16 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 6


-Eugenio me ha dicho esta mañana que quieres matar a todo el mundo. No voy a preguntarte por qué; pero dime: ¿Para qué es el lazo azul? ¿Es un arma? ¿Como un ninja? ¿Está afilado? Joder, como te envidio. Salir de la oscuridad y cortarle la cabeza a más de uno. A mi jefe, por ejemplo. Me tiene hasta los huevos. Ramón por aquí, Ramón por allá. Cualquier día le meto de hostias.

Papá Ramón tiene barba. No como la de Eugenio. La de Eugenio es una barba de Quijote. La de Ramón es la Selva Negra, y todo el pelo que le falta en la cabeza, lo tiene ahí, en el mismo sitio.

-No es azul.

-¿Azul clarito?

-Y sólo es un lazo. Y era una broma. Y nos reímos. Tú, como nunca te ríes.

-Me río cuando algo me hace gracia, joder. Tú madre y yo hemos estado hablando de ese colegio nuevo para niños como tú y...

-¿Niños lisiados?

-No empecemos Olaia. Tú te crees que todo es muy fácil porque tienes toda la ayuda necesaria, todos los mimos, toda la atención. Yo me paso en el taller catorce horas y nadie me lo agradece. ¿Crees que tu madre me hace si quiera una tortilla? No. Eso era antes. De recién casados. Y yo pensaba, joder, es muy fea la Begoña; pero hace unas tortillas. Yo también estoy lisiado y no me quejo tanto, mira, mira las manos, no tengo ni un dedo derecho de apretar tantas tuercas. Pena, no me das. Y si tu madre dice que ese colegio es lo mejor para ti es que es lo mejor para ti. Y no pongas esa cara. Todas las niñas de tu edad están todo el tiempo enfadadas con sus madres. Aunque no estén lisiadas. Y sí que me río. Cuando me hace gracia.

¿Se reiría papá Ramón el día que Begoña entró por la puerta diciendo que venía de ponerle los cuernos?

Mamá tarda unos dos minutos y cuarenta segundos en quitarle el corsé todas las noches. Más o menos. Descorreorre las correas, descorchacorcha los corchetes, desanuda que nuda los nudos, desabrocha que brocha botones, pendiente a los trinquetes y las jarcias, a la vela mayor, atenta a la herrumbre que el tiempo va tejiendo en la espalda de Olaia, a las llagas, los candados, los muelles y tornillos, los mecanismos y artefactos, los engranajes todos, uno a uno, cada día desde entonces, con todo el amor. Hasta que Olaia cae en sus brazos como la cáscara de un plátano, como un flan de vainilla, una torre de Pisa. Una cuchara en el borde, de una repisa.

-Estás preciosa con tu lazo azul. Papá Ramón y yo hemos estado hablando de lo del nuevo colegio. A Eugenio todo le parece bien, ya sabes, él no se entretiene en esa cosas.

-Es celeste.

-Y esta vez Eugenio no va a defenderte. Ya lo hemos hablado. Y no es tan tonto. El también sabe que es lo mejor para ti. Vas a ir a ese colegio Olaia. Te pongas como te pongas.

“¿Y si me pongo así? ¿Toda roja de no respirar nunca más?”

-Tarde o temprano tendrás que coger aire. Avísame y seguimos hablando. A lo mejor has crecido mientras tanto.

“¿Para ser como tú?” Al menos yo no tengo esa horrible nariz”.

-Te estás poniendo azul, Olaia. Como tu lazo.

-Es celeste, mámá: ce-les-te.

-Voy a prepararte la maleta.

-Mamá...

-¿Qué?

A veces no se encuentran las palabras, y hay que firmar con besos en la frente los te quieros.



12 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 5



La Cucutufa lleva chupándosela a Eugenio desde hace por lo menos dos capítulos de Huckleberry Finn. Olaia, mientras lee, disfruta del enorme placer de acariciar la barriga de un pez. Se llama Lauro y cada vez que lo ve, está más gordo. Come de todo. Una vez se comió una pestaña postiza.

-Dijiste que tardarías poco.

-Ya hija, pero es que ya no está uno para estos trotes. Con lo que yo era. ¿Pero qué cojones come ese pez? Bueno, cuando quieras vamos a por tu lazo azul.

-Celeste.

Tres tiendas más tarde:

-¿No te gusta este? Es muy bonito.

"No es celeste, señora. Es azul tirando a verde. Y yo lo quiero celeste. Como el cielo a mediodía. Como los ojos de Paul Newman".

Eugenio siempre lleva la camisa por fuera. Huele muy bien. A algo caro.

-Te digo, querida, que un hombre tiene que llevar limpios los zapatos y los dientes.

Le gustan las mujeres. Todas.

-No deberías estar perdiendo el tiempo aquí, vendiendo braguitas de encaje y lazos para el pelo. Tienes un cutis tan...me recuerdas a la Loren. ¿No te lo han dicho nunca?

Lo mejor de Eugenio es que hace lo que le da la gana cuando le da la gana. Es muy divertido:

-¿Sabes qué estoy pensando? Que pasaré a recogerte esta tarde cuando cierres. Iremos a un sitio que conozco donde sirven...¿que estás casada? No me importa. ¿ A ti te importa? Sobre las nueve.

Y después se ha inclinado sobre el cuello de la dependienta y le ha susurrado algo al oído y a la dependienta le han temblado las rodillas detrás del mostrador mientras pensaba algo así como que una no puede fiarse de un hombre que no lleva calcetines, ¿qué me pasa? “¿es que no ha escuchado usted que estoy felizmente casada?
Se lo diría. Pero no es cierto. De aquello solo quedan promesas sin cumplir y un llavero del Athletic con forma de balón que abre la puerta de una casa donde ya nunca hay nadie que corra a la puerta como un perro bueno para recibirla como antes. A lametazos, a tirarla de espaldas al suelo, a decirle te quiero, te quiero, te quiero.

Así que ha contestado muy bajito para que la niña no la oyera: espérame en la esquina. Con el motor del Dogge en marcha, como si fueras a robarme el corazón.

-Quiero este.

-Por fin. Pensé que me ibas a tener todo el día de aquí para allá en busca de un trocito de tela, cielo.

-No es sólo un trocito de tela. Y no me lo voy a quitar nunca.

