28 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 11

-¿A mí qué me importa que un tren salga de Madrid a las catorce treinta y otro desde Barcelona media hora más tarde? Ni a qué velocidad. Ni en qué punto se encuentran. Si no van a pararse, si van cada uno a lo suyo, y mira, que a lo mejor van dentro dos medias naranjas cada uno en dirección contraria. En cambio Fibonacci...su espiral está presente en todo lo que vemos, desde un caracol a la galaxia más absurda y lejana, desde un simple dedal, al corazón humano. ¿A ti te interesa cuántos huevos pone una gallina al mes si de lunes a sábado pone un huevo y los domingos tres, niña?

“AmínomaestroDonJusto;perosieltrenesevaalaplayapuestendríamuchaprisaporllegaryestaríatodoeltiempopreguntándoleamimadrequesifaltamucho”.

-Arquímedes y su punto de apoyo. Mucho más fácil mover el mundo así. No sé cómo lo harían antes, supongo que a empujones, así lo arreglan todo, en fin: Leonardo. Leonardo era un genio, algo increíble, un visionario. Hoy, saldremos al patio a estudiar la asombrosa geometría de las telas de arañas. Niñas...

Septiembre ya viene. Se nota en la luz. Es como cuando se quedan sin pilas la linternas.

-Nuria...¡Pssss! ¡Pssss!

Nuria está concentrada en a ver si ve la espiral esa que dice Don Justo; pero lo único qué ve, es una mosca muy gorda atrapada en el centro de la tela de araña.

-Nuria, tengo que contarte un secreto.

Cuando ha dicho “secreto”, Nuria a aterrizado en el planeta y los ojos se le han vuelto redondos como platos soperos y la boca se le ha abierto así de grande y sabe dios, que iba a salir de ella y cuántas veces si no fuera porque Olaia con la mano le ha taponado como un corcho las palabras. Pero hubiera dicho “¿Unsecreto,quésecreto,cuálsecreto,dimedimemdimedime?¿Eh?¿Eh?¿Eh?” y tan alto que toda la clase se hubiera enterado. Y entonces ya no sería un secreto. Y le quitarían el gato. Y es tan bonito. Y está tan suave, y...

“NadienosvaaquitarnuestrogatoOlaiatelojuroporlatumbademipadre.Cuandosemueraclaro-¿Nuestro gato?-.Quedigoyoque¿dóndeestá?¿Eh?”

-Ohhhhhh es precioso...si pudiera acariciarlo-es que Marta ya no tiene manos, se las comió un león que se escapó del zoo. Salió en los periódicos-. ¿Y que nombre vamos a ponerle?-¿Vamos?-. ¿Adolfo? ¿Lord Byron?

-¿Puedo cogerlo?-Amarula sí tiene manos. Lo que no tiene es futuro. Un par de años más. Lo que sea se la está comiendo y tampoco saben qué nombre ponerle. Mientras tanto sonríe todo el tiempo porque dice, que una sonrisa, abre todas las puertas del mundo. Nadie sabe muy bien por qué hace eso.

Al final han decidido meter en una taza un nombre cada una escrito en un papel, y el que salga, pues ese.

-Ábrelo tú Olaia.

-¿Marfelino? Será Marcelino, ¿No, Belinda? Esta es tu letra.

-Clado, Marfelino, lo pone ahí bien cladito, ¿no lo vez?

Las demás se ríen. Hasta a papá Ramón le haría gracia. 

Marfelino entonces es un gato chico con rayas en el pelo y los ojos tan verdes y la panza tan blanca. Vive en una caja de cartón. Debajo de la cama. 

-Hay que esconderlo. No puede estar ahí. Imagina que se pone a maullar en mitad de la noche y despierta a la enfermera Juana. Lo estrujaría con una sola mano como a una naranja.

-Juana no es mala. Cada vez aprieta menos los nudos del corsé. Y a veces me cepilla el pelo. Y me habla de un hijo que tuvo y que ya no tiene y que por eso pesa ciento treinta y nueve kilos, porque casi se muere de no comer nada y un día sin venir a cuento se puso a comer y todavía no ha parado. Pero no reviento dice, como un globo. No le haría nada a...

-Marfelino.

Y todas vuelven a reírse. Todas menos Catalina. Hasta que Amarula le pone a Marfelino entre los brazos. Ahí están, sus dos hoyuelos uno a cada lado de la cara, tan bonitos, que dan ganas de ponerse a jugar a las canicas.

