22 de octubre de 2017

Olaia y la montaña mágica, penúltimo capítulo

" -...en el año de nuestro señor de 1954."

Nuria ha muerto.

Ha saltado por una ventana de la casa cuartel. No estaba  muy alto, pero sabía exactamente donde caer.

-...y dicen que tenía tres lanzas del águila clavadas en el pecho. Le salían por la espalda. Se lo acabo de escuchar a la enfermera Juana. En el pasillo.

Olaia se ha quedado mirando a ninguna parte. Las palabras de Marta hacen eco en su cabeza como una mala borrachera, un mantra, un taladro, como un martillo. Como si no fueran verdad: " Casi la entierran con la estatua de lo que costó desclavarla"

Mirando un punto infinitesimal en ningún sitio , cuasi invisible, sub-atómico, far far away.  Y por ahi, por un agujerito tan chico, Olaia ha desaparecido.  De pronto ya no está. Su pellejo está en el suelo desinflado como un globo tres días después de un cumpleaños. Marta ha intentado rescatarla del vahido, salvarla del impacto contra el planeta tierra; pero como no tiene brazos...

Olaia  se ha caído tantas veces... aunque  siempre se levanta,  qué remedio, ahora mismo, está abriendo los ojos y diciendo, no es verdad, te lo estás inventando. Y se ha vuelto a desmayar. Volverá a levantarse. Siempre lo hace. Qué remedio.

Al día siguiente es otro día y al siguiente otro día mas, dias de ¿ Olaia dónde está? ¿La viste?, de Olaia caminando pegada a la pared como una monja, de Olaia triste como un sauce, ¿alguien la ha visto? ¿ Dónde esta Olaia? Y al dia después del dia siguiente apareció por  las cocinas diciendo, tengo hambre, y sin pedir permiso cogió una manzana del frutero y la mordió. La cocinera no dijo nada. Le vio los ojos. De donde fuera que había estado esos dias nublados,  se había traído algo consigo. No se veía. Pero allí estaba y nadie sabía lo que era.
Y  ahora  ya es domingo. Día de visita. Eugenio no ha venido. Lo echa de menos.

-Estás, diferente. ¿Y tu lazo?

-Lo perdí en la excursión.

-Con lo encantada que estabas con ese color. El próximo domingo te traeré otro igual.

-No importa, mamá. Sólo era un lazo.

O hace mucho que no llueve, o Catalina ha perdido el olfato. No otea el horizonte desde...

-¿Seguro que no escucha?

- Nada, mamá.  Como una tapia.

-¿Y  no ve nada?

- Y ahora vas a decir que cómo se puede vivir así. Pues se puede. Ella puede.

- No, hija. Iba a decir que esto es para ti.

Una carta.

-Si alguna vez quieres saber quien es tu padre, ábrela.

Unos metros más allá, la enfermera Juana se deja seducir por los modales de un Don Quijote encantador que dice que no ha visto en su vida una piel tan brillante, unas cejas tan finas, a pincel, tanta carne y tan mansa, que cómo alguien así no va a dejarlo entrar con el paquete. ¿Porque me va a dejar entrar, verdad, palmera del desierto, dulce de leche, diosa, que es usted una diosa?

- Es que es enorme, Don Eugenio. Si no cabe por las puertas...y además, ¿ qué  es? Porque yo de usted no me fío.

-Una sorpresa mujer, ¿ no lo ve?

- Veo una caja de madera de dos por dos metros con un señor a cada lado con bigote y los brazos de mármol. ¿Qué trae dentro? ¿La torre Effiel?

-Pero las otras cajas son más pequeñas....

A metros, Olaia le está diciendo a Papá Ramón que le deje el mechero. Que para qué, si ella no fuma ni que él  se entere. Se lo da. Y Olaia vuelve donde la Vasca dejando a Papá Ramón enfrascado en una sutil conversación con otro padre de visita: "Los cojones. Donde se ponga una pierna de ternera con sus patatitas y..." Porque el otro le ha dicho que hace poco han estado es París, qué gran ciudad, cuanta luz, que croissants...

Olaia le ha prendido fuego a la carta. Arde entera encima de la mesa. Con todos sus secretos dentro.

-Todo está bien así, mamá. Siempre lo estuvo.

-Qué mayor te me has hecho de repente, hija. Yo...

No sabe qué decir. Pero tampoco hace falta. Y además por ahí viene Eugenio con los brazos en alto gritando que mira lo que traigo, lo encontré en una subasta y me acordé de ti. Y en el revuelo todo brilla más mientras los mozos se afanan abriendo cada caja, montando cada pieza ante el asombro de las niñas, de sus padres, de la directora...


- ¡Hombre de Dios! Es usted un loco.
¿Pero qué  es eso?

Un Tiovivo. Dieciocho caballitos al trote. Todos con sus nombres pintado en la montura y las crines al viento.









15 de octubre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 18




Así que ahora Marie de la Montagne era cómplice. De lo que sea que estuvieran haciendo. La cara que puso cuando Belinda le dijo que tenía que jurar con saliva.

“-Esto no significa que seamos amigas”.

Manolito el de la Cuesta-porque vivía al final de una cuesta, claro, muy larga muy larga al termino del municipio que subía resoplando y bajaba rodando como una pelota-, era en realidad un pleclaro, un hombre sabio y dado a los silencios que venía de todas partes y no iba a ningún lado, y que aunque hubiera recalado hacía tiempo ya allí en el pueblo por no recuerda qué, nunca volvería a ningún sitio, y de no tener patría, así, ni dios ni una bandera, al cabo de los años terminó por hablar solo por la calle no se sabe con quién. Decía, que en el futuro-se sabía de memoria todos los libros de Verne- la gente haría lo mismo con algún artefacto invención del demonio y nadie diría que era raro porque lo haría todo el mundo. Pero por entonces era raro. Los vecinos mascaban que estaba cada vez más loco y que a saber en qué agujeros había estado y haciendo qué cosas que lo mismo hablaba en alemán con una farola del parque que inglés con las macetas de geranios que islandés con el reloj de pared que ruso afeitándose, cada tres o cuatro meses, si acaso, enfrente del espejo.