La dependienta no había visto a dos personas tan raras en su vida. Sobre todo la niña. Parece el fuselaje de un avión con esa cosa puesta sobresaliendo por el escote y haciendo bulto debajo del vestido. Debe pesar una tonelada. Pobrecita. Con lo joven que es.

-Estos críos..., bueno, nosotros, señora, ya nos marchamos.

Y le ha guiñado un ojo. Que significa a las nueve. En la esquina. Con el motor en marcha.

Seis semáforos más tarde:

-Papá...

-Dime.

-Adivina para qué es este lazo.

-¿Para estar más guapa?

-Ya soy más guapa.

-¿Para quitarte el pelo de la cara? No sé, cariño. ¿Para qué?

-Para matar gente.

-Vaya. Interesante. ¿Y a quién quieres matar?

-A todo el mundo.

-¿A nosotros también? ¿A tu madre, por ejemplo?

-La primera.

-¿Tienes hambre? ¿Qué te parece si paramos ahí? Así ya puedes empezar a matar camareros. O un señor con gafas.

Y han comenzado a soltar carcajadas y a poner caras raras y hasta casi a llorar de la risa y cuando ya no podían más y el aire les faltaba Olaia ha caído rendida en su hombro y ha dicho, te quiero, Papá, mucho.

7 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 4




Nublado duele más. Duele más todo. La L4 y la L5; el coxis, el omóplato; el fémur, las clavículas, el hueso sacro; el astrolabio; la vela mayor y los trinquetes; los dedos de los pies; mamá diciendo te vas a marchitar aquí metida, deberíamos salir más; mamá diciendo que si uno quería podía conseguir cualquier cosa; mamá diciendo que me iba a vestir para salir al parque a tomar aire, a ver las flores, las palomas, los muchachos...Nublado duele de a poquito. Como la gota de un grifo.

-Mamá...

Mamá la miró de soslayo sin decir palabra y esperó a que dijera lo que Olaia tenía que decir para contestarle que no.

-Quiero...

-No. Lo de meterte a monja es un antojo porque no se te ocurre otra cosa. Dios no va a entrar en esta casa.

-No iba a decir eso. Sólo lo dije porque estaba enfadada.

-¿Y qué ibas a decir? ¿Que quieres irte al Himalaya? ¿A estar sola? A darle la espalda a todo lo que tengas que vivir solo porque...

-¿Porque ya no me sostengo sola? ¿Porque sin esa cosa puesta me derrito como un helado de vainilla? ¿Porque con ella puesta parezco Frankestein al caminar?
Iba a decir que quería un lazo para el pelo.

-Yo tengo muchas cosas que hacer y también estoy enfadada. No he criado una hija para que me llame como tú me llamaste el otro día. Tú padre tiene que ir a no sé dónde. Dile que te lleve.

-¿Cuál de los dos?

-Eugenio.

-¿Y si ya está borracho?

Pero no lo estaba porque se había recién levantado y había bajado por las escaleras recién afeitado y oliendo a colonia y diciendole a la Vasca que hacía un día estupendo ¿verdad, cielo?, vámonos Olaia, que te llevo.
A la vasca tanto adjetivo pegajoso la ponía de leches agrias; pero quién le decía a Eugenio que no nada.



-Primero vamos a ver a Cucutufa, si no te importa Olaia, tardo poco, y después te llevo a por tu lazo y...¿¡Para qué sirven los intermitentes?! Joder con la vieja... a comer un algo en una bonita terraza donde además sirvan ginebra en los gin-tonics hasta que yo diga pare. ¿Sigues enfadada con tu madre?

-No lo sé.


-¿Sabes lo que más me gustó siempre de tu madre? Nada. Ni siquiera era guapa de joven. Y ya sabes cómo me gusta cuidarme el paladar. Pero esa mujer tiene algo que ninguna más tiene: a ti. Yo con tu madre pues fue una cosa de verano y no me acuerdo, pero seguro que ya iba por la segunda botella de ginebra y estaba muy oscuro, porque si no, es que no se entiende. Tu madre es muy fea, Olaia, qué quieres que te diga. Tienes cara de no estar escuchando una palabra de lo que te digo...

5 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 3


Malnacido. Estúpido. Idiota.
Que quería decir por qué te has ido. ¿Por qué te has ido así, tan pronto? Como si todo te importara nada. Como si no tuvieses corazón.

Olaia siempre lleva un espejo en el bolsillo nadie sabe para qué.

Malnacido. Estúpido. Idiota.
Que en el idioma de los pájaros, obviamente, significaba algo así como que si el chico del balcón se iba a tomar las cosas tan al pie de-la-le-tra, a lo mejor la próxima vez en que se vieran ella le volvía la cara.

Deberías haberte quedado a ver como me levantaba.
Malnacido.
Yo me hubiera puesto de color bonito. Para ti. Toda valiente. Como cuando me desnudo frente a la ventana. Para ti. Porque eres lindo y tienes la boca rosa y un jersey de a cuadros que te queda estupendo y porque tengo diecisiete años y nadie me ha besado todavía. Ni un poquito. Ni de lejos. Les da miedo mi jaula. Una vez escuché en los pasillos del colegio que ahí iba la que orina de pie. La que no dobla las rodillas. La hija de la Vasca.
Estúpido.
Una vez mamá me llevó al mar. Y me puso a flotar en sus brazos. Y al rato me soltó como quien suelta a un niño que aprendiera a montar en bicicleta. Y el cielo era tan azul allí. Y el agua hablaba tan bajito.
Mi espejo no se ha roto. El vestido en cambio habrá que lavarlo tres veces.

Idiota.

Esta noche cerraré las cortinas.

Y mañana me compraré un lazo. Un lazo celeste y brillante que me recoja el pelo.

No vamos a llorar, ¿verdad, espejo? Nunca lo hacemos. ¿Y recuerdas la tercera operación? Se podían sentir los tornillos clavándose en el hueso. O la vez que el primo Alberto me tocó con la punta del dedo a ver si era de goma. Y nunca lloramos. ¿No es cierto?

4 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 2




Olaia sin la jaula era como un árbol tumbado por un rayo en mitad del camino, o parecía, tan hermosa sobre el barro, un ángel del cielo recién caído. Y así la encontró Mario. Medio rota. Y esto fue lo que pasó:

“-¿Te saco de ahí, o también me vas a poner mala cara?”.

