22 de octubre de 2017

Olaia y la montaña mágica, penúltimo capítulo

" -...en el año de nuestro señor de 1954."

Nuria ha muerto.

Ha saltado por una ventana de la casa cuartel. No estaba  muy alto, pero sabía exactamente donde caer.

-...y dicen que tenía tres lanzas del águila clavadas en el pecho. Le salían por la espalda. Se lo acabo de escuchar a la enfermera Juana. En el pasillo.

Olaia se ha quedado mirando a ninguna parte. Las palabras de Marta hacen eco en su cabeza como una mala borrachera, un mantra, un taladro, como un martillo. Como si no fueran verdad: " Casi la entierran con la estatua de lo que costó desclavarla"

Mirando un punto infinitesimal en ningún sitio , cuasi invisible, sub-atómico, far far away.  Y por ahi, por un agujerito tan chico, Olaia ha desaparecido.  De pronto ya no está. Su pellejo está en el suelo desinflado como un globo tres días después de un cumpleaños. Marta ha intentado rescatarla del vahido, salvarla del impacto contra el planeta tierra; pero como no tiene brazos...

Olaia  se ha caído tantas veces... aunque  siempre se levanta,  qué remedio, ahora mismo, está abriendo los ojos y diciendo, no es verdad, te lo estás inventando. Y se ha vuelto a desmayar. Volverá a levantarse. Siempre lo hace. Qué remedio.

Al día siguiente es otro día y al siguiente otro día mas, dias de ¿ Olaia dónde está? ¿La viste?, de Olaia caminando pegada a la pared como una monja, de Olaia triste como un sauce, ¿alguien la ha visto? ¿ Dónde esta Olaia? Y al dia después del dia siguiente apareció por  las cocinas diciendo, tengo hambre, y sin pedir permiso cogió una manzana del frutero y la mordió. La cocinera no dijo nada. Le vio los ojos. De donde fuera que había estado esos dias nublados,  se había traído algo consigo. No se veía. Pero allí estaba y nadie sabía lo que era.
Y  ahora  ya es domingo. Día de visita. Eugenio no ha venido. Lo echa de menos.

-Estás, diferente. ¿Y tu lazo?

-Lo perdí en la excursión.

-Con lo encantada que estabas con ese color. El próximo domingo te traeré otro igual.

-No importa, mamá. Sólo era un lazo.

O hace mucho que no llueve, o Catalina ha perdido el olfato. No otea el horizonte desde...

-¿Seguro que no escucha?

- Nada, mamá.  Como una tapia.

-¿Y  no ve nada?

- Y ahora vas a decir que cómo se puede vivir así. Pues se puede. Ella puede.

- No, hija. Iba a decir que esto es para ti.

Una carta.

-Si alguna vez quieres saber quien es tu padre, ábrela.

Unos metros más allá, la enfermera Juana se deja seducir por los modales de un Don Quijote encantador que dice que no ha visto en su vida una piel tan brillante, unas cejas tan finas, a pincel, tanta carne y tan mansa, que cómo alguien así no va a dejarlo entrar con el paquete. ¿Porque me va a dejar entrar, verdad, palmera del desierto, dulce de leche, diosa, que es usted una diosa?

- Es que es enorme, Don Eugenio. Si no cabe por las puertas...y además, ¿ qué  es? Porque yo de usted no me fío.

-Una sorpresa mujer, ¿ no lo ve?

- Veo una caja de madera de dos por dos metros con un señor a cada lado con bigote y los brazos de mármol. ¿Qué trae dentro? ¿La torre Effiel?

-Pero las otras cajas son más pequeñas....

A metros, Olaia le está diciendo a Papá Ramón que le deje el mechero. Que para qué, si ella no fuma ni que él  se entere. Se lo da. Y Olaia vuelve donde la Vasca dejando a Papá Ramón enfrascado en una sutil conversación con otro padre de visita: "Los cojones. Donde se ponga una pierna de ternera con sus patatitas y..." Porque el otro le ha dicho que hace poco han estado es París, qué gran ciudad, cuanta luz, que croissants...

Olaia le ha prendido fuego a la carta. Arde entera encima de la mesa. Con todos sus secretos dentro.

-Todo está bien así, mamá. Siempre lo estuvo.

