30 de abril de 2018

¿A qué piso vas?



¿No te ha pasado alguna vez
que
subes a un ascensor y no se para nunca?
Piso 2337.
Estratosfera, ropa de bebés.
Vía Láctea: atención, ciclistas.
Constelación Canis Majoris, cuidado con el perro.
Planeta OGLE-2005-BLG-390Lb.
Y no pones el dedo. No haces nada.
Te quedas ahí, mirando por la ventanilla cómo nadan los peces naranjas.
Invitas a un par de amigos, abrís unas cervezas...
Ha venido Clohé. Da igual si lleva veinte años muerta. Y ha traído ese disco
-joder-
de la primera vez que le toqué una teta.
La gente está bailando, se abrazan, como árboles.
Y ha empezado a llover y mamá ha salido a la puerta diciendo
que ya está la merienda.
Ahí vive el Principito, le digo a un Gnomo de jardín
justo cuando pasamos por delante
del asteroide B 612.

¿No te ha pasado? ¿Que de pronto sonríes y sabes por qué?




28 de abril de 2018

La brisa es la misma



No voy a estar hasta el final, querida señorita O´hara.
Estoy seguro de que la humanidad se tragará a si misma. Algún día.
Y a veces, o siempre, o no sé cómo
me siento como un ave. Eso es bueno. Es magnífico.
Ese placer oculto de rascarse el culo, la raya de los calcetines. ¿Qué me dice?
Es horrible vivir un tal vez.
Yo ya tengo mi piedra. Tropiezo con estilo. Dicen
que el alba de un hombre libre puede verse
desde antes de doblar una esquina.
Las olas, sabes usted, si te quedas a esperar en la orilla
vienen
en rebaños a llamarte idiota.
Mírese en los bolsillos cuando nieve. Nos quedó el eco. Algunas veces
los tipos como yo tenemos suerte
y podemos pasar la noche debajo de un te quiero
templado como un café con leche.





22 de abril de 2018

Cocodrilo y Margarita



..dime cosas guarras le suplico y entonces, me dice que la factura de la luz de este mes son casi trecientos por lo menos y yo le pido, más, y me cuenta que la profe de Carlitos la ha vuelto a llamar al directorio, porque Carlitos, le ha clavado los dientes en el hombro a un niño otra vez. Y que era más grande que él. Por lo menos seis o siete milímetros. Y me pongo como loco y se la meto hasta yo no sé dónde y mi ella, con todas las tetas desparramadas sobre la porcelana del lavabo, da un do de pecho y se carga el espejo, a la mierda la suerte, los botes de pomada y los cepillos de dientes, a poner otra vez azulejos, llamar al fontanero, y a ese albañil con cara de torero que vino la última vez a tapar las grietas del techo y mira que, se lo he dicho mil veces: no te pongas las bragas de Mazinguer Z, no dejes que caiga por la espalda tu melena de brea, no así, de esa manera Pocahontas, no me hables, no me mires siquiera, no dejes que me acerque, y mi ella, suicida toda por lo que al parecer parece va y me dice que le ponga cremita en la espalda, no sé qué de que no llega, va y me dice, pero sólo cremita, va y me dice, que te conozco. Y lo juro, al principio, empecé por la espalda, y entonces mi ella de los labios pintados del color del ñam ñam ñam se ha encendido por dentro como una lamparita del siglo XIX, porque eso no es la espalda, va y me dice, pero ya que estás. Y se pone a pedir cosas bonitas. Al oído, y yo, le hablo de una flor que sólo crece en los Urales y que sólo los hombre más valientes han cortado, porque esa flor tan rara, allí donde la vez con su falda plisada y sus zapatos blancos, te escupe a la cara el día de tu muerte, la hora y quién irá a tu entierro, le hablo del Sol de Shangrila y los nenúfares y de gente que con quinientos años aún conserva su amor en una lata con pájaros espinos dibujados en la tapa. Y mi ella se retuerce como una serpiente del gusto y mi cosa se pone muy gorda y Manolita, llama a la puerta del baño, que tiene pis, y claro, nos hacemos los muertos como perros, los sordos como tapias, y Manolita dice sé que estáis ahí. Y tengo hambre. Y ya sois muy mayores para cosas de críos. Y se va escaleras abajo en busca de otra taza de váter y un trozo de la pizza de anoche. Cosas bonitas va y me dice, y a la que voy y le meto la lengua en el cerebro y pronuncio la palabra Andrómeda ya se ha vuelto loca, ya pueden colgarse las toallas mojadas en sus pezones de timbre de ascensor, ya se le cae como si fuera mantequilla la ropa interior muslos abajo, ya engancha con el dedo pequeño del pie la etiqueta de aquella cosita y hace una canasta de tres en el cesto de la ropa y hace así, y ahí está, su culo mapamundi, mi pequeño planeta, el sitio donde quiero abrir una cadena de MacDonals, construir un aeropuerto. Toma. Dame. Todo. Claro. Y cuando creo que se me va a morir entre los brazos, con los ojos en blanco como platos-blancos-, cuando estoy a punto de llamar al Doctor House, cuando ya no queda en pie ni una figurita del salón y el gato está escondido debajo de la mesa, va y me dice, aquí, aquí, aquí, y se pone su capa de mujer licuadora y me saca del alma con la boca todo lo que encuentra a su paso y me llama oleoducto, fuente de vida, miel mía, y se lo traga y, con una servilleta que saca de algún sitio y que dice Bar La Alondra, se limpia el quicio de los labios y me deja allí cadáver, en el suelo como una colilla, mirando una fila de hormigas que sale de debajo del bidet.