27 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 10


Las camelias han tardado tres semanas en salir. Ya huele a espliego. Las niñas han crecido. Un poquito. Como medio milímetro. Y además es domingo, día de visita.

La vasca y Olaia se han sentado bajo un cedro. Algo más allá papá Ramón discute vete a saber por qué ni cómo con una niña de diez años que pero eso como va a ser si dos y dos son cuatro de toda la vida. Se pone rojo como un tomate. Él solo. Mientras la niña lo mira desde la más absoluta indiferencia esperando paciente a que esa vena del cuello lo atragante, o vea la luz divina de las matemáticas, y como dice el maestro Don justo, abras los ojos.

-Eugenio no ha podido venir. Ya sabes cómo es. Es Eugenio. ¿Quién es aquella niña?
-Catalina.

-¿No viene nadie a verla?

-A ella le da igual.

-¡Ramón, te va a dar algo! ¡¿Pero no ves que es una niña?! Este hombre...tanta barba y tan tonto...Hilario me ha dado recuerdos para ti. Que si estás estudiando. ¿Estás estudiando? Porque este colegio cuesta un ojo de la cara. Y sólo tengo dos.

-Vámonos dentro mamá. Va a llover.

-Pero si hace un día estupendo.

-Ya no. Cuando Catalina hace así como que viera algo en el cielo y huele el aire como un perro perdiguero, no tarda ni dos minutos en caer la primera gota.

Tras los cristales el agua suena como una cajita de música y hasta Olaia como un cuadro de Matisse. Tan lánguida:

-¿Sabes lo mejor de Catalina? Que no engaña a nadie. Lo que ves, es lo que hay. ¿Qué ves tú cuando me miras, mamá? No podría correr ni aunque perdiera el autobús, y ya sabes, los médicos dicen, tú lo has escuchado, que cuando tenga algunos años seré como un trozo de mantequilla untada en una cama. ¿Qué ves tú, mamá?

Papá Ramón tiene hambre:

-¿Te dan bien de comer en este sitio?¿Porque yo tengo hambre? Lo mismo bajo al pueblo y traigo algunas cosas: un par de liebres, una vaca, seis huevos de avestruz...y helado. Y siete cucharas todas para mí. Ya vengo.

Y ha desaparecido por detrás de las rejas del jardín. Antes de doblar un recodo y perderse rumbo a donde sea que fuere que oliera a comida, ha dicho en voz alta que cuando volviera las quería a las dos en son de paz, o también se las comería a ellas.

-Papá Ramón está más gordo.

-Se acuerda de ti mucho y le da por comer. A todas horas.
Cuando yo era pequeña, Olaia, me llamaban la fea por la calle. Me salieron las tetas y me toco ser más fea todavía y un día empezó por si no fuera poco a crecerme y crecerme esta nariz como si quisiera ella sola llegar a alguna parte. Que iban a tener que hacer un agujero en la tapa de mi ataúd el día que me fuera al otro barrio y que los pájaros mientras el cura rezaba por mi alma se iban a posar en mi nariz y me iban a cagar en la cara. Todo eso escuchaba a mis espaldas. Y sabes lo que hacía. Nada. Por eso un día me tiré por la ventana del cuarto de tu abuela a la calle. Me rompí las dos piernas y una fila de dientes. Y nadie del colegio vino a verme. Como a una Catalina. Y aunque me había acostumbrado a estar más sola que la una del reloj, un día conocí a tu padre. ¿Sabes qué me dijo? Guapa. Casi lo mato. Pero al día siguiente estaba otra vez esperando en la acera de enfrente del trabajo: “Si me llamas otra vez guapa te corto el badajo. ¿Te enteras? Pero ya que has comprado las entradas...”. Me hizo de todo en la fila de atrás. ¿Qué? Tu padre es un mono, está todo el tiempo pensando en lo mismo. Tú no sabes lo que hay a la vuelta de la esquina, hija. Ni yo tampoco. Pero lo que sea, es tuyo.

Y de pronto se ha quedado como rara y callada mirando a algún lado como si hubiera visto...
Y a Olaia unas manos le han vendado los ojos y una voz le ha preguntado:

-¿Quién soy?

Eugenio. ¿Quién va a presentarse de repente vestido de lino todo blanco y oliendo a mulata?