-Qué mayor te me has hecho de repente, hija. Yo...

No sabe qué decir. Pero tampoco hace falta. Y además por ahí viene Eugenio con los brazos en alto gritando que mira lo que traigo, lo encontré en una subasta y me acordé de ti. Y en el revuelo todo brilla más mientras los mozos se afanan abriendo cada caja, montando cada pieza ante el asombro de las niñas, de sus padres, de la directora...


- ¡Hombre de Dios! Es usted un loco.
¿Pero qué  es eso?

Un Tiovivo. Dieciocho caballitos al trote. Todos con sus nombres pintado en la montura y las crines al viento.









15 de octubre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 18




Así que ahora Marie de la Montagne era cómplice. De lo que sea que estuvieran haciendo. La cara que puso cuando Belinda le dijo que tenía que jurar con saliva.

“-Esto no significa que seamos amigas”.

Manolito el de la Cuesta-porque vivía al final de una cuesta, claro, muy larga muy larga al termino del municipio que subía resoplando y bajaba rodando como una pelota-, era en realidad un pleclaro, un hombre sabio y dado a los silencios que venía de todas partes y no iba a ningún lado, y que aunque hubiera recalado hacía tiempo ya allí en el pueblo por no recuerda qué, nunca volvería a ningún sitio, y de no tener patría, así, ni dios ni una bandera, al cabo de los años terminó por hablar solo por la calle no se sabe con quién. Decía, que en el futuro-se sabía de memoria todos los libros de Verne- la gente haría lo mismo con algún artefacto invención del demonio y nadie diría que era raro porque lo haría todo el mundo. Pero por entonces era raro. Los vecinos mascaban que estaba cada vez más loco y que a saber en qué agujeros había estado y haciendo qué cosas que lo mismo hablaba en alemán con una farola del parque que inglés con las macetas de geranios que islandés con el reloj de pared que ruso afeitándose, cada tres o cuatro meses, si acaso, enfrente del espejo.

-No hay nadie.

La señorita Marie y una fila de niñas con carpetas y un lápiz y una bolsita de plástico con un bocadillo en la otra mano de tortilla, han salido temprano de excursión a visitar la casa del poeta local, que nació aquí y aquí murió de una piedra muy gorda en el riñón justo en el número cuatro de esta calle.

-¿Y a qué hora abren, sabe usted?

-No abren. Lo cerraron.

-Bero ahí dize abierto de nueve a doze y de...

-Lleva ahí puesto veinte años y nunca he visto entrar a nadie, niña.

“-...y creo que les vendrá bien tomar un poco de aire fresco después de todo lo que ha pasado. ¿No cree? Su marido está impecable en esa foto, señora directora, hacen ustedes una pareja tan...

-Pero tenga usted muchísimo cuidado, señorita Marie, lo que menos falta le hace ahora a este centro son más problemas. La hago totalmente responsable de esto, usted sabrá. No sé si aún no es pronto todavía para...

-Saldremos a las siete. Verá como vienen de otro color.”

-¿Y qué le pasa a esa?

Belinda le ha cogido la mano a Catalina y la ha llevado con ella dos pasos más atrás bajo las faldas de Olaia.

-No oye. Ni habla.

-Ni ve...Joder. Parecen ustedes un circo.

-¿Pero cómo se permite esas licencias señor como se llame usted?

-Soy el loco del pueblo dicen señora, menos bailar con la más guapa, me lo puedo permitir casi todo.

-No tiene usted es el más mínimo tacto.

-Pero tengo queso. Y un patio. ¿Tenéis hambre, niñas?

-Yo ziempre dengo hambre.

-Belinda...

-Ez que dengo hambre señorita.

-¿Y tú con qué comes? ¿Metes la cabeza en el plato o...?

-Ze las comió un mono del barque. Se llama Marta.

-Ya está bien Belinda, ni una palabra más, y usted, señor como se llame, deje de decir barbaridades o...

Dos horas más tarde Leonor está metiendo una ramita seca en un hormiguero del patio y Marta enseñando al señor como se llame a comerse una manzana sin tocarla con las manos y Olaia y la señorita Marie y Catalina, que habían salido sin decir para qué hace un rato, acaban de llegar de darle una batida al pueblo sin haber encontrado el menor rastro de olor a pescado y se han refugiado a urdir más planes bajo la sombra de una higuera en el patio:

-No se mueve una gota de aire. ¿Será por eso?