Porque Mario, desde el balcón de enfrente la había visto en alguna ocasión renegarle a la Vasca que no la ayudara a ir del tocador hasta la cama, que ella podía, podía andar tres metros y hasta cuatro sin corsé y sin dar con los huesos en el suelo con poco que agarrara el pomo de una puerta o el quicio de algún mueble.

Olaia había salido al jardín porque hacía buena tarde y quiso ver de cerca un mirlo que sacaba del suelo una lombriz del tamaño de un dedo y quiso preguntarle en el idioma de los pájaros, obviamente, como era de frente el viento en la cara cuando volaba. Con tan mala suerte que aquel artilugio que llevaba debajo del vestido se enredara entre las ramas de una adelfa y la hiciera virar hacia babor y luego hacia estribor y así hasta acabar naufragando de boca sobre un charco.

“-Yo puedo sola”.

29 de julio de 2017

Olaia y la montaña mágica

La niña de la vasca parecía una jaula. Llevaba un corsé de calamita y tornillos de titanio hasta media rodilla como uno de esos maniquí de principios de siglo desde que el día en que en su cuarto cumpleaños le dio un pasmo soplando las velas de la tarta y tuvieran que llevarla como si fuera un trapo mojado colgando en brazos donde el médico y el médico se la quedara mirando con cara de cómo se lo digo y a la Vasca, que tenía unos ojos muy grandes y azules por no decir que no tenía más que pellejo pegado a los huesos y una nariz extraordinariamente grande, como de broma, se le cayeron dos bolas de billar al suelo burdeos de mármol porque a la niña, habría que vestirla de reja de jardín el resto de su vida.
La vasca, que de bonito por fuera sólo tenía de nombre Begoña, se había afincado hacía poco en una casita a orillas de un arroyo que pasaba por el sitio de casualidad porque una vez las lluvias habían derrumbado una linde y le había desviado el curso-la lluvia siempre tiene la culpa de algo- y desde entonces, se le podían ver flotar encima barquitos de papel, cartas de amor o un gato muerto.
La Vasca se trajo un marido, veinticinco mil mil duros de entonces de la venta de un viñedo de uva blanca y un señor con perilla que podía ser su padre y que no usaba nunca ni ropa interior ni calcetines porque decía que para un sibarita esas cosas sobraban. Nadie sabía, a ciencia cierta, quien era el padre de Olaia. La Vasca tampoco. Así que andaban desde siempre los tres juntos, como un miércoles, como las piñas en racimo, con el único fin de que los días a Olaia no le pesaran tanto como aquel armazón de costillas de barco que ella llevaba con la resignación de una virgencita de escayola colgada en la pared sobre la cama, aunque a veces le dijera a su muñeca, por supuesto en voz baja, siempre de noche y siempre junto a la ventana, que nunca sería un pájaro.
Y miraba el cielo. Y la Vasca aparecía por detrás y le pasaba el pelo por el hombro y la besaba en el cuello y le cantaba su canción preferida y después la sentaba en sus rodillas y con dos dedos le ponía la barbilla bien derecha y le decía que para ser feliz no había más que desearlo, o tú te crees que con esta nariz, no sé de que hablo. Y se reían. Porque era verdad.

Y un día Olalla cumplió los diecitantos. Y después vino Agosto. Y Agosto trajo a Mario. Y con Mario, lo rojo en las mejillas donde antes, sólo era el talco: hacía calor y era tan tarde y había tantas lucecitas que mirar por la ventana ahí en lo negro mientras mamá le quitaba los cerrojos al corsé para bañarla y qué casualidad, que como al arroyo que pasaba por delante de la casa, a Mario un sofoco le había levantado el sueño y lo había extraviado de pronto y a aquella misma hora hasta el balcón, justo en el glorioso instante en el que Olaia le mostraba al espejo sus panes de trigo recién hechos, tan blancos. La Vasca se dio cuenta; pero como la niña le mantuvo a Mario la mirada como una legionaria, no dijo nada y la dejó allí sola mientras llenaba de agua tibia la bañera, el tiempo suficiente a que lloviera.


22 de julio de 2017

No vuelvas a quemarme con la plancha y te lo juro, no tiraré por el balcón tu gato nunca más.


A veces, te odio tanto, que te cortaría en trocitos con el filo de una hoja de papel y los mandaría por separado y por correo aéreo a diversos puntos lejanos entre sí del planeta envueltos en unas lindas cajitas con lacitos rosas hechos con amor, y otras, te comería con las manos como a un muslo de pollo, una mazorca de maíz, un huevo frito, mojando pan, dejando que resbalara por mi boca abajo un caldo de sandía, que mis ojos en blanco, que la sed, que la carne del verbo, que chuparse los dedos, hasta lo salvaje, hacia lo más terriblemente cierto.

A veces te arrancaría el corazón y lo metería en el microondas hasta que reventara como un puto globo. Otras te la meto tan al fondo que te enciendes como una bombillita, y lo gritas todo, todo, todo.
A veces, pero ya no sí no; la mierda de caballo; la horda qué eres; mi Jekyll and Hyde; los restos de naufragio; los solos de trompeta; cristales rotos. Otras cunnilínguicos y sofisticadamente cerdos, habitantes del almíbar, barquitos de papel surcando espejos, piezas de Lego, lombrices que se abrazan en el barro.

A veces, mientras duermes, pienso cosas raras. Otras, cuando despiertas, aún sigo ahí. Como un milagro.

A vces me fltan ls plbras, pra expsr l asco que m das.

Otras me invento que Ayaynoparessiguesigue, es nuestro himno nacional.

