29 de julio de 2017

Olaia y la montaña mágica

La niña de la vasca parecía una jaula. Llevaba un corsé de calamita y tornillos de titanio hasta media rodilla como uno de esos maniquí de principios de siglo desde que el día en que en su cuarto cumpleaños le dio un pasmo soplando las velas de la tarta y tuvieran que llevarla como si fuera un trapo mojado colgando en brazos donde el médico y el médico se la quedara mirando con cara de cómo se lo digo y a la Vasca, que tenía unos ojos muy grandes y azules por no decir que no tenía más que pellejo pegado a los huesos y una nariz extraordinariamente grande, como de broma, se le cayeron dos bolas de billar al suelo burdeos de mármol porque a la niña, habría que vestirla de reja de jardín el resto de su vida.
La vasca, que de bonito por fuera sólo tenía de nombre Begoña, se había afincado hacía poco en una casita a orillas de un arroyo que pasaba por el sitio de casualidad porque una vez las lluvias habían derrumbado una linde y le había desviado el curso-la lluvia siempre tiene la culpa de algo- y desde entonces, se le podían ver flotar encima barquitos de papel, cartas de amor o un gato muerto.
La Vasca se trajo un marido, veinticinco mil mil duros de entonces de la venta de un viñedo de uva blanca y un señor con perilla que podía ser su padre y que no usaba nunca ni ropa interior ni calcetines porque decía que para un sibarita esas cosas sobraban. Nadie sabía, a ciencia cierta, quien era el padre de Olaia. La Vasca tampoco. Así que andaban desde siempre los tres juntos, como un miércoles, como las piñas en racimo, con el único fin de que los días a Olaia no le pesaran tanto como aquel armazón de costillas de barco que ella llevaba con la resignación de una virgencita de escayola colgada en la pared sobre la cama, aunque a veces le dijera a su muñeca, por supuesto en voz baja, siempre de noche y siempre junto a la ventana, que nunca sería un pájaro.
Y miraba el cielo. Y la Vasca aparecía por detrás y le pasaba el pelo por el hombro y la besaba en el cuello y le cantaba su canción preferida y después la sentaba en sus rodillas y con dos dedos le ponía la barbilla bien derecha y le decía que para ser feliz no había más que desearlo, o tú te crees que con esta nariz, no sé de que hablo. Y se reían. Porque era verdad.

Y un día Olalla cumplió los diecitantos. Y después vino Agosto. Y Agosto trajo a Mario. Y con Mario, lo rojo en las mejillas donde antes, sólo era el talco: hacía calor y era tan tarde y había tantas lucecitas que mirar por la ventana ahí en lo negro mientras mamá le quitaba los cerrojos al corsé para bañarla y qué casualidad, que como al arroyo que pasaba por delante de la casa, a Mario un sofoco le había levantado el sueño y lo había extraviado de pronto y a aquella misma hora hasta el balcón, justo en el glorioso instante en el que Olaia le mostraba al espejo sus panes de trigo recién hechos, tan blancos. La Vasca se dio cuenta; pero como la niña le mantuvo a Mario la mirada como una legionaria, no dijo nada y la dejó allí sola mientras llenaba de agua tibia la bañera, el tiempo suficiente a que lloviera.


22 de julio de 2017

No vuelvas a quemarme con la plancha y te lo juro, no tiraré por el balcón tu gato nunca más.


A veces, te odio tanto, que te cortaría en trocitos con el filo de una hoja de papel y los mandaría por separado y por correo aéreo a diversos puntos lejanos entre sí del planeta envueltos en unas lindas cajitas con lacitos rosas hechos con amor, y otras, te comería con las manos como a un muslo de pollo, una mazorca de maíz, un huevo frito, mojando pan, dejando que resbalara por mi boca abajo un caldo de sandía, que mis ojos en blanco, que la sed, que la carne del verbo, que chuparse los dedos, hasta lo salvaje, hacia lo más terriblemente cierto.

