9 de noviembre de 2017

Cooper y las flores del parque


-Se puede ser feliz con muy poco ¿sabes flor? Creo que con menos. ¿Cómo dices? No, qué va, no estoy triste. Tengo algo de dinero y estos zapatos casi nuevos. Bueno, un poco. Sí. Pero estoy en ello. ¿Sabes que al final, Roguer y yo terminamos borrachos perdidos y hablando de amor la otra noche? ¿Te imaginas a Roguer hablando de amor? Pues resulta que estaba celoso. Porque le gusta May. Y nunca se lo ha dicho. Ayer May me regaló esta chaqueta que había sido de su hermano. Es de cuero y tiene un águila en la espalda, bordada, con las alas abiertas. ¿Ves? Brindamos por no recuerdo qué. Fue bonito, flor. Roguer miraba a May como si como. No seas tan cabrón con todos los demás, Roguer, le dije al oído antes de irme, la gente, no tiene la culpa de que tú no le eches huevos. No puso mala cara ni nada. Me dio la mano. Supongo que era una promesa. Sí, Cooper, se lo voy a decir cuando cerremos el local. Esta noche. Te quiero, May. Supongo que era eso lo que Roguer quería decir. ¿Se lo habrá dicho, flor? Yo creo que sí. Creo que después se besaron allí en mitad del salón del restaurante, con las luces casi apagadas y escuchando en la radio una de esas canciones con crema por encima, creo, que May recostó su cabeza en el hombro de Roguer y le susurró que era un idiota, un idiota, un idiota y, creo que lloró muy bonito sobre el hombro de Roguer porque era la primera vez en mucho tiempo que nadie la abrazaba así, sin pedir nada a cambio. ¿Y si no se lo ha dicho? Eso sí es triste. Prefiero no saberlo. ¿Te gusta la chaqueta, flor? Es un pasada. Y bueno, May me dijo que había mucho trabajo en Topeka, así que...pero he parado aquí un momento a charlar contigo. Espero no haberte molestado, no sé si estarías haciendo tus cosas de flor, y yo ahí, contándote mi vida, como si a ti tuviera que importarte...

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