20 de abril de 2018

Ya decía yo...



Así que la vida está hecha de esto...
Del día que pasé la lengua por el suelo
de aviones e Himalayas, de turba, de consuelo, del culo de la Paca.
De todas las moscas del verano
de mi madre y el queso y los bautizos
de cosas redondas, ovaladas, parabólicas
de isósceles, pentágonos, camadas
de ñues y laureles de César. De humo. De canallas.
De un día veintisiete y de otro nublado.
De un as de corazones en mitad del asfalto.
De violines y tablas de náufrago y de fresas y mangos
de sartén.
De bisturís y de anclas de barco.
De túes y de yoes y naranjas y útiles del campo y de toallas y
toneles de vino.
De pis en las farolas, de granizo y de limo y
a veces
de estrellas fugaces, de un eco, de una llama
-¿recuerdas aquel faro?-
En mitad del espacio.
De perros y de nietos y onzas de chocolate y abedules
de una sombra infinita.
De ya no te quieros. De perdonamés.
De culos de botella y de tazas del té.
De trenes que se pierden, de cartas que se ganan
de paraguas abiertos y de puertas cerradas.
De cal y de arena y en la orilla castillos que las olas se tragan.
De abrazos y de entierros y de bares y gatos.
De ahoras.
De me voy a poner a cocer papas.
De quítate las bragas.
De voy a por tabaco o de esto ¿cómo se llama? Putadas.
De se ha muerto mi padre, de estás más delgada, de sís; pero nos.
De ositos de peluche. De sábanas blancas.
De limones y efectos mariposas y pelos de pincel.
Del buuuu de las ballenas y del croac de los sapos y del cri de los grillos y de glops y de chis y de huys y de oe
oe
oe.
Y tal vez de mañana tal vez.
Nadie lo sabe.
Por eso es tan... emocionante.





18 de abril de 2018

El tiempo pequeño



-No quiero morir sin comerme una polla.

-¿Eso te hace sentir mejor? Tienes quince años Adeline. Que vayas a morir no te da derecho a hablar así. ¿O es que los demás ya no existimos para ti? ¿Estás...en otro plano? ¿Sí? Y además, que sabes tú de...

-He visto vídeos. En Internet. ¿Tú le comes la polla a papá?

-¿Sabes qué? Me voy dentro a preparar la cena. Se supone que estábamos aquí las dos, ya sabes, tú, yo, la caída de la tarde...y no pienso llorar. Estoy harta de llorar.

-Mamá...

-¿Qué?

-Crees que en otra vida ¿podría ser un caracol?




16 de abril de 2018

El día que le dije que...



