29 de septiembre de 2018

Escandio



El árbol no está ahí para darte sombra. No ha crecido por siglos ni ha pasado sed o lo ha partido en dos un rayo alguna vez para que tú vengas ahora a ponerte debajo. Y menos a abrazarlo. Ni siquiera lo conoces. Hace sus cosas de árbol. Toma el sol, crece, da sus frutos. No es tu puto amigo. Pero claro que puedes amarlo. Aunque no te conteste. ¿O no te basta un susurro entre las hojas, del aire? Puedes amar los ríos subterráneos y las grandes corrientes oceánicas; los icebergs y los galápagos; los gatos y los perros y las vacas. Puedes amar si te apetece las grandes montañas, la más pequeña flor que crezca en las cunetas, el silencio, ama el silencio si quieres. Pero a mí, llévame al cine a ver una de esas películas que odias tanto; pero que sabes que tanto me gustan. Compra muchas palomitas. Cógeme de la mano. Mírame sin que yo me de cuenta. Y cuando al final el soldado ponga una rosa roja encima de la tumba de la chica, bésame. Un beso largo y mojado y con los ojos cerrados del que nunca me olvide. Antes de que enciendan las luces.





27 de septiembre de 2018

Osmio


Que si tú.
Que si yo.
Que si tu puta madre.
Que si la tuya más guarra.
Que si te saco los ojos.
Que si a ver si amaneces mañana
con las tijeras del pescado en la espalda.
Que si no eres capaz.
Que si ya lo verás.
Que si mira que tiro el piano por la puta ventana.
Que si no tienes huevos.
¿Que si no qué qué qué?
Que si jajajaja.
Que si me cago cien millones de veces en el día que te conocí.
Quesipuesanda, que yo.
Que si por dios y por la virgen santa.
Que me comas el coño.
Que si joder joder joder.
Que si por qué no te vas a por tabaco.
Que si grrrrrrr guau guau -serpiente-Kalashnikov -rayo- ratatatá- emiticono de la mierda-, guión bajo arroba ya estoy harto punto com, que te pique el culo un pavo.
Que si huy mira como se me cae al suelo de las manos tu figura favorita de Lladró y se parte en mil pedazos.
Que si que malaleche.
Que si pues mira lo que hago con...
Que si que no, las fotos no.
Que si que mira como arde aquel día en la playa, qué bonito, y las tardes de esquí en como se llamara.

Que si el silencio.

Que si las llamas.







26 de septiembre de 2018

Zinc


"¿Que el maestro te ha pegado con la regla? Seguro que te lo merecías."
"O te comes las lentejas, o te meto la cabeza en el plato."
"De la hostia que te doy te mando a la luna
-como todos los niños
yo también quería ser astronauta-."
"Te voy a encerrar en el cuarto de las ratas.
A oscuras.
Sin agua."

"No corras, que es peor".


Y así fue como me hice el tatuaje.


24 de septiembre de 2018

Rubidio



...un haz de luz tan recto como el curso de la bala que mató a JFK se coló por la rendijas de las persianas y atravesó la habitación dejando a su paso una bonita vía láctea de polvo de mueble y humo de cigarro hasta acabar iluminando el centro de aquel escenario en el que habíamos convertido la cama, o lo que fuera aquello donde nos roíamos los huesos el uno al otro.

-He tenido siete orgasmos. Tal vez más. No todos iguales, claro. Algunos eran como relámpagos, así, flas flas, que me partían, flas, en dos la columna y otros, bufff...casi me muero. Qué hijoputa eres. ¿No te cansas? Sólo es un agujero. Quiero agua. ¿Tú quieres agua?

Yo quiero que te calles.

-¿Qué me miras? ¿No me tienes más que vista? A veces pienso que estás enfermo ¿sabes? Enfermo de mí. Síndrome de...déjame pensar...¿Lucy? Aunque técnicamente debería llamarse Síndrome de Lucía. Tú eres el que todo lo hace así de pequeñito: Lucy, monstruo, flaca, que te como, ya verás, Ipanema mi amor, y cosas de esas de tonto.

Pero no te callas.