-No hay nadie.

La señorita Marie y una fila de niñas con carpetas y un lápiz y una bolsita de plástico con un bocadillo en la otra mano de tortilla, han salido temprano de excursión a visitar la casa del poeta local, que nació aquí y aquí murió de una piedra muy gorda en el riñón justo en el número cuatro de esta calle.

-¿Y a qué hora abren, sabe usted?

-No abren. Lo cerraron.

-Bero ahí dize abierto de nueve a doze y de...

-Lleva ahí puesto veinte años y nunca he visto entrar a nadie, niña.

“-...y creo que les vendrá bien tomar un poco de aire fresco después de todo lo que ha pasado. ¿No cree? Su marido está impecable en esa foto, señora directora, hacen ustedes una pareja tan...

-Pero tenga usted muchísimo cuidado, señorita Marie, lo que menos falta le hace ahora a este centro son más problemas. La hago totalmente responsable de esto, usted sabrá. No sé si aún no es pronto todavía para...

-Saldremos a las siete. Verá como vienen de otro color.”

-¿Y qué le pasa a esa?

Belinda le ha cogido la mano a Catalina y la ha llevado con ella dos pasos más atrás bajo las faldas de Olaia.

-No oye. Ni habla.

-Ni ve...Joder. Parecen ustedes un circo.

-¿Pero cómo se permite esas licencias señor como se llame usted?

-Soy el loco del pueblo dicen señora, menos bailar con la más guapa, me lo puedo permitir casi todo.

-No tiene usted es el más mínimo tacto.

-Pero tengo queso. Y un patio. ¿Tenéis hambre, niñas?

-Yo ziempre dengo hambre.

-Belinda...

-Ez que dengo hambre señorita.

-¿Y tú con qué comes? ¿Metes la cabeza en el plato o...?

-Ze las comió un mono del barque. Se llama Marta.

-Ya está bien Belinda, ni una palabra más, y usted, señor como se llame, deje de decir barbaridades o...

Dos horas más tarde Leonor está metiendo una ramita seca en un hormiguero del patio y Marta enseñando al señor como se llame a comerse una manzana sin tocarla con las manos y Olaia y la señorita Marie y Catalina, que habían salido sin decir para qué hace un rato, acaban de llegar de darle una batida al pueblo sin haber encontrado el menor rastro de olor a pescado y se han refugiado a urdir más planes bajo la sombra de una higuera en el patio:

-No se mueve una gota de aire. ¿Será por eso?

-No, profesora. Si oliera a pescado, Catalina ya estaría como esos canarios de las minas, inquieta, algo, ya sabe, eso que hace con la nariz antes que llueva y luego llueve. Y hoy no hay mercado. ¿Qué hacemos ahora?

La manzana de Manolito siempre termina en el suelo. Se ríen. Desde la sombra de la higuera Marie de la Montagne le lee los labios a señor como se llame:

-Se llama Casi. No lo toques, que araña.

-Nozotraz también tememos un gato. Se llama Marfelino.

-¿Os dejan tener gatos en ese colegio?

-No. Eztá ezcondido. En la cazita de los trastos de jardín. Come de todo. Ya eztá muy grande.

-A este me lo encontré rebuscando en la basura. Le tiré una piedra. Pero no le dí. Y al otro día otra vez estaba allí. Tampoco le dí. ¿Y tú que tienes, guapa?

-Se me olvidan las cosas.

-Y zabe escabarse de cualquier barte.

Amarula en cambio lleva todo el tiempo callada.

-¿Qué siznifica “Joder”?

-Pues vale para muchas cosas. Si algo te asombra, dices, joderrrrrrr, con una erre larga siempre y los ojos como platos.

-¿Y para qué maz?

-Si te das en el dedo pequeño del pie un golpe con la pata de una silla a oscuras cuando vas de noche al baño, dices joder.

-¿Con una erre muy laaaaarga?

-No. Con un guión en medio y en mayúsculas, y a cada lado, un signo de exclamación y dos culebras y si cabe un rayo.

-Eze me guzta, porque tiene dibuhitos.

-También puede usarse cuando has roto algo. Un plato, un corazón, una promesa...Oye, ¿no le irás contando luego a la sinpiernas que hemos estado hablando de esto? ¿no? Tiene muy malas pulgas esa y yo estoy ya muy viejo para empezar otra guerra.

Amarula está sentada viendo el Sol. Con los ojos cerrados. En el mundo naranja.

-Niñas...tenemos que irnos antes de que empiece a oscurecer. Coged vuestras cosas y dar las gracias a este señor y en fila hacia la puerta.

-Adioz Manolito. Otto día que vuelva me enseñas máz padabras de esas.

-Bueno, señor como se llame, a pesar de que no tiene usted educación el queso estaba muy bueno, muchas gracias. Y por cierto: 1.Axh7+ Rxh7 2.Cg5+ Rg8 3.Dh5 Te8 4.Dxf7+ Rh8 5.Dh5+ Rg8 6.Dh7+ Rf8 7.Dh8+ Re7 8.Dxg7++.

Jaque Mate.

Efectivamente, la reina, cae muerta en el acto sobre el tablero de ajedrez de una partida ya antigua encima de la mesa.

-Joderrrrrrrrrrrrrr...

-¡Belinda!

8 de octubre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 17


-No me gusta la luz blanca- Amarula, flor de un día, lleva a Catalina de la mano por el sendero chico que va al pueblo-, me da grima y me recuerda al hospital ¿sabes, Catalina? Pero esta sí. Me calienta los pies. Yo siempre tengo los pies fríos, Catalina. Cuidado, un hoyo. Como si ya no fueran míos. Como si nunca hubieran sido míos.

-¿Falda muscho?

-No hemos dado ni cien pasos, Belinda.

-Fuez yo ya eztoi canzada, Olaia.

Marta va delante, abriéndo brecha, a veces, entre las telarañas que cruzan el camino de tronco a tronco. Como no tiene manos se le pegan a la cara como hebras de hilo. Pero quiere ir delante.