18 de julio de 2017

Yo me perdono


A mi manera, soy feliz. Soy feliz viendo como dan vueltas las bolsas de plástico en el suelo, como giran y giran sin moverse nunca del mismo sitio y de repente, un aire se las lleva a vivir grandes aventuras. Pero no soy feliz cuando un señor don jefe quiere subirme el sueldo para que se la chupe. Yo ya te la chupo si eso a lo mejor un día. Pero no me sobornes cabrón. Soy feliz en realidad con casi cualquier cosa. Si me encuentro una piedra bonita, la guardo en el bolsillo y soy feliz. Si casi me mata un automóvil porque voy distraído pensando en tonterías, soy feliz. Porque no me ha matado. Soy feliz cuando veo el sol otro día más y pienso, joder, no hay quien pueda contigo mundo, ahí estás otra vez, radiante, a pesar de tanto hijo de puta suelto. Soy feliz cuando mojo las galletas en la leche. Cuando alguien me quiere joder el día. Porque de paso saco a mear a los lobos. ¿Por qué la gente se empeña en tocarnos los huevos? ¿Se aburren? ¿Es una hormona? ¿Disfrutan? No lo sé. Ni quiero. Cada vez me interesan menos cosas. Y otras, más. Los violines por ejemplo. ¿Lloran? ¿Se ríen? ¿Van por la noche a la nevera a comer helado? Soy feliz cuando menos me lo espero. Cuando me traga por ejemplo la boca del metro y delante, en las escaleras mecánicas, una flor se pasa por detrás de las orejas la melena y así con toda aquella tormenta pelirroja al viento va dejando tras de sí ese olor a magdalenas y a vainilla y a pecas que lo hace soñar a uno que de un momento a otro se va a volver y va a decirte que te quiere y que eres el amor de su vida y que quiere tener muchos niños contigo y que por qué no empezamos ahora, aquí, antes de que lleguemos abajo y despertemos. Soy feliz cuando meto la mano en el bolsillo y me encuentro una piedra bonita. Cuando escucho a los músicos ambulantes cagarse en la vida con sus altavoces a toda hostia y esa sonrisa en la cara de me la pela todo, menos mi puta guitarra. Vete a tomar por culo, Marie Louisse. Pero no soy feliz cuando alguien quema al tío que dormía en el cajero con gasolina. Soy feliz cuando dejo la cama sin hacer. Cuando debajo de la lluvia. ¿Que para qué? Para mojarme. Soy feliz cuando me quedo sin un céntimo, y algo en mí me recuerda que no es tan importante. Soy feliz mirando el cielo. No sé exactamente para qué. Pero es que es tan azul. Soy feliz conmigo a solas. Aunque tenga esta cara. Soy feliz si me equinoccio, total, cualquiera se equinoccia, el caso es aprender a ser más humano. Soy feliz cuando escucho las sirenas en la noche de los coches de la policía y los perros ladrándole a la luna en los charcos y el borracho de la esquina vomitando otra vez en el parquímetro y sé que la vida continúa. Soy feliz cuando me asomo a una ventana y no tengo ganas de saltar. Soy feliz con un trozo de pan. Con todas estas cicatrices. Con este pelo blanco. Cuando suena este vals. ¿Lo escuchas? Es lo bueno de estar un poco loco, que puedes tener toda una orquesta en la cabeza completamente gratis. Soy feliz con tantas cosas que a ratitos soy feliz. Mi tren se va, por cierto. Ya vendrá otro. Al fin y al cabo, esto es una estación.



17 de julio de 2017

Click

Era bonito cuando yo te cortaba de ras la cabeza en la fotos con unas tijeras.
Cuando explotaba  algo y cambiaba de pronto el color de las paredes.
Cuando si alguna vez la tuve me quitabas la razón y le ponías
encima un par de huevos fritos
y mojabas pan y me mirabas así tan fijamente y me decías
pásame la sal.
Y estábamos tan vivos y brillabamos tanto que el fuego podía verse desde lejos.
Y mi espada y tu espada buscando el corazón.
Y aquella sangre hirviendo como conjuro de  caldero.
Y las balas silbando otra vez nuestra canción.
Era bonito como el hongo de Hiroshima
hacer presa en la  carne como perros.
Morir una y otra vez en el intento
sin que ninguno usara la toalla de bandera blanca.


Y también era triste. 
Triste y pequeño como un pájaro muerto en mitad del jardín .

16 de julio de 2017

Complain


Los padres de la tierra agarran a sus hijos por detrás mientras aprenden a montar en bicicleta y sólo los sueltan cuando saben que están preparados para decir, mira papá, yo solo. Los padres de la tierra, como están hechos de barro, enseñan también a sus hijos a mantener alta la frente, a no arrodillarse ante nadie, y a que no vas al infierno si no te comes toda la sopa. Los padres de la tierra, si se equivocan, piden perdón desde los pies de la cama. Y luego te leen un cuento. Uno con espadas o dragones o barcos que zarpan a quién sabe qué mar en busca de tesoros. ¿Tú sabes leer cuentos?
Los padres de la tierra van a la final de la liga de fútbol del colegio a verte. Se sientan allí con sus caras de tonto a gritarte que eres el mejor, que tú puedes, que recuerda, todo lo que no se intenta, es un fracaso. Y aunque no metas un gol, ese día puedes comer todo el helado que quieras. Estos padres de carne cuando te abrazan, están tibios y suaves y están bonitos cuando te secan la cabeza con una toalla. Te cogen de los mofletes así y y y aunque quisieras cortarle las manos, en realidad estás deseando, y aunque todavía no lo sepas, cuando seas grande y llegues al mueble donde mamá guarda las galletas de chocolate, te acordarás de cosas como esas o de como al apagar la luz, desde la oscuridad, su voz te decía, no tengas miedo, yo estaré aquí, al lado.

Tú dices que estás en todas partes.

13 de julio de 2017

El hermano feo de Pitágoras

… mi vida sería sencilla como un martes
como un bate de béisbol
como un huevo cocido
y una media luna en el hall donde colgar el sombrero.

Te echaría de menos, claro, como si tuviera
una pata de palo
o mucha mucha sed.

...caminaría tanto. Sería tan.
Sin reloj de pared sin peine sin zapatos.
Sin tener en qué brazos morir cada noche.
Dormir en una rama.
Dejar atrás Yakarta, Illinois, Shangri-La.
Sin preguntarle al mar más tonterías.

Director de una orquesta de grillos
apagador de bajovientres
funambulista en la barra de un bar
doctor en gases nobles, cualquier cosa.
Ya nunca más sería grande. Ni me pondría una corbata.

Habría días, como meadas cuesta abajo sin ti.

Podría disparar a los patos poemas y corcheas
cabalgar en tío vivo; montar en avestruz; no quitarme nunca la nariz de payaso.
Podría ser, feliz.
Incluso.
Quién sabe.



11 de julio de 2017

Siempre hay alguien mirando



Las amapolas de cuneta; el tic tac de los relojes; la araña de la ducha
lo que hubiera
detrás de las esquinas, la orilla de los platos
esas estúpidas, películas de amor de dos horas y media
sólo por ver cómo se besan en el último segundo, yo
lo amo todo con todos mis ojos
con todas mis manos
con todo el amor
del que es capaz de amar un sólo hombre.

