28 de marzo de 2017

H dos o


Y entonces el maestro de francés puso en el tocadiscos a Ludwing Van Beethoven y la orquesta empezó a aporrear las puertas del cielo como había explicado Don Juan con una bonita metáfora minutos antes de ponernos a escuchar a 4ºB, la quinta sinfonía.
Cuando aquello terminó yo tenía dos almendras colgando de los ojos gordas y brillantes como bolas de pinball y la clase entera me estaba mirando. Por entonces, a los tontos de la clase nos hacían gazpachos, que consistía en sorprendernos entre unos cuantos en el recreo, y meternos en los pantalones hierba del campo o el papel de los bocadillos y hasta hormigas, o un lagarto. Pero yo tenía un plan.
Martina me gustaba un montón y también por entonces casi empezaban a caer en mis manos los primeros ejemplares de Spiderman-si Martina supiera alguna vez cuánto la quise...-, o Robert Louis Stevenson. Martina era, además, hermana de los mismos que me iban a dejar en cuanto pudieran los huevos como nidos de gorrión. Los niños más malos del barrio. Eran tan malos, que les pusimos los Dalton. Martina también era muy mala; pero a mí me daba igual, porque yo ya de pequeño recuerdo que quería ser pirata y morir por todo o nada en mitad de una tormenta en altamar, y por eso fui y le dije a los hermanos que había besado a Martina en la boca detrás de la tapia y por lo tanto, se había quedado embarazada y a partir de aquel momento, era como de la familia. Mientras un Dalton me agarró por el pescuezo el otro fue corriendo a buscar a Martina a ver si era verdad que tenía un bulto en la barriga.

El caso es que todavía no había besado a Martina. Así que cuando ella dijera que aquello era mentira, yo tenía que estar muy convencido de decir que era verdad. Mi abuela me había dicho que si uno cerraba muy fuerte los ojos y pensaba en algo, se hacía realidad. Así que en realidad, yo sí que había besado a Martina. Muchas veces.

Mi plan se iría a la mierda en cuanto Martina abriera la boca:

“-No le he visto en mi vida.”

Qué mala era y cómo me gustaba Martina. Se quedaría todo el rato, seguro, mientras sus hermanos me partían la nariz con un palo. A mi madre le diría que me había caído de un árbol, así que aquel día también me iría a la cama con la marca en el culo de una zapatilla.
Por eso al día siguiente, besé a Martina. En mitad de la clase de mates. Total, ya estaba muerto...
Me pusieron un cero en conducta para toda la vida. Pero a Martina le gustó, porque me pasó un papelito por debajo de la mesa que decía, a las 12 en el patio.



26 de marzo de 2017

Sin anestesia



Iba yo por ahí sin acordarme de quién era cuando, de pronto-música horrible-, casi se me sale el corazón por el bolsillo del susto para adentro que me dio. Se mata, pensé. El semáforo en rojo, un camión a setenta, los cruces del destino...Corrí y corrí y justo cuando un solplo iba a empujarlo al paso cebra pude agarrarlo por la espalda y ponerlo seis centímetros a salvo de un final tan poco acertado, para un globo. Redondo y naranja. “¿Dónde ibas?”, le pregunto y le digo, no pongas esa cara. ¿Qué edad tienes? ¿Seis minutos? Tienes toda la vida por delante, globito, si vas así, tan distraído, acabarás en la punta de un cigarro. O peor; atrapado en las ramas de un árbol. Para siempre, globito. Y no te imaginas las cosas que te vas a perder. Que el viento por ejemplo te empuje tan alto tan alto que sólo veas hormigas o la gran muralla como una cicatriz cruzando China. Cosas como que te abracen, globito. Así. ¿ves? A todo el mundo le gusta. La vida es tan corta, globito...Ahora ve. Ve y ama. El amor está en los polímeros, globito. En el puente de Brooklyn y en el cajón de los calcetines. En las plataformas petrolíferas y las ubres de las vacas. En los charcos. En Saturno.

Me encantó conocerte. Adiós, globito.


23 de marzo de 2017

The Swing



Ruibarbo o prurito u ukelele, máximo, uretra, pío, di.
Palabras. Nadie va a llevarse de aquí nada.
Ni la máquina del Transiberiano ni el puente de San Francisco ni
el hueso de una uva.
Los besos, como pompas de jabón, estallarán en mil pedazos.
Los besos fueron. La sombra de aquel árbol, los girasoles.
:-)
;-(
Gestos.

