25 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 9


Catalina es como una maceta. La pones aquí para que le de sol, la pones allá para que le de sombra. O donde no estorbe. Como una de esas sillas viejas que siempre esté en mitad de la cocina, que sobre, pero que no quieras tirar porque te da no sé qué porque hace no sé cuánto que está ahí. Una maceta con planta de pasillo de hospital donde uno apaga las colillas. Viva de casualidad. Patito feo. Cosa. Pero cuando alguien la toca, sonríe, y en la cara, se le forman dos hoyuelos. Luego está también que lo bueno de un abrazo es que sólo tienes que apretar a otro contra ti y dejar que el silencio haga el resto. Y aunque a primera vista no lo parezca, Catalina tiene su personalidad: escupe la comida cuando algo no le gusta y si va a llover, siempre es la primera en saberlo. Como si pudiera oler el agua a miles de kilómetros de distancia.

-Nuria...

-¿QuéquierequéquieresOlaiavasadecirmealgo,no?¿no?¿no?¿no?Dímelo-dímelo¿Quémevasapreguntar?¿Esdifícil?¿Eh?¿Megustacuandomepreguntancosasfácilesporqueesmásfácil¿sabes?¿Esfácil?¿Díme?¿Quées?¿Quées?

-¿Crees que la va a suspender?

-¿ACatalina?

-Ni siquiera sabe que tiene que hacer un examen. No sabe cómo suena una guitarra. Ni de qué color es el desierto. Y no habla. Ni nunca va a hablar. Con nadie. ¿Crees que eso, que decía la profesora de, conseguir lo que queremos también lo decía por ella?

NosénoséesapreguntacreoqqueesdelasdifícilesOlaianoséperomíralaalaCatalinasipareceunalosademármoldeesasqueponenenelsuelodelosayuntamientos.

Ringgg ringggg ringgggg y de pronto es la hora del recreo y puede estar sola un rato hasta que suene el timbre de la próxima clase otra vez, sola escuchando los pájaros y viendo cómo pasan las nubes y se pierden detrás de aquella montaña. Hay naranjos en el patio y una fuente con ranas y un querubín haciendo pis en mitad del jardín, y más al este, junto a las rejas, han sembrado camelias y matas de espliego. Sola y pensar en sus cosas de magdalena tibia. Sola con Nuria, claro.
-Puesyocreoqueamítambiénmevaasuspenderporqueyocreoquemesobrancientotreintaycuatropalabras¡peroesquemegustantantascosasquenopuedoponermenos¿túquédicesOlaia,creesquelasvaacontar?Yocreoquesí.Yoyalallamomostruo,¿túnoOlaia?¿Eh?¿Eh?

Cuando hace eso con las manos Nuria parece un cuadro de Picasso.

Y qué pronto ya es mañana algunas veces.

-Llegas tarde Olaia. ¿Se te han pegado las sábanas?

No. Sólo que la enfermera Juana no es mamá y tarda un siglo en ajustar las correas del corsé y hay que estar todo el rato diciéndole no apriete usted tanto Juana que duele.

-La próxima vez que no estés a en punto en mi clase ni siquiera entres. Siéntate. Y abre el libro por la página catorce.

El resto de la clase ocurre que leen a Frida Kahlo, por turnos, mientras la señorita Marie repasa las redacciones que las niñas han dejado al entrar encima de la mesa.

-Nuria.

-¿DígameuestedseñoritaMarie?

-Suspendida. Dije trescientas palabras.

-Esqueesqueesqueesque...alomejorsemecolóalgunademás.

-Exactamente ciento treinta y cuatro. Marta, suspendida. Te faltan siete. Amarula, suspendida. Y no hace falta que dibuje una flor en su firma. Belinda, suspendida. Leonor, suspendida. Catalina...

Física y química. El profesor se llama Don Julián. Y el nombre es lo único que tiene normal:

-¿Alguien sabría decirme cuál es la fórmula del amor? Daré una pista, como el amor está compuesto de polímeros y blablablablá, yogur de pera con trocitos, encienda usted la vela de una vez señora, no se coma eso hombre que estaba en el suelo, y como iba diciendo...

¿Qué sitio es este?

-¿Nadie? Pues bien, esta-con tiza en la pizarra-, es precisamente la ecuación: K7-C9.

Olaia sabe poco del amor. Pero jamás hubiera imaginado que tenía peso atómico.

Después Don Julián se ha puesto a hablar de peces sin venir a cuento y de qué cebo usar con las truchas y cuál con los peces de acuario. Y al rato estaba hablando de planetas que aún nadie conoce, pero que están ahí, como las cosas bonitas que aparecen de repente detrás de las esquinas. Su mujer por ejemplo. Las bolsas por el suelo. Los dos agachados. Aquellos ojos. “Nadie sabía que estaban allí hasta que yo los descubrí”. Cuando ha sonado el timbre ya llevaba un buen rato hablando solo, del día que a Teresa se la llevó por delante un camión de la basura.

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