A veces te arrancaría el corazón y lo metería en el microondas hasta que reventara como un puto globo. Otras te la meto tan al fondo que te enciendes como una bombillita, y lo gritas todo, todo, todo.
A veces, pero ya no sí no; la mierda de caballo; la horda qué eres; mi Jekyll and Hyde; los restos de naufragio; los solos de trompeta; cristales rotos. Otras cunnilínguicos y sofisticadamente cerdos, habitantes del almíbar, barquitos de papel surcando espejos, piezas de Lego, lombrices que se abrazan en el barro.

A veces, mientras duermes, pienso cosas raras. Otras, cuando despiertas, aún sigo ahí. Como un milagro.

A vces me fltan ls plbras, pra expsr l asco que m das.

Otras me invento que Ayaynoparessiguesigue, es nuestro himno nacional.

18 de julio de 2017

Yo me perdono


A mi manera, soy feliz. Soy feliz viendo como dan vueltas las bolsas de plástico en el suelo, como giran y giran sin moverse nunca del mismo sitio y de repente, un aire se las lleva a vivir grandes aventuras. Pero no soy feliz cuando un señor don jefe quiere subirme el sueldo para que se la chupe. Yo ya te la chupo si eso a lo mejor un día. Pero no me sobornes cabrón. Soy feliz en realidad con casi cualquier cosa. Si me encuentro una piedra bonita, la guardo en el bolsillo y soy feliz. Si casi me mata un automóvil porque voy distraído pensando en tonterías, soy feliz. Porque no me ha matado. Soy feliz cuando veo el sol otro día más y pienso, joder, no hay quien pueda contigo mundo, ahí estás otra vez, radiante, a pesar de tanto hijo de puta suelto. Soy feliz cuando mojo las galletas en la leche. Cuando alguien me quiere joder el día. Porque de paso saco a mear a los lobos. ¿Por qué la gente se empeña en tocarnos los huevos? ¿Se aburren? ¿Es una hormona? ¿Disfrutan? No lo sé. Ni quiero. Cada vez me interesan menos cosas. Y otras, más. Los violines por ejemplo. ¿Lloran? ¿Se ríen? ¿Van por la noche a la nevera a comer helado? Soy feliz cuando menos me lo espero. Cuando me traga por ejemplo la boca del metro y delante, en las escaleras mecánicas, una flor se pasa por detrás de las orejas la melena y así con toda aquella tormenta pelirroja al viento va dejando tras de sí ese olor a magdalenas y a vainilla y a pecas que lo hace soñar a uno que de un momento a otro se va a volver y va a decirte que te quiere y que eres el amor de su vida y que quiere tener muchos niños contigo y que por qué no empezamos ahora, aquí, antes de que lleguemos abajo y despertemos. Soy feliz cuando meto la mano en el bolsillo y me encuentro una piedra bonita. Cuando escucho a los músicos ambulantes cagarse en la vida con sus altavoces a toda hostia y esa sonrisa en la cara de me la pela todo, menos mi puta guitarra. Vete a tomar por culo, Marie Louisse. Pero no soy feliz cuando alguien quema al tío que dormía en el cajero con gasolina. Soy feliz cuando dejo la cama sin hacer. Cuando debajo de la lluvia. ¿Que para qué? Para mojarme. Soy feliz cuando me quedo sin un céntimo, y algo en mí me recuerda que no es tan importante. Soy feliz mirando el cielo. No sé exactamente para qué. Pero es que es tan azul. Soy feliz conmigo a solas. Aunque tenga esta cara. Soy feliz si me equinoccio, total, cualquiera se equinoccia, el caso es aprender a ser más humano. Soy feliz cuando escucho las sirenas en la noche de los coches de la policía y los perros ladrándole a la luna en los charcos y el borracho de la esquina vomitando otra vez en el parquímetro y sé que la vida continúa. Soy feliz cuando me asomo a una ventana y no tengo ganas de saltar. Soy feliz con un trozo de pan. Con todas estas cicatrices. Con este pelo blanco. Cuando suena este vals. ¿Lo escuchas? Es lo bueno de estar un poco loco, que puedes tener toda una orquesta en la cabeza completamente gratis. Soy feliz con tantas cosas que a ratitos soy feliz. Mi tren se va, por cierto. Ya vendrá otro. Al fin y al cabo, esto es una estación.



