10 de septiembre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 13


Cuando llega la hora de ver a Marfelino, Catalina lo sabe. Y el gato también. A Catalina se la nota como en ascuas, encendida o que fuera a estrenar zapatos nuevos. A Marfelino, cuando las niñas llegan por el sendero abajo, sólo le falta hablar: “¿Habéis traído leche? ¿Galletas? ¿Las sobras del pescado?”. Y a lo poco se queda mirando y pregunta si ha venido Catalina. Catalina y sus manos.
Nadie ha visto todavía entrar en la casita de los trastos a Leonor, y como ella no se acuerda de lo que no se acuerda desde el día que vio a su papá metido en una caja tan estrecha que sólo cabía el solo, tampoco saben cómo sale:

“-Ayer papá y yo fuimos a ver una película. Bailaban Fred Astaire y Ginger Rogers y el suelo era de mármol y si vierais cómo brillaba....”

No va a acordarse. De olvidar aquel día se le han olvidado todos los demás.

En cambio Amarula se acuerda de todo. Del color de las rosas a las seis de la tarde y a las seis y cinco y a las siete menos cuarto. De cómo huele si ha llovido o del perfume barato de la enfermera Juana porque es jueves y los jueves va a un médico para adelgazar, muy guapo. De los ojos té verde del gato Marfelino:

“-Ya pronto no vendré, gato.”

A las demás no les gusta escucharlo. No se acostumbran a que todo se apague en Amarula, que las deje en penumbras sin la luz de su sonrisa y sus chistes tan malos: “Iba un tomate por una carretera y plof”.

Marta, como no tiene manos, pasa las páginas del El gato con botas con un lapicero en la boca y cuando le lee a Marfelino, suena raro, como un disco en francés de esos que había escuchado alguna vez en casa de su abuela, de una cantante que siempre iba vestida de negro.

Y así pasó la tarde. Y salió la Luna. Y esa noche, hubo guerra de almohadas. Pero sin balas. Sin Panzers ni aeroplanos dejando caer racimos de paracaidistas con los dientes apretados. Sin tumbas que cavar. Guerra de cosquillas a ver quién puede más, de llorar de la risa, guerra de saltos en la cama y de tocar el techo con la punta de los dedos, de plumas flotando por el aire como nieve. Y todo ha empezado porque el profe de mates Don Justo ha recalcado que lo de que el orden de depende qué factores no altera depende qué producto había que verlo con las manos en la masa:

“-¿Cómo va a ser lo mismo, por ejemplo, que a ese poeta que se junta con gitanos le hayan metido dos tiros entre pecho y espalda a bocajarro y a este señor-señalando un cuadrito colgado en la pared-, nadie le tosa ni le ponga en la sopa un pelo o una mosca o algo con lo que se atragante?”

Un día sale el Sol, y al otro Nuria no aparece.

-Ya han llamado a su fadre, que ez no sé quéf de la guardia cifil. ¿Tú zabes dónde eztá Olaia?

-No, Belinda. Esta mañana ya no estaba en su cama.



10 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Et lux in tenebris lucet ; )

      Maaadre mía, con el nivel que están empezando a tener aquí los comentarios no sé si empezar a preocuparme por mi ignorancia o por quien va a dar de comer a Marfelino si Amarula se apaga, Leonor se olvida y Nuria desaparece ( menos mal que siempre nos quedará Catalina... Marfelino lo sabe, es listísimo ... Catalina es y siempre será su here&now/ carpe diem infalible ; )

      Muchos besos aquí, ahora y siempre
      por los siglos de los siglos ... Amén; )

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    2. Nivelazo. Esto va solo. Besitos para ti también.

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  3. El chiste de los dos tomates por la carretera está entre mis tres preferidos.

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