27 de agosto de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 10


Las camelias han tardado tres semanas en salir. Ya huele a espliego. Las niñas han crecido. Un poquito. Como medio milímetro. Y además es domingo, día de visita.

La vasca y Olaia se han sentado bajo un cedro. Algo más allá papá Ramón discute vete a saber por qué ni cómo con una niña de diez años que pero eso como va a ser si dos y dos son cuatro de toda la vida. Se pone rojo como un tomate. Él solo. Mientras la niña lo mira desde la más absoluta indiferencia esperando paciente a que esa vena del cuello lo atragante, o vea la luz divina de las matemáticas, y como dice el maestro Don justo, abras los ojos.

-Eugenio no ha podido venir. Ya sabes cómo es. Es Eugenio. ¿Quién es aquella niña?
-Catalina.

-¿No viene nadie a verla?

-A ella le da igual.

-¡Ramón, te va a dar algo! ¡¿Pero no ves que es una niña?! Este hombre...tanta barba y tan tonto...Hilario me ha dado recuerdos para ti. Que si estás estudiando. ¿Estás estudiando? Porque este colegio cuesta un ojo de la cara. Y sólo tengo dos.

-Vámonos dentro mamá. Va a llover.

-Pero si hace un día estupendo.

-Ya no. Cuando Catalina hace así como que viera algo en el cielo y huele el aire como un perro perdiguero, no tarda ni dos minutos en caer la primera gota.

Tras los cristales el agua suena como una cajita de música y hasta Olaia como un cuadro de Matisse. Tan lánguida:

-¿Sabes lo mejor de Catalina? Que no engaña a nadie. Lo que ves, es lo que hay. ¿Qué ves tú cuando me miras, mamá? No podría correr ni aunque perdiera el autobús, y ya sabes, los médicos dicen, tú lo has escuchado, que cuando tenga algunos años seré como un trozo de mantequilla untada en una cama. ¿Qué ves tú, mamá?

Papá Ramón tiene hambre:

-¿Te dan bien de comer en este sitio?¿Porque yo tengo hambre? Lo mismo bajo al pueblo y traigo algunas cosas: un par de liebres, una vaca, seis huevos de avestruz...y helado. Y siete cucharas todas para mí. Ya vengo.

Y ha desaparecido por detrás de las rejas del jardín. Antes de doblar un recodo y perderse rumbo a donde sea que fuere que oliera a comida, ha dicho en voz alta que cuando volviera las quería a las dos en son de paz, o también se las comería a ellas.

-Papá Ramón está más gordo.

-Se acuerda de ti mucho y le da por comer. A todas horas.
Cuando yo era pequeña, Olaia, me llamaban la fea por la calle. Me salieron las tetas y me toco ser más fea todavía y un día empezó por si no fuera poco a crecerme y crecerme esta nariz como si quisiera ella sola llegar a alguna parte. Que iban a tener que hacer un agujero en la tapa de mi ataúd el día que me fuera al otro barrio y que los pájaros mientras el cura rezaba por mi alma se iban a posar en mi nariz y me iban a cagar en la cara. Todo eso escuchaba a mis espaldas. Y sabes lo que hacía. Nada. Por eso un día me tiré por la ventana del cuarto de tu abuela a la calle. Me rompí las dos piernas y una fila de dientes. Y nadie del colegio vino a verme. Como a una Catalina. Y aunque me había acostumbrado a estar más sola que la una del reloj, un día conocí a tu padre. ¿Sabes qué me dijo? Guapa. Casi lo mato. Pero al día siguiente estaba otra vez esperando en la acera de enfrente del trabajo: “Si me llamas otra vez guapa te corto el badajo. ¿Te enteras? Pero ya que has comprado las entradas...”. Me hizo de todo en la fila de atrás. ¿Qué? Tu padre es un mono, está todo el tiempo pensando en lo mismo. Tú no sabes lo que hay a la vuelta de la esquina, hija. Ni yo tampoco. Pero lo que sea, es tuyo.

Y de pronto se ha quedado como rara y callada mirando a algún lado como si hubiera visto...
Y a Olaia unas manos le han vendado los ojos y una voz le ha preguntado:

-¿Quién soy?

Eugenio. ¿Quién va a presentarse de repente vestido de lino todo blanco y oliendo a mulata?

-Esto es para ti. Me voy, tengo a Rosarito esperando en el Dogge. Te quiero, cielo. No lo abras hasta que me haya ido. Ya me estoy yendo. Ya me he...

Cuando el motor de coche es apenas un susurro en la distancia, la vasca pregunta que si no lo va a abrir.

Claro que sí. Pero antes, va a acercárselo a la oreja y a agitarlo así, a ver como suena. Luego va a ponerlo en sus rodillas. Va a quitarle el lacito. Va a rasgar el papel...

-No puedes tener eso en el colegio, hija.

Si Eugenio no existiera, habría que inventarlo.

-¡Miauuuuu...!

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