25 de junio de 2017

Way



O eras a veces una calle cualquiera con paraguas y a veces una flor y otras
el pie de una montaña y a veces, el amor y entonces
fue cuando me senté a mirar aviones
y pensando en ti, pensando en ti
se me hicieron las cuatro de la tarde.
Por eso no he fregado. Y la cama está igual, oliendo a eso. Ese eso.
Pero mira la casa, tan llena de vida y de cosas por en medio.
Así que la he dejado como estaba: desordenada, perfecta, calentita como un nido.

Y es que tú más bonita que la luna.
Y es que tú que la orilla del mar.
Que una cacerola.
Que la rueda de un camión.
Que un chicle pegado a la suela de un zapato.
Bonita de ponerme los pelos de punta. Como un perchero.
Como uno de esos Porches Carrera 911 con una chica dentro y el pelo enredado.
Como un cactus de ordenador.

Una cosa tan pequeña no podía ser mala, pensé, alguna vez, hace ya tiempo.

Y es que tú, es que tú...tú y tus piernas de pollo de pelea. Tu culo de toro. Tus tetas de cierva.
Tu voz de campanita del recreo.

¿Sabes por qué te quiero?
Yo tampoco.

18 de junio de 2017

Bricopollas


Ocho y media de la tarde del bla bla bla del año de nuestro señor tal y tal:

“-Tienes que colgarme esas repisas. ¿Te acuerdas? Para poner mis cositas”.

Cositas= a cuatro tonelada de cajas y cajas llenas de dios sabe qué; libros; archivadores; lápices y rotuladores; gomas de borrar; sacapuntas; libretas...

Nueve de la noche de otro día cualquiera más o menos soleado:

“-Y también me gustaría que inventaras algo para poner el papel del váter en el baño porque...”

Dos de la madrugada del día menos esperado:

“-Y cuando acabes me encantaría que arreglaras el cajón de mis zapatos”.

Que lo ha roto ella. No se pueden meter 132 pares de zapatos en un cajón de 30x60. Revienta. Se llama mecánica de fluidos, o que ya no cabe más desde agosto del año pasado.

10623 tornillos; 63 martillazos en el dedo gordo; 7645 agujeros de taladro; 987 vueltas de tuerca; 86 litros de pintura; cuatro serruchos desdentados- sangre-; 12 descargas de doscientos veinte voltios-sudor-; la vez que me caí de la escalera-y lágrimas-.

Porque la quiero más que a un ocho. Y ni siquiera sé por qué.

Tres y media en punto de hace un rato:

“-La puerta del ropero ya no cierra”.

Esa es mi chica...

10 de junio de 2017

El extraño artilugio de tú y yo


...escaleras abajo rodando como una mandarina.
De un sexto piso o de un avión o de la-la-la-la-la luna.
Si acaso extenuados terminamos derramados en la cama como lluvia.
Si un rayo nos parte en dos mitades o el mar nos arroja contra un iceberg.
Qué importa: siempre caemos de pie como los gatos
o un par de hielos en el mismo On the Rocks.

5 de junio de 2017

Un agujero en el bolsillo


Mi hoja de servicios tiene
más manchas que la ropa interior de John Mc Clane:
“-Mi sueldo es tuyo; mi polla es tuya; mi lado de la cama y el nórdico de Benetton.
La clave del candado de mi bici.
Mi colección de flores muertas.
La foto donde salgo sin cabeza.”

Trabajo para una multinacional.
Limpio los inodoros y toda esa mierda
y podría jurar sobre The Holy Bible,
que lo hago con todo mi amor.

Esa es mi manera de salvar el mundo.

3 de junio de 2017

Y batir tu propia marca, como si fueran alas


Ya sé que soy un niño grande. Pero también sé que es la única manera de llegar a ser un hombre grande. Conservar la ingenuidad y la ilusión y las ganas de vivir con las que vine a este mundo. Sé algunas cosas, y otras no. Sé que si en reiteradas ocasiones distintas personas con puntos de vista diferentes me hacen observar la posibilidad de que mis actos sean los equivocados, existe un tanto por ciento muy elevado de que lleven razón. Ahora yo decido si quiero cambiar eso, o no. Y sí quiero. Porque es bueno para mí y porque es bueno para otros y porque si es bueno para otros, es bueno para mí. Además no me cuesta o me cuesta cada vez menos adoptar otra actitud por el bien común y el mío propio, sería, una estupidez negarse a un cambio así, tan grato y seguir día tras día librando una batalla contra el mundo y contra uno mismo imposible de ganar. Por mis actos me conoceréis. Porque los actos son la manera infalible de demostrar de lo que uno es capaz. Y hablando de amor, amor, sólo por ti llegaría tan lejos. A lo largo de mi vida muchas personas me han dejado en el corazón trocitos de ellas, sabios consejos y con tanto afán, el deseo de que algunas facetas de mi carácter mejoraran. Y tal vez no de inmediato; pero al cabo de tal vez los años uno comprende y se da cuenta de tantas buenas intenciones y de que si eres lo suficientemente íntegro como para poner en práctica lo que es patente que tienes que hacer contigo y tus defectos, dará sus frutos, como me ha demostrado, semillita a semillita, el tiempo. ¿Qué gano con tan ardua tarea? Calidad de vida. Paz. Esa que tanto añoramos en este mundo difícil. Y sobre todo, que se te dibuje en la cara una sonrisa cuando haces a otros feliz. Creo que no hay nada más hermoso. Aunque tal vez las patas de los pájaros. Es muy fácil ser uno mismo. Es lo más fácil del mundo. Ser como uno quiera que sea con todos sus antojos todo el tiempo sin tener en cuenta más que el placer inmediato que produce el egoísmo. Pero lo cierto es que ningún camino fácil llevó nunca a ningún sitio. También no es menos cierto que en no pocas ocasiones dan ganas de mandarlo todo a la basura, por ejemplo, a las persona que más quieres. Como no lo es menos que acto seguido te arrepientes y ya, casi siempre es tarde porque los caminos cortos por regla general acaban por costumbre en un callejón sin salida. O acabas solo. O acabas con la esperanza, tan azul, de quien se cansó de esperar que hicieras algo. Algo bonito, por ejemplo, dejar a un lado la soberbia, la ira o la incongruencia de creerse único. Algo como respirar hondo hasta que se te pase tanta tontería de vivir del revés. Algo que no sea mirar la paja en el ojo ajeno, algo saludable para la convivencia con los demás, algo suave como una caricia o un beso sin palabras. A veces las palabras, están de sobra. Los besos nunca. Y sin ser yo nadie o así lo considero, no deja de ser obvio que lo blanco es blanco y lo negro negro y que al mirarte al espejo, alguna vez, te darás de bruces con lo que eres. Juzgar a los demás es, por inercia, una fea costumbre. Pero tender la mano en cambio, las veces que sean necesarias, es por lo contrario una costumbre que todos deberíamos, aunque ninguno nos guste esa palabra, adoptar en nuestro día a día. Yo he tomado este camino, otros, libres como son, sabrán elegir el suyo. Y si te equivocas, paga tus platos rotos y sigue adelante, porque el camino nunca se acaba, no hay un final, sólo horizonte, y de ti depende cuajarlo de hermosos árboles o puestas de sol o noches sin tormenta, o por el contrario de infiernos de los que no sabrás salir, como de los más profundo de un pozo. Ama, conduce y ama; cocina y ama; lávate los dientes y ama; coge el autobús y ama; friega los platos y ama, y cuando te acostumbres a amarlo todo, casi no te costará nada poner la otra mejilla y tal vez para sorpresa tuya encuentres que nada volverá a hacerte daño. Si por si acaso te parece demasiado complicado dar el primer paso, te diré, de cobarde a cobarde, que todos los demás serán más fáciles, y que cuanto más y más camines hacia donde quiera que sea que vayas, menos mirarás hacia atrás aunque no sepas exactamente que te espera adelante. Todo lo que merece la pena, empieza con un poco de miedo.