-No puede ser...

-¿Qué pasa, Marta?

Aquí acaba su aventura. En un recodo. Tan pronto.

En mitad del camino como un plomo, la fantasmagórica silueta de Marie de La Mountaigne se cierne sobre ellas sin lugar a dudas. Quieta como una piedra. Sin corazón como una piedra. Por algo la llaman la monstruo, no porque no tenga piernas. Ahora dirá algo así como “¿Y a dónde creéis que vais?”, con su repelente voz de aguarlo todo, algo como que si no tienen sentido del ridículo, o algo como que se les va a caer el pelo o algo como pero en qué estáis pensando. Esto es motivo de expulsión. Si no de más. Algo bastante parecido a me acabo de cargar vuestro plan, y lo estoy disfrutando.

-Voy con vosotras.

Palermo, Italia, y la cartera de Eugenio abierta enseñando la foto como si fuera un marco sobre la mesita de noche de un hotelito con vistas al Mediterráneo.

-¿Cómo se llama?

-Olaia.

-¿La quieres mucho, no?

-Más que a ti seguro, cielo, que sólo te conozco de tres días, no te ofendas, eres preciosa, pero cuando se me acabe el dinero ni siquiera te vas a acordar de mi nombre.

-¿Por qué lleva eso?

-Tiene problemas en la espalda desde muy pequeña. Su columna vertebral es como la de un gusano, sin eso puesto, se tambalea como una palmera azotada por un viento huracanado hasta que termina en el suelo. ¿A que es bonita? Con lo fea que es su madre...

-¿Pedimos otra de champán?

-Y más de esto...como se llame.

-Cannoli.

Ahí está el pueblo. No es muy grande. Harán dos grupos. El primero que huela a pescado, avisa al otro y luego...

-Catalina está oliendo algo. Allí.

Pero es un bar donde todavía huele a comida aunque ya esté cerrado. Y al rato Marta aparece diciendo que hay dos pescaderías en el pueblo y un mercado y...

-Tenemos que venir de día.

Todas se han quedado mirando a la profesora y pensando que es verdad, que de noche, buscar una aguja en un pajar ya no es difícil, sino una tontería.

-¿Y cómo vamoz a zalir de día señorita Marie?

-Haremos un excursión. Aquí murió un poeta. Hay una casa museo y un paseo con su nombre. Y de esto nada a nadie. ¿Entendido? O le digo a la directora que tenéis un gato.

6 de octubre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 16


Han puesto rejas en todas las ventanas del Fitzrovia. Más hierros Olaia, más no puedes hacer esto o lo otro Olaia. Porque te doblas. Porque tienes que estar ahí encerrada en ese artilugio para que te sostengas-qué ironía-, porque sin él eres un peso muerto, porque tú, Olaia, porque tú y la jaula. Han puesto rejas porque ¿cómo?, ¿cómo es posible que una niña de diez años se escape de un colegio en mitad de la noche? Y ahora el centro tiene puesta una querella. A lo mejor lo cierran.

-...y tus padres y yo pues hemos pensado que si quieres...

-Quiero quedarme.

“Quiero quedarme porque tengo que matar a un hombre”.

Ninguna quiere irse. Todas han dicho no, papá, estoy aprendiendo mucho aquí.

Papá Ramón dice que si se diera de bruces con ese hombre le arrancaría los brazos y le sacaría los ojos con los dedos gordos. Y a lo peor le metía fuego. Por si acaso. Eugenio no ha venido. Está en Italia. Con una italiana, claro.

-¿Nunca te quitas ese lazo, hija?

-Nunca.

Si Nuria hablara, si dijera qué rostro, qué voz, qué manos la tocaron ahí de esa manera. Pero Nuria no habla. Y se ha quedado flaca. Y hay que darle de comer con una cucharita. Y se hace pis encima.

Rejas Olaia. Por todos lados para recordarte que...

-Así que el plan es el siguiente, repasamos: cuando Leonor nos abra la puerta desde el otro lado...

En cuanto ha terminado el día de visita se han reunido en el baño y han jurado con saliva en la palma de la mano lealtad a la banda. Porque ahora son una banda.

-¿Puez digo yo que adora vamoz a nezezitar un monbre no? Como en las bedículaz.

-Claro Belinda. Y un carnet firmado por la directora para salir del colegio cuando nos de la gana.

-Pues a mí me parece buena idea. Yo quiero llamarme Cobra.

-Y yo Flor de Lis.

-¿Pero qué os pasa? ¿Os hace gracia? ¿Es divertido escapar de noche del colegio para ir al pueblo a seguir un rastro de olor a pescado? ¿Quién va a rajarle la garganta cuando lo encontremos? ¿Tú Amarula? ¿Tú, Marta? ¿Con qué manos?

-Si tuviera manos te aplaudiría, Olaia. Tenemos miedo. ¿No lo ves? Un nombre no estaría mal, uno que...

-Yo había fensado que noz podiriamoz llamar...

-Esto no es un juego. Creo que mejor lo voy a hacer sola.

-No puedes hacerlo sola. Nos necesitas. Somos una banda.

Amarula habla muy bajito hoy. Como sin ganas. No ha contado ni un chiste y cada vez tiene más ojeras. Su lo que sea que se la está comiendo se ha hecho grande dentro dijeron los médicos en su última visita al hospital. Que duerma mucho y que no haga grandes esfuerzos. Que paciencia. Que podría ser peor. Porque hay cosas peores que morirse le dijo la Yaya, te lo juro Amarula, si hubieras visto cómo la gente caía destrozada por las bombas, sin brazos ni piernas ni ganas de nada en medio de la calle cuando uno iba a por el pan o a echar el correo, cómo entraban en las casas y le quitaban la ropa a las mujeres y allí mismo también le quitaban todo lo demás, delante del marido, y luego mataban al marido, le decían, ¿lo has visto cerdo?, y le metían un tiro en la frente y lo firmaban diciendo, esto de parte del Caudillo, por rojo. Pero lo muertos, Amarula, se quedaban muy blancos y sin brillo en los ojos. Y a los días azules, y a lo poco, grises y sin pelo.

