26 de agosto de 2018

Magnesio



Por aquel entonces en Brooklyn la reputación lo era todo:

“-¿Eh chico, vas a pagar eso?”.

Sólo era una manzana. Una puta manzana. Podía haber salido corriendo. Podía haberla dejado donde estaba. Incluso podría haberla pagado. Después de recorrer nueve estados todavía tenía en el bolsillo cinco dólares y veintisiete centavos:

“-Nunca más voy a pagar nada”.

Y le asestó al frutero una puñalada en el estómago con una navaja que su padre usaba para cortar el pan, siempre después de que mamá bendijera la mesa por supuesto. Se fue de allí caminando lentamente, sin prisas, como si todo lo que a partir de ese momento vieran sus ojos, le perteneciera.

A los quince años y un montón de cadáveres más, nadie era capaz de escuchar su nombre sin sentir un escalofrío en la columna vertebral:

“-Joe quiere verte.”

En ese momento uno lo hubiera dado todo por un agujero en el suelo, porque Joe, en realidad, ni siquiera iba a estar allí cuando aquellos tipos le metieran una bala en la cabeza y lo tiraran al contenedor de la basura. Era lo que pasaba cuando alguien decía no. En Brooklyn por entonces, la reputación lo era todo. Aunque ni siquiera se llamara Joe.






24 de agosto de 2018

Estroncio


...que aquello parecía
-seguro que te acuerdas-
La jungla de cristal.
Tú me tirabas a la cara ropa sucia y yo arrojaba
tus discos por la puta ventana.

O me ponías una bomba debajo del váter.
O escondías las pilas del mando de la tele.  O me plaf con las ruedas del coche y yo
quemaba las cortinas o
te ponía pegamento en las pestañas
mientras dormías.
Tú me pof pof pof pof pof y yo
te chup chup chup chup y tú
me pim y yo te pam
y claro: pum. Y todo a la mierda.

Y sin embargo ahora, que ya no estás, es cuando la casa se me cae encima.








19 de agosto de 2018

Plutonio



...me cogió la polla con las dos manos y se puso a cantar una de Joni Mitchell
como si mi polla fuera un micrófono y
treinta y tres mil mil espectadores estuvieran esperando a que dijera
“Os quiero Morgantown”.

No quiero querer nunca más a nadie como a Amy.
No quiero que el viento susurre su puto nombre entre las copas de los árboles.
El viento no sabe una mierda de Amy.
Ni siquiera Amy sabía una mierda de Amy.
Amy era todo, menos lo que uno esperaba:

“-Un día...”

Y no decía nada más.




16 de agosto de 2018

Cadmio



Los días  sin amor se comen  crudos
saben a prisa y fregaplatos
y en ocasiones,
hasta tienen una mosca flotando.
En cambio tú me olías  a hogaza
de pan recién horneado y a noviembre.
A magro de sirena vuelta y vuelta.
Con su cebollita.
Con sus patatitas.
Con su hojita de laurel.

Los días sin amor son como albondigas
de lata o comida  de buffet.

...de cubiertos de plástico
de papel aluminio...


De quedarse con hambre.






13 de agosto de 2018

Radio



Claro que es cierto que todo nos llevó a aquél momento
-al principio de algo, a algún amanecer-
pero no van a volver las oscuras golondrinas
-el cambio climático y
todo eso-, en realidad
siempre fuimos como uno de esos zapatos
que te quedan pequeños
-te encantan; pero sólo los disfrutas cuando te los quitas-
o
-¡oh! el calcetín que me faltaba desde hacía tres meses-
algo que encuentras debajo del sofá
mientras buscas otra cosa.

Y mira que
cenábamos sopa de hipocampo
-caballitos de mar, joder, que hay que explicarlo todo-
y
yo te miraba como si fueras la luz de mis días y
tú me cortabas por la línea de puntos
y
me encantaba que dejaras la puerta abierta cuando ibas a mear
y
todo eso
ya sabes
que hacen los mamíferos.




9 de agosto de 2018

Oxígeno


Tócate donde te gusta.
Imagínate guitarra o cello o contrabajo
de un club de jazz en New Orleans
donde le cortan en el patio de atrás a las gallinas
el cuello para nudos de amor.

Habla con tu almohada: "aquí. Y aquí. Más lento. No tanto. Así".
Juega con la fruta.
Prueba a qué sabes.
Tira la báscula por la ventana.
Mírate al espejo y dite
dite, qué ojos más grandes tienes...
Se tu lobo. Cómete mejor.
¿O no eres una estrella fugaz?
¿Lo mejor que te ha pasado?
¿Toda tú verbo?