-No, profesora. Si oliera a pescado, Catalina ya estaría como esos canarios de las minas, inquieta, algo, ya sabe, eso que hace con la nariz antes que llueva y luego llueve. Y hoy no hay mercado. ¿Qué hacemos ahora?

La manzana de Manolito siempre termina en el suelo. Se ríen. Desde la sombra de la higuera Marie de la Montagne le lee los labios a señor como se llame:

-Se llama Casi. No lo toques, que araña.

-Nozotraz también tememos un gato. Se llama Marfelino.

-¿Os dejan tener gatos en ese colegio?

-No. Eztá ezcondido. En la cazita de los trastos de jardín. Come de todo. Ya eztá muy grande.

-A este me lo encontré rebuscando en la basura. Le tiré una piedra. Pero no le dí. Y al otro día otra vez estaba allí. Tampoco le dí. ¿Y tú que tienes, guapa?

-Se me olvidan las cosas.

-Y zabe escabarse de cualquier barte.

Amarula en cambio lleva todo el tiempo callada.

-¿Qué siznifica “Joder”?

-Pues vale para muchas cosas. Si algo te asombra, dices, joderrrrrrr, con una erre larga siempre y los ojos como platos.

-¿Y para qué maz?

-Si te das en el dedo pequeño del pie un golpe con la pata de una silla a oscuras cuando vas de noche al baño, dices joder.

-¿Con una erre muy laaaaarga?

-No. Con un guión en medio y en mayúsculas, y a cada lado, un signo de exclamación y dos culebras y si cabe un rayo.

-Eze me guzta, porque tiene dibuhitos.

-También puede usarse cuando has roto algo. Un plato, un corazón, una promesa...Oye, ¿no le irás contando luego a la sinpiernas que hemos estado hablando de esto? ¿no? Tiene muy malas pulgas esa y yo estoy ya muy viejo para empezar otra guerra.

Amarula está sentada viendo el Sol. Con los ojos cerrados. En el mundo naranja.

-Niñas...tenemos que irnos antes de que empiece a oscurecer. Coged vuestras cosas y dar las gracias a este señor y en fila hacia la puerta.

-Adioz Manolito. Otto día que vuelva me enseñas máz padabras de esas.

-Bueno, señor como se llame, a pesar de que no tiene usted educación el queso estaba muy bueno, muchas gracias. Y por cierto: 1.Axh7+ Rxh7 2.Cg5+ Rg8 3.Dh5 Te8 4.Dxf7+ Rh8 5.Dh5+ Rg8 6.Dh7+ Rf8 7.Dh8+ Re7 8.Dxg7++.

Jaque Mate.

Efectivamente, la reina, cae muerta en el acto sobre el tablero de ajedrez de una partida ya antigua encima de la mesa.

-Joderrrrrrrrrrrrrr...

-¡Belinda!

8 de octubre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 17


-No me gusta la luz blanca- Amarula, flor de un día, lleva a Catalina de la mano por el sendero chico que va al pueblo-, me da grima y me recuerda al hospital ¿sabes, Catalina? Pero esta sí. Me calienta los pies. Yo siempre tengo los pies fríos, Catalina. Cuidado, un hoyo. Como si ya no fueran míos. Como si nunca hubieran sido míos.

-¿Falda muscho?

-No hemos dado ni cien pasos, Belinda.

-Fuez yo ya eztoi canzada, Olaia.

Marta va delante, abriéndo brecha, a veces, entre las telarañas que cruzan el camino de tronco a tronco. Como no tiene manos se le pegan a la cara como hebras de hilo. Pero quiere ir delante.

-No puede ser...

-¿Qué pasa, Marta?

Aquí acaba su aventura. En un recodo. Tan pronto.

En mitad del camino como un plomo, la fantasmagórica silueta de Marie de La Mountaigne se cierne sobre ellas sin lugar a dudas. Quieta como una piedra. Sin corazón como una piedra. Por algo la llaman la monstruo, no porque no tenga piernas. Ahora dirá algo así como “¿Y a dónde creéis que vais?”, con su repelente voz de aguarlo todo, algo como que si no tienen sentido del ridículo, o algo como que se les va a caer el pelo o algo como pero en qué estáis pensando. Esto es motivo de expulsión. Si no de más. Algo bastante parecido a me acabo de cargar vuestro plan, y lo estoy disfrutando.