17 de julio de 2017

Click

Era bonito cuando yo te cortaba de ras la cabeza en la fotos con unas tijeras.
Cuando explotaba  algo y cambiaba de pronto el color de las paredes.
Cuando si alguna vez la tuve me quitabas la razón y le ponías
encima un par de huevos fritos
y mojabas pan y me mirabas así tan fijamente y me decías
pásame la sal.
Y estábamos tan vivos y brillabamos tanto que el fuego podía verse desde lejos.
Y mi espada y tu espada buscando el corazón.
Y aquella sangre hirviendo como conjuro de  caldero.
Y las balas silbando otra vez nuestra canción.
Era bonito como el hongo de Hiroshima
hacer presa en la  carne como perros.
Morir una y otra vez en el intento
sin que ninguno usara la toalla de bandera blanca.


Y también era triste. 
Triste y pequeño como un pájaro muerto en mitad del jardín .

16 de julio de 2017

Complain


Los padres de la tierra agarran a sus hijos por detrás mientras aprenden a montar en bicicleta y sólo los sueltan cuando saben que están preparados para decir, mira papá, yo solo. Los padres de la tierra, como están hechos de barro, enseñan también a sus hijos a mantener alta la frente, a no arrodillarse ante nadie, y a que no vas al infierno si no te comes toda la sopa. Los padres de la tierra, si se equivocan, piden perdón desde los pies de la cama. Y luego te leen un cuento. Uno con espadas o dragones o barcos que zarpan a quién sabe qué mar en busca de tesoros. ¿Tú sabes leer cuentos?
Los padres de la tierra van a la final de la liga de fútbol del colegio a verte. Se sientan allí con sus caras de tonto a gritarte que eres el mejor, que tú puedes, que recuerda, todo lo que no se intenta, es un fracaso. Y aunque no metas un gol, ese día puedes comer todo el helado que quieras. Estos padres de carne cuando te abrazan, están tibios y suaves y están bonitos cuando te secan la cabeza con una toalla. Te cogen de los mofletes así y y y aunque quisieras cortarle las manos, en realidad estás deseando, y aunque todavía no lo sepas, cuando seas grande y llegues al mueble donde mamá guarda las galletas de chocolate, te acordarás de cosas como esas o de como al apagar la luz, desde la oscuridad, su voz te decía, no tengas miedo, yo estaré aquí, al lado.

Tú dices que estás en todas partes.

13 de julio de 2017

El hermano feo de Pitágoras

… mi vida sería sencilla como un martes
como un bate de béisbol
como un huevo cocido
y una media luna en el hall donde colgar el sombrero.

Te echaría de menos, claro, como si tuviera
una pata de palo
o mucha mucha sed.

...caminaría tanto. Sería tan.
Sin reloj de pared sin peine sin zapatos.
Sin tener en qué brazos morir cada noche.
Dormir en una rama.
Dejar atrás Yakarta, Illinois, Shangri-La.
Sin preguntarle al mar más tonterías.

Director de una orquesta de grillos
apagador de bajovientres
funambulista en la barra de un bar
doctor en gases nobles, cualquier cosa.
Ya nunca más sería grande. Ni me pondría una corbata.

Habría días, como meadas cuesta abajo sin ti.

Podría disparar a los patos poemas y corcheas
cabalgar en tío vivo; montar en avestruz; no quitarme nunca la nariz de payaso.
Podría ser, feliz.
Incluso.
Quién sabe.



11 de julio de 2017

Siempre hay alguien mirando



Las amapolas de cuneta; el tic tac de los relojes; la araña de la ducha
lo que hubiera
detrás de las esquinas, la orilla de los platos
esas estúpidas, películas de amor de dos horas y media
sólo por ver cómo se besan en el último segundo, yo
lo amo todo con todos mis ojos
con todas mis manos
con todo el amor
del que es capaz de amar un sólo hombre.

Los abecedarios y los pájaros pequeños
por supuesto las nubes, a poder ser redondas
cada farola que se encienda esta noche, cada vez, que un ángel pasa por mi lado oliendo a Cacharel, a rosa, a lirio, yo
que lloro cada muerte aunque no sea la mía
amaré siempre lo que quede del día,
los caracoles y el jabón y las cucharas y la nieve y esa luz en la gente
cuando creen que nadie las ve.

