca dios sabe qué:

-Oiga, que hay más gente esperando y tengo mucha prisa.

-Señora, no la está esperando nadie. De aquí se va usted a jugar a las tragaperras, con esos dedos sin huellas digitales casi, de andar con moneditas todo el día, por eso su marido no le habla, porque se lo gasta usted todo en lo mismo y por eso se lo hace callar al hombre con cerveza en pack de seis. Y luego comen alubias de lata calentadas en el microondas, esas exactamente, y después ve su serie favorita mientras su esposo ronca como un cerdo su sueño dorado, que era ser otra cosa que esto; pero claro, de eso hace tanto, de los sueños, ¿verdad? Los sueños se fueron al carajo cuando nació el tercero, las horas extras, las pocas ganas de levantarse de la cama, ¿para qué? Si ya no hablaban, si la vida se había convertido en hacer de comer para siete y mirar por la ventana.
Y además, señora, Patricia está preñada. ¿Se lo habrá dicho a Carlos? ¿O se lo ha dicho y por eso la ha dejado en la estacada?

-Sólo mi madre sabe que estoy embarazada.

-Ahora ya no. Te llevo viendo tiempo y te aseguro, que esas tetas no son las de antes. Son tetas de preñada. Y la forma de tu nariz ha cambiado, y esos, granitos en la cara y, perdona, pero ese botón de la camisa va a estallarte, ahí, justo a altura del ombligo.

-Chica...(señora ludópata)...sólo llevo esto; ¿podrías cobrarme?

Patricia está a punto de llorar.

Por los megáfonos anuncian una oferta de yogures de mermelada de manzana y queso blanco, en tarros de vidrio.

7 de noviembre de 2016

1986, calle Sol



El día que Bony murió comencé a caminar hacia atrás y todavía
no he vuelto a ningún sitio, solía
decirle “pero Bony, ¿cómo te voy a dar el corazón?, ¡qué asco!
¿Y dónde te lo doy?¿En una caja? ¿Como si fuera un zapato?”.
Y ella sonreía.
Y cuando Bony sonreía daban ganas de besarla.
Así que la besaba.
Y si la besaba los vellos de los brazos, la lengua de la boca, los ahhh-ahhhh saliendo como el humo de la chimenea de una casa en el campo con flores y con vacas pastando.
Joder, Bony, llego tarde al trabajo.
Y llegaba tarde.
Despeinado.
Feliz.

En cuanto a la luna Bony solía decir que para qué,
si no le cabía en el cajón de las bragas.

A veces busco en Google las calles que pisamos
los bares que cerramos.
aquel callejón donde Bony parió una camada de mordiscos.
Me gustó.
Nadie nunca más me eso así.
Y lo echo de menos: “¿Por qué te mueres Bony?
¿Has visto tu cepillo de dientes? Parece un cactus.
Y este bajo cero de la cama es culpa tuya.”
Era jueves.
Era un Chevrolet.
Eran las cuatro de la tarde.

Y tú tan distraída.

Tan pensando en llenar la bañera de agua caliente.
Fletar un pato.
Esquiar por la espuma de las sales de baño.
Ponérmelo difícil:
“Estoy desnuda”
Imposible casi:
“Y me toco”.

“-¡Taxi!”

Ahora en la lista de la compra ya no dice tampones,
ni chocolate blanco ni crema para manos.
Ahora parece un testamento.
Sin burbujas de champán ni yogures de albaricoque y mermelada.
Sin helado de naranja. Sin galletas de coco.
Sin una nota al pie que diga, trae una película del videoclub.
Y otra nota al pie de la nota a pie de página:
“Pero que no sea de disparos”
Y al lado, en pequeñito: “Y que haya besos”.
Y arrinconado en una esquina, casi colgando con los pies en el aire:
“Y no tardes”.

6 de noviembre de 2016

Y partir la pana




¿Y si ponemos una
de Boney M y nos hacemos dos largos de salón?
Así, dale caña, con los brazos arriba,
sunny... sunny thank you for the smile upon your face, somos
la puta polla
aunque no tengamos
dónde caernos muertos.

En cualquier sitio, el mundo es nuestro.

5 de noviembre de 2016

Sonata in C Major, Opus 2, No. 3 - Adagio




“¡Glip glip, glop glop!”.
Que en el idioma de las gotas de agua en el cristal quiere decir:
cómo me gustaría estar-ahora mismo- a salvo entre tus brazos.

“¡Fiussss fiussssssssssssssssssssss!”-porque te amo- y si hace viento,
me hablan de ti las hojas de los árboles.