-¿Has visto mis bragas? Tienen que estar por...quita...aquí no están, a ver debajo de...pues no. Dame otras del cajón ¿quieres? No, esas no. Tampoco. Demasiados calamares. Y esas menos. No me las pongo desde el día que me las compré. Me pican. Ya lo hago yo. ¿Ves? Estas son perfectas. No era tan difícil.

Sólo te callas cuando hacemos el amor. O lo que sea eso.

-¿Qué? ¿Me lo vas a decir o tengo que adivinarlo? Tengo que adivinarlo. Vale. Estás pensando que soy tan guapa que me vas a hacer el desayuno. ¿A que sí? Lo sabía. Se te ve en la cara. ¿O es otra cosa? ¿Es otra cosa? Qué decepción. Después vas diciendo por ahí que me quieres. Ya. Bueno. Es lo que hay. No seré tan guapa.

Corre Lucy.

Corre...





23 de septiembre de 2018

Nitrógeno



Si quise vivir ¿por qué nunca me comí una cucaracha o salté de un tercer piso
o
-ojalá cayera un meteorito sobre la faz de la tierra-
me apunté a bailar bachata?

Nunca seré una buena persona.

Y que vinieran a escupir sobre mi tumba todas las mujeres
a las que hice llorar.
Peor. Que no viniera nadie
-un meteorito que acabara con todos los tontos-
que
todas las mujeres a las que hice llorar
me hubieran olvidado hace tiempo.

Escribo en una servilleta de papel todos mis fracasos.
La hago una bolita y me la trago.

También le robé veinte dólares del bolso a mi hermana
y
una vez maté un hombre. Pasó, sencillamente y
no me gustan los niños
ni los perros
ni
joder,
yo era el que llamaba a Chloé a las tres de la mañana.
Borracho, claro
-un meteorito muy gordo-.
Chloé no contestaba.
Chloé era tuuuu tuuuu tuuuuu a las tres de la mañana.
Eso fue lo que quedó de Chloé.

Si quise vivir ¿cuándo fue que no tiré tu puerta abajo
sólo para
robarte el corazón?

Aunque robé algunos coches.

Y una vez me la chupó un tío que andaba, decía, enamorado de mí.
Te haré llorar, le dije, no soy la persona que buscas.




22 de septiembre de 2018

Selenio



Todo pasó tan rápido... Y ahora ya son las nueve de la noche: “Recógeme a las nueve”. Y esto es la esquina de la calle Bla bla bla: “En la esquina de la calle Bla bla bla”. Y esa que viene por ahí es ella. Que esta mañana cuando fui a correos a mandar una carta certificada no era nadie. Pero ahora es ella. Aunque no sé muy bien qué significa eso. El caso es que sea lo que sea, me tiemblan las piernas. Un poquito:

-Hola. ¿Qué tal?

Pues me tiemblan las piernas y es por tu culpa. Porque estás muy guapa vestida de eso que te has puesto y caminando, parecías un puto jaguar. Aquí, hundiéndome como una piedra en esos ojos bonitos que has traído. Y como no sé qué decir voy a decir cualquier tontería. Seguro:

-No me acuerdo de tu nombre.

-No te lo dije.

-Bueno, has sido todo el día la chica de los globos. A mí me gusta.

-Me encanta ese jersey. En realidad a todo el mundo le encanta. Por eso me lo pongo. Pero me llamo Ana. ¿Y tú?

-XZ143

Ha sonreído. Estaba deseando que hiciera eso. Me he estado acordando de esa sonrisa todo el día.

-Pero te puedo llamar Z. ¿A que sí?

-O Alberto. Aunque Z mola un huevo.

Lo que pasó fue que ella, que esta mañana no era nadie, esta mañana estaba detrás del mostrador de la oficina de correos. Yo dije, buenos días, querría un sobre para esto y mandarlo por correo certificado y ella dijo, claro, ¿a qué dirección? Y yo le dije que un momento, que saco el teléfono y te enseño una captura de pantalla y ella dijo, ¿a ver? Y se quedó muy quieta. Muy callada. Y después sonrió. Así. ¿A que es chulo? Y me dijo que vale. Que pasara a recogerla esta noche a las nueve en la esquina de la calle Bla bla bla. Esta esquina. Lo que pasó pasó también porque la noche anterior yo había estado paseando un rato antes de subir a casa y en el camino vi un letrero pegado a una parada del bus que decía “Te invito a cenar esta noche”. No sé qué de una cadena de nuevos restaurantes. Yo quería el número de teléfono, pero en la foto sólo salía esa frase en letras muy gordas.