-Y du seraz la jefa. Como ered la mayor...que había penzado yo un nombre...

Pues una se lo dijo a la otra y la otra a la una y ahora están ahí, esperando a que Olaia diga, vale, somos una banda y nos llamamos...

Y fue porque Leonor le dijo que muy bien, claro, muy bien; pero que cómo pensaba salir del colegio. Que ella sabía. Sabía escaparse de muchos sitios. Sabía escaparse de fregar los platos en casa poniendo caras lindas, y de ir al colegio fingiendo una fiebre acercando la cara mucho al tostador. Sabía escapar de que papá la riñera cuando se levantaba de noche a comer helado y cuando dejaba los deberes sin hacer para ir a jugar a la parte de atrás de la casa a buscar hormigueros y ver dónde acababan, sabía hasta olvidar las cosas que no quería recordar, como el día que vio a su tío Alberto meter la mano debajo de la falda de mamá y a mamá con los ojos cerrados y la boca entreabierta, sabía escaparse de la realidad como un Houdini, sabía, incluso atravesar paredes.

-¿Alguien ha visto cómo lo hace?

Nadie. Pero Leonor está afuera abriendo la puerta del colegio.

Son las tres de la madrugada y hace frío y ninguna sabe qué hacer ahora. Habría que verlas, unas cuantas niñas encogidas cómo pájaros al relente dispuestas a encontrar a un hombre malo allá donde la policía y la guardia civil con todo sus efectivos y coches y helicópteros no tuvo ni un asomo de suerte.

-Yo digo que es por allí.

-¿Y por qué por allí, Marta?

-Porque si no es por allí será por otro sitio ¿no?

Habría que verlas, que entre todas no arman una sola. Y se han traído a Catalina. Porque Catalina es de la banda. Y a lo mejor, lo mismo que la lluvia antes que llueva, huele a pescado antes que nadie.

-¿Seguro que te encuentras bien, Amarula? Deberías quedarte. No haces buena cara.

Un día Amarula vio una hojita caerse de un árbol. Planeo como un aeroplano por el jardín atravesando las matas de romero y fue a parar sobre el capó de un coche un momento y enseguida el viento la elevó de nuevo para llevarla a soplidos hasta la otra acera y posarla en el alfeizar de alguna ventana hasta que una señora abrió de par en par y de nuevo la hojita emprendió el vuelo hasta un balcón donde un perro la estuvo olisqueando hasta que otra vez volvió a su ruta de aire y terminó por caer de bruz sobre el asfalto y antes de que se diera cuenta la furgoneta del reparto de la leche le pasó por encima y la dejó allí aplastada como el tatuaje de un marinero y entonces, llovió, y el agua la arrastró lentamente como en un entierro hasta una alcantarilla, adiós, hojita adiós.

-hay cosas peores que morirse, Olaia.



24 de septiembre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 15


Con la nariz pegada a los cristales, las niñas ven como sus padres la suben al coche. Nuria vuelve a casa.

-Cuando algunas terminen de llorar y otras de sonarse los mocos sigamos con la clase. Página 237. Hasta donde dice: “...me atrevo a todo lo que se atreve un hombre. Nadie se atreve a más”.

Ya no está. Sólo queda de Nuria una ligera polvareda en el camino y el rugido del motor del taxi allá a lo lejos, tras la arboleda, difuminándose como el azúcar en el agua hasta que desaparece y el aleteo de las moscas se adueña del aula. Por debajo de la mesa, Olaia, le pasa un papelito a la que tiene al lado y esta a su vez a la siguiente repitiendo “dáselo a Amarula” y así, hasta seis filas más allá, volando como una mariposa blanca entre los dedos de las niñas.

“Voy a encontrar a ese hombre. Lo juro. ”

Y un minuto más tarde de camino contrario otra mariposa cruza la clase de mano en mano hasta otra vez seis filas más allá con una pregunta escrita con bolígrafo azul y letra de astronauta: “¿Y qué vas a hacer cuando lo encuentres?”

La respuesta, un minuto, doce manos y seis filas más allá, es “Y lo voy a matar”.

Nuria no va a hablar nunca más. El hombre de las manos grandes le tapó la boca para siempre. Se ha quedado como hueca, no atiende a nada, como uno de esos muñecos de ventrílocuo después de la actuación. Algo han escuchado en los pasillos de que a Nuria le han dado tantos puntos ahí, que ahora su cosita parece un costurero. Cuando la clase termina, en la tapia de atrás del recreo, Amarula le está diciendo a Olaia que está loca, que pero si sólo eres una niña, que cómo se te ocurre, que si no puedes ni andar, que si ahora ere detective o algo parecido, que cómo lo va a encontrar si no pueden salir del colegio, que aunque pudiera, que y con lo grande que es el mundo.

Entonces con la mano así, Olaia se ha puesto a llamar a Leonor, así, para que venga, para que venga.

-¿Qué cosa?

-Lo que te dijo.

-¿Lo que me dijo quién?

-Vi a Nuria hablarte al oído. Te dijo algo. Lo vi.

-No me acuerdo. Me acuerdo que Nuria tenía el pelo muy bonito, porque cuando estás enfermo pues, te cuidan de una manera especial y...

Lorena se ha puesto muy seria porque Olaia se ha puesto muy seria. Casi que se ha nublado. Catalina otea el aire como cuando sabe que pronto va a llover, pero no hay una sola nube en el cielo. Casi que se ha nublado y todo pesa más y el suelo se ha vuelto muy blando y Leonor repite una y otra vez que no se acuerda, que no se acuerda y que le duele mucho la cabeza, que quiere irse a la cama, que la deje ya en paz, que le suelte las manos, que no apriete tanto, que la están asustando, que quiere ir con mamá. Que no se acuerda. De verdad. Lo juro. Me estás haciendo daño.

