30 de enero de 2018

Me he comido una coma. Está rica.



...alistarme a un coro de ángeles caídos
y cantar bajo tu ventana
un temaco que dijera algo así como
eres bonita de cojones.
Y lista, y lista. Que si no, te enfadas.

Como iba diciendo: te quiero. Y eso que no existes.
Bueno, a veces eres la rueda de un camión y otras un tren que se me escapa.
A veces maniquí del Zara y otras una mariposa blanca.
A veces una nube. A veces alguien, que pasa y a quien no veré jamás.

Otras te odio por lo mismo. Porque no existes.
No estás en mi lado de la cama, ni en el frío de mis pies, ni al final de la almohada.
No contestas a mis cartas.
¿A que soy tonto? Ya lo sé. Pero me gustaría que estuvieras aquí para decírmelo.

Y a veces imagino que llamas a la puerta.
Y que en cinco minutos te rompo el corazón.
El otro día, por ejemplo, serían, las diez y cuarto y
antes de abrir pregunté si era el amor:

“-Soy el repartidor de Telepizza”.

28 de enero de 2018

Nani 3


-Sabemos que está aquí. Pero no sabemos dónde. Es una ciudad grande. Tu coche es ese, y estas son las llaves del apartamento. Tenemos cuatro días. Roguer y MacMillan son tu equipo de apoyo.

Bruno, mi contacto en Dubái. Y los perros, claro.

Me gusta conducir...

“...la próxima convención en el World Trade Center Dubai que se celebrará dentro de cuatro días reunirá a los altos cargos de...”

Así que es eso, Nani. El Santo Grial de un asesino: un presidente...

Nunca preguntamos qué ha hecho el objetivo, si es o no una mala o una buena persona. Si tiene hijos. No nos importa. ¿Debería? Somos asesinos. Matamos gente. Porque nos gusta.

“...y el viernes jugará el Al-Nasr Sports Club contra...”

En cambio la compañía lo sabe todo de nosotros. Sabe dónde estuvimos Nani y yo aquellos dos años, sabe qué desayunábamos, que ropa nos poníamos, a qué hora íbamos al gimnasio. Nos dejaron tranquilos una temporada, supongo, que nos lo merecíamos. Hasta que el gobierno ruso necesitó de los servicios de su mejor empleada. Nani se negó. Y no puedes hacer eso sin que haya consecuencias.

“...para mañana el cielo despejado con intervalos nubosos...”

Niza, el mar, Nani y mis zapatillas de estar en casa. Nunca habíamos tenido una casa. Ni un perro. Se llamaba Archer.



27 de enero de 2018

Nani 2

“-Damas y Caballeros, su atención por favor: en breves momentos estaremos aterrizando en el aeropuerto internacional de Dubái. Por favor abrochen sus cinturones, cierren y aseguren sus mesas y coloquen el respaldo de su asiento en posición vertical para el aterrizaje. Muchas Gracias.”

¿Qué coño has hecho ahora, Nani? Tiene que ser algo muy gordo para asignar a tu caso un código Alfa.

-¿Una mujer, muchacho?

Es el tipo de al lado. No me gusta que me hablen. Odio que me hablen. También odio los perros y los niños y las puertas giratorias.

-Tiene cara de estar deseando bajarse del avión para abrazar a alguien.

Claro abuelo...hace dos años que la vi por última vez y ahora vengo a matarla.

-Cuando mi Esther vivía siempre íbamos a todos sitios cogidos de la mano. La echo tanto de menos...

Odio el olor de la gente y los pasamanos del metro y las escaleras mecánicas.

-También discutíamos, no crea; Esther era una mujer de carácter...

Odio a Esther.

-¿Y cómo se llama?