En cambio, con sólo mover un dedo, algo de ti quedará aquí para siempre.


22 de marzo de 2017

El vals de las tres rosas


La raigambre que fuimos el uno y el otro
de algo
el puzzle que
la forma en que tu cosa
y mi cosa y
los pájaros de mi cabeza comían de tu mano y tú
tan toda.

¿Dónde ardes?
¿Qué te tiene?

Si tú me sabes.
Si yo te puede.
Si nos.

Seguramente.


20 de marzo de 2017

Meter los dedos en un enchufe y mascar el palito de los polos de limón


Últimamente no dejo de encontrarme cosas. Cosas que trae la marea. La culpa es mía, porque me puse en jarras como me ha enseñado Buzz Lightyear delante del puto Universo y le dije, me aburro, dame caña.
Soy un soñador, joder, necesito emociones y patadas en los huevos.
Viniendo del trabajo el otro día precisamente, me encontré tirado en el suelo un señor. Había metido una hostia en la bici contra el cristal de la parada de autobús hacía un minuto y la sangre de la nariz aún estaba fresca y las gafas aún estaban rotas y aún le dolían- “Creo que me he caído”-, todos los huesos. Vaya borrachera. De Óscar. Una papa de puta madre. ¡Vaya hostia, amigo!, le digo, porque para qué le iba a preguntar si está bien. Llevaba una guitarra a la espalda. No se había roto. Le di la patilla de las gafas, pero como no veía una mierda, le dije, oye, te meto en el bolsillo de la camisa la patilla, tienes, un cristal roto también y, qué tal si nos levantamos¿vale? ¿puedes?
A la primera no desde luego. Pero termino por sentarlo en un banco y le pregunto que si quiere un cigarro, a lo que me contesta que no, que él tiene tabaco y una hija en Badalona, a la que no ve desde hace 15 años. Me siento a su lado y espero. No sé exactamente qué. A los veinte minutos le digo que me voy, que se espere aún un rato antes de levantarse. Que adiós amigo, y mucha suerte, y el hombre se me queda mirando y dice gracias y yo le pregunto que por qué y el me contesta, que porque no tiene a nadie más.

A los dos o tres días me doy de bruces con la Mascarpona al doblar una esquina. Yo moría de y de y de-aunque nunca lo supo- por la Mascarpona, de ponerme de piedra lo duro y de la sangre blu blu y de todas mis pobres hormonas bailando esa canción que la Thurman se marca en Pulp Ficctión con el John Travolta. Pero nunca se lo dije. No había visto nunca unos ojos tan raros, como, separados y verdes por la tarde y lo blanco enorme y de mañana azules. Imaginé trescientas veintitrés versiones de sus tetas, si tendrían timbre de botón o cráter de luna lunera o lo rosado sería hidromiel o lo globo o lo tibio debajo de su piel sería sangre o queroseno para lámparas, si en la boca, no tendría algo para mí, a qué, sabrían sus axilas, cómo tenía yo que, sobrevivir al susto de encontrarla cada día en la escalera y aguantarme las ganas de meterle la lengua en la oreja y quitarle las bragas de un solo bocado y cortarla en trocitos a ella toda toda con, una sierra mecánica importada exclusivamente desde el Canadá y, comermela. Ñam ñam.

“-¿Tú?

Sí, yo. El mismo tío que nunca te dijo que sería capaz de tragarse una botella hecha añicos y cagar un Swarosvki para ti.

Hablamos del tiempo. Del trabajo. De que ahora vivía en allí. Y cuando su culo pluscuamperfecto se perdió en la distancia como un barco pesquero, hice un agujero en el suelo y me tiré de cabeza a ver si aparecía de repente en un poblado Inuit.

También me he encontrado a mí mismo. Un poco más, y esta mañana llamando a mi puerta, la puta primavera.


