25 de diciembre de 2017

V345_BBB


El amor es tan estúpido... ¿Por qué
contestas siempre “¿Qué?”cuando digo tu nombre.
Si ya sabes lo que voy a decir.
Que te quiero.
¿Pero y si un día digo por ejemplo: tienes un moco colgando en la nariz?
¿Eh? Por ejemplo.
O está eso otro de, mira: una nube con forma de osito y que yo diga
“huy-sí-es-verdad”
cuando en realidad por mí como si tiene forma
de polla; yo
lo único que quiero es pasear
contigo bajo la sombra de los árboles
y al final del parque invitarte a un helado
sólo para ver cómo sacas la lengua.

El amor es un idiota.
¿Por qué siempre tengo que comerme lo de en medio?
¿Por qué para ti la primera cucharada de la tarta y el último yogur?
¿Dónde dice eso?

En la etiqueta no.

Puto amor.

Hace siglos que “ya no queda nada”. Nunca hay chocolate.
Y yo compro chocolate. Estoy seguro.
Pero nunca hay chocolate.
El amor es mu hijoputa: “Pues yo no he sido”.
Y que te tengas que callar. Porqueparaqué, si aunque tengas todavía los labios manchados,
tú no has sido.



22 de diciembre de 2017

Hay un rinoceronte dentro de la piscina

A veces era como si Clementine fuera de mentira y hubiera que tocarla con la punta del dedo para ver si estaba allí, tan delicada como un espagueti crudo en su lado de la cama o las alas de un gorrión, tan te quiero quitar ahora mismo las bragas. Claro que, despierta, Clementine volvía a ser horrible: “Te clavaría un cuchillo en la garganta”. Sus buenos días eran así. O lo peor es que no dijera nada. Esos días podías encontrarte una cuchilla de afeitar dentro de los zapatos. O una cucaracha en el café. Pero a veces, contando coches desde la ventana-sólo los rojos-, Clementine era dulce como un higo y brillaba. Como una estrella pequeñita y lejana. Y me decía, ven, siéntate aquí, a mi lado, y dime que me amas, y yo, se lo decía: te amo. Y entonces se metía mi dedo en su boca y lo mordía, no muy fuerte; pero tampoco suave y, con los ojos en aguas, pedía más y yo se lo daba: te amo más que a nadie en este mundo. Y mordía más. Moriría por ti. Sería un zombi. Y Clementine se derramaba. Te amo en el fuego y en el barro y la miseria y soy tu carne y tu alimento. Y Clementine, cola de cometa, me abrazaba como una salamandra abraza una pared y susurrando casi me elevaba en el aire apenas seis centímetros del suelo con las velas desplegadas y rumbo a la cama y en la cama las olas nos tragaban, porque en el fondo, de nuestro mar aquel, era donde más nos gustaba naufragar hasta que el sol nos despertaba: “Hoy voy a tirarte el tostador en la bañera para que te electrocutes”. Buenos días, Clementine. Mi demonio. Mi alba.

18 de diciembre de 2017

Heard cooking



Estoy en mi sitio de la cocina cortando rodajas de merluza, guarnición de lechuga, tomates, harinando pescado, preparando las salsas y pensando en qué pasará cuando los polos se derritan, si habrá grandes olas que se traguen las ciudades o será todo como en Waterworld, aquella película del Costner que casi lo lleva a la ruina. Fuera se escuchan las voces de la gente y el ruido de los platos y los cubiertos y el trasiego de los vinos cayendo en las copas y las patas de las sillas y las risas, porque alguien ha dicho algo gracioso, supongo.

-Péinate, Talo.

Ese es Abraham. Uno de los dieciséis camareros del local. Uno tras otro, a lo largo del día, me dirá lo mismo. Péinate, Talo.

-Joder, Talo, el cliente de la 43 me tiene hasta el coño. No sabes lo que te ahorras aquí metido.

Sí que lo sé Mara. No cambiaría esta pared que tengo todo el día enfrente por nada del mundo.

-¡Necesito el segundo de la 21!¿Tarda mucho, Talo? Dime que ya está.

No está, Jeremías. No viene en lata. Hay que freírlo. Te lo puedes llevar crudo si quieres. ¿Quieres? Y no es el fin del mundo para andar con tanta prisa para comerse un bacalao. No todavía. No hoy. Hoy sólo es domingo, Jeremías.

-¿Está?

Los ojos hablan. Su idioma de ojos. Los míos están diciendo, vete a tomar por culo, Jeremías, estará cuando esté. Hay cuatro comandas antes que la tuya.

-¿En serio no vas a venir esta noche?

Y esta es Camila. La Camila que me tiene cogido de la mano. Camila es suave como una bechamel.

-¿Te vas a perder la última vez?

Se casa mañana.

-Por favor, Talo. Ven esta noche.

Y me da un beso en la mejilla. Un beso suave de Camila.

El bacalao de Jeremías ya está en el plato.

-No te lo vas a creer Talo. Me he equivocado, no era bacalao, era lubina. ¿Me perdonas, Talo? Joder, tío ¿Me lo puedes hacer? Es el único que no está comiendo en la mesa, coño, te juro que creí que era bacalao. ¿Sí? ¿Le das caña, Talo? Y te debo una.

Me debes un montón, Jeremías. Y veinte euros desde hace dos años.

-Oye tío, Camila está en el baño llorando ¿Tú sabes algo?

17 de diciembre de 2017

A+D

Después de veintisiete días muerto-oficialmente-, Danny se levantó de entre los muertos, caminó hasta la cuarenta y dos con Lexington Avenue, abrió de par en par las puertas del Majestic y se lió a tiros con todo el mundo con una Thompson calibre 22 de cuello largo. Con todo el mundo menos con el camarero. Pidió un Jameson sin hielo y puso dos dólares encima de la mesa: “Dile a Callongero que me devuelva lo que es mío”.

Porque Anabelle era suya. Todo el mundo lo sabía. Callongero también. Pero Callongero tenía la costumbre de coger lo que quería. Siempre. Todo tenía un precio, decía, tarde o temprano. Aunque si no podía comprarlo, mandaba una cuadrilla de sicarios armados hasta los dientes a que entraran de noche a por la vida de Danny y le trajeran sus tripas envueltas en papel de periódico y a Anabelle en la parte de atrás del auto.
Era difícil matar a un O´Sullivan. A su tío Brennan una vaca le había caído encima desde el tejado de una casa y había salido de allí andando por sus propios pies, hasta el bar, claro, y a Kelly, la pequeña Kelly, que era prima suya por parte de madre, la había atravesado un rayo dos veces. El mismo día. Y seguía siendo rubia. Así que cuando Danny abrió los ojos y empezó a meterse el dedo en todos aquellos agujeros que antes de irse a la cama no estaban allí, pensó que tenía mucha suerte de seguir vivo. Hasta que se dio la vuelta en la cama y descubrió que en el sitio de Anabelle, ya no había nadie.