Sí, bueno, tenía, unos labios por los que me hubiera deslizado en snowboard;
pero una boca tan bonita sólo para decir tantas tonterías
me parecía un desperdicio y
-por eso-
tomé un bus a la Antártida.

Sí, bueno, toda esa carne
tan tibia
tan suave
como una mantita de sofá.
Pero por aquí no ni por allí tampoco ni así, menos, con lo cual
todo se reducía siempre al mismo agujero
siempre en el centro justo de la cama
siempre pensando en los vecinos
y luego estaba eso
de las toallitas húmedas sobre la mesita de noche. Mirándome
todo el rato.

Sí, bueno, uno podía perderse en el verde de sus ojos, era
como estar de vacaciones en Asturias
o el Congo; pero
lo triste era que no había un lugar donde volver.
Te quedabas allí, mirando el mar, dibujando con la punta de un palo
en la arena
otros nombres.

Sí, bueno, su pelo en marejada, sus misiles logísticos debajo del sostén
sus quiero comprar el Corte Inglés
sus me voy a poner el pijama
-pero nunca se quitaba los tacones-
sí, bueno
el sabor a mermelada de naranja de los dedos de sus pies.





14 de abril de 2018

¿Tienes un boli?



Un día me encontré a Salomé-el día anterior me había besado- debajo de las gradas de la pista de hielo comiéndole la polla a un chico con acné y la camisa abierta y los ojos en blanco y la columna vertebral arqueada como un gato. Había quedado con ella a las siete. No vino, claro. Nunca más la he vuelto a ver. Cristina tenía las manos más grandes que yo y una vez me cogió en brazos delante de todo el instituto. Fueron dos semanas de paseos por el parque y el sol en la espalda. Tenía los ojos azules. Me besó. En el siguiente curso se quedó embarazada del profe de química. Nunca más la vi. Tampoco. Nuria me dijo que a ella le encantaba follarse las cosas bonitas y que como se iba a morir de leucemia en seis meses no hacía caso de diablos ni angelitos encima del hombro y que, me iba a comer vivo, allí, en aquel ascensor. Tenía dos hijos y un marido que sacaba la basura, y la verdad, es que era bastante simpática. Me gustaba su pelo. Porque era rojo. Nunca más he vuelto a ver un rojo así de despeinado.

Claro que me besó.

Estoy hecho de besos. Por todas partes. En todos los rincones.




12 de abril de 2018

Materia prima



El cielo es blanco de cojones, todo blanco, los ángeles
son blancos
(menos los de Machín, claro) vestidos de blanco
el algodón del cielo del cielo es blanco, las gaviotas
los cabellos de dios son blancos, la barba, los ojos, el fuego
de su tercer ojo. El suelo es blanco. Todos sus inquilinos.
Los muertos llegan en largas limusinas de un blanco nuclear,
en carrozas tiradas por caballos albinos
en helicópteros blancos.
Las paredes son blancas, el techo, la escalera infinita.
Las trompetas y el viento y las espadas.
Blanco.
Blanco. Blanco. El cielo es todo blanco de cojones.

El lugar perfecto para hacer un grafiti.