-Esto es para ti. Me voy, tengo a Rosarito esperando en el Dogge. Te quiero, cielo. No lo abras hasta que me haya ido. Ya me estoy yendo. Ya me he...

Cuando el motor de coche es apenas un susurro en la distancia, la vasca pregunta que si no lo va a abrir.

Claro que sí. Pero antes, va a acercárselo a la oreja y a agitarlo así, a ver como suena. Luego va a ponerlo en sus rodillas. Va a quitarle el lacito. Va a rasgar el papel...

-No puedes tener eso en el colegio, hija.

Si Eugenio no existiera, habría que inventarlo.

-¡Miauuuuu...!

25 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 9


Catalina es como una maceta. La pones aquí para que le de sol, la pones allá para que le de sombra. O donde no estorbe. Como una de esas sillas viejas que siempre esté en mitad de la cocina, que sobre, pero que no quieras tirar porque te da no sé qué porque hace no sé cuánto que está ahí. Una maceta con planta de pasillo de hospital donde uno apaga las colillas. Viva de casualidad. Patito feo. Cosa. Pero cuando alguien la toca, sonríe, y en la cara, se le forman dos hoyuelos. Luego está también que lo bueno de un abrazo es que sólo tienes que apretar a otro contra ti y dejar que el silencio haga el resto. Y aunque a primera vista no lo parezca, Catalina tiene su personalidad: escupe la comida cuando algo no le gusta y si va a llover, siempre es la primera en saberlo. Como si pudiera oler el agua a miles de kilómetros de distancia.

-Nuria...

-¿QuéquierequéquieresOlaiavasadecirmealgo,no?¿no?¿no?¿no?Dímelo-dímelo¿Quémevasapreguntar?¿Esdifícil?¿Eh?¿Megustacuandomepreguntancosasfácilesporqueesmásfácil¿sabes?¿Esfácil?¿Díme?¿Quées?¿Quées?

-¿Crees que la va a suspender?

-¿ACatalina?

-Ni siquiera sabe que tiene que hacer un examen. No sabe cómo suena una guitarra. Ni de qué color es el desierto. Y no habla. Ni nunca va a hablar. Con nadie. ¿Crees que eso, que decía la profesora de, conseguir lo que queremos también lo decía por ella?

NosénoséesapreguntacreoqqueesdelasdifícilesOlaianoséperomíralaalaCatalinasipareceunalosademármoldeesasqueponenenelsuelodelosayuntamientos.

Ringgg ringggg ringgggg y de pronto es la hora del recreo y puede estar sola un rato hasta que suene el timbre de la próxima clase otra vez, sola escuchando los pájaros y viendo cómo pasan las nubes y se pierden detrás de aquella montaña. Hay naranjos en el patio y una fuente con ranas y un querubín haciendo pis en mitad del jardín, y más al este, junto a las rejas, han sembrado camelias y matas de espliego. Sola y pensar en sus cosas de magdalena tibia. Sola con Nuria, claro.
-Puesyocreoqueamítambiénmevaasuspenderporqueyocreoquemesobrancientotreintaycuatropalabras¡peroesquemegustantantascosasquenopuedoponermenos¿túquédicesOlaia,creesquelasvaacontar?Yocreoquesí.Yoyalallamomostruo,¿túnoOlaia?¿Eh?¿Eh?

Cuando hace eso con las manos Nuria parece un cuadro de Picasso.

Y qué pronto ya es mañana algunas veces.

-Llegas tarde Olaia. ¿Se te han pegado las sábanas?

No. Sólo que la enfermera Juana no es mamá y tarda un siglo en ajustar las correas del corsé y hay que estar todo el rato diciéndole no apriete usted tanto Juana que duele.

-La próxima vez que no estés a en punto en mi clase ni siquiera entres. Siéntate. Y abre el libro por la página catorce.

El resto de la clase ocurre que leen a Frida Kahlo, por turnos, mientras la señorita Marie repasa las redacciones que las niñas han dejado al entrar encima de la mesa.

-Nuria.

-¿DígameuestedseñoritaMarie?

-Suspendida. Dije trescientas palabras.

-Esqueesqueesqueesque...alomejorsemecolóalgunademás.

-Exactamente ciento treinta y cuatro. Marta, suspendida. Te faltan siete. Amarula, suspendida. Y no hace falta que dibuje una flor en su firma. Belinda, suspendida. Leonor, suspendida. Catalina...