28 de mayo de 2017

A la sombra de un árbol en Hyde Park


Estas palabras que te digo ahora así bajito amor al oído a la primera luz de un alba más de la mano contigo puf puf puf están escritas con la espuma de aquel mar que tanto contemplé cuajado de estrellitas que brillaban temblorosas en el agua a la puesta de la tarde como perlas del Caribe y tú no estabas, de gotitas de lluvia sin paraguas esperando un autobús de donde nunca te bajabas, de niebla y de horizonte, de lágrimas redondas, transparentes y saladas, que caían como el plomo sobre todas las cartas que jamás terminé de escribir, te. Este idioma invisible que casi te susurro amor y que sólo la miel de tus ojos pueden ver, este garabato, estas patas de araña tejiendo que te quieros en el lienzo tan blanco del papel, esta manera jeroglífica, secreta, sólo nuestra, de alumbrar el camino.  

27 de mayo de 2017

Buenos días, mundo



Libarte one to one todos y cada uno de los dedos de los pies con esta hambre perenne de cien siglos, colibrí; oso hormiguero; lunático; insectívoro. Un bufé de cartílagos.
Servirme de segundo un hueso de tobillo y un poco de esa salsa que gimes terminada en h.
Tirarme en tobogán hasta las corvas con los ojos vendados y caer en picado, albatros,
como Jhonny Weissmuller sobre el rastro cristalino aquel de caracol de tu triángulo.
Desabrocharte.
Morirte tú. Morirme yo. Como sea que se muera de amor.

25 de mayo de 2017

Érase una vez, y otra, y otra.


Y allí estaba toda ella arrodicuclillada sobre aquel césped tan green dando de comer con sus cinco deditos a los patos del parque migas de pan de centeno en el pico un día tan bonito y soliazuleado de cuento de Disney a las cuatro más o menos de la tarde con nubes redonditas de Botero y flores con carita de no haber roto nunca un plato y toda ella, cuak cuak, San Francisca de Asís casi.

Hasta que un pájaro de aquellos tuvo la idea genial de picarle el esmalte de las uñas, y a la segunda que intentó quitarle de la mano que le daba de comer una hogaza, la tarde se tornó tan oscura como la boca de un lobo y de dentro de ella toda ella le salió un demonio por los ojos y le dio al pato un puñetazo tal y tan certero como el golpe de un martillo sobre un clavo y el pato cayó muerto de ipso facto tan seco como un palo y con los ojos abiertos, boca arriba, y tieso.

Antes de que nos viera un guardia nos fuimos de allí disimulando que a aquella criatura de Dios le había dado una subida de tensión así de pronto y que por eso parecía un pollo de supermercado, tan quieto en la sección de congelados.

Joder pato, en qué estabas pensando...


18 de mayo de 2017

Habrá la puerta


¿Quién no tiene una historia? María es gallega y me cuenta porque sí que ya no tiene dientes porque un día despertó después de seis semanas en coma y ya no estaban. Ni tres dedos de los pies ni casi todo el pelo. Le cayó encima una lavadora mientras hacía mudanza y no hizo caso de los cardenales en la pierna y aquello empezó a ponerse negro y una mañana se durmió y cuando abrió los ojos su segundo marido ya estaba al quicio de la cama de la habitación 111 diciéndole la suerte que tenía de seguir siendo bípeda. Que qué guapa está. Qué cuánto la ha echado de menos. Me cuenta que las hijas no son suyas pero sí, que la madre de Bet murió en el parto y que Maya tenía cinco años y, que desde entonces, son sus hijas. Bet estudia en Nueva York para abogada y la pequeña ya tiene dos bebés. José falleció hace tres años. Era portugués. Un trozo de pan, dice María.

Miro la sonrisa de la gente mientras camino y me pregunto qué historias, qué sueños, qué fronteras cruzaron y qué mares y qué bocas los besan o cuál promesa les queda todavía por cumplir. Tan hermosos. Tan vivos. Tan iguales a mí. Tan aquí, el único sitio donde merece la pena seguir levantándose cada día a por más aire que llevarse a los pulmones. La vida, da igual, seguirá ahí fuera esperando. Con sus árboles frutales y sus tiendas de especias y sus patios del recreo y sus camas con dos lados. Uno para ti. Otro para alguien. Con sus triángulos de pizza y sus mapas donde poner el dedo y toda esa luz. Toda esa luz...

17 de mayo de 2017

Sweet and bitter



Podría-si quisiera-, vivir sin ti.
Sin tu abrazo de puzzle ni tu beso tornillo ni tus manos tenazas
quitándome granitos con las uñas de la espalda.
No amanecer contigo y que saliera el sol seguramente por el Este
ni bendecir la mesa y comer latas de albóndigas en vez de
las rosas aureolas de tus tetas perfectamente circulares. Sagradas.

Podría hacer crucigramas.

O tirarme por una ventana. Y volar. Como un globo.

Podría hacerme pajas pensando en Zaratustra o Julia Roberts o Gaudí.
Podría ver cincuenta veces Thelma y Louise.
Cruzar la Vía Láctea en una cáscara de nuez.
Dar de comer a las palomas el resto de mi vida.
Podría nunca más ir de la mano a merendar con la niña de tus ojos.
Construir la torre Eiffel con todos mis cepillos de dientes o no
lamerte los dedos de los pies, morderte el cuello, olerte toda como un perro.

Podría. Pero no puedo quiero.
Porque tú eres mi guerra y mi planeta y mi pequeño monstruo.
El germen.
La tinta de todo lo que escribo.

