14 de abril de 2017

Descubriendo Santa Marta


Mi abuelo y yo plantamos este manzano. Mi abuelo había vuelto de la guerra hacía poco y-una guerra de tontos, decía porque, la gente moría para nada. Eso era todo. Sólo luchabas por el hombre de al lado. A tus cinco o seis muertos se te olvidaba el color de las banderas-, se había traído la tristeza en los bolsillos. Nunca le vi sonreír. Ni siquiera un poquito, debajo de su gorra de jefe de estación. Mi nombres es Nicolás y llevo así desde el día que sonaron las campanas de San Judas, a muerto solas, y caí como un saco de alubias sobre un lecho de hojas secas donde los rosales.


Y aquí había una tienda de discos. Mamá, que por aquel entonces aún no parecía una alcayata ni las letras en la boca le sabían a leche agria decía ni hablaba con los muebles, me tenía asignada una pequeña paga los viernes por la tarde, para ir al cine o comprar caramelos o una revista en el kiosco, con fotos de famosos y estrellas del rock. O no gastarme nada en seis semanas y comprarme el último LP de Chet Baker, y escucharlo en el patio de atrás en un tocadiscos herencia de mi padre, al que por supuesto, nunca conocí.

6 comentarios:

  1. La sangre se transmite de desconocidos en desconocidos, sin herencias y sin banderas. ¡Hermoso relato!

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  2. La guerra es el motor de la sociedad, ¿o era que la sociedad es el motor de las guerras? Ya no lo recuerdo, pero a fin de cuentas que ambas son ridículas por igual.

    Saludos,

    J.

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    Respuestas
    1. No diría tanto,pero diría tonto, nunca aprenderemos. Así somos.

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