Física y química. El profesor se llama Don Julián. Y el nombre es lo único que tiene normal:

-¿Alguien sabría decirme cuál es la fórmula del amor? Daré una pista, como el amor está compuesto de polímeros y blablablablá, yogur de pera con trocitos, encienda usted la vela de una vez señora, no se coma eso hombre que estaba en el suelo, y como iba diciendo...

¿Qué sitio es este?

-¿Nadie? Pues bien, esta-con tiza en la pizarra-, es precisamente la ecuación: K7-C9.

Olaia sabe poco del amor. Pero jamás hubiera imaginado que tenía peso atómico.

Después Don Julián se ha puesto a hablar de peces sin venir a cuento y de qué cebo usar con las truchas y cuál con los peces de acuario. Y al rato estaba hablando de planetas que aún nadie conoce, pero que están ahí, como las cosas bonitas que aparecen de repente detrás de las esquinas. Su mujer por ejemplo. Las bolsas por el suelo. Los dos agachados. Aquellos ojos. “Nadie sabía que estaban allí hasta que yo los descubrí”. Cuando ha sonado el timbre ya llevaba un buen rato hablando solo, del día que a Teresa se la llevó por delante un camión de la basura.

22 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 8


Es extraño, que para ser la profesora de lengua, la señorita Marie lleve veinte minutos callada.

-¿Habéis saboreado ese silencio? -las niñas no saben qué decir. Se miran unas a otras buscando esa complicidad de esta profe es muy rara ¿A qué sabe el silencio?-. ¿No es desasosesisogante? ¿Incertidumbroso? ¿No es como si te arrojaran a un rio con bolas de plomo en la barriga o te castigaran sin postre y a la cama durante el resto de tu vida?

“¡¡¡SeñoritaMarieyonoheescuchadonadadenadaycasiquememuerosinpoderhablaraunquefueraunpoquitosiquierayhastaparecequehapasadounasemanaytodavíamelatemuydeprisamuydeprisaelcorazóndeloincertibrundosifo!!!”

-Pues imagina Nuria que acabas tus días encerrada en una caja de madera, de esas grandes que van en los barcos rumbo a cualquier sitio que este lejos e imagina que el barco se hunde y acabas en el fondo del Océano Índico, muy hondo y te quedas allí para siempre y sin nada más que hacer que estar a oscuras.

“MipadreestenientedelaguardiacivilyocreoquemandaríaabuscarmeunacuadrillaoalgoseñoritaMariedigoyoporqueunavezseperdióunñiñoenelpueblodealladoymipadre...”

-Nadie sabe dónde estás.

“Peroesquenoloentiendo¿porquéibaaestaryoenunacajademaderayademás,losbarosllevanunaradioque...”

-La radio no funciona.

“YayaseñoritaMarieperoesque...”

-Nuria...

-¿Qué?

-Vas en un barco. Dentro de una caja. Y el barco se hunde. Así es la vida. Acostúmbrate.
Pues bien, debe ser horrible, como seguramente estéis pensando, y la culpa, es del verbo haber. ¿Sabes por qué niña con lacito que mira quién sabe qué cosa en la distancia?

Olaia pensaba en quién le quitará esta noche el corsé si no es mamá-una enfermera que se llama Juana y pesará como doscientos kilos. La ha visto pasar por los pasillos y el suelo temblaba. ¿Y con qué manos, y con qué ganas, y con qué acierto?-. Olaia lejos. Olaia triste como un perro sin hueso. Tan elegantemente pálida. Olaia diciendo no lo sé, señorita Marie, ¿por qué?

-Exactamente, porque en su pretérito perfecto, es un hábito del que no hacemos nada por desprendernos: si yo hubiera. ¡Ay, si yo hubiera! ¿Verdad Olaia? ¿Cuántas cosas no has hecho? ¿De qué te quedaste con las ganas? Catalina-Catalina es sorda-¿Qué te gustaría ser de mayor? ¿Astronauta? ¿Modista?-Catalina es muda-¿Cantante? A lo mejor, doctora-Catalina es ciega-. ¿Y tú Nuria? ¿Tú quieres ser doctora? ¿Cirujana? ¿Algo así?

No es extraño que nadie la llame por su nombre.