Por suerte yo nunca llegaré a viejo.
Se llama mala suerte, abuelo. Se llama joder por qué me han dado a mí este trabajo. Oh, sí, lo olvidaba, porque saben que soy el único capaz de acercarme a ella lo suficiente como para meterle una bala en la cabeza. Todo por el país. Trabajo en una gran compañía, ¿sabe? Mantenemos la paz en el mundo y todo eso. Así usted puede viajar en este puto avión sin que explote en el aire, viejo. La gente ni siquiera se entera de quién vive y quién muere para que todo funcione. Se llama la única mujer que... Hubiera ido a todos sitios de la mano con ella. Era mi Esther, abuelo. Y también discutíamos. ¿Quiere saber cuánto carácter tiene Nani? Una vez me clavó unas tijeras en la espalda porque venía oliendo a perfume. De mujer. Después se fue a la cama. Le dije, Nani, esto es para ti, se ha derramado un poco porque lo han envuelto mal y me ha caído en la camisa y...¿cree que me pidió perdón? Nunca lo usó. Aquel perfume, digo. Tenía el puto ticket de compra de la gasolinera. Lo habían envuelto mal, joder.


25 de enero de 2018

Nani


-¿La conoce?

Es una pregunta retórica. No viene mal de vez en cuando en este trabajo. Lo hace todo un poco más, fácil. Anastasia Tkachenko. Una vez se cargó un objetivo a más de 3600 metros de distancia. Un día de viento. Nadie ha hecho eso. Jamás. Calza una TAC50 con cuerpo de titanio, circuito de hidrógeno líquido, queroseno inyectado, procesador Intel 450, culata de fibra de carbono memory foarm, una lente con la que podría verse un conejo en Júpiter, munición personalizada con un emoticono sonriente de color amarillo y muy, muy mala leche. La cicatriz del labio superior se la hice yo. Nuestro primer beso. Hace cuatro años. No es su mejor foto. Su mejor foto está en mi cartera y por detrás dice “No tengo corazón”. Y era cierto, además justo en ese sitio tiene la marca de un vidrio de botella de alguien que la quiso mucho y sólo para él alguna vez, mucho antes de que Nani- así llegué a llamarla-, se convirtiera en lo que sea que sea ahora. Asiento con la cabeza y pregunto si es inmediato. Mr Protocolo me extiende un billete de avión. Dubai. Mi vuelo sale en cinco horas.  

21 de enero de 2018

“Como quise a los cedros de Ottawa; las tardes de verano; los impalas. Como querré siempre a los Cárpatos, luz en la ventana, lo inquieto, del corazón humano.”



...de aquel agosto del 1926 fue un martes con tacones, se bajó de un Town Sedan color verde aceituna y cruzó el patio de la hacienda hasta lo hondo, hasta las cuatro de la tarde, donde de puntillas, casi, dejó caer sus labios en la boca de Tomás, al que hasta ese mismo instante sólo había visto en una foto que él había hecho mandar a la Guinea acompañada de una carta donde con una letra impecable la hacía saber de su intención: “Necesito hijos. Al menos tres. Mi primo le hablará del resto”. Tomás se quedó allí boquiabierto, con una ceja más alta que la otra y con la mano extendida sin saber cómo decirle a aquella, cosa, que si volvía a hacer aquello delante del servicio la...la...con sus propias manos. El milagro de agosto a las cuatro de la tarde se llamaba María Rosa y tenía voz de cucharita de café:

“-¿Dónde está la habitación? La de hacer niños. Quiero verla”.

¿No le había dicho su primo que era tan delicada como las patas de un jilguero? ¿Que sabía francés y que jugaba a las damas con destreza, que era, un ejemplo en la iglesia, no le había dicho, que la había visto con sus propios ojos hablar con un embajador de Goethe mientras usaba los cubiertos en una jerarquía precisa y minuciosa? ¿Que era un compendio de excelentes virtudes? Sólo había visto una clase de mujeres hasta entonces con unos tacones como aquellos. Y ninguna iba a misa. ¿Se había casado por poderes sin saberlo con el mismísimo diablo? ¿Dónde estaba María Rosa Olmedo? ¿Quién haría honor a su apellido si estaba condenado al infierno? Todo eso pensó en un momento, hasta que de una manera febril y lamentablemente torpe subió las escaleras hasta el segundo piso y entró en el dormitorio a poner orden en la casa. Por supuesto, no pudo: “ Cierra la puerta, esposo”. Su primo no le dijo que María Rosa Olmedo de Vergara, desnuda, tenía cola de sirena y en el pelo una tormenta.

16 de enero de 2018

¡¡¡Wowwwww!!!