-¿Nos vamos? Si has terminado ya de hablar solo.

-¿Dónde quieres ir?

-A todos sitios.

Lo ha vuelto a hacer. Cada vez que sonríe se me atraganta algo en la boca del estómago. Algo que se mueve. Como un puto bicho, o algo.






20 de septiembre de 2018

kriptón



...que pusiera la mano en ninguna barandilla o en los agarramanos de bronce del metro porque se me iba a pegar algo. Y yo miraba su cara de persona horrible y pensaba para mis adentros que tal vez allí hubiera puesto la mano Winston Churchill. O algún señor de Las Bahamas o una costurera de la fábrica de lino. Y que mi mano se impregnaba de microbios ajenos y otras cosas pequeñiquitísimas que ya iban a formar parte de mí para siempre. Trocitos bonitos de otros. Y cerraba los ojos y por un momento no existía otra cosa que el microcósmos y yo y el violín de un moscovita llorando al final del túnel la vida en Rose. Y al abrirlos, persona horrible seguía ahí. Mirándome como a un idiota mientras subíamos por las escaleras mecánicas: “Que no toques, que a saber quién habrá puesto ahí la mano”. Si persona horrible no existiera yo la buscaría en todos los pasamanos y en todos los bordes de los cuadros y en todos los pomos de las puertas y en todos los cristales de los vasos. Pero ahora mismo no la aguanto. Es cuando silbo. Siempre la misma canción. Hasta que persona horrible me da con el bolso en las costillas y me atraganto. Detrás de nosotros una anciana me mira con ojos de ternera. Le sonrío. Intento decirle algo con las cejas tipo, no pasa nada, debería usted verla cuando se enfada. Hasta que no ve sangre no para. Aunque la culpa no sea mía. Como no hay nadie más al lado, me saca las tripas con un palo y se queda tan ancha. Y no le digas nada, que la has cagado. Porque entonces se convierte en algo personal. Y yo no sé rezar, señora, que si no rezaría. Porque hace así, como el motor de un coche, ¿sabe? rummmmmm rummmmm, así, y se lleva por delante lo que pille. ¿Pero a que es guapa? Pues cada vez que le sale una arruga tengo que esconderme debajo de la cama. Lo lleva mal. Y eso que yo le digo que las arrugas son medallas. Que siempre la voy a querer. Y aquí sigo, mire usted, vivo de milagro.





19 de septiembre de 2018

Indio



No quiero conocerme. Ni quién soy o qué rumbo tomar. No quiero
mirar atrás con los ojos de un perro.
Ni maletas. No quiero maletas. Ni siquiera una foto.

Me sentaré alrededor de las hogueras de ahora en adelante
a contarle a la gente de qué
está hecho un corazón. Mirad, diré, esta mujer era mi madre.
Y este
mi amigo invisible. Y esta, la chica aquella de aquel instituto que tanto me gustaba.
Se montó en mi moto. Me agarró muy fuerte. Cerró los ojos y emprendimos
un vuelo en picado a la alameda de mi barrio:

“-Eres la primera muchacha que se sube a mi moto.

-¿Y puedo ser la única?”.

No quiero saber si me gusta el helado de fresa más que el de vainilla.
Sorpréndeme, yo. Si me gusta la carne de hombre o de mujer. Este color o el otro. Improvísame, yo, como un tema de jazz a las seis de la mañana.

Si seré capaz o
capaz
me dará una puñalada por la espalda, no quiero, puertas
ni ventanas
ni dedos
señalando
el horizonte.

Ámame, yo, o escúpeme a la cara.







17 de septiembre de 2018

Paladio



Si fuera a morir en cinco minutos
-si fuera-, no haría otra cosa que
seguir con lo que estaba: comerme una pera; por ejemplo
o hacerme una paja.