-Hay cosas que nunca vais a hacer.

Silencio. Y ahora si pesa.

-A partir de ahora, las chicas del Instituto Fitzrovia van a practicar un verbo nuevo. Primer mandamiento: “Tengo que”. Para mañana, una redacción con las cosas que más os gusta hacer, y las que menos, encima de mi mesa. Trescientas palabras. Las contaré.

19 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 7



“CuandoseamayordeedadmeiréalaArgentinaoaLahabanaoaculaquieradelossitiosquevienenenelmapa¿ytúcómotellamas?¿eh?¿eh?¿eh?”.

Ella se llama Nuria y tiene tres bocas y está sentada en el pupitre de al lado de Olaia.

“Porqueatitambiéntehabránobligadoaveniraunsitiotanhorriblecomoesteporsupuestonocreoyoquenadieenelmundoquisieraveniraquíparaquécomonofueraque”.

Olaia la escucha como se escuchan las cosas debajo del mar. Como a los trenes que se van. Y como de todos modos parece que no va a callarse la deja hacer, con la esperanza de que en uno u otro momento, se ahogue y caiga en redondo sobre su mesa y se quede así, muchos siglos, hasta que le crezcan girasoles en el cráneo y el musgo la cubra por completo.

“Mimadreyaandabadiciendohacealgúntiempoquelehabíanhabladomuybiendeestesitioyqueyoibaahacergrandesprogresos;peronuncapenséque”.

-¿Si te digo mi nombre te vas a callar?

-Sóloqueríasersimpática.

-Nunca vas a ser simpática. Eres agotadora. ¿Ta tragaste alguna máquina? ¿Te dio un calambre?

Nuria tiene Huntington. Hace muecas mientras habla y dobla las muñecas así como al revés y si no fuera porque es de carne y hueso Olaia pensaría que es una marioneta a la que alguien moviera a su antojo sin ton ni son ni gracia, desafortunadamente.

-Buenos días niñas.

La profesora.

-Mi nombre es Marie, señorita Marie, y mientras asistáis a mis clases me llamareis de ese modo. Fuera del aula, podéis llamarme monstruo, todo el mundo lo hace, aunque a mí me gusta más Marie, un bonito nombre que mis padres tuvieron a bien elegir antes de dejarme en la puerta de un orfanato-y saliendo de detrás de su escritorio ha terminado asegurando-: Por esto.

Donde tenían que estar las piernas, hay una mantita sin nada debajo como un truco de magia. Nada por aquí, nada por allá. Nunca se pondrá tacones. Nunca saltará de alegría. Nunca, podrá correr detrás de sus sueños.

-Por eso aprendí a usar, esto-y ha señalado con el dedo su cabeza con tres golpecitos que han sonado toc toc toc como si estuvieran preguntando ¿hay alguien ahí-. Y eso es precisamente lo que aprenderemos en mi clase.

-¿MatemáticasseñoritaMariecienciaslatínálgebrasociales?¿Acoser?¿Modales?
¿Eh?
¿Eh?

-A caer de pie. Como los gatos.

-...

-Una vez tuve un novio que era polaco. Muy rubio y muy alto. Me llevaba en brazos todos los días a la cama. ¿A que parece increíble? Pues era polaco. Y un día vino diciendo, tenemos que hablar. Lo vi pasar un día con una morena del brazo a la que no le faltaba de nada. Otra vez me subí a un árbol. De más chica. Vinieron los bomberos. Estuve castigada tres semanas a rezar con la madre superiora el rosario a las tres de la mañana. ¿Tú te has subido alguna vez a un árbol, muchacha?

No. Nunca. Pero papá Ramón, como es tan bruto, un día la lanzó a lo alto muy alto en el aire varias veces para que viera a los muchachos jugar fútbol detrás de la tapia.

16 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 6


-Eugenio me ha dicho esta mañana que quieres matar a todo el mundo. No voy a preguntarte por qué; pero dime: ¿Para qué es el lazo azul? ¿Es un arma? ¿Como un ninja? ¿Está afilado? Joder, como te envidio. Salir de la oscuridad y cortarle la cabeza a más de uno. A mi jefe, por ejemplo. Me tiene hasta los huevos. Ramón por aquí, Ramón por allá. Cualquier día le meto de hostias.