“Trrrrrrrrrrrr...dedd-deddd...bepbepbep...bep...”. Así es más o menos como suena una unidad de asignación B-21, y viene a decir: “¿Qué hacemos con este?”.

-¿Qué le pasa?

-Le faltan dos décimas para pasar al siguiente nivel.

-¿Y eso nos tiene que importar?

-Sólo son dos décimas.

-Mándaselos a los de reubicación. Que se encarguen ellos. ¿De qué ha muerto?

-Es la quinta vez que lo aplasta un piano.

-¿Ahora tienes moral? Somos un ente subcuántico. Nuestro trabajo no es determinar ese tipo de cosas. ¿Qué te pasa? ¿Estás averiada?

-Mira sus datos: 1732, aplastado por un piano de Lodovico Giustini que rodó escaleras de mármol abajo. 1824: aplastado por un piano blanco mientras...

-Es un nivel 3. Llevan faltándole dos décimas para ser nivel 4, cinco vidas. No está preparado para subir de nivel. Simplemente.

-Entonces...¿dónde lo ponemos?

-¿Qué tal el desierto?

-Bueno, no hay muchos pianos en el desierto. En el fondo eres...

-¿Humano o lagartija? ¿Qué tal una hormiga?

-Vale. Ya está. ¿El siguiente?

-El siguiente.



14 de enero de 2018

(...)


Hace dos semanas, Karen tuvo que quitarme el cuchillo de cocina de las manos: “Estás en casa Paul. En casa.” Eran las tres de la madrugada. No sé qué hacía allí, a oscuras, yo estaba, en la cama y de pronto...Ayer en cambio no me encontraba. Me buscó por toda la casa diciendo mi nombre en voz alta una y otra vez. Hasta que miró debajo de la cama. Lloró mucho. Me abrazó muy fuerte. Hizo café. Cada vez me pregunta menos veces en qué pienso: “¿Sabías que si alguien enciende un cigarro con la llama de una vela, muere un marinero en altamar?”. Y a veces se me queda mirando con los ojos entornados, como si en vez de enfrente yo estuviera a miles de kilómetros de distancia. Sé que me ha visto hablar con la tostadora, y que sabe que guardo las moscas muertas que me voy encontrando por ahí en un frasco vacío de pimienta negra.

11 de enero de 2018

La alondra



Guadalupe se cortó cuando era un pájaro la parte izquierda del semblante
-desde la ceja hasta donde acaba la sonrisa de morir-
con el fa sostenido de la cuerda de un violín
y por el surco, justamente
cayó como un barquito de papel por el desagüe del lavabo la última
l
á
g
r
i
m
a
que iba a derramar por Marco Alonso San Martín.
Ya estaba muerto. Por fin.

Hasta brotaron aquel año los jazmines.

Nadie fue al entierro, por cierto. Y aunque digan en el puerto
que a San Martín lo mató el cabo suelto de un mercante Bengalí,
a lo peor,
lo mató un hueco.

No se puede vivir sin corazón.


9 de enero de 2018

¿Y mi otro zapato?


“Trupiculáricus indivicus*
(*me arrojaré a lo vacuo como un cerdo), petularis daviento gorgoraje*
(*Seré tu perro por cien estrógenos la noche). Blasfuvico Ora y pre*
(*Tu eslabón perdido).
Alijalabalabamúndico, Preambúlico, Fornicutiense*
(Tu puto perro)”.
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No es mucho pedir. No por un Harakiri”.

¿Y sabéis lo que dijo?:

“Esa pila de platos
lleva escrito tu nombre”.