-¡Pues te tienes que acordar! ¡Te tienes que acordar ¿te enteras?! Te tienes que acordar de que tu padre ya no está, está muerto, está muerto, te tienes que acordar de que los viernes no hay pollo de comer, hay sopa, niña estúpida, de verduras, te tienes que acordar de que tu madre no te quiere y por eso estás aquí, porque le estorbas, porque su marido nuevo dice que no quiere una tarada rondando por la casa, que está mejor en algún sitio, te tienes que acordar de quitarte los zapatos en la ducha, ¿qué te dijo? ¿Vas a llorar? Dime. ¿Vas a llorar? ¿Por qué no estás ya llorando?

Entonces Leonor le ha dado un empujón a Olaia y Olaia ha trastabillado como uno de esos payasos con zancos del circo, como la torre de Pisa, como un castillo de naipes, como Pompeya, y se ha agarrado al aire con las dos manos para nada y ha terminado con el culo en el suelo y la jaula abierta de par en par y todo el hierro manchado de barro y de plumas de pájaro, boca arriba como una tortuga mientras Leonor, toda memoria, grita todo lo que sabe:

-¡Olía a pescado-olía a pescado-olía a pescado-olía a pescado-olía a pescado-olía a pescado!

Eso le dijo.

A muchos metros de la escena principal, la señorita Marie de La Montagne, tras la ventana, le lee los labios.

17 de septiembre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 14

La hija del teniente coronel de la guardia civil Emiliano Salcedo apareció a las nueve y veinticuantos de la noche bajo el dintel de la puerta de la enfermera Juana con el pelo enredado de hojarasca y el cuerpo todo aquel a la intemperie pequeño cubierto de barro y los ojos tan secos que si tirabas una moneda al fondo nunca la escuchabas caer de lo hondo, así, tan rota que ya no parecía una niña, sucia, malgastada, oliendo a babas mientras afuera un contingente de tricornios la buscaban por el campo a tierra batida y tirando de perros rabiosos y alumbrando con linternas la esperanza de que entre los matojos brillaran unos ojos que no fueran de conejo, así, callada, callada y quieta cuando Juana por los hombros la cimbrea como a un árbol del cerezo y le pregunta, quién, te ha hecho esto.

-Dicen que no habla.

-Pues entonces no es Nuria.

-Que sí, Olaia, que he escuchado en los pasillos a la enfermera Juana decirle a la monstruo que no ha dicho ni un sola palabra en tres días. ¿Se va a morir?

-¿Y qué más has escuchado, Marta?

-Que se va a morir.

La policía estuvo preguntándole a las niñas si sabían adónde había ido Nuria aquella noche o para qué se había levantado de madrugada y se había adentrado en el bosque.

Se perdió. Pero eso nadie lo sabe. Porque Nuria no habla. Se perdió cuando iba a llevarle a Marfelino una lata de atún que había robado porque sí en la cocina, no encontró en la oscuridad la casetita y cuando quiso volver, lo de atrás era lo de delante y el tiempo no pasaba y todo estaba más lejos cada vez y los árboles hablaban bajito entre ellos y las manos le temblaban. Pero eso nadie lo sabe porque Nuria, todavía está en otro sitio. En aquel sitio. Con alguien. Con alguien con las manos muy grandes. Con alguien y la boca tapada.

Al día siguiente la profesora Marie entró empujando su silla de ruedas y diciendo que fueran saliendo ordenadamente porque no había clase.

“-Te lo dije. Que se iba a morir, Olaia”.

Que fueran saliendo porque iban a ver a Nuria al hospital. A ver si así hablaba. O lo que fuera.
Olaia se apretó el lazo del pelo y levantó de la silla todo aquel armazón que la cubría con la experiencia de un campeón de halterofilia y se puso en a fila, hermosa como un guardiamarina.

-Nuria...

Nuria no está. Tiene los ojos abiertos; pero está encallada. Como si alguien le hubiera quitado las cuerdas a una guitarra. Tiene agujas clavadas en los brazos, diecinueve moretones, los párpados hinchados, la mandíbula rota y la cabeza en otro sitio. En aquel sitio. Con aquel hombre.

Algunas se abrazan. Claudia ha vomitado. Y Olaia ha salido de la habitación diciendo que iba al baño, y en el baño, se ha sacado el espejo de debajo del vestido y lo ha lanzado con todas sus fuerzas contra la pared del fondo. Y después ha llorado. Con todas sus ganas.

10 de septiembre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 13


Cuando llega la hora de ver a Marfelino, Catalina lo sabe. Y el gato también. A Catalina se la nota como en ascuas, encendida o que fuera a estrenar zapatos nuevos. A Marfelino, cuando las niñas llegan por el sendero abajo, sólo le falta hablar: “¿Habéis traído leche? ¿Galletas? ¿Las sobras del pescado?”. Y a lo poco se queda mirando y pregunta si ha venido Catalina. Catalina y sus manos.
Nadie ha visto todavía entrar en la casita de los trastos a Leonor, y como ella no se acuerda de lo que no se acuerda desde el día que vio a su papá metido en una caja tan estrecha que sólo cabía el solo, tampoco saben cómo sale:

“-Ayer papá y yo fuimos a ver una película. Bailaban Fred Astaire y Ginger Rogers y el suelo era de mármol y si vierais cómo brillaba....”

No va a acordarse. De olvidar aquel día se le han olvidado todos los demás.

En cambio Amarula se acuerda de todo. Del color de las rosas a las seis de la tarde y a las seis y cinco y a las siete menos cuarto. De cómo huele si ha llovido o del perfume barato de la enfermera Juana porque es jueves y los jueves va a un médico para adelgazar, muy guapo. De los ojos té verde del gato Marfelino:

“-Ya pronto no vendré, gato.”

A las demás no les gusta escucharlo. No se acostumbran a que todo se apague en Amarula, que las deje en penumbras sin la luz de su sonrisa y sus chistes tan malos: “Iba un tomate por una carretera y plof”.

Marta, como no tiene manos, pasa las páginas del El gato con botas con un lapicero en la boca y cuando le lee a Marfelino, suena raro, como un disco en francés de esos que había escuchado alguna vez en casa de su abuela, de una cantante que siempre iba vestida de negro.