Las tuercas; los tornillos; las ruedas de los coches
el Buuu de cualquier barco, lo que quiera que traiga mañana la marea.
El litio y el sodio, el manganeso.
El eco.
Los moños que se hacen en el pelo las sirenas.
La música del grillo.
El olor a mojado.

Because it rains, and I am alive.

10 de julio de 2017

It's over there


Y si por algún motivo no puedes alejarte de lo que te lastima, métete dentro, lo más dentro que puedas de ti hasta que sólo escuches como sopla el viento entre las hojas de los árboles. Déjales el pellejo para que lo devoren. Pero no te rindas, porque si lo haces, no volverás a encontrar el camino de regreso y no harás otra cosa que vivir una vida que no será la tuya mientras ves como tus sueños se pudren delante de ti y terminas tus días convertido en tu peor enemigo. Si eso no te importa, ya no te importa nada. De hecho ni siquiera estás aquí. Prácticamente, no existes. Habrá quien piense en afilar sus armas y luchar, en soltar los perros negros de la noche, en izar cualquier bandera y matar en su nombre, y sí, cómo no, a quien a hierro mata, a hierro habría de morir. Pero no puedes matar a todo el mundo. Al tipo que le grita a su novia, a la señora que se cuela en la cola del supermercado, al jefe aquel que te despidió por quedarte embarazada, al puto presidente de la confederación intergaláctica de políticos corruptos, al vecino de arriba cuando te quema la ropa tendida porque no se apaga las colillas del cigarro en los cojones, a tu padre, que hablaba a hostias. Yo lo he intentado y a lo más, he matado tres moscas a la hora de la siesta.

He visto flores tan hermosas, crecer donde la luz ni siquiera se atreve a asomarse.  

9 de julio de 2017

Calentar a 180º durante toda la vida. Servir.


A las cinco y veintitrés minutos de la madrugada del lunes abrí como todos los lunes la puerta del aseo de señoras de la planta siete y encontré a la señora Li sentada en el retrete de uno de los baños completamente muerta. Sé que era lunes porque la señora Li tenía entre de los dedos el móvil, y la hora brillaba con números verdes en la pantalla y sé, que estaba muerta como un tronco seco porque tenía los ojos abiertos y no dijo nada. Normalmente era una de las pocas personas que daban los buenos días cuando entraba a los servicios, y a veces, sonreía y hasta me preguntaba que si how are you all right, a lo que yo le respondía con un I am always happy y un no me importa que me pise el piso mojado.
Tenía las bragas bajadas por debajo de las rodillas, el bolso colgando de un brazo y un calcetín por el tobillo. Las gafas ladeadas y una biblia de bolsillo en el regazo. Miraba la lámpara del techo como si la luz fuera lo único que le hubiera importado en los últimos momentos de su vida. Aún tenía color en las mejillas, y todavía estaba tibia. Había también una barra de lápiz de labio en el suelo, con el que la señora Li había escrito en la pared, por qué me has abandonado. Justo al lado, vacío, un bote de pastillas para no sentir nada.

La dejé un rato más a solas antes de avisar al conserje. Por si quería despedirse de alguien.

8 de julio de 2017

Cuélgame de un clavo en la pared


Aunque a veces el techo se nos caiga encima
aún habrá cosas bonitas en la vida:
la moto aquella por ejemplo de cuarenta y cinco que tuve en los ochenta y que cogía los noventa y que casi me mata siete veces.

Cosas que quepan en una caja de zapatos; un bolsillo; el corazón,
pequeñas y suaves como el primer beso.
Como la gente dormida en el vagón del metro de regreso a casa.
Como los ojos de un caballo.
Como mi madre.
Mi primera cuchilla de afeitar.

Cosas sin mí que ocurrirán de todos modos. La luz: el agua, tú
descalza sobre las madreselvas.
¿Quién no ha escuchado la misma canción seiscientas veces?

Aunque ya uno no lata.
Aunque ser ya no sea.

Alguien sabrá quizás que las cortinas, nunca bailaron solas porque sí.