24 de junio de 2018

El camino más largo 2



La prima Chantal y la madre de Julia apenas asomaban al final casi del pasillo con una bandeja cada una de pequeños canapés de foiegrás entre las manos que habían estado preparando en la cocina hacía, un buen rato ya, justo en el mismo momento en el que Paquito apareció de una chistera así de pronto en medio del salón desnudo por completo y preguntando que cómo le quedaba aquel traje. A Paquito en ese entonces le daba por confundir los nombres, mear en los cajones o probarse ropa para ir a la boda de Juan, aunque Juan llevara muerto por lo menos siete años.
A Chantal se le cayó la bandeja al suelo boca abajo, su tía casi se desmaya, las pequeñas Charito y Soraya se quedaron mirando al abuelo como si hubieran visto bajar del cielo a Doraemon, el gato cósmico, con la boca abierta y los ojos como platos y las barbies colgando del brazo medio muertas; a la vecina, que cada vez que había arroz para comer y que era siempre que se reunía la familia, lo olía desde lejos, se le cerró un párpado y el otro no; a Moises, el hombre que había subido a los altares a la prima Chantal por cómo la chupaba, no porque fuera la mejor madre del mundo como iba diciendo por ahí, se le atragantó una aceituna y casi se mata él solo; el pájaro dejó de cantar; al señor de las noticias de la tele tuvieron que traerle un vaso de agua, y Julia, se acordó sin saber de una película donde una nave espacial con muchas lucecitas se llevaba a la gente a otro planeta.

“-Le queda estupendo, Paquito. Y el color me encanta. ¿A que sí Julia?”.

Por eso la quería. Porque Marta era Marta y nunca iba a ser otra cosa.

“Tonto el que llore”. Y las niñas se rieron porque aquello sonaba a juego y desde luego, la tita Julia iba a perder. Después mamá pájaro se llevó al viejo dentro, mientras le iba contando camino de la alcoba-así la llamaban todavía-que debería probarse otra corbata.

Aquella misma mañana Julia y Marta habían discutido: “-¿Cuándo vas a decirle a tus padres que me comes el coño?”.







23 de junio de 2018

El camino más largo



...sentado en la terraza de una cafetería otra vez sin saber cómo había llegado hasta allí ni por qué ni qué iba a pasar cuando se levantara de su silla y se pusiera a caminar, otra vez hacia ninguna parte.

-¿Qué tal? ¿Qué te apetece?

¿Morirse? No. Esta vez era diferente. Ya era mayor. Había comido muchísimas lentejas. Sólo que el camino que había elegido era...bueno...¿qué camino no lo era? Ahora era un guerrero de la luz. No sabía qué coño era eso; pero quedaba de puta madre. Un puto ninja. Un idiota con alas.

-¿Te pongo algo?

Hay cosas que uno nunca se cansa de mirar: el horizonte, las hogueras, los ojos de tu perro. Ojalá Einstein llevara razón y el tiempo fuera tan relativo que importara una mierda y uno pudiera estar así, viendo atardecer toda la vida.

-¿Sabes? Creo que...-dedito señalando hacia dentro del bar-voy a seguir con mis cosas por...que...-dedito pequeño, bonito, de pata de alambre y huesos de hipocampo-.

-Perdona. Un café con leche. Muy caliente. Por favor. Gracias.

Un café pa hijoputa. Que le arranque los labios de cuajo.

-Emmm...vale.

Se llama Julia. Pero él todavía no lo sabe.

“Aquí tienes, hombrecillo de hombros caídos y mirada de abuelo de Heidi. La de los montes. Joder, tío. Muy caliente. Por favor. Gracias. Hasta la máquina e tabaco es más simpática que tú.”

-Aquí tienes. Un café. Con leche. Muy caliente. De nada. Y gracias.

Y cuando ha puesto el café sobre la mesa Julia ha leído sin querer en el ordenador de hombros caídos la palabra amor. Y más abajo un nombre. De mujer. Y al lado, despidiéndose de un tren con un pañuelo blanco...

“Puto amor”. Y a Julia se la ha tragado el bar. Está muy ocupada últimamente, hoy, precisamente, ha puesto un anuncio en el periódico: “Se necesita...”. Antes estaba Marta; pero ya no. Ahora está en la India. Con un indio. De la India. Tienen un bebé. Una vez Marta y ella hablaron de tener un bebé. Juntas. Para siempre. Ya no están juntas. Ni nada es para siempre. Y además Marta tiene un bebé indio de un indio de la India. Pero es feliz. Y eso es lo que importa. A Julia le importa.




21 de junio de 2018

Líquido



Miedo. A eso se reduce todo. Miedo a los negros no porque sean negros- al amo no le importa follarse a las mucamas de la casa-, sino a que gane los cien metros lisos; a que tenga una casa con jardín más grande que la tuya porque es arquitecto, no porque sea negro, miedo, miedo a todo lo que sea más grande que tú, a los maricones de antes, a los gays y lesbianas de ahora. Son los mismos. Las mismas personas. Más valientes que tú, más libres que tú, más personas que tú. Pasarán por donde tú ni siquiera te atreverías a acercarte. Lucharan. Miedo a la guerra. A la tuya. Contigo. Miedo a acercarte a los espejos y ver en qué te has convertido. Miedo a acordarte de que querías ser pintora, fontanero, astronauta, espeleólogo. Y aquí estás. Todavía. Perdiendo el tiempo. Miedo a las canas, las arrugas, a no ser el ombligo de nadie. A quedarte solo. Miedo al silencio. A lo que dice. ¿Sabías que el silencio nunca miente? Miedo a los muertos. A las cucarachas. Al hombre que te dice que te quiere. Con las manos. Con las manos cerradas. Y tú todavía estás ahí. Perdiendo en tiempo. Molida a golpes. Miedo a lo que hay fuera de las jaulas. Miedo a que tus hijos no sean lo que quieres. También serán personas algún día. Con suerte, maricones, o libres o negros o de ese tipo de personas que sonríe todo el tiempo sin que nadie sepa nunca por qué. Miedo a que tus sueños no se cumplan. A que corran más que tú. A pararte en seco en la primera cafetería y ver como el culo de tus sueños desaparece en la distancia. No eran tus sueños. Eran,los de otro. Por eso corren tanto.