-Voy con vosotras.

Palermo, Italia, y la cartera de Eugenio abierta enseñando la foto como si fuera un marco sobre la mesita de noche de un hotelito con vistas al Mediterráneo.

-¿Cómo se llama?

-Olaia.

-¿La quieres mucho, no?

-Más que a ti seguro, cielo, que sólo te conozco de tres días, no te ofendas, eres preciosa, pero cuando se me acabe el dinero ni siquiera te vas a acordar de mi nombre.

-¿Por qué lleva eso?

-Tiene problemas en la espalda desde muy pequeña. Su columna vertebral es como la de un gusano, sin eso puesto, se tambalea como una palmera azotada por un viento huracanado hasta que termina en el suelo. ¿A que es bonita? Con lo fea que es su madre...

-¿Pedimos otra de champán?

-Y más de esto...como se llame.

-Cannoli.

Ahí está el pueblo. No es muy grande. Harán dos grupos. El primero que huela a pescado, avisa al otro y luego...

-Catalina está oliendo algo. Allí.

Pero es un bar donde todavía huele a comida aunque ya esté cerrado. Y al rato Marta aparece diciendo que hay dos pescaderías en el pueblo y un mercado y...

-Tenemos que venir de día.

Todas se han quedado mirando a la profesora y pensando que es verdad, que de noche, buscar una aguja en un pajar ya no es difícil, sino una tontería.

-¿Y cómo vamoz a zalir de día señorita Marie?

-Haremos un excursión. Aquí murió un poeta. Hay una casa museo y un paseo con su nombre. Y de esto nada a nadie. ¿Entendido? O le digo a la directora que tenéis un gato.

6 de octubre de 2017

Olaia y la montaña mágica, capítulo 16


Han puesto rejas en todas las ventanas del Fitzrovia. Más hierros Olaia, más no puedes hacer esto o lo otro Olaia. Porque te doblas. Porque tienes que estar ahí encerrada en ese artilugio para que te sostengas-qué ironía-, porque sin él eres un peso muerto, porque tú, Olaia, porque tú y la jaula. Han puesto rejas porque ¿cómo?, ¿cómo es posible que una niña de diez años se escape de un colegio en mitad de la noche? Y ahora el centro tiene puesta una querella. A lo mejor lo cierran.

-...y tus padres y yo pues hemos pensado que si quieres...

-Quiero quedarme.

“Quiero quedarme porque tengo que matar a un hombre”.

Ninguna quiere irse. Todas han dicho no, papá, estoy aprendiendo mucho aquí.

Papá Ramón dice que si se diera de bruces con ese hombre le arrancaría los brazos y le sacaría los ojos con los dedos gordos. Y a lo peor le metía fuego. Por si acaso. Eugenio no ha venido. Está en Italia. Con una italiana, claro.

-¿Nunca te quitas ese lazo, hija?

-Nunca.

Si Nuria hablara, si dijera qué rostro, qué voz, qué manos la tocaron ahí de esa manera. Pero Nuria no habla. Y se ha quedado flaca. Y hay que darle de comer con una cucharita. Y se hace pis encima.

Rejas Olaia. Por todos lados para recordarte que...

-Así que el plan es el siguiente, repasamos: cuando Leonor nos abra la puerta desde el otro lado...

En cuanto ha terminado el día de visita se han reunido en el baño y han jurado con saliva en la palma de la mano lealtad a la banda. Porque ahora son una banda.

-¿Puez digo yo que adora vamoz a nezezitar un monbre no? Como en las bedículaz.

-Claro Belinda. Y un carnet firmado por la directora para salir del colegio cuando nos de la gana.

-Pues a mí me parece buena idea. Yo quiero llamarme Cobra.

-Y yo Flor de Lis.

-¿Pero qué os pasa? ¿Os hace gracia? ¿Es divertido escapar de noche del colegio para ir al pueblo a seguir un rastro de olor a pescado? ¿Quién va a rajarle la garganta cuando lo encontremos? ¿Tú Amarula? ¿Tú, Marta? ¿Con qué manos?