8 de agosto de 2018

Carbono


Coño, todo fue ponerme los turboauricudífonos y en la intro de Superhéroes, de The Sript, aparece así, plas, Carlos, al que no veo desde hace 39 años, a mi lado pidiéndome un cigarro. Pudo ser mi más mejor amigo de toda la vida, pero yo, por lo visto, no necesito a nadie. 
Caminamos por la orilla de la playa con los pies metidos en el agua.
Y así, plas, miro a mi derecha y me veo a mi padre, que está muerto, bebiendo un bitter Kas de la botella y le digo, papá, mañana tienes que llevarme a coger espinacas al arroyo y él, se sube a la moto y me hace para que monte detrás, justo cuando plas plas plas plas plas mis hermanas cruzan por un paso de cebra cogidas de la mano y vestidas con uniformes blancos y se meten en el  mar.  Mamá, por la ventana, tira confetti y bocadillos de jamón. Miro hacia atrás porque hay mucho ruido y resulta que todo 5°C subido a una carroza tirada por 12 caballos y con el traje puesto de príncipe de Gales canta un villancico con panderetas y esas voces de pito que tienen los imberbes. Y al lado, no te lo pierdas, la madre de Bambi. No quiero que termine nunca esta canción, pienso, mientras el agua se mete entre los dedos de mis pies. ¿Tú? Estás, preciosa le digo, pero como si nada. Ella siempre estaba a otra cosa. Más importante que yo. Pero está preciosa. Alguien me pone la mano en el hombro, pero no veo a nadie. Aunque escucho su voz: al fin encontré la luz...ni te imaginas dónde. Y justo delante, de la arena, empieza a salir gente del metro con sus prisas y sus cosas en la cabeza y un tío me dice, ¿te acuerdas de mí? Y yo le digo, pues ahora mismo no. Y se va. Y cuando ya no está recuerdo que un día me vendió una camisa. De flores. Y mientras voy pensando en eso la chica del tren me coge de la mano y me pregunta que si puede darme un beso. Sólo nos vimos una vez. En un tren. Por eso es la chica del tren. A lo lejos viene alguien caminando. Como sin gafas no veo un carajo no sé quién es, aunque solo conozco a una persona que camine así sobre las aguas. ¿Qué pasa tío?, me dice, y se me queda mirando y me cuenta que él quería ser fontanero " pero mi padre...ya sabes, el negocio familiar...". Y entonces es cuando del cielo baja Elvis y todo el mundo comienza a gritar, una locura, con su traje de Elvis y sus gafas oscuras...Tengo hambre. Todos tenemos hambre y algunos han sacado tortilla de patatas y pan y están repartiéndola entre la gente. Nos quedamos sentados un rato en la orilla, viendo como el Sol dice adiós con un pañuelo blanco. Después cada uno se marcha por donde ha venido, justo cuando los últimos acordes se desvanecen poco a poco en mi cabeza.





5 de agosto de 2018

Samario



¿Te acuerdas del día
que cenamos un bocadillo de atún en la terraza y una paloma se cagó en mi cerveza?
Te reías.
Te reías mucho y para ti sola y no había más cerveza.
Y yo te odiabaquería, porque, llevábamos dos semanas saliendo y ya habías descubierto todas las maneras de joderme.
Y eso que no eres tan glewww...uf...como Alicia Vikander.
Pero Alicia Vikander no duerme con sus pies enredados en los míos.
Ni me echa sal en el café por la mañana, ni me dice hazlo tú con los huevos, que todavía estoy dormida.
Ni añade, tienes suerte de que no te arranque una oreja a mordiscos.

Además he aprendido a ver la tele a través de tu pellejo.
De esas costillas de murciélaga que tienes
y esas tetas de frutero.
Siempre he sabido que lo haces queriendo.
Sí, ya lo sé; porque tú me lo has dicho: Te voy a joder el partido.
Por
-aquí va lo que sea, total,
me ha llamado de todo, hasta cosas que no existen-.

Y es curioso: tienes la misma respuesta para todo.
“Porque me da la gana”. Aunque seguro que es por algo que he hecho.
O que no he hecho.

En cambio cuando duermes...
Te pondría por encima un poco de salsa barbacoa y
un par de hojitas de lechuga y
te comería.

Aunque también me conformo con chuparte los dedos.




1 de agosto de 2018

Vanadio



...de pie bajo la lluvia como una amapola de cuneta con su dedo pulgar señalando a cualquier sitio que no fuera Wood Hill.

-¿Quieres que te lleve a algún sitio?

Tira atrás su maleta y dice “¿No serás de otro planeta, verdad?”. Niego con la cabeza, desafortunadamente y entonces añade, que a cualquier parte.

Lleva las flores del vestido manchadas de sangre y un ojo tapado a sabiendas por un mechón de pelos. El otro ojo es azul; aunque sin un sólo barco velero flotando, ni mucho menos, gaviotas. Apoya la cabeza en el cristal y supongo que se pone a pensar, en cómo una mujer llena de sueños acaba en el coche de un desconocido, una noche como esta:

“-Déjame salir hijo de puta, me estoy meando”.

Potter, cuando venía borracho, hacía cosas como esa. Una vez le partió dos dientes de un puñetazo. Parecían dados rodando por el suelo.

-¿Estás llorando?

Claro que está llorando. ¿Qué clase de pregunta es esa?

-Hay pañuelitos de esos ahí, en la guantera...como te llames...joder, te sangra la nariz.

Y entonces alarga su mano y cambia de emisora y vuelve a cambiar hasta que suena la canción más triste del mundo y se recuesta sobre mi hombro y dice, Samarkanda, me llamo Samarkanda y yo le digo, que qué clase de nombre es aquel. El de una chica que empieza con un beso en la boca y termina sacándote las tripas, pienso, cuando descubro que su cara en el retrovisor es mucho más bonita con los ojos cerrados. Lo último que dice antes de dormirse es, “Nunca pensé que Potter por dentro estuviera tan blando”.