17 de junio de 2018

Geometría de un pájaro



Alice a veces era tan que si la tocabas se fundía como la mantequilla encima de la tostada o el humo de un cigarro o esa niebla en el baño después de una ducha. Estaba rota. Y yo lo sabía. Porque ella me lo dijo el primer día: “De noche me convierto en un caimán y devoro a todos los que amo”. Hacía viento. Ella me hablaba de que una vez cuando era chica estuvo once días encerrada en un cuartito donde sólo había cucarachas porque no había querido comerse en la cena un plato de espinacas; pero yo no podía dejar de mirar su pelo enhebrarse en aquel viento ni sus ojos celestes ni su boca pequeña ni, su silueta vestida de beige recortada en el cielo de Manhattan a punto de saltar al río Hudson.

Alice a veces se sienta en la cocina ya muy tarde frente a un enorme helado de vainilla con sirope y nueces y guindas rojas, verdes, amarillas y una montañita de nata montada con trocitos de chocolate negro y una hojita de menta coronando la cima. Y se queda allí mirándolo. Si probar un bocado. Hasta que se derrite. Otras, me deja una nota pegada al frigorífico: “Te mataré mientras duermes. Esta noche”. Esas noches yo le leo a Molière hasta que el sueño la vence y deja de temblar. Alice a veces, yo la he visto, sale volando por la ventana y regresa con el alba, y una estrella fugaz en el pico.



15 de junio de 2018

Sally



Al principio Sally sólo era del tamaño de un guisante. Uno normal, verde, redondo y todo eso: “...no podemos extirparlo de momento, la zona es, demasiado complicada así que...”. Así que Sally siguió creciendo como una niña con coletas hasta que tuvo el tamaño de una manzana Golden mientras yo me hartaba a medicinas que sabían a cobre y cañerías y a los pocos meses, cuando ya Sally había adquirido el considerable peso de dos kilos setecientos gramos, le pregunté al doctor Kovalski que si me iba a morir quería ir antes a Tokio. Siempre quise ir a Tokio. Me dijo que todo dependía de qué dirección tomara Sally-que por entonces aún era “el tumor”-. Si agarraba un pulmón, si se comía el hígado. Sally creció como un melón, era como tener una pelota de playa en el costado. Pronto casi no pude ponerme ninguna camisa, y cuando andaba, mi brazo se apoyaba sobre Sally como si estuviera en la barra de un bar. La gente ya miraba de reojo por la calle y aunque en el trabajo todos eran todavía amables conmigo, Michel me cambió a una oficina en el ala oeste, con una pequeña ventana por donde podía verse el ferry y algunas gaviotas. Cuando Sally empezó a colgar, Michel me dio un mes de vacaciones. Nunca antes había estado tanto tiempo sin ir a la oficina. Y aún trabajé dos meses más antes de que la jefa me llamara a su despacho para casi suspirar un “Lo siento Rogers”. Arnold y su hermana me ayudaron con el tema de una pensión de invalidez y aunque tuve que mudarme a un apartamento alquilado, Sally y yo estábamos bien. Ya sólo follaba pagando y estaba claro que Mel no iba a volver de donde quiera que estuviera haciendo no sé qué que decía que no podía hacer ya conmigo. Eché de menos durante un tiempo aquellas tonterías de te quiero más que a vete a saber qué cosa se me acababa de pasar por la cabeza, más que a un nenúfar, que a una tormenta de verano, que a...y ella contestaba cualquier cosa que fuera más que aquello, por ejemplo, una tormenta de verano con rayos y truenos y el mar encabritado como un potro o, Pi. El número. Porque decía que era infinito y que nadie había sido aún capaz de terminarlo y un día, se fue.

La señora Mc Arthur, la vieja de la tienda de ultramarinos me da una cereza cada vez que voy a por el pan, o un dulce confitado de calabaza, y Annie, la chica del kiosko, me guarda un ejemplar cada semana de esa revista de bricolaje en casa y siempre me pregunta que qué cosa estoy construyendo ahora. ¿Una silla? ¿Cuándo vas a hacerme una silla Rogers? me pregunta, y después sonríe como si el Sol acabara de salir.
Llegó una carta. Hay un doctor en no sé dónde que ha encontrado el modo de...bueno, sin que yo tenga que morir en el intento y, supongo que Sally acabaría en algún contenedor con una de esas etiquetas amarillas tipo central nuclear y llevado luego a cualquier universidad de medicina donde ciento de estudiantes podrían observarlo a su antojo como a un monstruo de circo.

Nadie va a separarnos Sally, te lo prometo.



6 de junio de 2018

Big



Ú mi capibara y ú mi líquido
amniótico y
mi pronombre relativo
toda esdrújula ú
en el nombre del father
del filio
y del espíritu tanto
amor en qué pellejo y nos
tu chucho de perrera y tu ñu y tu Picasso y tu Chucky y
tu acordeón y tu chugeder para siempre.
Tu Scott Pilgrim.
Tu idiota de pecera.

Nos queda tanto por hacer menos la cama...