12 de mayo de 2017

Sólo hay camino




Hoy me he despedido de Wenty-Wenty es mi bici-mientras volvía por el mismo camino la última vez, a casa del trabajo:
“-Me ha gustado conocerte Wenty. Me has llevado a sitios bonitos y fue agradable las veces que llovía y tú y yo debajo de un paraguas...
No puedes venir allá donde me voy”.

Una vez enterré unos zapatos. Hasta recé una oración. Tiene que haber un cielo para los zapatos. Para aquellos, seguro.
Y recuerdo que antes de soltar de mi mano mi sombrero por la ventanilla de aquel tren, sonaba el Layla de Eric Clapton.

8 de mayo de 2017

Más de eso que tienes en la boca


Y te pitufo y te derramas y sube la vecina a ver qué coño está pasando que le llueve en el cuarto de baño y por supuesto, te echo la culpa a ti como si fueran palas de arena en tu entierro y te cubro de mierda hasta los ojos: “ella, ella, ha sido ella, siempre es ella, que se pasea por ahí con esas braguitas y a mí me entra un hambre, señora, de carne cruda que no puedo, no puedo y me abalanzo y ella ¿sabe?corre porque sabe que es mi cena y me tira platos de canto y lo que pilla o un zapato o la lavadora o un submarino. Y entonces tú te sacas un papel de entre las tetas y lo enseñas y le dices: “pero tenemos un seguro contra aquí te pillo aquí te mato que cubre hasta el 80 por ciento de los daños”. Y la vecina te contesta que la próxima vez que se le hunda el techo llamará a la policía, a los hombres de Harrelson, al teniente Colombo. Que estáis ya muy grandes. Que qué coño os pasa. Que no tenéis vergüenza. Ni ropa puesta. Gentuza. Tanto amor debería estar prohibido.

Cuando se va escaleras abajo hablando sola de que a ella nunca nadie le ha llamado la atención-qué triste-, y menos a las tres de la mañana-qué horas-, nos hacemos un té bien caliente para el susto y como a ti, las cosas nunca se te olvidan, me lo tiras por la espalda y grito como un pollo-como un pollo que grite-, que te voy a matar. Cuando te coja claro. O te dejes. O te quedes sin vajilla que tirarme a la cara.


6 de mayo de 2017

Expediente X


Aquel día pasó algo.
Si yo hubiera creído alguna vez en algún dios habría jurado,
que fue un puto milagro.
Si hubiera sido astrónomo supongo que le hubiera puesto un nombre raro:
planeta enano K7232, por ejemplo.
Pasó que me miraste y te miré y todo lo que había alrededor
-las sillas y las mesas y los platos y los autobuses,
las grandes avenidas, las latas de refresco y las señoras
en las peluquerías o los paraguas-
suelo incluido,
desapareció.

Si hubiera sido mago...¿Y alquimia? No, tampoco. No se trataba de la tabla periódica
ni
de la fusión de dos átomos ni por supuesto, qué tontería,
de una maldición.

Sólo el olor de los naranjos, y en la miel de tus ojos,
el amor.

Joder, yo sólo pasaba por allí.


4 de mayo de 2017

Salmo 22


Te odio. Te odio que te cagas desde el día que te conocí. Yo creo que antes. Porque de algún modo te imaginaba así: mitad mujer mitad huevos de borrico. Ya te odiaba desde hacía ya tiempo antes de que te pusieras debajo de aquella farola y abrieras tu fresita y dijeras “¿bueno qué, me vas a querer toda la vida o?” sin conocerme de una mierda. Tomé la costumbre ya te digo, desde antes de ti de pronunciar tu nombre antes de dormir. Todas las noches. Y luego soplaba. Te odio y me gusta. Me gusta tanto que me dan ardores y el hígado se me vuelve un estropajo y quiero matarte así, grrrrrrrr-arggggg-cof cof o así: pom pom pom con un martillo grande hasta que te calles. ¿Por qué nunca te callas? ¿Por qué ese hambre de sacarme las tripa y hacerte con ella una bufanda? Te odio. Por eso te quiero tanto.

¿Y yo qué sé? No soy tan listo.

No quiero menos que todos estos años de platos destrozados y mensajes al móvil de me muero sin ti, de dónde estás, de ya voy, ya voy amor, de ding dong y que me abras y saltes a mis brazos como una lagartija y me hagas el amor allí en la puerta como a un perro y me muerdas que lo quieres todo, que mi polla es tuya, que mi alma es tuya, que mi carne es tuya, que cierre los ojos, que todo lo que veo, te pertenece.

Aleluya hermanos, Aleluya.

No cambiaría ni un sólo segundo de nosotros. Ni la vez que me quemaste con la plancha ni me pinchaste con la aguja cosiéndome un botón de la camisa ni la vez que me partiste el corazón sin pronunciar ni una sola palabra. Qué hija de puta. La lágrima perfecta. 005 miligramos. En su punto de sal. Y después tu culo doblando la esquina y yo allí varado como un barco en el Mojave. Y la tarde sin ti. Y las noches sin ti. Y la vida sin ti. Qué aburrimiento...casi me muero.


Somos un puzzle amor, de tan solo dos piezas que forman juntas una palabra esdrújula, ni más ni menos, que de once letras. Somos atómicos plutónicos y azules. Somos de agua. Pájaros. El Big y el Band y su puta madre. Somos la hostia; putos héroes; kamikazes; un eslabón perdido de la especie; locos, muy locos; ratas salvajes, somos, “eso”. Busca en Google. Tiene forma de seta y tras su paso no queda en pie ni un árbol. ¿Y qué? Todo fue amor. A tomar por culo. Es nuestro puto sueño. Atravesar los mares el uno en busca del otro, lidiar batallas épicas, como la vez aquella que apagaste la luz del baño y me diste 37 puñetazos en la barriga porque yo me había acordado de tus muertos o algo; el día que lloraste por mi culpa un mar porque soy tonto que tonto que soy y qué egoísta que sólo pienso en mí. Pues sí. Por eso te quiero toda. O toda o nada. Por eso somos ejemplares en peligro de extinción. Por eso los fuegos artificiales y cagar mariposas todo el tiempo después de tantos años. Porque soy tuyo, aunque no quiera ser de nadie y tú, y tú...te odio cuando pones esa cara de jaque mate.  

30 de abril de 2017

¡Bu!

Un día cualquiera Miss Cooper apareció por la puerta de la casa con un gatito gris a rayas envuelto en su bufanda y un ejemplar muy gordo de Los miserables y dijo hola Qué tal y puso al gato encima de la mesa y preguntó, como si no fuera conmigo, que si aún seguía enfadado, porque la vida, ¿sabes?, me dijo, es demasiado corta y tan bonita- siguió diciendo mientras aplastaba el gatito de un librazo tan seco y certero que las rayas del puto gatito salieron disparadas y se clavaron de punta en la pared-, como para estar siempre esperando.

27 de abril de 2017

...que no tienen nombre.