Los abecedarios y los pájaros pequeños
por supuesto las nubes, a poder ser redondas
cada farola que se encienda esta noche, cada vez, que un ángel pasa por mi lado oliendo a Cacharel, a rosa, a lirio, yo
que lloro cada muerte aunque no sea la mía
amaré siempre lo que quede del día,
los caracoles y el jabón y las cucharas y la nieve y esa luz en la gente
cuando creen que nadie las ve.

Las tuercas; los tornillos; las ruedas de los coches
el Buuu de cualquier barco, lo que quiera que traiga mañana la marea.
El litio y el sodio, el manganeso.
El eco.
Los moños que se hacen en el pelo las sirenas.
La música del grillo.
El olor a mojado.

Because it rains, and I am alive.

10 de julio de 2017

It's over there


Y si por algún motivo no puedes alejarte de lo que te lastima, métete dentro, lo más dentro que puedas de ti hasta que sólo escuches como sopla el viento entre las hojas de los árboles. Déjales el pellejo para que lo devoren. Pero no te rindas, porque si lo haces, no volverás a encontrar el camino de regreso y no harás otra cosa que vivir una vida que no será la tuya mientras ves como tus sueños se pudren delante de ti y terminas tus días convertido en tu peor enemigo. Si eso no te importa, ya no te importa nada. De hecho ni siquiera estás aquí. Prácticamente, no existes. Habrá quien piense en afilar sus armas y luchar, en soltar los perros negros de la noche, en izar cualquier bandera y matar en su nombre, y sí, cómo no, a quien a hierro mata, a hierro habría de morir. Pero no puedes matar a todo el mundo. Al tipo que le grita a su novia, a la señora que se cuela en la cola del supermercado, al jefe aquel que te despidió por quedarte embarazada, al puto presidente de la confederación intergaláctica de políticos corruptos, al vecino de arriba cuando te quema la ropa tendida porque no se apaga las colillas del cigarro en los cojones, a tu padre, que hablaba a hostias. Yo lo he intentado y a lo más, he matado tres moscas a la hora de la siesta.

He visto flores tan hermosas, crecer donde la luz ni siquiera se atreve a asomarse.  

9 de julio de 2017

Calentar a 180º durante toda la vida. Servir.


A las cinco y veintitrés minutos de la madrugada del lunes abrí como todos los lunes la puerta del aseo de señoras de la planta siete y encontré a la señora Li sentada en el retrete de uno de los baños completamente muerta. Sé que era lunes porque la señora Li tenía entre de los dedos el móvil, y la hora brillaba con números verdes en la pantalla y sé, que estaba muerta como un tronco seco porque tenía los ojos abiertos y no dijo nada. Normalmente era una de las pocas personas que daban los buenos días cuando entraba a los servicios, y a veces, sonreía y hasta me preguntaba que si how are you all right, a lo que yo le respondía con un I am always happy y un no me importa que me pise el piso mojado.
Tenía las bragas bajadas por debajo de las rodillas, el bolso colgando de un brazo y un calcetín por el tobillo. Las gafas ladeadas y una biblia de bolsillo en el regazo. Miraba la lámpara del techo como si la luz fuera lo único que le hubiera importado en los últimos momentos de su vida. Aún tenía color en las mejillas, y todavía estaba tibia. Había también una barra de lápiz de labio en el suelo, con el que la señora Li había escrito en la pared, por qué me has abandonado. Justo al lado, vacío, un bote de pastillas para no sentir nada.

La dejé un rato más a solas antes de avisar al conserje. Por si quería despedirse de alguien.

8 de julio de 2017

Cuélgame de un clavo en la pared


Aunque a veces el techo se nos caiga encima
aún habrá cosas bonitas en la vida:
la moto aquella por ejemplo de cuarenta y cinco que tuve en los ochenta y que cogía los noventa y que casi me mata siete veces.

Cosas que quepan en una caja de zapatos; un bolsillo; el corazón,
pequeñas y suaves como el primer beso.
Como la gente dormida en el vagón del metro de regreso a casa.
Como los ojos de un caballo.
Como mi madre.
Mi primera cuchilla de afeitar.

Cosas sin mí que ocurrirán de todos modos. La luz: el agua, tú
descalza sobre las madreselvas.
¿Quién no ha escuchado la misma canción seiscientas veces?

Aunque ya uno no lata.
Aunque ser ya no sea.

Alguien sabrá quizás que las cortinas, nunca bailaron solas porque sí.

29 de junio de 2017

Por el ojo de una aguja


Si alguna vez tuviera un norte que perder
tendría el pelo negro como tú
y la anilla de una M26 entre los dientes.

Si habraraquetuviese que abrazar por lo que fuere alguna fe
me aferraría a tu cintura como a un árbol
hasta que pasara el tsunami.

Y aunque me encantaría ver como la coz de un mulo te arranca de cuajo la cabeza
siempre te amaré lo suficiente, así bonito, como un diente torcido.

25 de junio de 2017

Way



O eras a veces una calle cualquiera con paraguas y a veces una flor y otras
el pie de una montaña y a veces, el amor y entonces
fue cuando me senté a mirar aviones
y pensando en ti, pensando en ti
se me hicieron las cuatro de la tarde.
Por eso no he fregado. Y la cama está igual, oliendo a eso. Ese eso.
Pero mira la casa, tan llena de vida y de cosas por en medio.
Así que la he dejado como estaba: desordenada, perfecta, calentita como un nido.

Y es que tú más bonita que la luna.
Y es que tú que la orilla del mar.
Que una cacerola.
Que la rueda de un camión.
Que un chicle pegado a la suela de un zapato.
Bonita de ponerme los pelos de punta. Como un perchero.
Como uno de esos Porches Carrera 911 con una chica dentro y el pelo enredado.
Como un cactus de ordenador.

Una cosa tan pequeña no podía ser mala, pensé, alguna vez, hace ya tiempo.

Y es que tú, es que tú...tú y tus piernas de pollo de pelea. Tu culo de toro. Tus tetas de cierva.
Tu voz de campanita del recreo.

¿Sabes por qué te quiero?
Yo tampoco.

18 de junio de 2017

Bricopollas


Ocho y media de la tarde del bla bla bla del año de nuestro señor tal y tal:

“-Tienes que colgarme esas repisas. ¿Te acuerdas? Para poner mis cositas”.

