16 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 6


-Eugenio me ha dicho esta mañana que quieres matar a todo el mundo. No voy a preguntarte por qué; pero dime: ¿Para qué es el lazo azul? ¿Es un arma? ¿Como un ninja? ¿Está afilado? Joder, como te envidio. Salir de la oscuridad y cortarle la cabeza a más de uno. A mi jefe, por ejemplo. Me tiene hasta los huevos. Ramón por aquí, Ramón por allá. Cualquier día le meto de hostias.

Papá Ramón tiene barba. No como la de Eugenio. La de Eugenio es una barba de Quijote. La de Ramón es la Selva Negra, y todo el pelo que le falta en la cabeza, lo tiene ahí, en el mismo sitio.

-No es azul.

-¿Azul clarito?

-Y sólo es un lazo. Y era una broma. Y nos reímos. Tú, como nunca te ríes.

-Me río cuando algo me hace gracia, joder. Tú madre y yo hemos estado hablando de ese colegio nuevo para niños como tú y...

-¿Niños lisiados?

-No empecemos Olaia. Tú te crees que todo es muy fácil porque tienes toda la ayuda necesaria, todos los mimos, toda la atención. Yo me paso en el taller catorce horas y nadie me lo agradece. ¿Crees que tu madre me hace si quiera una tortilla? No. Eso era antes. De recién casados. Y yo pensaba, joder, es muy fea la Begoña; pero hace unas tortillas. Yo también estoy lisiado y no me quejo tanto, mira, mira las manos, no tengo ni un dedo derecho de apretar tantas tuercas. Pena, no me das. Y si tu madre dice que ese colegio es lo mejor para ti es que es lo mejor para ti. Y no pongas esa cara. Todas las niñas de tu edad están todo el tiempo enfadadas con sus madres. Aunque no estén lisiadas. Y sí que me río. Cuando me hace gracia.

¿Se reiría papá Ramón el día que Begoña entró por la puerta diciendo que venía de ponerle los cuernos?

Mamá tarda unos dos minutos y cuarenta segundos en quitarle el corsé todas las noches. Más o menos. Descorreorre las correas, descorchacorcha los corchetes, desanuda que nuda los nudos, desabrocha que brocha botones, pendiente a los trinquetes y las jarcias, a la vela mayor, atenta a la herrumbre que el tiempo va tejiendo en la espalda de Olaia, a las llagas, los candados, los muelles y tornillos, los mecanismos y artefactos, los engranajes todos, uno a uno, cada día desde entonces, con todo el amor. Hasta que Olaia cae en sus brazos como la cáscara de un plátano, como un flan de vainilla, una torre de Pisa. Una cuchara en el borde, de una repisa.

-Estás preciosa con tu lazo azul. Papá Ramón y yo hemos estado hablando de lo del nuevo colegio. A Eugenio todo le parece bien, ya sabes, él no se entretiene en esa cosas.

-Es celeste.

-Y esta vez Eugenio no va a defenderte. Ya lo hemos hablado. Y no es tan tonto. El también sabe que es lo mejor para ti. Vas a ir a ese colegio Olaia. Te pongas como te pongas.

“¿Y si me pongo así? ¿Toda roja de no respirar nunca más?”

-Tarde o temprano tendrás que coger aire. Avísame y seguimos hablando. A lo mejor has crecido mientras tanto.

“¿Para ser como tú?” Al menos yo no tengo esa horrible nariz”.

-Te estás poniendo azul, Olaia. Como tu lazo.

-Es celeste, mámá: ce-les-te.

-Voy a prepararte la maleta.

-Mamá...

-¿Qué?

A veces no se encuentran las palabras, y hay que firmar con besos en la frente los te quieros.



5 comentarios:

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  2. A veces nos comportamos como niños. Y eso está bien. Aunque hay niños mu tontos.

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    1. Claro que sí. Es mejor ser un niño que un hijoputa. O un triste. O algo que no sirva a nadie.

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