Papá Ramón tiene barba. No como la de Eugenio. La de Eugenio es una barba de Quijote. La de Ramón es la Selva Negra, y todo el pelo que le falta en la cabeza, lo tiene ahí, en el mismo sitio.

-No es azul.

-¿Azul clarito?

-Y sólo es un lazo. Y era una broma. Y nos reímos. Tú, como nunca te ríes.

-Me río cuando algo me hace gracia, joder. Tú madre y yo hemos estado hablando de ese colegio nuevo para niños como tú y...

-¿Niños lisiados?

-No empecemos Olaia. Tú te crees que todo es muy fácil porque tienes toda la ayuda necesaria, todos los mimos, toda la atención. Yo me paso en el taller catorce horas y nadie me lo agradece. ¿Crees que tu madre me hace si quiera una tortilla? No. Eso era antes. De recién casados. Y yo pensaba, joder, es muy fea la Begoña; pero hace unas tortillas. Yo también estoy lisiado y no me quejo tanto, mira, mira las manos, no tengo ni un dedo derecho de apretar tantas tuercas. Pena, no me das. Y si tu madre dice que ese colegio es lo mejor para ti es que es lo mejor para ti. Y no pongas esa cara. Todas las niñas de tu edad están todo el tiempo enfadadas con sus madres. Aunque no estén lisiadas. Y sí que me río. Cuando me hace gracia.

¿Se reiría papá Ramón el día que Begoña entró por la puerta diciendo que venía de ponerle los cuernos?

Mamá tarda unos dos minutos y cuarenta segundos en quitarle el corsé todas las noches. Más o menos. Descorreorre las correas, descorchacorcha los corchetes, desanuda que nuda los nudos, desabrocha que brocha botones, pendiente a los trinquetes y las jarcias, a la vela mayor, atenta a la herrumbre que el tiempo va tejiendo en la espalda de Olaia, a las llagas, los candados, los muelles y tornillos, los mecanismos y artefactos, los engranajes todos, uno a uno, cada día desde entonces, con todo el amor. Hasta que Olaia cae en sus brazos como la cáscara de un plátano, como un flan de vainilla, una torre de Pisa. Una cuchara en el borde, de una repisa.

-Estás preciosa con tu lazo azul. Papá Ramón y yo hemos estado hablando de lo del nuevo colegio. A Eugenio todo le parece bien, ya sabes, él no se entretiene en esa cosas.

-Es celeste.

-Y esta vez Eugenio no va a defenderte. Ya lo hemos hablado. Y no es tan tonto. El también sabe que es lo mejor para ti. Vas a ir a ese colegio Olaia. Te pongas como te pongas.

“¿Y si me pongo así? ¿Toda roja de no respirar nunca más?”

-Tarde o temprano tendrás que coger aire. Avísame y seguimos hablando. A lo mejor has crecido mientras tanto.

“¿Para ser como tú?” Al menos yo no tengo esa horrible nariz”.

-Te estás poniendo azul, Olaia. Como tu lazo.

-Es celeste, mámá: ce-les-te.

-Voy a prepararte la maleta.

-Mamá...

-¿Qué?

A veces no se encuentran las palabras, y hay que firmar con besos en la frente los te quieros.



12 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 5



La Cucutufa lleva chupándosela a Eugenio desde hace por lo menos dos capítulos de Huckleberry Finn. Olaia, mientras lee, disfruta del enorme placer de acariciar la barriga de un pez. Se llama Lauro y cada vez que lo ve, está más gordo. Come de todo. Una vez se comió una pestaña postiza.

-Dijiste que tardarías poco.

-Ya hija, pero es que ya no está uno para estos trotes. Con lo que yo era. ¿Pero qué cojones come ese pez? Bueno, cuando quieras vamos a por tu lazo azul.

-Celeste.

Tres tiendas más tarde:

-¿No te gusta este? Es muy bonito.

"No es celeste, señora. Es azul tirando a verde. Y yo lo quiero celeste. Como el cielo a mediodía. Como los ojos de Paul Newman".

Eugenio siempre lleva la camisa por fuera. Huele muy bien. A algo caro.

-Te digo, querida, que un hombre tiene que llevar limpios los zapatos y los dientes.

Le gustan las mujeres. Todas.

-No deberías estar perdiendo el tiempo aquí, vendiendo braguitas de encaje y lazos para el pelo. Tienes un cutis tan...me recuerdas a la Loren. ¿No te lo han dicho nunca?