7 de enero de 2018

Materia orgánica


“Esta es mi lista de las cosas que odio”. Me dijo. La conocía desde hacía una hora y media y ya había intentado besarme tres veces. Lo leí por encima: “Cosa que odio número 236, esas puertas que tienen arriba como un aparatito ¿sabes?, que hace que la puerta se cierre sola y..., porque vienes cargado con las bolsas del súper y bueno, es que te empujan ¿sabes? No puedes manejarte y la puta puerta te quiere echar de allí, con una fuerza tremenda a veces y...”
Lo leí por debajo: “Pero una de las cosas que más odio es que alguien me mienta. ¿Tú me mentirías?”.
Lo leí de perfil: “Odio que me digan lo que tengo que hacer”.
Lo leí del derecho: “Cosa número 7. Odio la rutina”.
Lo leí del revés: “Aunque a veces me gustaría estar en casa, tirada en un sofá con una mantita y un alguien donde apoyar la cabeza. Un alguien bonito. Yo soy bonita. ¿Crees que soy bonita”.
No era sólo bonita. Era la cosa más pfffffffffffff-cuack cuack-oing oing-¡Piiii!¡Buuuu-buuuu!¡Plaf! que había visto en toda mi vida. Era bonita aunque cerraras los ojos. Era bonita de espaldas y reflejada en el cristal de la ventana de aquel tren. Era otra cosa que bonita, seguramente con un nombre raro como el de una enfermedad tropical o un zootropo. Yo estaba allí, mirando vacas, viendo pasar los postes de la luz, dejando atrás Madrid, aprendiendo a olvidar. Y de repente...“Es que me han entrado ganas de besarte”. No hacía cinco minutos se había sentado a mi lado. Que si huy que casi pierdo el tren, que si ¿te importa? es que me gusta este sitio, que si oh perdona, no me he presentado, que si me llamo Pi, que si ya sé que es un nombre raro, que si 3´14 16 que si mis padres eran pelirrojos que si por eso tengo aquí-tan cerca de la boca-la constelación de Acuarius y en el hombro un Pegaso y en la espalda el Parnaso y cada dios, cada Vía Lactea, nébula o prímula del puto Universo, aquí, y aquí, y aquí.

Bonita de arreglarte la vida o hundirla para siempre.

Yo había visto en los libro el verde. El verde botella de las botellas verdes, el verde manzana de las manzanas verdes, el verde que te quiero verde de Lorca y el verde esperanza del manto de una virgen Caucasiana. Había visto el césped de un estadio y las uvas de fin de año. El mar de las postales, lejanos siempre, un vestido que tenía mi abuela para ocasiones especiales; pero que se ponía casi todos los días, había visto muchas veces el verde. Pero aquel verde no. Era como si todo el verde que yo había visto antes saliera de allí, de sus ojos, como si allí se fabricara el verde y alguien, una flota de camiones o helicópteros, no lo sé, lo repartiera luego por el mundo. No podía dejar de mirarla, y al mismo tiempo de pensar, que por qué me había tocado a mí que una desconocida completamente loca me estuviera diciendo, por segunda vez y armada hasta los dientes de una boquita así, como mordiéndose los labios, toda ella más viva que el fuego de una pila de neumáticos, me estuviera diciendo, a mí, que le gustaba tanto mi nariz. Tan de cerca. Con aquella vocecita de jilguero saliendo de sus labios. Con la punta de su dedo deslizándose en un Gran Slalom desde el entrecejo hasta todo para abajo.

¿Quién coño se llama Pi? ¿Quién se sienta al lado de alguien cuando el tren va casi vacío? ¿Quién, sin pedir ni permiso te coge del paquete un cigarro y busca el mechero en la chaqueta? Y saca la cartera. Y te dice que estás feo en la foto del carnet de identidad. Y que, anda, si te llamas Adolfo, y yo llamándote mi amor todo el rato.  

1 de enero de 2018

No fue un accidente



Alquilaré un un estadio de fútbol
con mi sueldo de carne de perro
y
-se necesitan seis troqueladores de alto rendimiento en Zamora-
pondré en mitad del campo un piano blanco
para que follen encima las ratas mientras ochenta mil espectadores aplauden la legislación vigente.

O caer siempre de canto, qué aburrido.
Al arrebú, al arrebú.
Que bailen como locas del coño las malvas encima de mi tumba.

O cortarme las venas con el pelapatatas.
O no, y colarme en el parque y montarme en columpio y pensar
esta noche
en todas las cosas bonitas que vi:
los libros, por ejemplo
-“¿MarieLouise, has puesto a hervir el agua?”-
con dibujitos
y
letras grandes.
Las bragas con lacito.
Los anuncios de Casa Tarradellas.

Hay algo arañando la pared. Al otro lado.
Lo que quiera que sea, puntos suspensivos,
me ha encontrado.