Si yo tu Pablo y tú mi Tata-anilla de granada mía mi Entrerprise mi espada en la batalla-, si
por + que me vacíes por dentro con los filos las tripas de tus garras yo,
te busco en carne viva la boca la boca la boca.
Si aunque me arranques la última lágrima
te amo entre dientes.
¿Quién separa una tuerca de un tornillo oxidado?

Tal vez otro milenio nos ampare y a a luz de lo cierto,
el omega nuestro, por fin como el polvo de los muebles.



23 de abril de 2017

Para Gourmets


Es cierto que voy hasta el culo de prozac; pero coño, la vida es una enorme, preciosa y estupenda mierda. Y que yo sepa algo que ocurre sólo una vez. Qué bonito todo. Las batidoras que la gente tira a la basura y las cajas de cartón llenas de gatos; la bomba H, tan redondita como una campesina de Botero; la tarde de abril contigo aquella y tantos besos, pequeños pequeños. Qué bien los Unicornios, las habitaciones de hospital llenas de globos, qué bien los gulags donde los hombres aprendían a morir sobre la nieve. Qué bien el corsé que sostenía a Isabel, vestida de tul, qué bien los hierros de Isabel, aquella jaula, qué bien que la tenían derecha y hasta, alguna vez feliz, la vi una vez entera, a Isabel, y de reojo un día que su madre la abrochaba de la espalda porque era su primera comunión, y sin corsé, Isabel era la cáscara de un plátano sin plátano. Es cierto que en el fondo, soy tonto. Un pez pequeño. Un soñador de los cojones, tan lleno de esperanza, que podría estallar como un globo. Me gustan las hormigas. Comer con las manos. Caminar mientras tanto. Siempre llego a algún sitio donde algo me estaba esperando. Pero lo que más me gusta es ser tonto. Antes soñaba con brillar como una estrella. Y no soy una estrella. Soy lo que puedo, un poco más cada mañana. Hoy por ejemplo camino del trabajo escuché la Vie en Rose en un acordeón. Era precioso. Le dije al hombre que no llevaba suelto, que eso era todo, cincuenta céntimos. Y él dijo gracias en un polaco sin dientes y yo continué mi camino mientras la Vie en Rose se iba apagando en la distancia como si el mar se la estuviera tragando. Me metí en una cafetería y pedí café y un croisant para llevar. Cuando llegué de nuevo a donde estaba el viejo la Vie en Rose casi acababa callejón abajo. También le di un cigarro. Y mientras me alejé de allí la Vie en Rose, a mis espaldas, se abrió de nuevo como una hermosa flor, sólo para mí.

20 de abril de 2017

Putas llaves



Aullar una vez más a las farolas de París, amarillísimas.
Fletar un barco hacia el vientre de un viernes cualquiera.
Y amarlo todo y abrazarlo y asistir al fin del mundo este
con la mano en el pecho y mis ojos bonitos de ciervo
mirándolo todo como un niño:
las ruedas de un camión y los fakires y los perros meando en las esquinas y el olor a jabón en los baños de los grandes estudios cinematográficos
y
amarte a ti. Tan no sé. Imprescindible como el hígado.


17 de abril de 2017

Acaso



Han cambiado las sillas de este sitio. Son más cómodas. Y la camarera es nueva. Me recuerda a Claudia, la chica aquella del aquél bar de carretera donde yo sólo paraba para verla, porque el café, la verdad, era una mierda. Aunque Claudia tenía más tetas.
Ayer murió Carlos. El yonki del barrio. Lo encontraron tieso como un pajarito a las seis de la mañana envuelto en la niebla y con un bocadillo de mortadela al lado y un paquete de tabaco que le había regalado un vecino. A Carlos cualquiera lo invitaba a un refresco. La última vez que hablé con él me estuvo contando que a un colega suyo que se había quedado dormido junto a los contenedores de basura, le habían puesto huevos en una herida que tenía en el tobillo las cucarachas, y se lo habían tenido que llevar a San Carmelo con una fiebre muy alta.

Hace un día bonito.

“-Oye, ¿sabes, Claudia? eres, tan-le dije y siempre llovía con Claudia tan cerca y sus manos blancas y suaves revoloteando por el aire- que...”

Nunca le dije que su café daba ganas de vomitar.

Un día moriré. A los 83 años. Mientras me abrocho los cordones de los zapatos. Nevará, estoy seguro. Y ese día toda la belleza de este mundo se vendrá conmigo. El olor de los neumáticos y los ojos de Maite tan verdes y las cáscaras de pipas por el suelo de cuando éramos chicos y dábamos paseos por la calle hablando de cómo íbamos a cambiar el mundo, cuando fuéramos grandes.
Lo que pasó en cambio poco más tarde es que el mundo intentaba, todo el tiempo, cambiarnos a nosotros. Que no lo consiguiera, es otra historia que ya pagué con creces.
A veces me gusta estar triste. Guardar un minuto de silencio. Pero hoy no. Hoy hace un día bonito y voy a estrenar una corbata de flores en el entierro del yonki del barrio.



14 de abril de 2017

Descubriendo Santa Marta


Mi abuelo y yo plantamos este manzano. Mi abuelo había vuelto de la guerra hacía poco y-una guerra de tontos, decía porque, la gente moría para nada. Eso era todo. Sólo luchabas por el hombre de al lado. A tus cinco o seis muertos se te olvidaba el color de las banderas-, se había traído la tristeza en los bolsillos. Nunca le vi sonreír. Ni siquiera un poquito, debajo de su gorra de jefe de estación. Mi nombres es Nicolás y llevo así desde el día que sonaron las campanas de San Judas, a muerto solas, y caí como un saco de alubias sobre un lecho de hojas secas donde los rosales.


Y aquí había una tienda de discos. Mamá, que por aquel entonces aún no parecía una alcayata ni las letras en la boca le sabían a leche agria decía ni hablaba con los muebles, me tenía asignada una pequeña paga los viernes por la tarde, para ir al cine o comprar caramelos o una revista en el kiosco, con fotos de famosos y estrellas del rock. O no gastarme nada en seis semanas y comprarme el último LP de Chet Baker, y escucharlo en el patio de atrás en un tocadiscos herencia de mi padre, al que por supuesto, nunca conocí.

5 de abril de 2017

Peso atómico



...sentir crujir sus huesos, dejar que sus manos te amen todo,
comerse su carne y
arrebatarle a la vida cinco segundos de felicidad.

O mirar el suelo, tan bonito, con
cada una de esas baldosas cada una en su sitio y
la luz esta a la caída de la tarde y el reflejo
del sol en las antenas parabólicas como barcos que se van a faenar.

Dejar que un rayo te cruce los pulmones.
Coleccionar pestañas.
Prácticamente estar vivo, el tiempo suficiente
para alcanzar el estado gaseoso.