Llevo dos mil doscientos quince días sin besarte; pero parecen dos mil doscientos dieciséis
o eso me susurra el tic tac de los relojes de pared.

“Pío pío”.
Todo el mundo sabe lo que eso significa.
Todo el mundo se acuerda de la primera vez.
De aquel chicle de menta, de cómo
te anidaban la barriga aquellos bichos asquerosos.

De que cagabas flores.

“¡Clink-clink-clink-clink-clink-clink-clin!”
Las cucharitas de café tienen razón:
No hay vacas en el cielo.
Pero yo miro al cielo y veo vacas, y
me acuerdo de cómo me agarraba a tus tetas como una salamandra porque
creía en algo por entonces.

“-Trae amapolas de camino”.
Un mensaje de voz.
Lo he escuchado seis mil trescientas veces.
Me lo sé de memoria.

“...esta vida loca...”.
Una canción.

“¡Clok!.
Lata de albóndigas.

Plop plop, mi corazón.


4 de noviembre de 2016

Verbo



Si me llamara Shalimar y tuviera once años y mis padres estuvieran a punto de entregarme en matrimonio al señor Iham a cambio de no sé cuántas cabras, estaría temblando de miedo. Si tuviera que ir a la panadería de aquel Sarajevo del sabor a escombro y a las calles desiertas y se me hubiera olvidado darle un beso a los niños y otro a mi mujer, nunca podría perdonármelo, porque nunca sabías si ibas a volver con pan caliente o con un tiro en la cabeza. Si estuviera sentado a los pies de la cama de uno de mis hijos y el médico ya hubiera dicho lo siento, es todo lo que se puede hacer, si estuviera a los pies de la cama, estaría rezando. Con toda mi alma. Con los ojos cerrados. Con los puños estrujando las sábanas. Aunque no crea en dios. Si otra vez fuera mil seiscientos noventa y tres y me estuvieran quemando por bruja, desearía la muerte con toda mi alma en vez de la carne abandonándome los huesos, del olor a orinal, de las cenizas elevándose en el viento. Si Harvey me diera una paliza cada vez que algo no le sale bien. Estaría esperando, esperando ese algún día. El día que al llegar no me encontrara porque estoy detrás de la puerta con el cuchillo grande de cortar el queso en la mano. Si tantas cosas, peores que estar sentado en un sofá sin saber cual es el Norte, o porque no pasa por delante de la tele un tren que me lleve a Escandinavia.

Después salgo a la calle y me sorprendo mirando los cables de la luz, de los teléfonos, de las antenas parábolicas y la fibra óptica, enredándose en los bloques de piso como la hiedra, reptando hacia arriba como una red arterial, dibujando kandinskys en los ladrillos rojos, extendiéndose como ríos hacia los tejados, perdiéndose en el sky line de esta ciudad de carriles bici y tiendas donde venden plátanos, y, miro a otro lado y veo volar una bolsa de plástico del supermercado, la veo elevarse y elevarse hasta que la pierdo de vista y me pregunto dónde irá, o escucho la canción del butanero golpeando una bombona contra otra hasta que la gente asoma por los balcones y hacen así con tres dedos, o con cinco, sin ascensor, y me gusta ese estribillo que dice joder estoy viejo para esto, mientras el hombre sube peldaño a peldaño un día más de su vida y, en la acera de enfrente hay pintado un te quiero en la pared, con letras grandes, te quiero Emmy, y le voy a meter fuego al coche de tu profesora si no te pone un diez en ser tan guapa. A lo lejos el pi pi pi de todas esas ambulancias; los perros; los niños saliendo del colegio, los brindis a la hora del almuerzo; los timbres de las bicis, las cáscaras de pipas crujiendo bajo el peso de los pies; las filas de hormigas y los peces de acuario; los girasoles y las ruedas de los coches, los tranvías y los libros. Los barcos. Las cigüeñas. El pelo de Lidia por el retrovisor.

1 de noviembre de 2016

Pero no se lo digas a nadie




Si brotas In my Life si alguna vez- no sé si por error o si por suerte, por ganar una apuesta o porque te ha salido cruz-,
si de repente, abro un cajón y allí estás tú,
entre los calcetines y las gomas de borrar y los mecheros, vacíos, si
te me caes encima y voy sin paraguas o
sales de una chistera o floreces vestida de lirio sobre un piano blanco, si te ocurriera que
se te antojara porque has visto una luz
(si alguna vez), al otro lado,
quiero que sepas que cuando diga “No”,
es que estoy deseando que me hieras
de muerte labio a labio.