Y así pasó la tarde. Y salió la Luna. Y esa noche, hubo guerra de almohadas. Pero sin balas. Sin Panzers ni aeroplanos dejando caer racimos de paracaidistas con los dientes apretados. Sin tumbas que cavar. Guerra de cosquillas a ver quién puede más, de llorar de la risa, guerra de saltos en la cama y de tocar el techo con la punta de los dedos, de plumas flotando por el aire como nieve. Y todo ha empezado porque el profe de mates Don Justo ha recalcado que lo de que el orden de depende qué factores no altera depende qué producto había que verlo con las manos en la masa:

“-¿Cómo va a ser lo mismo, por ejemplo, que a ese poeta que se junta con gitanos le hayan metido dos tiros entre pecho y espalda a bocajarro y a este señor-señalando un cuadrito colgado en la pared-, nadie le tosa ni le ponga en la sopa un pelo o una mosca o algo con lo que se atragante?”

Un día sale el Sol, y al otro Nuria no aparece.

-Ya han llamado a su fadre, que ez no sé quéf de la guardia cifil. ¿Tú zabes dónde eztá Olaia?

-No, Belinda. Esta mañana ya no estaba en su cama.



2 de septiembre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 12


No hay quien le quite el gato a Catalina.

-Yo sé dónde podemos esconderlo.

Leonor, a simple vista, es una niña con todas sus extremidades. Hasta tiene dos manos con todos sus deditos.

-¿DóndeLeonor?¿Enunsitiobonito?¿Caliente?¿Nohabráratas?¿No?¿Eh?¿Eh?¿Eh?

-¿Qué es una rata?

A Leonor las cosas se le olvidan.

-Acabas de decir que sabías un sitio para esconder a Marfelino-Olaia le habla dulce porque sabe que debe ser horrible no saber dónde uno está, ni quién era ese o aquel ni cómo te llamas, a veces-. Leonor...te llamas Leonor.

-Ah...sí. Hay una casita de jardín detrás de aquellos matorrales. Es de madera. Un día me hacía pis. Y no encontraba el baño. Está llena de herramientas y cosas de esas para cuidar las plantas. Y está lejos. ¿Tú quién eres?

-¿Y cómo entraste?

-No me acuerdo. Sólo me acuerdo que me hacía pis. Bueno, tengo que irme, mi padre va a venir a recogerme y me va a llevar a comprar un tocadiscos. Me lo ha prometido.

Su padre lleva muerto tres años. Pero es verdad: se lo había prometido. Y después mandó un beso por el aire para ella y cerró la puerta y se subió al coche para ir al trabajo pero nunca llegó a ningún sitio. Lo más cerca que estuvo de un día normal fue a trece kilómetros de la oficina, justo en la curva más bonita de la comarcal 319, una, que da al mar y tiene forma de guitarra.

A los cinco minutos todas están frente a la casita de madera. Tiene un candado. Muy gordo. Mientras se lamentan de qué mala suerte y de que ahora puf habrá que buscar otro escondite para el gato, la voz de Leonor resuena dentro de la casita: “-Hola”.

-¿Por dónde has entrado?

-No me acuerdo.

-Abre esa ventanita, Leonor, voy a darte a Marfelino.

Es una ventanita muy pequeña. Pero Marfelino también es pequeño. Y su mantita, y su cuenquito de leche robada, y las cabecitas de las niñas intentando asomarse a despedirse...hasta mañana Marfelino, sé bueno, no rompas nada, mañana nos vemos.

-Leonor...

-¿Qué?

-Tienes que salir de ahí. Tenemos que irnos.

-¿Y por dónde salgo?

Y mientras discutían quién se va a quedar a esperar que Leonor se acuerde-o no- de por dónde ha entrado, Leonor ha aparecido diciendo que tiene mucha hambre, y que como hoy es jueves, pues toca pollo.

-Es lunes. Es lunes y te llamas Leonor...

-¿Y qué hay de comer?

28 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 11

-¿A mí qué me importa que un tren salga de Madrid a las catorce treinta y otro desde Barcelona media hora más tarde? Ni a qué velocidad. Ni en qué punto se encuentran. Si no van a pararse, si van cada uno a lo suyo, y mira, que a lo mejor van dentro dos medias naranjas cada uno en dirección contraria. En cambio Fibonacci...su espiral está presente en todo lo que vemos, desde un caracol a la galaxia más absurda y lejana, desde un simple dedal, al corazón humano. ¿A ti te interesa cuántos huevos pone una gallina al mes si de lunes a sábado pone un huevo y los domingos tres, niña?

“AmínomaestroDonJusto;perosieltrenesevaalaplayapuestendríamuchaprisaporllegaryestaríatodoeltiempopreguntándoleamimadrequesifaltamucho”.

-Arquímedes y su punto de apoyo. Mucho más fácil mover el mundo así. No sé cómo lo harían antes, supongo que a empujones, así lo arreglan todo, en fin: Leonardo. Leonardo era un genio, algo increíble, un visionario. Hoy, saldremos al patio a estudiar la asombrosa geometría de las telas de arañas. Niñas...

Septiembre ya viene. Se nota en la luz. Es como cuando se quedan sin pilas la linternas.

-Nuria...¡Pssss! ¡Pssss!

Nuria está concentrada en a ver si ve la espiral esa que dice Don Justo; pero lo único qué ve, es una mosca muy gorda atrapada en el centro de la tela de araña.

-Nuria, tengo que contarte un secreto.

Cuando ha dicho “secreto”, Nuria a aterrizado en el planeta y los ojos se le han vuelto redondos como platos soperos y la boca se le ha abierto así de grande y sabe dios, que iba a salir de ella y cuántas veces si no fuera porque Olaia con la mano le ha taponado como un corcho las palabras. Pero hubiera dicho “¿Unsecreto,quésecreto,cuálsecreto,dimedimemdimedime?¿Eh?¿Eh?¿Eh?” y tan alto que toda la clase se hubiera enterado. Y entonces ya no sería un secreto. Y le quitarían el gato. Y es tan bonito. Y está tan suave, y...