17 de marzo de 2017

Alfa y omega van de la mano a merendar al parque


...que aún me sorprendan tantas cosas:
las almohadas con pájaros por dentro;
los conejos-nube; las siete de la tarde...
Los timbres de las bicis, la primera de todas las gotas de esta lluvia;
los caimanes. Tienen un montón de dientes.
Los travestis de detrás de la tapia del polideportivo.
La hija del cura. Todo el mundo lo sabe.
La primavera-aquello, ¿te acuerdas?-, aquello de nardo.
Me sorprende la voz de los caballos, la amabilidad
de las máquinas de tabaco, el río
como una serpiente de la sangre debajo de la piel.
La fe con que acude a la luz el polvo de los muebles.
Los espejos de los ascensores.

Hasta yo me sorprendo cantando sin saber, o el ser humano a veces:
“-Perdona... ¿te conozco?”.
Tres puntos suspensivos en el corazón sin orificio de salida.


16 de marzo de 2017

Cada uno de nosotros, es un puto milagro



Los ojos son bonitos donde están: en esa cara tuya por ejemplo, no
rodando por un plato. Tan hondos y bravos los ojos de tu cara. Cuánto misterio.
Si yo fuera un árbol-recapacito-, un árbol grande y alto
¿daría suficiente sombra? ¿y frutos? ¿daría frutos?
No debe ser fácil ser un árbol.
Ni una e minúscula.
No debe ser fácil ser el viento. Pasar siempre de largo.

No sabemos morir, insisto.
Como si algo fuero nuestro. No mío al menos: sólo soy el papel de regalo.

Y además hoy he escuchado esa canción, ya sabes.
No termina bien. La chica hace la maleta.
Pero me gusta el solo de guitarra y la he escuchado tres mil quinientas veces.
Ayer en cambio me robaron la cartera. Con tu foto dentro.

Mañana es tan, raro todo a veces.

Si hay algo que merezca la pena, es ahora.
O tal vez todavía.
O por lo menos, más, más lo que sea contigo.

12 de marzo de 2017

Historia de amor en dos capítulos: Capítulo dos. (The story of the film is based on true events, por ejemplo).




Habíamos discutido aquel día. ¿Y cuál no? Siempre fue nuestro deporte favorito. No recuerdo por qué. ¿Importaba? No: Importaba que todo saliera ardiendo.
Recuerdo que al rato llegué esa tarde del trabajo y ella no estaba. Me había pasado toda la mañana removiéndome las tripas por dentro con las manos, así, como el que exprime un trapo mojado, y entre dientes, cagándome en sus muertos. En su puta cara. En maldito el día en que te conocí. Y era peor que una patada en los huevos porque resulta que su puta cara era lo más bonito y lindo que yo había visto en mi vida y que sus muertos eran sagrados como los antepasados de una tribu india y lo menos que podía pasarme era que se me abalanzara encima como un gato y me arrancara los ojos de la cara con las uñas y en cuanto al día que la conocí, mejor ni hablamos. Nunca me había latido tan deprisa el corazón. Creí que me iba a dar un pasmo, y me iba a morir allí mismo y un camión iba a pasarme luego por encima. El día más bonito de mi vida. Todavía.

Me he sentado a escribir todo esto en un sitio donde haga viento. Me gusta el viento. Como decía, yo la odiaba, ella me odiaba y todo era perfecto. Y entonces la vi, encima del frigorífico. Aquel día. La muñequita. Era de goma y siempre estaba sonriendo, y a veces, yo la ponía en la palma de mi mano y le decía te quiero al oído para que cuando ella llegara por la puerta con la cara de un culo y soltara el paraguas y pasara por mi lado camino del baño sin mirarme a la cara y diciendo buenas noches qué tal, la muñequita, se le subiera por una liana a la espalda y trepara como una lagartija por su cuello hasta la oreja y se le metiera dentro del cerebro como una lombriz y le dijera de mi parte, que te quiero. Te quiero no sé cómo. Ni cuánto. Ni por qué. Pero aquel día me quedé mirando la muñequita y sin saber aún cómo paso, le arranqué un brazo. Y después el otro. Y también las dos piernas. Y por supuesto, la cabeza. Y lo dejé allí todo, como muestra de mi amor.

¿Habéis visto llorar a los pájaros? Así lloraba ella. Como un gorrión.