3 de abril de 2017

Destino Plutón


..a que en determinadas circunstancias me quede mirando la cuchara
y entre de cuajo-o algún modo-al mundo sub-atómico
de los fideos chinos.
Otras escribo poemas como este
donde de todas las formas diferentes que soy capaz de imaginar,
muero al final-las rosas que sean blancas-
o acabo en el desierto-el luto que sea breve, un solo de trompeta-.

2 de abril de 2017

De entre las grietas, extracto.




Así que quieres ser cura. ¿Y eso por qué? ¿Ya te has cansado de Carolina?

Dice que estoy gordo. Que no quiere un novio gordo. Que no quiere un novio al que nunca le pasan la pelota en los partidos. Que ella de novio quiere un campeón.

¡Aquí, aquí, pásamela, pásamela!”

Pero nadie te la pasa. La pelota va de aquí para allá como si tú no existieras, tú sólo estas ahí porque faltaba uno, tú eres el niño que se come los bocadillos de chocolate, el que nunca le levanta las faldas a las niñas, el que aprueba los exámenes, no te la pasan porque no dices tacos ni te das de puñetazos con el equipo contrario, y porque la única vez que tuviste la pelota, la cagaste, por gordo, y porque te faltaba el aire a medio campo, y eso no vale, lo que vale es marcar goles. Como sea.

¿Eso dice?

El padre Estefanía se encomienda a dios antes de decir lo que va a decir. Se encomienda porque al fin y al cabo, será lo que dios quiera.

Mira niño, un día te vas a morir a chorros. Uno cualquiera. Cualquier día. ¿Te enteras? Da igual lo que hagas. Da igual Carolina. Tras el cese irreversible de las funciones cardiorrespiratorias, la pérdida de todos los reflejos del tallo cerebral, y si no has muerto asquerosamente solo en algún glaciar de Groenlandia, un barbilampiño y despeinado becario de hospital te cubrirá la cara con una sábana mientras en la sala de espera, de pie frente a los médicos, quien fuera que formó parte de tu vida ya estará preparando los ajuares de tu entierro. La temperatura de tu cuerpo bajará casi un grado cada hora, tu frente estará fría antes de que las últimas personas que decían que te amaban, si te amaban, se bajen de un taxi en plena noche y aparezcan en la tres dieciséis envueltos en lágrimas, y te besen las sienes y digan que aún estás caliente. Aunque sea mentira. Tus labios y tus uñas tomarán el color de la ceniza, tus ojos se hundirán poco a poco en el cráneo, velados por una niebla como escarcha, y antes de que salga el próximo sol estarás metido en una cámara frigorífica y oscura de acero inoxidable. Y poco más tarde, antes también de que tu piel se llene de burbujas, de que te hinches y crezcas de forma grotesca, de que gotees por todos y cada uno de tus poros, estarás metido en otra de madera. Y todavía un poco después, enterrado a dos metros bajo el suelo en un agujero con nombre, tu nombre, quienquiera que fueses, si es que eras alguien. A las tres semanas, la piel y el cabello podrían arrancarse con las manos fácilmente, será como pasar el dedo por una tarta de nata. Los gases te habrán inflado tanto que podrías ser un globo en una feria, aunque en realidad no serás más que un nido de moscas y de larvas, un manjar tierno y sabroso, un festín de insectos nada diplomáticos que devorarán hasta el último atisbo de rastro humano en ti. Para el verano serás si acaso huesos, y, años más tarde, una dentadura perfectamente blanca brillando en la terrible y negra soledad de tu nuevo domicilio para siempre jamás. ¿No vas a vomitar?

A lo mejor dentro de un rato. Cuando lo entienda. Es que es muy largo.

Es-que-es-que... A lo mejor vomitas cuando estés a punto de morirte. Como todo el mundo.  

1 de abril de 2017

Mi nombre es laberinto


-------¿s-------i------
t---e-----di-----g---o
e---tr-----e----lí---e-
as?
Si convoco
a cada uno de nosotrosenelmismocm2
o
me paso las leyes de la gravedad por los cojones
y
vuelo hasta ti como un Concorde
(otra vez y)
te mato de un verso...


28 de marzo de 2017

H dos o


Y entonces el maestro de francés puso en el tocadiscos a Ludwing Van Beethoven y la orquesta empezó a aporrear las puertas del cielo como había explicado Don Juan con una bonita metáfora minutos antes de ponernos a escuchar a 4ºB, la quinta sinfonía.
Cuando aquello terminó yo tenía dos almendras colgando de los ojos gordas y brillantes como bolas de pinball y la clase entera me estaba mirando. Por entonces, a los tontos de la clase nos hacían gazpachos, que consistía en sorprendernos entre unos cuantos en el recreo, y meternos en los pantalones hierba del campo o el papel de los bocadillos y hasta hormigas, o un lagarto. Pero yo tenía un plan.
Martina me gustaba un montón y también por entonces casi empezaban a caer en mis manos los primeros ejemplares de Spiderman-si Martina supiera alguna vez cuánto la quise...-, o Robert Louis Stevenson. Martina era, además, hermana de los mismos que me iban a dejar en cuanto pudieran los huevos como nidos de gorrión. Los niños más malos del barrio. Eran tan malos, que les pusimos los Dalton. Martina también era muy mala; pero a mí me daba igual, porque yo ya de pequeño recuerdo que quería ser pirata y morir por todo o nada en mitad de una tormenta en altamar, y por eso fui y le dije a los hermanos que había besado a Martina en la boca detrás de la tapia y por lo tanto, se había quedado embarazada y a partir de aquel momento, era como de la familia. Mientras un Dalton me agarró por el pescuezo el otro fue corriendo a buscar a Martina a ver si era verdad que tenía un bulto en la barriga.

El caso es que todavía no había besado a Martina. Así que cuando ella dijera que aquello era mentira, yo tenía que estar muy convencido de decir que era verdad. Mi abuela me había dicho que si uno cerraba muy fuerte los ojos y pensaba en algo, se hacía realidad. Así que en realidad, yo sí que había besado a Martina. Muchas veces.

Mi plan se iría a la mierda en cuanto Martina abriera la boca:

“-No le he visto en mi vida.”

Qué mala era y cómo me gustaba Martina. Se quedaría todo el rato, seguro, mientras sus hermanos me partían la nariz con un palo. A mi madre le diría que me había caído de un árbol, así que aquel día también me iría a la cama con la marca en el culo de una zapatilla.
Por eso al día siguiente, besé a Martina. En mitad de la clase de mates. Total, ya estaba muerto...
Me pusieron un cero en conducta para toda la vida. Pero a Martina le gustó, porque me pasó un papelito por debajo de la mesa que decía, a las 12 en el patio.