“NadienosvaaquitarnuestrogatoOlaiatelojuroporlatumbademipadre.Cuandosemueraclaro-¿Nuestro gato?-.Quedigoyoque¿dóndeestá?¿Eh?”

-Ohhhhhh es precioso...si pudiera acariciarlo-es que Marta ya no tiene manos, se las comió un león que se escapó del zoo. Salió en los periódicos-. ¿Y que nombre vamos a ponerle?-¿Vamos?-. ¿Adolfo? ¿Lord Byron?

-¿Puedo cogerlo?-Amarula sí tiene manos. Lo que no tiene es futuro. Un par de años más. Lo que sea se la está comiendo y tampoco saben qué nombre ponerle. Mientras tanto sonríe todo el tiempo porque dice, que una sonrisa, abre todas las puertas del mundo. Nadie sabe muy bien por qué hace eso.

Al final han decidido meter en una taza un nombre cada una escrito en un papel, y el que salga, pues ese.

-Ábrelo tú Olaia.

-¿Marfelino? Será Marcelino, ¿No, Belinda? Esta es tu letra.

-Clado, Marfelino, lo pone ahí bien cladito, ¿no lo vez?

Las demás se ríen. Hasta a papá Ramón le haría gracia. 

Marfelino entonces es un gato chico con rayas en el pelo y los ojos tan verdes y la panza tan blanca. Vive en una caja de cartón. Debajo de la cama. 

-Hay que esconderlo. No puede estar ahí. Imagina que se pone a maullar en mitad de la noche y despierta a la enfermera Juana. Lo estrujaría con una sola mano como a una naranja.

-Juana no es mala. Cada vez aprieta menos los nudos del corsé. Y a veces me cepilla el pelo. Y me habla de un hijo que tuvo y que ya no tiene y que por eso pesa ciento treinta y nueve kilos, porque casi se muere de no comer nada y un día sin venir a cuento se puso a comer y todavía no ha parado. Pero no reviento dice, como un globo. No le haría nada a...

-Marfelino.

Y todas vuelven a reírse. Todas menos Catalina. Hasta que Amarula le pone a Marfelino entre los brazos. Ahí están, sus dos hoyuelos uno a cada lado de la cara, tan bonitos, que dan ganas de ponerse a jugar a las canicas.

27 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 10


Las camelias han tardado tres semanas en salir. Ya huele a espliego. Las niñas han crecido. Un poquito. Como medio milímetro. Y además es domingo, día de visita.

La vasca y Olaia se han sentado bajo un cedro. Algo más allá papá Ramón discute vete a saber por qué ni cómo con una niña de diez años que pero eso como va a ser si dos y dos son cuatro de toda la vida. Se pone rojo como un tomate. Él solo. Mientras la niña lo mira desde la más absoluta indiferencia esperando paciente a que esa vena del cuello lo atragante, o vea la luz divina de las matemáticas, y como dice el maestro Don justo, abras los ojos.

-Eugenio no ha podido venir. Ya sabes cómo es. Es Eugenio. ¿Quién es aquella niña?
-Catalina.

-¿No viene nadie a verla?

-A ella le da igual.

-¡Ramón, te va a dar algo! ¡¿Pero no ves que es una niña?! Este hombre...tanta barba y tan tonto...Hilario me ha dado recuerdos para ti. Que si estás estudiando. ¿Estás estudiando? Porque este colegio cuesta un ojo de la cara. Y sólo tengo dos.

-Vámonos dentro mamá. Va a llover.

-Pero si hace un día estupendo.

-Ya no. Cuando Catalina hace así como que viera algo en el cielo y huele el aire como un perro perdiguero, no tarda ni dos minutos en caer la primera gota.

Tras los cristales el agua suena como una cajita de música y hasta Olaia como un cuadro de Matisse. Tan lánguida:

-¿Sabes lo mejor de Catalina? Que no engaña a nadie. Lo que ves, es lo que hay. ¿Qué ves tú cuando me miras, mamá? No podría correr ni aunque perdiera el autobús, y ya sabes, los médicos dicen, tú lo has escuchado, que cuando tenga algunos años seré como un trozo de mantequilla untada en una cama. ¿Qué ves tú, mamá?

Papá Ramón tiene hambre:

-¿Te dan bien de comer en este sitio?¿Porque yo tengo hambre? Lo mismo bajo al pueblo y traigo algunas cosas: un par de liebres, una vaca, seis huevos de avestruz...y helado. Y siete cucharas todas para mí. Ya vengo.

Y ha desaparecido por detrás de las rejas del jardín. Antes de doblar un recodo y perderse rumbo a donde sea que fuere que oliera a comida, ha dicho en voz alta que cuando volviera las quería a las dos en son de paz, o también se las comería a ellas.

-Papá Ramón está más gordo.

-Se acuerda de ti mucho y le da por comer. A todas horas.
Cuando yo era pequeña, Olaia, me llamaban la fea por la calle. Me salieron las tetas y me toco ser más fea todavía y un día empezó por si no fuera poco a crecerme y crecerme esta nariz como si quisiera ella sola llegar a alguna parte. Que iban a tener que hacer un agujero en la tapa de mi ataúd el día que me fuera al otro barrio y que los pájaros mientras el cura rezaba por mi alma se iban a posar en mi nariz y me iban a cagar en la cara. Todo eso escuchaba a mis espaldas. Y sabes lo que hacía. Nada. Por eso un día me tiré por la ventana del cuarto de tu abuela a la calle. Me rompí las dos piernas y una fila de dientes. Y nadie del colegio vino a verme. Como a una Catalina. Y aunque me había acostumbrado a estar más sola que la una del reloj, un día conocí a tu padre. ¿Sabes qué me dijo? Guapa. Casi lo mato. Pero al día siguiente estaba otra vez esperando en la acera de enfrente del trabajo: “Si me llamas otra vez guapa te corto el badajo. ¿Te enteras? Pero ya que has comprado las entradas...”. Me hizo de todo en la fila de atrás. ¿Qué? Tu padre es un mono, está todo el tiempo pensando en lo mismo. Tú no sabes lo que hay a la vuelta de la esquina, hija. Ni yo tampoco. Pero lo que sea, es tuyo.