Puso aquellos trocitos en la palma de su mano y se fue a la cama y se enroscó bajo las sábanas mientras yo, disfrutaba mi victoria, supongo. Hace quince años. El tiempo que tarda una leyenda en suceder. Algo con vida propia y con sus propias leyes de la gravedad. Algo que nunca había dependido de nosotros. Lo sé, porque he intentado olvidarlo con todas mis fuerzas. Con un clavo y otro. Con juramentos de sangre y con pactos diabólicos y temibles con mi ser más profundo. Con los dientes apretados y con la última gota del vaso. Y jamás colmé la sed de tenerla entre mis brazos, cinco segundos más.

El caso es que aquel día la partí por la mitad como se parte un barco en alta mar en plena guerra. No fue la única. En mi defensa añadiré que un día me quemó con una plancha, y otro, me tiró a la cabeza un cenicero.

Cuando ella ya no estuvo amén, empecé a escuchar voces: “idiota...gilipollas...cobarde...”. Y más tarde a susurrar su nombre mientras miraba el techo y me hacía una paja. Y aún más tarde le escribí una carta, que aún sigue volando por el cielo como una paloma porque nunca llegué a ponerle sello, donde decía cuánto. Cuánto me acordaba de aquella muñequita. Cuántas veces le pedí perdón. ¿Qué culpa tenía? ¿cómo se puede ser tan hijoputa?

Lloré muchas veces aquel, aquel día. Si pudiera volver en el tiempo, me decía. Pero no se puede. Tal vez en eso consiste la vida. Así que cada vez que pasaba por una tienda de juguetes o una de chucherías o por delante del puesto de algún mercadillo, me quedaba mirando entre otras tonterías a ver si por casualidad, si por casualidad, me topara de pronto con otra muñequita exactamente igual. Pero entera. Y que me perdonara. Que no tenía la culpa de que el amor fuera tan tonto.
Incluso la busqué en Ebay. O puse un anuncio. Una vez. La busqué como buscaba un tesoro Simbad el marino, aunque en fondo, con miedo a encontrarla. Esas cosquillas que uno siente en el estómago cuando estás en lo más alto de una noria. O que te tiemblen las rodillas como a un crío, a punto de saltar la primera vez del trampolín de una piscina mientras la niña que le gusta está mirando.

Y ahora la tengo en la mano. La puta muñequita. Entera. Como un puto milagro. Porque alguien la ha tirado a la basura. Porqué pasé por allí antes que el servicio de limpieza. Porque tomé la calle tal en vez de la de siempre. Porque volví a ver qué me llamaba. Como el día que volvía a entrar en la habitación donde se estaba muriendo mi padre y me acerqué y le dije “te quiero papá, ¿me escuchas?, después de mucho sin hablarnos casi. Y ya no lo vi más.

No creo en los milagros. Aunque me encantaría. Hacen tanta falta a veces. Tampoco en la magia. Aunque existe. Ni en que mirar nubes haga caer del cielo algo. Una solución por ejemplo. La verdad es que no sé en qué cosa creo. Debe ser en algo. Algo que me hace seguir adelante pase lo que pase, que en el último momento, me pasa el brazo por encima del hombro y me dice, “eres un puto héroe tío, tu puedes. Después de todo esta mierda no hay nada esperándote. ¡Ole tus huevos!”. Lo mando al carajo, claro. Porque estoy cansado, porque no me sale, porque nunca aprenderé. Porque no puedo. No puedo, ¿te enteras? ¿Es eso algún pecado? Y cuando me doy cuenta estoy tan enfadado que ya llevo un rato andando y he llegado a mi destino. El que sea.

El caso es que la tengo en la mano. Que alguien me explique la palabra imposible.


10 de marzo de 2017

Historia de amor en dos capítulos: Capítulo uno. (The story of the film is based on true events).




Como voy fijándome siempre en tonterías...Y además los contenedores de basura son mi debilidad, uno puede, ir caminando y, mirar de reojo las cosas que la gente ha dejado al lado, porque ya no cabía nada más, o son unos zapatos casi nuevos o el niño se ha aburrido del juguete... Los juguetes son mis preferidos. Tengo una caja llena con un montón de muñequitas sin cabeza o camiones sin ruedas o canicas con cráteres y hasta una caja de música sin bailarina ni espejito. Pero suena. Raro. Pero suena.