26 de marzo de 2017

Sin anestesia



Iba yo por ahí sin acordarme de quién era cuando, de pronto-música horrible-, casi se me sale el corazón por el bolsillo del susto para adentro que me dio. Se mata, pensé. El semáforo en rojo, un camión a setenta, los cruces del destino...Corrí y corrí y justo cuando un solplo iba a empujarlo al paso cebra pude agarrarlo por la espalda y ponerlo seis centímetros a salvo de un final tan poco acertado, para un globo. Redondo y naranja. “¿Dónde ibas?”, le pregunto y le digo, no pongas esa cara. ¿Qué edad tienes? ¿Seis minutos? Tienes toda la vida por delante, globito, si vas así, tan distraído, acabarás en la punta de un cigarro. O peor; atrapado en las ramas de un árbol. Para siempre, globito. Y no te imaginas las cosas que te vas a perder. Que el viento por ejemplo te empuje tan alto tan alto que sólo veas hormigas o la gran muralla como una cicatriz cruzando China. Cosas como que te abracen, globito. Así. ¿ves? A todo el mundo le gusta. La vida es tan corta, globito...Ahora ve. Ve y ama. El amor está en los polímeros, globito. En el puente de Brooklyn y en el cajón de los calcetines. En las plataformas petrolíferas y las ubres de las vacas. En los charcos. En Saturno.

Me encantó conocerte. Adiós, globito.


23 de marzo de 2017

The Swing



Ruibarbo o prurito u ukelele, máximo, uretra, pío, di.
Palabras. Nadie va a llevarse de aquí nada.
Ni la máquina del Transiberiano ni el puente de San Francisco ni
el hueso de una uva.
Los besos, como pompas de jabón, estallarán en mil pedazos.
Los besos fueron. La sombra de aquel árbol, los girasoles.
:-)
;-(
Gestos.

En cambio, con sólo mover un dedo, algo de ti quedará aquí para siempre.


22 de marzo de 2017

El vals de las tres rosas


La raigambre que fuimos el uno y el otro
de algo
el puzzle que
la forma en que tu cosa
y mi cosa y
los pájaros de mi cabeza comían de tu mano y tú
tan toda.

¿Dónde ardes?
¿Qué te tiene?

Si tú me sabes.
Si yo te puede.
Si nos.

Seguramente.


20 de marzo de 2017

Meter los dedos en un enchufe y mascar el palito de los polos de limón


Últimamente no dejo de encontrarme cosas. Cosas que trae la marea. La culpa es mía, porque me puse en jarras como me ha enseñado Buzz Lightyear delante del puto Universo y le dije, me aburro, dame caña.
Soy un soñador, joder, necesito emociones y patadas en los huevos.
Viniendo del trabajo el otro día precisamente, me encontré tirado en el suelo un señor. Había metido una hostia en la bici contra el cristal de la parada de autobús hacía un minuto y la sangre de la nariz aún estaba fresca y las gafas aún estaban rotas y aún le dolían- “Creo que me he caído”-, todos los huesos. Vaya borrachera. De Óscar. Una papa de puta madre. ¡Vaya hostia, amigo!, le digo, porque para qué le iba a preguntar si está bien. Llevaba una guitarra a la espalda. No se había roto. Le di la patilla de las gafas, pero como no veía una mierda, le dije, oye, te meto en el bolsillo de la camisa la patilla, tienes, un cristal roto también y, qué tal si nos levantamos¿vale? ¿puedes?
A la primera no desde luego. Pero termino por sentarlo en un banco y le pregunto que si quiere un cigarro, a lo que me contesta que no, que él tiene tabaco y una hija en Badalona, a la que no ve desde hace 15 años. Me siento a su lado y espero. No sé exactamente qué. A los veinte minutos le digo que me voy, que se espere aún un rato antes de levantarse. Que adiós amigo, y mucha suerte, y el hombre se me queda mirando y dice gracias y yo le pregunto que por qué y el me contesta, que porque no tiene a nadie más.

A los dos o tres días me doy de bruces con la Mascarpona al doblar una esquina. Yo moría de y de y de-aunque nunca lo supo- por la Mascarpona, de ponerme de piedra lo duro y de la sangre blu blu y de todas mis pobres hormonas bailando esa canción que la Thurman se marca en Pulp Ficctión con el John Travolta. Pero nunca se lo dije. No había visto nunca unos ojos tan raros, como, separados y verdes por la tarde y lo blanco enorme y de mañana azules. Imaginé trescientas veintitrés versiones de sus tetas, si tendrían timbre de botón o cráter de luna lunera o lo rosado sería hidromiel o lo globo o lo tibio debajo de su piel sería sangre o queroseno para lámparas, si en la boca, no tendría algo para mí, a qué, sabrían sus axilas, cómo tenía yo que, sobrevivir al susto de encontrarla cada día en la escalera y aguantarme las ganas de meterle la lengua en la oreja y quitarle las bragas de un solo bocado y cortarla en trocitos a ella toda toda con, una sierra mecánica importada exclusivamente desde el Canadá y, comermela. Ñam ñam.

“-¿Tú?

Sí, yo. El mismo tío que nunca te dijo que sería capaz de tragarse una botella hecha añicos y cagar un Swarosvki para ti.

Hablamos del tiempo. Del trabajo. De que ahora vivía en allí. Y cuando su culo pluscuamperfecto se perdió en la distancia como un barco pesquero, hice un agujero en el suelo y me tiré de cabeza a ver si aparecía de repente en un poblado Inuit.

También me he encontrado a mí mismo. Un poco más, y esta mañana llamando a mi puerta, la puta primavera.


17 de marzo de 2017

Alfa y omega van de la mano a merendar al parque


...que aún me sorprendan tantas cosas:
las almohadas con pájaros por dentro;
los conejos-nube; las siete de la tarde...
Los timbres de las bicis, la primera de todas las gotas de esta lluvia;
los caimanes. Tienen un montón de dientes.
Los travestis de detrás de la tapia del polideportivo.
La hija del cura. Todo el mundo lo sabe.
La primavera-aquello, ¿te acuerdas?-, aquello de nardo.
Me sorprende la voz de los caballos, la amabilidad
de las máquinas de tabaco, el río
como una serpiente de la sangre debajo de la piel.
La fe con que acude a la luz el polvo de los muebles.
Los espejos de los ascensores.

Hasta yo me sorprendo cantando sin saber, o el ser humano a veces:
“-Perdona... ¿te conozco?”.
Tres puntos suspensivos en el corazón sin orificio de salida.


16 de marzo de 2017

Cada uno de nosotros, es un puto milagro



Los ojos son bonitos donde están: en esa cara tuya por ejemplo, no
rodando por un plato. Tan hondos y bravos los ojos de tu cara. Cuánto misterio.
Si yo fuera un árbol-recapacito-, un árbol grande y alto
¿daría suficiente sombra? ¿y frutos? ¿daría frutos?
No debe ser fácil ser un árbol.
Ni una e minúscula.
No debe ser fácil ser el viento. Pasar siempre de largo.