Y de pronto se ha quedado como rara y callada mirando a algún lado como si hubiera visto...
Y a Olaia unas manos le han vendado los ojos y una voz le ha preguntado:

-¿Quién soy?

Eugenio. ¿Quién va a presentarse de repente vestido de lino todo blanco y oliendo a mulata?

-Esto es para ti. Me voy, tengo a Rosarito esperando en el Dogge. Te quiero, cielo. No lo abras hasta que me haya ido. Ya me estoy yendo. Ya me he...

Cuando el motor de coche es apenas un susurro en la distancia, la vasca pregunta que si no lo va a abrir.

Claro que sí. Pero antes, va a acercárselo a la oreja y a agitarlo así, a ver como suena. Luego va a ponerlo en sus rodillas. Va a quitarle el lacito. Va a rasgar el papel...

-No puedes tener eso en el colegio, hija.

Si Eugenio no existiera, habría que inventarlo.

-¡Miauuuuu...!

25 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 9


Catalina es como una maceta. La pones aquí para que le de sol, la pones allá para que le de sombra. O donde no estorbe. Como una de esas sillas viejas que siempre esté en mitad de la cocina, que sobre, pero que no quieras tirar porque te da no sé qué porque hace no sé cuánto que está ahí. Una maceta con planta de pasillo de hospital donde uno apaga las colillas. Viva de casualidad. Patito feo. Cosa. Pero cuando alguien la toca, sonríe, y en la cara, se le forman dos hoyuelos. Luego está también que lo bueno de un abrazo es que sólo tienes que apretar a otro contra ti y dejar que el silencio haga el resto. Y aunque a primera vista no lo parezca, Catalina tiene su personalidad: escupe la comida cuando algo no le gusta y si va a llover, siempre es la primera en saberlo. Como si pudiera oler el agua a miles de kilómetros de distancia.

-Nuria...

-¿QuéquierequéquieresOlaiavasadecirmealgo,no?¿no?¿no?¿no?Dímelo-dímelo¿Quémevasapreguntar?¿Esdifícil?¿Eh?¿Megustacuandomepreguntancosasfácilesporqueesmásfácil¿sabes?¿Esfácil?¿Díme?¿Quées?¿Quées?

-¿Crees que la va a suspender?

-¿ACatalina?

-Ni siquiera sabe que tiene que hacer un examen. No sabe cómo suena una guitarra. Ni de qué color es el desierto. Y no habla. Ni nunca va a hablar. Con nadie. ¿Crees que eso, que decía la profesora de, conseguir lo que queremos también lo decía por ella?

NosénoséesapreguntacreoqqueesdelasdifícilesOlaianoséperomíralaalaCatalinasipareceunalosademármoldeesasqueponenenelsuelodelosayuntamientos.

Ringgg ringggg ringgggg y de pronto es la hora del recreo y puede estar sola un rato hasta que suene el timbre de la próxima clase otra vez, sola escuchando los pájaros y viendo cómo pasan las nubes y se pierden detrás de aquella montaña. Hay naranjos en el patio y una fuente con ranas y un querubín haciendo pis en mitad del jardín, y más al este, junto a las rejas, han sembrado camelias y matas de espliego. Sola y pensar en sus cosas de magdalena tibia. Sola con Nuria, claro.
-Puesyocreoqueamítambiénmevaasuspenderporqueyocreoquemesobrancientotreintaycuatropalabras¡peroesquemegustantantascosasquenopuedoponermenos¿túquédicesOlaia,creesquelasvaacontar?Yocreoquesí.Yoyalallamomostruo,¿túnoOlaia?¿Eh?¿Eh?

Cuando hace eso con las manos Nuria parece un cuadro de Picasso.

Y qué pronto ya es mañana algunas veces.

-Llegas tarde Olaia. ¿Se te han pegado las sábanas?

No. Sólo que la enfermera Juana no es mamá y tarda un siglo en ajustar las correas del corsé y hay que estar todo el rato diciéndole no apriete usted tanto Juana que duele.

-La próxima vez que no estés a en punto en mi clase ni siquiera entres. Siéntate. Y abre el libro por la página catorce.

El resto de la clase ocurre que leen a Frida Kahlo, por turnos, mientras la señorita Marie repasa las redacciones que las niñas han dejado al entrar encima de la mesa.

-Nuria.

-¿DígameuestedseñoritaMarie?

-Suspendida. Dije trescientas palabras.

-Esqueesqueesqueesque...alomejorsemecolóalgunademás.

-Exactamente ciento treinta y cuatro. Marta, suspendida. Te faltan siete. Amarula, suspendida. Y no hace falta que dibuje una flor en su firma. Belinda, suspendida. Leonor, suspendida. Catalina...

Física y química. El profesor se llama Don Julián. Y el nombre es lo único que tiene normal:

-¿Alguien sabría decirme cuál es la fórmula del amor? Daré una pista, como el amor está compuesto de polímeros y blablablablá, yogur de pera con trocitos, encienda usted la vela de una vez señora, no se coma eso hombre que estaba en el suelo, y como iba diciendo...

¿Qué sitio es este?

-¿Nadie? Pues bien, esta-con tiza en la pizarra-, es precisamente la ecuación: K7-C9.

Olaia sabe poco del amor. Pero jamás hubiera imaginado que tenía peso atómico.

Después Don Julián se ha puesto a hablar de peces sin venir a cuento y de qué cebo usar con las truchas y cuál con los peces de acuario. Y al rato estaba hablando de planetas que aún nadie conoce, pero que están ahí, como las cosas bonitas que aparecen de repente detrás de las esquinas. Su mujer por ejemplo. Las bolsas por el suelo. Los dos agachados. Aquellos ojos. “Nadie sabía que estaban allí hasta que yo los descubrí”. Cuando ha sonado el timbre ya llevaba un buen rato hablando solo, del día que a Teresa se la llevó por delante un camión de la basura.