Esta noche al volver el trabajo en bicicleta, casi llegando a casa, he visto brillar a la luz de una farola algo. No había avanzado veinte metros cuando no he podido resistirme y he dado la vuelta y he apoyado la bici en el cristal de una parada de autobús y me he agachado junto al contenedor a ver si aquello que brillaba, era bonito.

Y era una cajita de latón. Ovalada, con, una hoja seca y una mariquita roja pintada en la tapadera. Al lado había un ganso del tamaño de una caja de cerillas con un sombrero verde, y más allá, un pequeño muñeco de nieve de esos que se cuelgan en el árbol de navidad y, siguiendo con la mano el rastro de cosas bonitas he topado con una bolsa negra con un agujero por donde se le salían las tripas: un montón de cintas de casette naranjas y pelotas de tenis y, más adentro, casi al fondo, un llavero de una caja de ahorros y...Y ahí es cuando se me ha quedado parado el corazón. No podía ser. A saber si existía una posibilidad entre un millón. O dos. O tres. Joder, qué putada.

8 de marzo de 2017

La balada de Boulevard man


Si vinieras a mis ojos podrías nadar todos los días.
En el mar, claro. Es lo que hay en los ojos de un...
Un mar precioso con veleros tan blancos y gaviotas tan altas y nubes,
tantas nubes.

Te asomarías por mi córnea a ver pasar
los trenes.
Sembrarías geranios. Uno en cada pestaña.
Tenderías las bragas, la ropa del trabajo, los calcetines.

Porque a veces te lloro. Y así termina tanto amor. Derramado por el suelo.


5 de marzo de 2017

¡Cuack-Cuack!


Hoy he plantado una matita de algo.
En un vaso de yogur.
No sé qué coño es.
Es verde, y tiene hojitas.
Estaba tirado en el suelo, debajo de un balcón y,
diciendo con la mano puesta en la cintura
-como un jarrón de te-creo que,
me he roto algo.
¡Anda, como yo!, recuerdo que pensé. Y le hice el boca a boca.
De pez a pez.
Después corté por la mitad la tarde con el filo de una hoja de papel,
y presagié un confín donde algo creciera al abrigo de mis manos.

Así que tengo una ventana con jardín
donde vienen a pastar
las hormigas
migas de galleta y los pájaros
a piarme tu nombre.

3 de marzo de 2017

Punto y seguido



Entre mayo y septiembre de aquel 97 jugué 13 veces a la ruleta rusa. No todos los caminos llevan a Roma. Tampoco importa ya cómo terminé así. Trece veces y sigo vivo.
Otra vez me tiré de un tercero de cabeza contra el suelo de la plaza de minúsválido de un hotelito cerca de la playa. Y sigo vivo. De hecho aquella noche terminé contándole a un camarero que alguien me había arrancado el corazón de cuajo. Que tenía los ojos verdes. “Y me he tirado por el balcón de la rabia, ¿sabe usted?”.
Otra vez me tomé un bote entero de pastillas. Redonditas. Rosas. Suaves. Y sigo vivo. Amanecí en un hospital y había mucha gente a los pies de la cama y, alguien me regaló otra oportunidad. La última, me dijo.
Otra, no recuerdo cómo, acabé con una Katana en el pescuezo y un tío que me susurraba al oído que iba a desangrarme allí mismo como un pollo, mientras su primo me hurgaba los bolsillos en busca de yo no sé qué. Y sigo vivo. Aquella noche dormí en casa de la negra. Para la negra la última oportunidad que me daba, era como una piedra con la que yo tropezaba una y otra vez. Era tibia y grande y tenía cara de buena persona y era, de todas las putas de la calle Lagerweg, la que mejor se pintaba los labios.
Otra acabé boca abajo en un charco con una botella en la mano. Amanecí de nuevo en un hospital con una máquina al lado que hacía pip pip pip. Y sigo vivo. Es raro. Es como volver a nacer. Y todavía tengo pelo.

Antes me quedaba mirando el firmamento y me preguntaba por qué. Cuál era mi destino, qué cosa me aguardaba, por qué coño tenía, tanta suerte. Y mirando mirando el firmamento terminé por preguntarme si lo mío tenía la más mínima importancia en algo tan vasto como aquello, donde por donde quieras que miraras, brillaba una estrella.