Cositas= a cuatro tonelada de cajas y cajas llenas de dios sabe qué; libros; archivadores; lápices y rotuladores; gomas de borrar; sacapuntas; libretas...

Nueve de la noche de otro día cualquiera más o menos soleado:

“-Y también me gustaría que inventaras algo para poner el papel del váter en el baño porque...”

Dos de la madrugada del día menos esperado:

“-Y cuando acabes me encantaría que arreglaras el cajón de mis zapatos”.

Que lo ha roto ella. No se pueden meter 132 pares de zapatos en un cajón de 30x60. Revienta. Se llama mecánica de fluidos, o que ya no cabe más desde agosto del año pasado.

10623 tornillos; 63 martillazos en el dedo gordo; 7645 agujeros de taladro; 987 vueltas de tuerca; 86 litros de pintura; cuatro serruchos desdentados- sangre-; 12 descargas de doscientos veinte voltios-sudor-; la vez que me caí de la escalera-y lágrimas-.

Porque la quiero más que a un ocho. Y ni siquiera sé por qué.

Tres y media en punto de hace un rato:

“-La puerta del ropero ya no cierra”.

Esa es mi chica...

10 de junio de 2017

El extraño artilugio de tú y yo


...escaleras abajo rodando como una mandarina.
De un sexto piso o de un avión o de la-la-la-la-la luna.
Si acaso extenuados terminamos derramados en la cama como lluvia.
Si un rayo nos parte en dos mitades o el mar nos arroja contra un iceberg.
Qué importa: siempre caemos de pie como los gatos
o un par de hielos en el mismo On the Rocks.

5 de junio de 2017

Un agujero en el bolsillo


Mi hoja de servicios tiene
más manchas que la ropa interior de John Mc Clane:
“-Mi sueldo es tuyo; mi polla es tuya; mi lado de la cama y el nórdico de Benetton.
La clave del candado de mi bici.
Mi colección de flores muertas.
La foto donde salgo sin cabeza.”

Trabajo para una multinacional.
Limpio los inodoros y toda esa mierda
y podría jurar sobre The Holy Bible,
que lo hago con todo mi amor.

Esa es mi manera de salvar el mundo.

3 de junio de 2017

Y batir tu propia marca, como si fueran alas


Ya sé que soy un niño grande. Pero también sé que es la única manera de llegar a ser un hombre grande. Conservar la ingenuidad y la ilusión y las ganas de vivir con las que vine a este mundo. Sé algunas cosas, y otras no. Sé que si en reiteradas ocasiones distintas personas con puntos de vista diferentes me hacen observar la posibilidad de que mis actos sean los equivocados, existe un tanto por ciento muy elevado de que lleven razón. Ahora yo decido si quiero cambiar eso, o no. Y sí quiero. Porque es bueno para mí y porque es bueno para otros y porque si es bueno para otros, es bueno para mí. Además no me cuesta o me cuesta cada vez menos adoptar otra actitud por el bien común y el mío propio, sería, una estupidez negarse a un cambio así, tan grato y seguir día tras día librando una batalla contra el mundo y contra uno mismo imposible de ganar. Por mis actos me conoceréis. Porque los actos son la manera infalible de demostrar de lo que uno es capaz. Y hablando de amor, amor, sólo por ti llegaría tan lejos. A lo largo de mi vida muchas personas me han dejado en el corazón trocitos de ellas, sabios consejos y con tanto afán, el deseo de que algunas facetas de mi carácter mejoraran. Y tal vez no de inmediato; pero al cabo de tal vez los años uno comprende y se da cuenta de tantas buenas intenciones y de que si eres lo suficientemente íntegro como para poner en práctica lo que es patente que tienes que hacer contigo y tus defectos, dará sus frutos, como me ha demostrado, semillita a semillita, el tiempo. ¿Qué gano con tan ardua tarea? Calidad de vida. Paz. Esa que tanto añoramos en este mundo difícil. Y sobre todo, que se te dibuje en la cara una sonrisa cuando haces a otros feliz. Creo que no hay nada más hermoso. Aunque tal vez las patas de los pájaros. Es muy fácil ser uno mismo. Es lo más fácil del mundo. Ser como uno quiera que sea con todos sus antojos todo el tiempo sin tener en cuenta más que el placer inmediato que produce el egoísmo. Pero lo cierto es que ningún camino fácil llevó nunca a ningún sitio. También no es menos cierto que en no pocas ocasiones dan ganas de mandarlo todo a la basura, por ejemplo, a las persona que más quieres. Como no lo es menos que acto seguido te arrepientes y ya, casi siempre es tarde porque los caminos cortos por regla general acaban por costumbre en un callejón sin salida. O acabas solo. O acabas con la esperanza, tan azul, de quien se cansó de esperar que hicieras algo. Algo bonito, por ejemplo, dejar a un lado la soberbia, la ira o la incongruencia de creerse único. Algo como respirar hondo hasta que se te pase tanta tontería de vivir del revés. Algo que no sea mirar la paja en el ojo ajeno, algo saludable para la convivencia con los demás, algo suave como una caricia o un beso sin palabras. A veces las palabras, están de sobra. Los besos nunca. Y sin ser yo nadie o así lo considero, no deja de ser obvio que lo blanco es blanco y lo negro negro y que al mirarte al espejo, alguna vez, te darás de bruces con lo que eres. Juzgar a los demás es, por inercia, una fea costumbre. Pero tender la mano en cambio, las veces que sean necesarias, es por lo contrario una costumbre que todos deberíamos, aunque ninguno nos guste esa palabra, adoptar en nuestro día a día. Yo he tomado este camino, otros, libres como son, sabrán elegir el suyo. Y si te equivocas, paga tus platos rotos y sigue adelante, porque el camino nunca se acaba, no hay un final, sólo horizonte, y de ti depende cuajarlo de hermosos árboles o puestas de sol o noches sin tormenta, o por el contrario de infiernos de los que no sabrás salir, como de los más profundo de un pozo. Ama, conduce y ama; cocina y ama; lávate los dientes y ama; coge el autobús y ama; friega los platos y ama, y cuando te acostumbres a amarlo todo, casi no te costará nada poner la otra mejilla y tal vez para sorpresa tuya encuentres que nada volverá a hacerte daño. Si por si acaso te parece demasiado complicado dar el primer paso, te diré, de cobarde a cobarde, que todos los demás serán más fáciles, y que cuanto más y más camines hacia donde quiera que sea que vayas, menos mirarás hacia atrás aunque no sepas exactamente que te espera adelante. Todo lo que merece la pena, empieza con un poco de miedo.