Lo mejor de Eugenio es que hace lo que le da la gana cuando le da la gana. Es muy divertido:

-¿Sabes qué estoy pensando? Que pasaré a recogerte esta tarde cuando cierres. Iremos a un sitio que conozco donde sirven...¿que estás casada? No me importa. ¿ A ti te importa? Sobre las nueve.

Y después se ha inclinado sobre el cuello de la dependienta y le ha susurrado algo al oído y a la dependienta le han temblado las rodillas detrás del mostrador mientras pensaba algo así como que una no puede fiarse de un hombre que no lleva calcetines, ¿qué me pasa? “¿es que no ha escuchado usted que estoy felizmente casada?
Se lo diría. Pero no es cierto. De aquello solo quedan promesas sin cumplir y un llavero del Athletic con forma de balón que abre la puerta de una casa donde ya nunca hay nadie que corra a la puerta como un perro bueno para recibirla como antes. A lametazos, a tirarla de espaldas al suelo, a decirle te quiero, te quiero, te quiero.

Así que ha contestado muy bajito para que la niña no la oyera: espérame en la esquina. Con el motor del Dogge en marcha, como si fueras a robarme el corazón.

-Quiero este.

-Por fin. Pensé que me ibas a tener todo el día de aquí para allá en busca de un trocito de tela, cielo.

-No es sólo un trocito de tela. Y no me lo voy a quitar nunca.

La dependienta no había visto a dos personas tan raras en su vida. Sobre todo la niña. Parece el fuselaje de un avión con esa cosa puesta sobresaliendo por el escote y haciendo bulto debajo del vestido. Debe pesar una tonelada. Pobrecita. Con lo joven que es.

-Estos críos..., bueno, nosotros, señora, ya nos marchamos.

Y le ha guiñado un ojo. Que significa a las nueve. En la esquina. Con el motor en marcha.

Seis semáforos más tarde:

-Papá...

-Dime.

-Adivina para qué es este lazo.

-¿Para estar más guapa?

-Ya soy más guapa.

-¿Para quitarte el pelo de la cara? No sé, cariño. ¿Para qué?

-Para matar gente.

-Vaya. Interesante. ¿Y a quién quieres matar?

-A todo el mundo.

-¿A nosotros también? ¿A tu madre, por ejemplo?

-La primera.

-¿Tienes hambre? ¿Qué te parece si paramos ahí? Así ya puedes empezar a matar camareros. O un señor con gafas.

Y han comenzado a soltar carcajadas y a poner caras raras y hasta casi a llorar de la risa y cuando ya no podían más y el aire les faltaba Olaia ha caído rendida en su hombro y ha dicho, te quiero, Papá, mucho.

7 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 4




Nublado duele más. Duele más todo. La L4 y la L5; el coxis, el omóplato; el fémur, las clavículas, el hueso sacro; el astrolabio; la vela mayor y los trinquetes; los dedos de los pies; mamá diciendo te vas a marchitar aquí metida, deberíamos salir más; mamá diciendo que si uno quería podía conseguir cualquier cosa; mamá diciendo que me iba a vestir para salir al parque a tomar aire, a ver las flores, las palomas, los muchachos...Nublado duele de a poquito. Como la gota de un grifo.

-Mamá...

Mamá la miró de soslayo sin decir palabra y esperó a que dijera lo que Olaia tenía que decir para contestarle que no.

-Quiero...

-No. Lo de meterte a monja es un antojo porque no se te ocurre otra cosa. Dios no va a entrar en esta casa.

-No iba a decir eso. Sólo lo dije porque estaba enfadada.

-¿Y qué ibas a decir? ¿Que quieres irte al Himalaya? ¿A estar sola? A darle la espalda a todo lo que tengas que vivir solo porque...

-¿Porque ya no me sostengo sola? ¿Porque sin esa cosa puesta me derrito como un helado de vainilla? ¿Porque con ella puesta parezco Frankestein al caminar?
Iba a decir que quería un lazo para el pelo.

-Yo tengo muchas cosas que hacer y también estoy enfadada. No he criado una hija para que me llame como tú me llamaste el otro día. Tú padre tiene que ir a no sé dónde. Dile que te lleve.

-¿Cuál de los dos?

-Eugenio.

-¿Y si ya está borracho?