-Si tuviera manos te aplaudiría, Olaia. Tenemos miedo. ¿No lo ves? Un nombre no estaría mal, uno que...

-Yo había fensado que noz podiriamoz llamar...

-Esto no es un juego. Creo que mejor lo voy a hacer sola.

-No puedes hacerlo sola. Nos necesitas. Somos una banda.

Amarula habla muy bajito hoy. Como sin ganas. No ha contado ni un chiste y cada vez tiene más ojeras. Su lo que sea que se la está comiendo se ha hecho grande dentro dijeron los médicos en su última visita al hospital. Que duerma mucho y que no haga grandes esfuerzos. Que paciencia. Que podría ser peor. Porque hay cosas peores que morirse le dijo la Yaya, te lo juro Amarula, si hubieras visto cómo la gente caía destrozada por las bombas, sin brazos ni piernas ni ganas de nada en medio de la calle cuando uno iba a por el pan o a echar el correo, cómo entraban en las casas y le quitaban la ropa a las mujeres y allí mismo también le quitaban todo lo demás, delante del marido, y luego mataban al marido, le decían, ¿lo has visto cerdo?, y le metían un tiro en la frente y lo firmaban diciendo, esto de parte del Caudillo, por rojo. Pero lo muertos, Amarula, se quedaban muy blancos y sin brillo en los ojos. Y a los días azules, y a lo poco, grises y sin pelo.

-Y du seraz la jefa. Como ered la mayor...que había penzado yo un nombre...

Pues una se lo dijo a la otra y la otra a la una y ahora están ahí, esperando a que Olaia diga, vale, somos una banda y nos llamamos...

Y fue porque Leonor le dijo que muy bien, claro, muy bien; pero que cómo pensaba salir del colegio. Que ella sabía. Sabía escaparse de muchos sitios. Sabía escaparse de fregar los platos en casa poniendo caras lindas, y de ir al colegio fingiendo una fiebre acercando la cara mucho al tostador. Sabía escapar de que papá la riñera cuando se levantaba de noche a comer helado y cuando dejaba los deberes sin hacer para ir a jugar a la parte de atrás de la casa a buscar hormigueros y ver dónde acababan, sabía hasta olvidar las cosas que no quería recordar, como el día que vio a su tío Alberto meter la mano debajo de la falda de mamá y a mamá con los ojos cerrados y la boca entreabierta, sabía escaparse de la realidad como un Houdini, sabía, incluso atravesar paredes.

-¿Alguien ha visto cómo lo hace?

Nadie. Pero Leonor está afuera abriendo la puerta del colegio.

Son las tres de la madrugada y hace frío y ninguna sabe qué hacer ahora. Habría que verlas, unas cuantas niñas encogidas cómo pájaros al relente dispuestas a encontrar a un hombre malo allá donde la policía y la guardia civil con todo sus efectivos y coches y helicópteros no tuvo ni un asomo de suerte.

-Yo digo que es por allí.

-¿Y por qué por allí, Marta?

-Porque si no es por allí será por otro sitio ¿no?

Habría que verlas, que entre todas no arman una sola. Y se han traído a Catalina. Porque Catalina es de la banda. Y a lo mejor, lo mismo que la lluvia antes que llueva, huele a pescado antes que nadie.

-¿Seguro que te encuentras bien, Amarula? Deberías quedarte. No haces buena cara.

Un día Amarula vio una hojita caerse de un árbol. Planeo como un aeroplano por el jardín atravesando las matas de romero y fue a parar sobre el capó de un coche un momento y enseguida el viento la elevó de nuevo para llevarla a soplidos hasta la otra acera y posarla en el alfeizar de alguna ventana hasta que una señora abrió de par en par y de nuevo la hojita emprendió el vuelo hasta un balcón donde un perro la estuvo olisqueando hasta que otra vez volvió a su ruta de aire y terminó por caer de bruz sobre el asfalto y antes de que se diera cuenta la furgoneta del reparto de la leche le pasó por encima y la dejó allí aplastada como el tatuaje de un marinero y entonces, llovió, y el agua la arrastró lentamente como en un entierro hasta una alcantarilla, adiós, hojita adiós.

-hay cosas peores que morirse, Olaia.