28 de mayo de 2017

A la sombra de un árbol en Hyde Park


Estas palabras que te digo ahora así bajito amor al oído a la primera luz de un alba más de la mano contigo puf puf puf están escritas con la espuma de aquel mar que tanto contemplé cuajado de estrellitas que brillaban temblorosas en el agua a la puesta de la tarde como perlas del Caribe y tú no estabas, de gotitas de lluvia sin paraguas esperando un autobús de donde nunca te bajabas, de niebla y de horizonte, de lágrimas redondas, transparentes y saladas, que caían como el plomo sobre todas las cartas que jamás terminé de escribir, te. Este idioma invisible que casi te susurro amor y que sólo la miel de tus ojos pueden ver, este garabato, estas patas de araña tejiendo que te quieros en el lienzo tan blanco del papel, esta manera jeroglífica, secreta, sólo nuestra, de alumbrar el camino.  

27 de mayo de 2017

Buenos días, mundo



Libarte one to one todos y cada uno de los dedos de los pies con esta hambre perenne de cien siglos, colibrí; oso hormiguero; lunático; insectívoro. Un bufé de cartílagos.
Servirme de segundo un hueso de tobillo y un poco de esa salsa que gimes terminada en h.
Tirarme en tobogán hasta las corvas con los ojos vendados y caer en picado, albatros,
como Jhonny Weissmuller sobre el rastro cristalino aquel de caracol de tu triángulo.
Desabrocharte.
Morirte tú. Morirme yo. Como sea que se muera de amor.

25 de mayo de 2017

Érase una vez, y otra, y otra.


Y allí estaba toda ella arrodicuclillada sobre aquel césped tan green dando de comer con sus cinco deditos a los patos del parque migas de pan de centeno en el pico un día tan bonito y soliazuleado de cuento de Disney a las cuatro más o menos de la tarde con nubes redonditas de Botero y flores con carita de no haber roto nunca un plato y toda ella, cuak cuak, San Francisca de Asís casi.

Hasta que un pájaro de aquellos tuvo la idea genial de picarle el esmalte de las uñas, y a la segunda que intentó quitarle de la mano que le daba de comer una hogaza, la tarde se tornó tan oscura como la boca de un lobo y de dentro de ella toda ella le salió un demonio por los ojos y le dio al pato un puñetazo tal y tan certero como el golpe de un martillo sobre un clavo y el pato cayó muerto de ipso facto tan seco como un palo y con los ojos abiertos, boca arriba, y tieso.

Antes de que nos viera un guardia nos fuimos de allí disimulando que a aquella criatura de Dios le había dado una subida de tensión así de pronto y que por eso parecía un pollo de supermercado, tan quieto en la sección de congelados.

Joder pato, en qué estabas pensando...


18 de mayo de 2017

Habrá la puerta


¿Quién no tiene una historia? María es gallega y me cuenta porque sí que ya no tiene dientes porque un día despertó después de seis semanas en coma y ya no estaban. Ni tres dedos de los pies ni casi todo el pelo. Le cayó encima una lavadora mientras hacía mudanza y no hizo caso de los cardenales en la pierna y aquello empezó a ponerse negro y una mañana se durmió y cuando abrió los ojos su segundo marido ya estaba al quicio de la cama de la habitación 111 diciéndole la suerte que tenía de seguir siendo bípeda. Que qué guapa está. Qué cuánto la ha echado de menos. Me cuenta que las hijas no son suyas pero sí, que la madre de Bet murió en el parto y que Maya tenía cinco años y, que desde entonces, son sus hijas. Bet estudia en Nueva York para abogada y la pequeña ya tiene dos bebés. José falleció hace tres años. Era portugués. Un trozo de pan, dice María.

Miro la sonrisa de la gente mientras camino y me pregunto qué historias, qué sueños, qué fronteras cruzaron y qué mares y qué bocas los besan o cuál promesa les queda todavía por cumplir. Tan hermosos. Tan vivos. Tan iguales a mí. Tan aquí, el único sitio donde merece la pena seguir levantándose cada día a por más aire que llevarse a los pulmones. La vida, da igual, seguirá ahí fuera esperando. Con sus árboles frutales y sus tiendas de especias y sus patios del recreo y sus camas con dos lados. Uno para ti. Otro para alguien. Con sus triángulos de pizza y sus mapas donde poner el dedo y toda esa luz. Toda esa luz...

17 de mayo de 2017

Sweet and bitter



Podría-si quisiera-, vivir sin ti.
Sin tu abrazo de puzzle ni tu beso tornillo ni tus manos tenazas
quitándome granitos con las uñas de la espalda.
No amanecer contigo y que saliera el sol seguramente por el Este
ni bendecir la mesa y comer latas de albóndigas en vez de
las rosas aureolas de tus tetas perfectamente circulares. Sagradas.

Podría hacer crucigramas.

O tirarme por una ventana. Y volar. Como un globo.

Podría hacerme pajas pensando en Zaratustra o Julia Roberts o Gaudí.
Podría ver cincuenta veces Thelma y Louise.
Cruzar la Vía Láctea en una cáscara de nuez.
Dar de comer a las palomas el resto de mi vida.
Podría nunca más ir de la mano a merendar con la niña de tus ojos.
Construir la torre Eiffel con todos mis cepillos de dientes o no
lamerte los dedos de los pies, morderte el cuello, olerte toda como un perro.

Podría. Pero no puedo quiero.
Porque tú eres mi guerra y mi planeta y mi pequeño monstruo.
El germen.
La tinta de todo lo que escribo.

12 de mayo de 2017

Sólo hay camino




Hoy me he despedido de Wenty-Wenty es mi bici-mientras volvía por el mismo camino la última vez, a casa del trabajo:
“-Me ha gustado conocerte Wenty. Me has llevado a sitios bonitos y fue agradable las veces que llovía y tú y yo debajo de un paraguas...
No puedes venir allá donde me voy”.

Una vez enterré unos zapatos. Hasta recé una oración. Tiene que haber un cielo para los zapatos. Para aquellos, seguro.
Y recuerdo que antes de soltar de mi mano mi sombrero por la ventanilla de aquel tren, sonaba el Layla de Eric Clapton.