Pero no lo estaba porque se había recién levantado y había bajado por las escaleras recién afeitado y oliendo a colonia y diciendole a la Vasca que hacía un día estupendo ¿verdad, cielo?, vámonos Olaia, que te llevo.
A la vasca tanto adjetivo pegajoso la ponía de leches agrias; pero quién le decía a Eugenio que no nada.



-Primero vamos a ver a Cucutufa, si no te importa Olaia, tardo poco, y después te llevo a por tu lazo y...¿¡Para qué sirven los intermitentes?! Joder con la vieja... a comer un algo en una bonita terraza donde además sirvan ginebra en los gin-tonics hasta que yo diga pare. ¿Sigues enfadada con tu madre?

-No lo sé.


-¿Sabes lo que más me gustó siempre de tu madre? Nada. Ni siquiera era guapa de joven. Y ya sabes cómo me gusta cuidarme el paladar. Pero esa mujer tiene algo que ninguna más tiene: a ti. Yo con tu madre pues fue una cosa de verano y no me acuerdo, pero seguro que ya iba por la segunda botella de ginebra y estaba muy oscuro, porque si no, es que no se entiende. Tu madre es muy fea, Olaia, qué quieres que te diga. Tienes cara de no estar escuchando una palabra de lo que te digo...

5 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 3


Malnacido. Estúpido. Idiota.
Que quería decir por qué te has ido. ¿Por qué te has ido así, tan pronto? Como si todo te importara nada. Como si no tuvieses corazón.

Olaia siempre lleva un espejo en el bolsillo nadie sabe para qué.

Malnacido. Estúpido. Idiota.
Que en el idioma de los pájaros, obviamente, significaba algo así como que si el chico del balcón se iba a tomar las cosas tan al pie de-la-le-tra, a lo mejor la próxima vez en que se vieran ella le volvía la cara.

Deberías haberte quedado a ver como me levantaba.
Malnacido.
Yo me hubiera puesto de color bonito. Para ti. Toda valiente. Como cuando me desnudo frente a la ventana. Para ti. Porque eres lindo y tienes la boca rosa y un jersey de a cuadros que te queda estupendo y porque tengo diecisiete años y nadie me ha besado todavía. Ni un poquito. Ni de lejos. Les da miedo mi jaula. Una vez escuché en los pasillos del colegio que ahí iba la que orina de pie. La que no dobla las rodillas. La hija de la Vasca.
Estúpido.
Una vez mamá me llevó al mar. Y me puso a flotar en sus brazos. Y al rato me soltó como quien suelta a un niño que aprendiera a montar en bicicleta. Y el cielo era tan azul allí. Y el agua hablaba tan bajito.
Mi espejo no se ha roto. El vestido en cambio habrá que lavarlo tres veces.

Idiota.

Esta noche cerraré las cortinas.

Y mañana me compraré un lazo. Un lazo celeste y brillante que me recoja el pelo.

No vamos a llorar, ¿verdad, espejo? Nunca lo hacemos. ¿Y recuerdas la tercera operación? Se podían sentir los tornillos clavándose en el hueso. O la vez que el primo Alberto me tocó con la punta del dedo a ver si era de goma. Y nunca lloramos. ¿No es cierto?

4 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 2




Olaia sin la jaula era como un árbol tumbado por un rayo en mitad del camino, o parecía, tan hermosa sobre el barro, un ángel del cielo recién caído. Y así la encontró Mario. Medio rota. Y esto fue lo que pasó:

“-¿Te saco de ahí, o también me vas a poner mala cara?”.

Porque Mario, desde el balcón de enfrente la había visto en alguna ocasión renegarle a la Vasca que no la ayudara a ir del tocador hasta la cama, que ella podía, podía andar tres metros y hasta cuatro sin corsé y sin dar con los huesos en el suelo con poco que agarrara el pomo de una puerta o el quicio de algún mueble.

Olaia había salido al jardín porque hacía buena tarde y quiso ver de cerca un mirlo que sacaba del suelo una lombriz del tamaño de un dedo y quiso preguntarle en el idioma de los pájaros, obviamente, como era de frente el viento en la cara cuando volaba. Con tan mala suerte que aquel artilugio que llevaba debajo del vestido se enredara entre las ramas de una adelfa y la hiciera virar hacia babor y luego hacia estribor y así hasta acabar naufragando de boca sobre un charco.

“-Yo puedo sola”.