No sabemos morir, insisto.
Como si algo fuero nuestro. No mío al menos: sólo soy el papel de regalo.

Y además hoy he escuchado esa canción, ya sabes.
No termina bien. La chica hace la maleta.
Pero me gusta el solo de guitarra y la he escuchado tres mil quinientas veces.
Ayer en cambio me robaron la cartera. Con tu foto dentro.

Mañana es tan, raro todo a veces.

Si hay algo que merezca la pena, es ahora.
O tal vez todavía.
O por lo menos, más, más lo que sea contigo.

12 de marzo de 2017

Historia de amor en dos capítulos: Capítulo dos. (The story of the film is based on true events, por ejemplo).




Habíamos discutido aquel día. ¿Y cuál no? Siempre fue nuestro deporte favorito. No recuerdo por qué. ¿Importaba? No: Importaba que todo saliera ardiendo.
Recuerdo que al rato llegué esa tarde del trabajo y ella no estaba. Me había pasado toda la mañana removiéndome las tripas por dentro con las manos, así, como el que exprime un trapo mojado, y entre dientes, cagándome en sus muertos. En su puta cara. En maldito el día en que te conocí. Y era peor que una patada en los huevos porque resulta que su puta cara era lo más bonito y lindo que yo había visto en mi vida y que sus muertos eran sagrados como los antepasados de una tribu india y lo menos que podía pasarme era que se me abalanzara encima como un gato y me arrancara los ojos de la cara con las uñas y en cuanto al día que la conocí, mejor ni hablamos. Nunca me había latido tan deprisa el corazón. Creí que me iba a dar un pasmo, y me iba a morir allí mismo y un camión iba a pasarme luego por encima. El día más bonito de mi vida. Todavía.

Me he sentado a escribir todo esto en un sitio donde haga viento. Me gusta el viento. Como decía, yo la odiaba, ella me odiaba y todo era perfecto. Y entonces la vi, encima del frigorífico. Aquel día. La muñequita. Era de goma y siempre estaba sonriendo, y a veces, yo la ponía en la palma de mi mano y le decía te quiero al oído para que cuando ella llegara por la puerta con la cara de un culo y soltara el paraguas y pasara por mi lado camino del baño sin mirarme a la cara y diciendo buenas noches qué tal, la muñequita, se le subiera por una liana a la espalda y trepara como una lagartija por su cuello hasta la oreja y se le metiera dentro del cerebro como una lombriz y le dijera de mi parte, que te quiero. Te quiero no sé cómo. Ni cuánto. Ni por qué. Pero aquel día me quedé mirando la muñequita y sin saber aún cómo paso, le arranqué un brazo. Y después el otro. Y también las dos piernas. Y por supuesto, la cabeza. Y lo dejé allí todo, como muestra de mi amor.

¿Habéis visto llorar a los pájaros? Así lloraba ella. Como un gorrión.

Puso aquellos trocitos en la palma de su mano y se fue a la cama y se enroscó bajo las sábanas mientras yo, disfrutaba mi victoria, supongo. Hace quince años. El tiempo que tarda una leyenda en suceder. Algo con vida propia y con sus propias leyes de la gravedad. Algo que nunca había dependido de nosotros. Lo sé, porque he intentado olvidarlo con todas mis fuerzas. Con un clavo y otro. Con juramentos de sangre y con pactos diabólicos y temibles con mi ser más profundo. Con los dientes apretados y con la última gota del vaso. Y jamás colmé la sed de tenerla entre mis brazos, cinco segundos más.

El caso es que aquel día la partí por la mitad como se parte un barco en alta mar en plena guerra. No fue la única. En mi defensa añadiré que un día me quemó con una plancha, y otro, me tiró a la cabeza un cenicero.

Cuando ella ya no estuvo amén, empecé a escuchar voces: “idiota...gilipollas...cobarde...”. Y más tarde a susurrar su nombre mientras miraba el techo y me hacía una paja. Y aún más tarde le escribí una carta, que aún sigue volando por el cielo como una paloma porque nunca llegué a ponerle sello, donde decía cuánto. Cuánto me acordaba de aquella muñequita. Cuántas veces le pedí perdón. ¿Qué culpa tenía? ¿cómo se puede ser tan hijoputa?

Lloré muchas veces aquel, aquel día. Si pudiera volver en el tiempo, me decía. Pero no se puede. Tal vez en eso consiste la vida. Así que cada vez que pasaba por una tienda de juguetes o una de chucherías o por delante del puesto de algún mercadillo, me quedaba mirando entre otras tonterías a ver si por casualidad, si por casualidad, me topara de pronto con otra muñequita exactamente igual. Pero entera. Y que me perdonara. Que no tenía la culpa de que el amor fuera tan tonto.
Incluso la busqué en Ebay. O puse un anuncio. Una vez. La busqué como buscaba un tesoro Simbad el marino, aunque en fondo, con miedo a encontrarla. Esas cosquillas que uno siente en el estómago cuando estás en lo más alto de una noria. O que te tiemblen las rodillas como a un crío, a punto de saltar la primera vez del trampolín de una piscina mientras la niña que le gusta está mirando.

Y ahora la tengo en la mano. La puta muñequita. Entera. Como un puto milagro. Porque alguien la ha tirado a la basura. Porqué pasé por allí antes que el servicio de limpieza. Porque tomé la calle tal en vez de la de siempre. Porque volví a ver qué me llamaba. Como el día que volvía a entrar en la habitación donde se estaba muriendo mi padre y me acerqué y le dije “te quiero papá, ¿me escuchas?, después de mucho sin hablarnos casi. Y ya no lo vi más.

No creo en los milagros. Aunque me encantaría. Hacen tanta falta a veces. Tampoco en la magia. Aunque existe. Ni en que mirar nubes haga caer del cielo algo. Una solución por ejemplo. La verdad es que no sé en qué cosa creo. Debe ser en algo. Algo que me hace seguir adelante pase lo que pase, que en el último momento, me pasa el brazo por encima del hombro y me dice, “eres un puto héroe tío, tu puedes. Después de todo esta mierda no hay nada esperándote. ¡Ole tus huevos!”. Lo mando al carajo, claro. Porque estoy cansado, porque no me sale, porque nunca aprenderé. Porque no puedo. No puedo, ¿te enteras? ¿Es eso algún pecado? Y cuando me doy cuenta estoy tan enfadado que ya llevo un rato andando y he llegado a mi destino. El que sea.

El caso es que la tengo en la mano. Que alguien me explique la palabra imposible.


10 de marzo de 2017

Historia de amor en dos capítulos: Capítulo uno. (The story of the film is based on true events).




Como voy fijándome siempre en tonterías...Y además los contenedores de basura son mi debilidad, uno puede, ir caminando y, mirar de reojo las cosas que la gente ha dejado al lado, porque ya no cabía nada más, o son unos zapatos casi nuevos o el niño se ha aburrido del juguete... Los juguetes son mis preferidos. Tengo una caja llena con un montón de muñequitas sin cabeza o camiones sin ruedas o canicas con cráteres y hasta una caja de música sin bailarina ni espejito. Pero suena. Raro. Pero suena.