No saldría corriendo a ajustar mis cuentas con la vida y desde luego
no subiría un 8.000
ni dejaría una nota pegada al frigorífico para nadie.

Porque ya vivo como quiero.
Ya hago siempre lo que quiero.
Ya no me importa nada. Excepto yo. Por supuesto.

El bien y el mal del hombre cambian de chaqueta cada cierto tiempo.
A Rubens le gustaban gordas, por ejemplo, y un vaquero podía
llenarte de plomo si robabas un caballo.
De hecho dudo de que haya algo de verdad en todo esto
que llamamos sociedad.
Los donuts están buenos, eso, si que es verdad.

Seré crucificado.
Apedreado, traicionado, y enterrado en vida, me dije,
el día que abrí los ojos, tanto, que vomité sobre un señor
que esperaba a mi lado en el semáforo.

Pero aquí estoy. Y aquí a mi lado está la vida. Y fumamos. Y esto
es precisamente lo que voy a hacer
los próximos cinco minutos.

Y decir en voz alta palabras bonitas, claro
como hipocampo o nebulosa o tú.






15 de septiembre de 2018

Cerio



He tenido una vida magnífica:
he visto un saltamontes; he viajado en avión-entre las nubes-; he comido wasabi.

Las nubes...

Y los abrazos. Los abrazos bonitos como un atardecer
a orillas del rio Ganges. Por ejemplo. Yo qué sé.

Una vida mecida por el viento
tan caprichoso
e
hijo de puta.

He olido una flor y he besado un caballo en la frente.

He visto parir a una mujer.

Se me ha roto entre las manos la palabra “contigo”.

He llorado. Y el mar me ha salvado. Tantas veces.

El mar. La palabra más grande que conozco.

He tenido zapatos y una bici. Caramelos. Revistas porno.

He sido astronauta y capitán de una fragata portuguesa.
Y hasta sheriff del pueblo. Tenía una placa.
Y el chocolate. La segunda palabra más grande que conozco.

Paula siempre me ha gustado.
¿No es evidente?
Y las ciruelas. Tan rojas y brillantes.

Será en paz. Lo sé. Ese era mi sueño.
Y un día, cuando pases el dedo por el borde de los muebles...




14 de septiembre de 2018

Fósforo



Y allí estaba yo. Jugándomelo todo de farol. Y allí estaba la Pili. Con su as en la manga. Y los dos esperando a que el otro disparara primero:

“-Te he metido en el bolsillo de la chaqueta la receta de la salsa de mi abuela. Sé que te encanta, y seguro que así me echaras de menos mucho menos.”

No hubo besos. Ni un apretón de manos ni un abrazo. La Pili se perdió por el pasillo y mi maleta y yo pulsamos el botón del ascensor.

Doscientos treinta y seis chuf chuf de tren más tarde metí la mano en el bolsillo y saqué un papelito doblado en doce partes: ...dos puñados de tomillo; pan del día antes; pimentón dulce; vinagre...ajo...sal...
Y al final de la nota un epitafio: “Falta un ingrediente. Pero seguro que sabes cuál es”.
Creí leer detrás, “Algún día”; pero detrás no había más que un punto y final. Y silencio. Un silencio que nunca había oído antes.
La salsa jamás me ha salido igual. La de la Pili estaba muchísimo más buena. Más que muchísimo. Siempre querías más. Hasta que se acababa. He probado a ver si era comino, o laurel, o una pizca de mostaza, yo qué sé. Pero no. No sabe a la salsa de la Pili. Ni siquiera se parece. Y hace poco la vi. A la Pili. En la acera de enfrente del brazo de un hombre. De otro hombre. Otro que no era yo. De mi brazo sólo cuelgan las bolsas del mercado o el paraguas. La vi y me sonrió. Después de nueve años. Y la sonrisa de la Pili todavía era la sonrisa más bonita del mundo. Con sus ojos brillantes como bolas de billar y sus hoyitos en la cara un día de lluvia donde los niños ponían barquitos de papel de periódico a navegar y esas cosas que hacen los niños cuando llueve. Y justo en ese instante, antes de que se metiera en una tienda de zapatos y no volviera a verla nunca más, supe que a mi salsa le faltaba, toda esa luz.






