9 de julio de 2017

Calentar a 180º durante toda la vida. Servir.


A las cinco y veintitrés minutos de la madrugada del lunes abrí como todos los lunes la puerta del aseo de señoras de la planta siete y encontré a la señora Li sentada en el retrete de uno de los baños completamente muerta. Sé que era lunes porque la señora Li tenía entre de los dedos el móvil, y la hora brillaba con números verdes en la pantalla y sé, que estaba muerta como un tronco seco porque tenía los ojos abiertos y no dijo nada. Normalmente era una de las pocas personas que daban los buenos días cuando entraba a los servicios, y a veces, sonreía y hasta me preguntaba que si how are you all right, a lo que yo le respondía con un I am always happy y un no me importa que me pise el piso mojado.
Tenía las bragas bajadas por debajo de las rodillas, el bolso colgando de un brazo y un calcetín por el tobillo. Las gafas ladeadas y una biblia de bolsillo en el regazo. Miraba la lámpara del techo como si la luz fuera lo único que le hubiera importado en los últimos momentos de su vida. Aún tenía color en las mejillas, y todavía estaba tibia. Había también una barra de lápiz de labio en el suelo, con el que la señora Li había escrito en la pared, por qué me has abandonado. Justo al lado, vacío, un bote de pastillas para no sentir nada.

La dejé un rato más a solas antes de avisar al conserje. Por si quería despedirse de alguien.

4 comentarios:

  1. Sea como sea, siempre se respeta la intimidad.

    Saludos,

    J.

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  2. Así es. Qué más privado que el baño.
    Saludos.

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  3. Respuestas
    1. El cielo como recompensa no existe, Mail. Los dos lo sabemos.

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