Esta noche al volver el trabajo en bicicleta, casi llegando a casa, he visto brillar a la luz de una farola algo. No había avanzado veinte metros cuando no he podido resistirme y he dado la vuelta y he apoyado la bici en el cristal de una parada de autobús y me he agachado junto al contenedor a ver si aquello que brillaba, era bonito.

Y era una cajita de latón. Ovalada, con, una hoja seca y una mariquita roja pintada en la tapadera. Al lado había un ganso del tamaño de una caja de cerillas con un sombrero verde, y más allá, un pequeño muñeco de nieve de esos que se cuelgan en el árbol de navidad y, siguiendo con la mano el rastro de cosas bonitas he topado con una bolsa negra con un agujero por donde se le salían las tripas: un montón de cintas de casette naranjas y pelotas de tenis y, más adentro, casi al fondo, un llavero de una caja de ahorros y...Y ahí es cuando se me ha quedado parado el corazón. No podía ser. A saber si existía una posibilidad entre un millón. O dos. O tres. Joder, qué putada.

8 de marzo de 2017

La balada de Boulevard man


Si vinieras a mis ojos podrías nadar todos los días.
En el mar, claro. Es lo que hay en los ojos de un...
Un mar precioso con veleros tan blancos y gaviotas tan altas y nubes,
tantas nubes.

Te asomarías por mi córnea a ver pasar
los trenes.
Sembrarías geranios. Uno en cada pestaña.
Tenderías las bragas, la ropa del trabajo, los calcetines.

Porque a veces te lloro. Y así termina tanto amor. Derramado por el suelo.


5 de marzo de 2017

¡Cuack-Cuack!


Hoy he plantado una matita de algo.
En un vaso de yogur.
No sé qué coño es.
Es verde, y tiene hojitas.
Estaba tirado en el suelo, debajo de un balcón y,
diciendo con la mano puesta en la cintura
-como un jarrón de te-creo que,
me he roto algo.
¡Anda, como yo!, recuerdo que pensé. Y le hice el boca a boca.
De pez a pez.
Después corté por la mitad la tarde con el filo de una hoja de papel,
y presagié un confín donde algo creciera al abrigo de mis manos.

Así que tengo una ventana con jardín
donde vienen a pastar
las hormigas
migas de galleta y los pájaros
a piarme tu nombre.

3 de marzo de 2017

Punto y seguido



Entre mayo y septiembre de aquel 97 jugué 13 veces a la ruleta rusa. No todos los caminos llevan a Roma. Tampoco importa ya cómo terminé así. Trece veces y sigo vivo.
Otra vez me tiré de un tercero de cabeza contra el suelo de la plaza de minúsválido de un hotelito cerca de la playa. Y sigo vivo. De hecho aquella noche terminé contándole a un camarero que alguien me había arrancado el corazón de cuajo. Que tenía los ojos verdes. “Y me he tirado por el balcón de la rabia, ¿sabe usted?”.
Otra vez me tomé un bote entero de pastillas. Redonditas. Rosas. Suaves. Y sigo vivo. Amanecí en un hospital y había mucha gente a los pies de la cama y, alguien me regaló otra oportunidad. La última, me dijo.
Otra, no recuerdo cómo, acabé con una Katana en el pescuezo y un tío que me susurraba al oído que iba a desangrarme allí mismo como un pollo, mientras su primo me hurgaba los bolsillos en busca de yo no sé qué. Y sigo vivo. Aquella noche dormí en casa de la negra. Para la negra la última oportunidad que me daba, era como una piedra con la que yo tropezaba una y otra vez. Era tibia y grande y tenía cara de buena persona y era, de todas las putas de la calle Lagerweg, la que mejor se pintaba los labios.
Otra acabé boca abajo en un charco con una botella en la mano. Amanecí de nuevo en un hospital con una máquina al lado que hacía pip pip pip. Y sigo vivo. Es raro. Es como volver a nacer. Y todavía tengo pelo.

Antes me quedaba mirando el firmamento y me preguntaba por qué. Cuál era mi destino, qué cosa me aguardaba, por qué coño tenía, tanta suerte. Y mirando mirando el firmamento terminé por preguntarme si lo mío tenía la más mínima importancia en algo tan vasto como aquello, donde por donde quieras que miraras, brillaba una estrella.


28 de febrero de 2017

Disfruto como un cerdo de la vida


¿Por qué Yul Brynner iba de negro en lo siete magníficos?
¿Si saco por la noche un pie de la cama
seré arrastrado por una mano fría al laberinto del Fauno?

El autobús tarda mucho...

Na...na-na-na-na-na-na-na-ná, na-na-na-na-na-na-na-ná...
Joder, me encantaba esa canción.
Supongo que la culpa es de las ondas que dejan las gotas de lluvia en los charcos.

Hoy es jueves. ¿No?

Escuché en las noticias que un hombre ha saltado desde la torre Eiffel
a un vaso de agua con gas y
que en lo más recóndito de la isla de Borneo
habían descubierto una rana que hablaba seis idiomas
correctamente.

Llevo un poema en el bolsillo, ¿lo quieres?,
le digo a la chica del anuncio.
Anuncia un vestido. 39 con cincuenta. Muy corto, con
rodillas perfectas como huevos de ave y
unos tobillos
preciosos y
unos deditos de los pies como gusanos de manzana
jugando con la arena de la playa.

Por ahí llega el autobús...

Con la punta del dedo en los cristales, escribo:
¿Estarás aquí mañana
a eso de las nueve?


27 de febrero de 2017

El idioma de los peces


“Para...¿qué me estás haciendo?”.
Que significa: no pares, cabrón, que te mato.
Luego se oye una explosión, y todo se llena de confetti.

Si en cambio dice “Para, joder”, y añade: “que me tienes hasta el coño”,
para. O estás muerto.

El caso es morir. De lo que sea. Morir por ella.

Si dice por ejemplo, mirándome a los ojos: “Qué guapo estás
cuando te afeitas”
o
salta encima tuya de repente como una rata
y
te muerde la nariz,
huye. Lo más lejos que puedas.
Súbete al coche y busca una
bonita rotonda donde suicidarte
antes de que deje suelta la fiera que gruñe entre sus piernas.
De que te haga trizas
hasta que
parezca que te ha pasado por encima una
cosechadora de trigo.

“Estás preciosa a la luz de los cajeros automáticos”, pienso y
le acaricio el pelo.
Dos esquinas más allá me pregunta si la quiero.

Y le digo que buf, un montón.

Y se ríe.

Porque sabe que es verdad. Soy el idiota que se deja matar,
de amor,
una y otra vez.