12 de septiembre de 2018

Azufre


Como empezar un día de mierda en tres sencillos pasos:

Cállate la puta boca.

Tira palante.


Y no vuelvas.



10 de septiembre de 2018

Praseodimio



Querida Cecille:

Cuanto más miro las estrellas menos me importa todo. Los niños; los animales del zoo; las grandes epidemias; que se hunda un barco o descarrile un tren...Es horrible. Y lo más horrible es que cada vez es menos horrible. Que incluso la palabra horrible apenas signifique nada. Que sea una palabra más. Como pétalo, o gamba o diafragma. Como comprenderás, no he dejado de fumar.




9 de septiembre de 2018

Antimonio


-Cuatro meses. Me cago en todo. Joder. Joder. Y ni siquiera sé qué voy a hacer con ellos. ¿Qué harías tú, perro? Supongo que cosas de perro. ¿Tienes dueño? Yo tampoco. Siempre he sido así de hijo de puta. Cuatro meses. Joder. No es que tuviera muchos planes ni una meta donde llegar ni nada de eso; pero coño...Yo nunca he tenido un perro. ¿Te gustaría ser mi perro? Te compraré un plato con tu nombre y haré eso de tirarte putos palitos para que vayas a cogerlos y ¿cómo coño puede decirte un tío vestido de blanco que “yo de usted aprovecharía hasta el último minuto que le quede” y después quedarse callado? Pues se quedó callado, perro. Creo que en ese mismo instante empecé a morirme. Tengo que ponerte un nombre. ¿No? Y presentarte a Molly. Molly es mi chica. Desde hace mucho tiempo. Lo que pasa es que ella no lo sabe. Pido un café, pago y me siento en la misma mesa desde hace dos años. Y la miro. Y ya está. No necesito hacer nada más. ¿Vienes, perro?

-Hola. ¿Café?

-Sí, gracias. Y un vaso de agua.

-¿Es tuyo?

-Emmm...sí. Supongo.

-¿Y cómo se llama?

-Perro.

-¿Lo quieres muy caliente no? El café digo. Uno veinte. Y tu vaso de agua.

¿Ves perro? Desde esta mesa vemos a Molly todo el tiempo. ¿ A que es bonita?   Parecía un poco...molesta. A veces me pregunta cómo estoy. Le digo, bien, y me siento aquí. Otras ni me mira. Y otras se pone a tararear esa mierda de canción que tanto le gusta. A mí no me gusta. Pero me gusta verla tararear. Creo que mis cuatro meses los voy a pasar aquí sentado. Viendo a Molly de cintura para arriba. Como si fuera una sirena y tuviera cola y por eso no saliera de detrás del mostrador. ¿Qué dices, perro? No. No voy a acercarme y decirle...

-Que me gustas. Eso he dicho. 

-Yo, flipo. ¿Que te qué? No has abierto la boca en dos años que llevas viniendo por aquí y de repente don monosílabo me invita a cenar. Coño, si es que ni siquiera sé cómo te llamas. Espera, que me tiro al suelo y me revuelco. ¿Tú estás bien? ¿Y a mi marido también lo vas a invitar a cenar?

-No tienes marido. Ni siquiera tienes gato. Te lo he escuchado decírcelo a algunos clientes muchas veces: “Yo, como mejor estoy, es sola. A tomar por culo. No me hace falta nadie”.

-¿A que llamo a un guardia?

-Me estoy muriendo desde hoy. Me quedan cuatro meses. Mira. ¿Ves? Lo pone aquí. Y he pensado que...

-Me importa una mierda. Bueno, lo siento y eso; pero que me da igual. Que no te conozco de nada y lo mismo eres un pisicópata de esos o yo qué sé y te lías a darme puñaladas detrás de una esquina. Y además que no eres mi tipo ni nada. Oye, yo qué quieres que te diga, si quieres te invito al café. 

-Desde mi mesa eras más guapa. Si lo sé no te digo nada. Perdona. Y gracias por el café. Que por cierto, nunca me ha gustado.

Bueno perro, da igual, nos tenemos el uno al otro. ¿No? 

-Yo también me voy a morir ¿sabes?

-¿Qué?

