12 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 5



La Cucutufa lleva chupándosela a Eugenio desde hace por lo menos dos capítulos de Huckleberry Finn. Olaia, mientras lee, disfruta del enorme placer de acariciar la barriga de un pez. Se llama Lauro y cada vez que lo ve, está más gordo. Come de todo. Una vez se comió una pestaña postiza.

-Dijiste que tardarías poco.

-Ya hija, pero es que ya no está uno para estos trotes. Con lo que yo era. ¿Pero qué cojones come ese pez? Bueno, cuando quieras vamos a por tu lazo azul.

-Celeste.

Tres tiendas más tarde:

-¿No te gusta este? Es muy bonito.

"No es celeste, señora. Es azul tirando a verde. Y yo lo quiero celeste. Como el cielo a mediodía. Como los ojos de Paul Newman".

Eugenio siempre lleva la camisa por fuera. Huele muy bien. A algo caro.

-Te digo, querida, que un hombre tiene que llevar limpios los zapatos y los dientes.

Le gustan las mujeres. Todas.

-No deberías estar perdiendo el tiempo aquí, vendiendo braguitas de encaje y lazos para el pelo. Tienes un cutis tan...me recuerdas a la Loren. ¿No te lo han dicho nunca?

Lo mejor de Eugenio es que hace lo que le da la gana cuando le da la gana. Es muy divertido:

-¿Sabes qué estoy pensando? Que pasaré a recogerte esta tarde cuando cierres. Iremos a un sitio que conozco donde sirven...¿que estás casada? No me importa. ¿ A ti te importa? Sobre las nueve.

Y después se ha inclinado sobre el cuello de la dependienta y le ha susurrado algo al oído y a la dependienta le han temblado las rodillas detrás del mostrador mientras pensaba algo así como que una no puede fiarse de un hombre que no lleva calcetines, ¿qué me pasa? “¿es que no ha escuchado usted que estoy felizmente casada?
Se lo diría. Pero no es cierto. De aquello solo quedan promesas sin cumplir y un llavero del Athletic con forma de balón que abre la puerta de una casa donde ya nunca hay nadie que corra a la puerta como un perro bueno para recibirla como antes. A lametazos, a tirarla de espaldas al suelo, a decirle te quiero, te quiero, te quiero.

Así que ha contestado muy bajito para que la niña no la oyera: espérame en la esquina. Con el motor del Dogge en marcha, como si fueras a robarme el corazón.

-Quiero este.

-Por fin. Pensé que me ibas a tener todo el día de aquí para allá en busca de un trocito de tela, cielo.

-No es sólo un trocito de tela. Y no me lo voy a quitar nunca.

La dependienta no había visto a dos personas tan raras en su vida. Sobre todo la niña. Parece el fuselaje de un avión con esa cosa puesta sobresaliendo por el escote y haciendo bulto debajo del vestido. Debe pesar una tonelada. Pobrecita. Con lo joven que es.

-Estos críos..., bueno, nosotros, señora, ya nos marchamos.

Y le ha guiñado un ojo. Que significa a las nueve. En la esquina. Con el motor en marcha.

Seis semáforos más tarde:

-Papá...

-Dime.

-Adivina para qué es este lazo.

-¿Para estar más guapa?

-Ya soy más guapa.

-¿Para quitarte el pelo de la cara? No sé, cariño. ¿Para qué?

-Para matar gente.

-Vaya. Interesante. ¿Y a quién quieres matar?

-A todo el mundo.

-¿A nosotros también? ¿A tu madre, por ejemplo?

-La primera.

-¿Tienes hambre? ¿Qué te parece si paramos ahí? Así ya puedes empezar a matar camareros. O un señor con gafas.

Y han comenzado a soltar carcajadas y a poner caras raras y hasta casi a llorar de la risa y cuando ya no podían más y el aire les faltaba Olaia ha caído rendida en su hombro y ha dicho, te quiero, Papá, mucho.

10 comentarios:

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    1. Bueno, no sabría decirte si son o no buenos recuerdos. Supongo que el tiempo hace su parte. De nada Quim. Y otra cosa: levántate,y anda.

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    1. Y tienes toda la razón y me ha gustado escuchar eso. Que lo disfrutes.

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  3. ¡Eugenio! Se me antoja de esos tipos que van dando pataditas a las piedras mientras anda, para que le marquen el camino, tan él, pa matarlo, pa quererlo, pa salir corriendo por si acaso... salvo que seas Olaia y quieras matar gente a lazadas azul celeste. La más bonita forma de matar, casi seguro.

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  4. Te voy a dejar con la duda de si Eugenio existió de verdad...

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    1. Ayyyy, Billy MacGregor, me encanta cómo le sueltas hilo a la cometa...

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    2. Yo también espero saber en qué termina todo esto.

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    1. Entiendo esa maquinaria, pero los dos sabemos que hay manos tibias, reales, ahí fuera.

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