9 de abril de 2018

Manual de instrucciones de yo, fascículo 2



Desde muy pequeño o antes-hablaré en singular-la sociedad-lo llamaré sistema-, me dijo-lo llamaré marcar a hierro como a una res de campo-qué tenía que hacer. Y qué no. En la mesa; en el colegio; en las iglesias; cómo tenía que vestirme; qué tenía que beber; a quién votar, y sobre todo, que triunfar en la vida era imprescindible. Pero bebí lo que me dio la gana y dejé de hacerlo cuando casi me muero-porque me dio la gana-; mi mejor amigo es un cigarro-¿quién no querría morir por un amigo?-; huy-léase huí si se prefiere- despavorido de todo, lejos, a casi otra vida, de todo lo que me había enseñado la tremenda maquinaria. De la cosmética y el vino caro y los zapatos tan brillantes que pudiera verse en ellos mi puta cara. No quise ser especial ni mejor ni siquiera servir para algo, y si me dejaran, iría todo el tiempo por la calle en pijama. Conocí a putas y borrachos y yonkis y dueños de antros y músicos de jazz y gente sin dinero, esperanza, o un techo, otras manos, un lugar que recordar, y os puedo asegurar, que eran las mejores personas del mundo. Eres lo que queda de ti cuando entras al cuarto de baño. Tú y toda tu mierda. Hasta los reyes cagan. Lo interesante es en qué piensas cuando estás sentado ahí, y te miras al espejo y te acuerdas un momento-ese momento-de que estás engañando a tu persona favorita-por la espalda-, o has despedido a mil empleados-a traición-, o nunca, jamás, ni-una-sola-vez, has cumplido tu palabra. Eso es triunfar. Ya te digo. O a lo mejor no tienes ni un centavo pero estás pensando en los juguetes de los niños-los reyes magos son los padres- o un collar bonito para el perro o en hacer una tortilla sin huevos. Se puede. Pero hay que tener mucha imaginación. Suele pasar que cuando has fracasado-artículo su puta madre del sistema-, tienes tanta imaginación que en navidades haces un árbol con un paraguas rotos y lazos para el pelo y bolas de algodón y de estrella, en la punta, un tenedor viejo. Y entonces te abrazan. Y te dicen te quiero. Y creo que, eso es todo lo que tenía que decir.




5 de abril de 2018

Vení a lo asimétrico



Qué bonita la boca que diga trapecista.
Premio al señor del fondo
que lleva una jirafa cogida de la mano.
La primera vendimia para quien diga amor
amor
amor
sin caerse de la silla.
Cariño de ayudarte a bajar las escaleras, cruzar un paso cebra,
estar cuando te mueres.
Y a los que giren a la izquierda
buen viaje. Y esta flor.
Por el camino fácil sólo crecen mentiras
que ya ni tú te crees.






2 de abril de 2018

Manual de instrucciones de yo, fascículo 1



Me preguntas que qué no me da coraje. Como si yo fuera Nietzsche. O Mr Roper. Como si lo odiara todo. Yo sé que lo dices porque me quieres y quieres que todo en mi vida sea maravilloso y mucho más fructífero. Maravilloso es una palabra bonita; pero me aburriría mucho, y aburrirme, es lo peor que me puede pasar. Me gusta que la vida me toque los cojones. Que me sorprenda. Cada día. Que un día me de un besito y al otro me esconda el tabaco. Porque me gustan las cosas de verdad. Las feas, las bonitas, las largas y las cortas. Las cosas de verdad son de verdad. Todo lo demás, me da coraje. Me da coraje que una vieja se me cuele en la cola del súper y que encima me diga que es que tiene ciento cincuenta años. Y la cara muy dura, señora. No se va a colar. No hay justicia en el mundo, no hay equilibrio, no hay a ciencia cierta más verdad que las piedras o el color de los flamencos sobre su sola pata o el verde de Lorca o que el Sol va a salir cada mañana. Por el momento. A ciencia cierta, no hay mucha verdad en la gente. Porque da miedo, porque molesta, porque no es rentable. Y me parece bien que el ser humano se defienda. De sí mismo. De lo evidente. Personalmente, prefiero partirme la cara con la vida, con los espejos y las rachas de viento, perder la compostura, cagarme en algo, dejar que mis demonios sean tan libres como quiero serlo yo. No ser mi propio amo. A veces quiero sonreír y otras llorar. A veces por lo mismo. ¿Y qué? Aunque nunca me tiraría un pedo en el ascensor. Y siempre amaré a mis enemigos. Lo necesitan más que yo. Me da coraje abrir los ojos de mañana y saber que allá donde pongas el dedo en un mapa una guerra se traga a la gente, un odio separa las familias, una industria farmacéutica inventa una nueva enfermedad, me da coraje otro día más de políticos vestidos de Dolcce Gabbana o Armani o Prada mientras los pensionistas buscan con un palo en la basura. Me da coraje que el camarero no limpie tu mesa antes de servirte. Pero no me da coraje de los pasos de cebra o las ruedas de los coches o los paraguas. En general de las cosas que no hablan. Tanto. Y sobre todo tonterías. Los pedos son redondos, por cierto.