8 de mayo de 2017

Más de eso que tienes en la boca


Y te pitufo y te derramas y sube la vecina a ver qué coño está pasando que le llueve en el cuarto de baño y por supuesto, te echo la culpa a ti como si fueran palas de arena en tu entierro y te cubro de mierda hasta los ojos: “ella, ella, ha sido ella, siempre es ella, que se pasea por ahí con esas braguitas y a mí me entra un hambre, señora, de carne cruda que no puedo, no puedo y me abalanzo y ella ¿sabe?corre porque sabe que es mi cena y me tira platos de canto y lo que pilla o un zapato o la lavadora o un submarino. Y entonces tú te sacas un papel de entre las tetas y lo enseñas y le dices: “pero tenemos un seguro contra aquí te pillo aquí te mato que cubre hasta el 80 por ciento de los daños”. Y la vecina te contesta que la próxima vez que se le hunda el techo llamará a la policía, a los hombres de Harrelson, al teniente Colombo. Que estáis ya muy grandes. Que qué coño os pasa. Que no tenéis vergüenza. Ni ropa puesta. Gentuza. Tanto amor debería estar prohibido.

Cuando se va escaleras abajo hablando sola de que a ella nunca nadie le ha llamado la atención-qué triste-, y menos a las tres de la mañana-qué horas-, nos hacemos un té bien caliente para el susto y como a ti, las cosas nunca se te olvidan, me lo tiras por la espalda y grito como un pollo-como un pollo que grite-, que te voy a matar. Cuando te coja claro. O te dejes. O te quedes sin vajilla que tirarme a la cara.


6 de mayo de 2017

Expediente X


Aquel día pasó algo.
Si yo hubiera creído alguna vez en algún dios habría jurado,
que fue un puto milagro.
Si hubiera sido astrónomo supongo que le hubiera puesto un nombre raro:
planeta enano K7232, por ejemplo.
Pasó que me miraste y te miré y todo lo que había alrededor
-las sillas y las mesas y los platos y los autobuses,
las grandes avenidas, las latas de refresco y las señoras
en las peluquerías o los paraguas-
suelo incluido,
desapareció.

Si hubiera sido mago...¿Y alquimia? No, tampoco. No se trataba de la tabla periódica
ni
de la fusión de dos átomos ni por supuesto, qué tontería,
de una maldición.

Sólo el olor de los naranjos, y en la miel de tus ojos,
el amor.

Joder, yo sólo pasaba por allí.


4 de mayo de 2017

Salmo 22


Te odio. Te odio que te cagas desde el día que te conocí. Yo creo que antes. Porque de algún modo te imaginaba así: mitad mujer mitad huevos de borrico. Ya te odiaba desde hacía ya tiempo antes de que te pusieras debajo de aquella farola y abrieras tu fresita y dijeras “¿bueno qué, me vas a querer toda la vida o?” sin conocerme de una mierda. Tomé la costumbre ya te digo, desde antes de ti de pronunciar tu nombre antes de dormir. Todas las noches. Y luego soplaba. Te odio y me gusta. Me gusta tanto que me dan ardores y el hígado se me vuelve un estropajo y quiero matarte así, grrrrrrrr-arggggg-cof cof o así: pom pom pom con un martillo grande hasta que te calles. ¿Por qué nunca te callas? ¿Por qué ese hambre de sacarme las tripa y hacerte con ella una bufanda? Te odio. Por eso te quiero tanto.

¿Y yo qué sé? No soy tan listo.

No quiero menos que todos estos años de platos destrozados y mensajes al móvil de me muero sin ti, de dónde estás, de ya voy, ya voy amor, de ding dong y que me abras y saltes a mis brazos como una lagartija y me hagas el amor allí en la puerta como a un perro y me muerdas que lo quieres todo, que mi polla es tuya, que mi alma es tuya, que mi carne es tuya, que cierre los ojos, que todo lo que veo, te pertenece.

Aleluya hermanos, Aleluya.

No cambiaría ni un sólo segundo de nosotros. Ni la vez que me quemaste con la plancha ni me pinchaste con la aguja cosiéndome un botón de la camisa ni la vez que me partiste el corazón sin pronunciar ni una sola palabra. Qué hija de puta. La lágrima perfecta. 005 miligramos. En su punto de sal. Y después tu culo doblando la esquina y yo allí varado como un barco en el Mojave. Y la tarde sin ti. Y las noches sin ti. Y la vida sin ti. Qué aburrimiento...casi me muero.


Somos un puzzle amor, de tan solo dos piezas que forman juntas una palabra esdrújula, ni más ni menos, que de once letras. Somos atómicos plutónicos y azules. Somos de agua. Pájaros. El Big y el Band y su puta madre. Somos la hostia; putos héroes; kamikazes; un eslabón perdido de la especie; locos, muy locos; ratas salvajes, somos, “eso”. Busca en Google. Tiene forma de seta y tras su paso no queda en pie ni un árbol. ¿Y qué? Todo fue amor. A tomar por culo. Es nuestro puto sueño. Atravesar los mares el uno en busca del otro, lidiar batallas épicas, como la vez aquella que apagaste la luz del baño y me diste 37 puñetazos en la barriga porque yo me había acordado de tus muertos o algo; el día que lloraste por mi culpa un mar porque soy tonto que tonto que soy y qué egoísta que sólo pienso en mí. Pues sí. Por eso te quiero toda. O toda o nada. Por eso somos ejemplares en peligro de extinción. Por eso los fuegos artificiales y cagar mariposas todo el tiempo después de tantos años. Porque soy tuyo, aunque no quiera ser de nadie y tú, y tú...te odio cuando pones esa cara de jaque mate.  

30 de abril de 2017

¡Bu!

Un día cualquiera Miss Cooper apareció por la puerta de la casa con un gatito gris a rayas envuelto en su bufanda y un ejemplar muy gordo de Los miserables y dijo hola Qué tal y puso al gato encima de la mesa y preguntó, como si no fuera conmigo, que si aún seguía enfadado, porque la vida, ¿sabes?, me dijo, es demasiado corta y tan bonita- siguió diciendo mientras aplastaba el gatito de un librazo tan seco y certero que las rayas del puto gatito salieron disparadas y se clavaron de punta en la pared-, como para estar siempre esperando.