-Un día. No sé cuál. Pero un día seguro que me muero. Y mira, aquí estoy, poniéndole café a un pisicícopata.

-Se dice psicópata.

-Ya lo sé. Tú nunca te ríes. ¿A que no? 

-Me tiene que hacer gracia.

-Y tengo una tortuga. Que lo sepas.

-¿Porque me miras así? Yo ya me iba.

-¿Me vas a decir tu nombre o tengo que adivinarlo?

-Podría estar escalando el Everest ¿sabes? O gastándomelo todo en no sé qué. Hasta podría atracar un banco. Total...Y sin embargo estoy aquí, invitándote a cenar. 

-¿Y tengo que sentirme afortunada o algo? Porque, joder, me siento como el último deseo de alguien. En las películas piden un  cigarro. O como mucho un filete de ternera. Con patatas y bacon. Podías haberme invitado a cenar antes. 

-¿Y hubieras dicho que sí?

-No. Por lo menos la primera vez.

-¿Cómo la primera vez?

-Bueno, si al día siguiente me lo hubieras vuelto a preguntar pues...

-Pues me hubieras dicho que sí.

-Tampoco. ¿Sabes cuántos tíos me invitan a cenar al cabo de la semana?

-¿Muchos?

-Mogollón. Y nunca he ido a cenar con ninguno. 

-¿Eres lesbiana?

-Soy una cabrona. 

-No me lo creo. Y seguro que ahí detrás tienes cola de sirena. 

-Me parto. ¿Eso lo has leído en algún libro?

-Te gusta. Has sonreído. 

-No he sonreído.

-Claro que has sonreído.

-Que no he sonreído. 

-Mañana vendré a invitarte a cenar. Y al otro. Y al otro. Tengo cuatro meses. Cuatro meses son...ciento y pico de días. 

-Te voy a decir que no todas las veces.

-Vale.

-Vale.




3 de septiembre de 2018

Wolframio



La chica que me gusta tiene el pelo rojo; la boquita asínnnnnnn; los ojos más negros y malos que has visto en tu vida; un ombligo sólo en el centro de una sola barriga, como el desagüe de un lavabo por donde mandas a tomar por culo la espuma de afeitar cuando te afeitas. La chica que me gusta no se llama Aurora, ni Carmen, ni qué linda te ves ni me voy a cortar ahora mismo las venas por ti. Se llama como el h...u...m...o. Se llama ¡¡¡CATACROFFFFF!!!. Se llama dale al play y me la bailas, que te voy a merendar. Y no apagues la luz. Se llama un día soy la reina de Saba, arrodíllate, y al otro qué quieres que te haga hoy ahí, en esa cosa, mía. Se llama un momento huy mira que mariposa tannnnnnn bonita, y al siguiente se llama qué rica que está, mientras todavía se mueven en sus labios las alitas. Se llama yo no sé como se llama. ¿Cómo me voy a acordar de tantos nombres? Si la he llamado fango; mierda de caballo; ojalá te cortara por la mitad un rayo; si la he llamado perra, perra, perra; si la he llamado un diccionario de palabras inventadas, parrucatrópica, melisachurguica, calatiprepsida...si la he llamado grrrrr y fius fius y guau guau guau. Si la he llamado amor, por favor, échame cuenta. Di algo. La chica que me gusta, cuando no dice nada, es un cumulonimbus. Uno gordo a punto de caer. Da mucho miedo y me tiemblan las piernas y quiero salir a correr. Pero siempre me quedo. Porque me gusta. Y porque luego me deja fumar en la cama, como en las películas.





2 de septiembre de 2018

Hierro



...y te quedas mirando a tu media croqueta
(más rever, coño) como si fuera era era era era
el quinto elemento.
Tan linda. Con de todo. Bracitos y piernitas. Qué rico. Una nariz, dos ojotes.
Para comérsela.
Tan qué bien que se paren los relojes. Que este instante dure para siempre.
Tan no, yo más a ti, tan asqueroso y tan bonito.
Y entre suspiros, y sábanas de lino, el puto amor moviendo la colita como un perro.

Y un día se le acaban las pilas. Ya no funciona.

Y la abres.

Y dentro, no hay nada.