9 de septiembre de 2018

Antimonio


-Cuatro meses. Me cago en todo. Joder. Joder. Y ni siquiera sé qué voy a hacer con ellos. ¿Qué harías tú, perro? Supongo que cosas de perro. ¿Tienes dueño? Yo tampoco. Siempre he sido así de hijo de puta. Cuatro meses. Joder. No es que tuviera muchos planes ni una meta donde llegar ni nada de eso; pero coño...Yo nunca he tenido un perro. ¿Te gustaría ser mi perro? Te compraré un plato con tu nombre y haré eso de tirarte putos palitos para que vayas a cogerlos y ¿cómo coño puede decirte un tío vestido de blanco que “yo de usted aprovecharía hasta el último minuto que le quede” y después quedarse callado? Pues se quedó callado, perro. Creo que en ese mismo instante empecé a morirme. Tengo que ponerte un nombre. ¿No? Y presentarte a Molly. Molly es mi chica. Desde hace mucho tiempo. Lo que pasa es que ella no lo sabe. Pido un café, pago y me siento en la misma mesa desde hace dos años. Y la miro. Y ya está. No necesito hacer nada más. ¿Vienes, perro?

-Hola. ¿Café?

-Sí, gracias. Y un vaso de agua.

-¿Es tuyo?

-Emmm...sí. Supongo.

-¿Y cómo se llama?

-Perro.

-¿Lo quieres muy caliente no? El café digo. Uno veinte. Y tu vaso de agua.

¿Ves perro? Desde esta mesa vemos a Molly todo el tiempo. ¿ A que es bonita?   Parecía un poco...molesta. A veces me pregunta cómo estoy. Le digo, bien, y me siento aquí. Otras ni me mira. Y otras se pone a tararear esa mierda de canción que tanto le gusta. A mí no me gusta. Pero me gusta verla tararear. Creo que mis cuatro meses los voy a pasar aquí sentado. Viendo a Molly de cintura para arriba. Como si fuera una sirena y tuviera cola y por eso no saliera de detrás del mostrador. ¿Qué dices, perro? No. No voy a acercarme y decirle...

-Que me gustas. Eso he dicho. 

-Yo, flipo. ¿Que te qué? No has abierto la boca en dos años que llevas viniendo por aquí y de repente don monosílabo me invita a cenar. Coño, si es que ni siquiera sé cómo te llamas. Espera, que me tiro al suelo y me revuelco. ¿Tú estás bien? ¿Y a mi marido también lo vas a invitar a cenar?

-No tienes marido. Ni siquiera tienes gato. Te lo he escuchado decírcelo a algunos clientes muchas veces: “Yo, como mejor estoy, es sola. A tomar por culo. No me hace falta nadie”.

-¿A que llamo a un guardia?

-Me estoy muriendo desde hoy. Me quedan cuatro meses. Mira. ¿Ves? Lo pone aquí. Y he pensado que...

-Me importa una mierda. Bueno, lo siento y eso; pero que me da igual. Que no te conozco de nada y lo mismo eres un pisicópata de esos o yo qué sé y te lías a darme puñaladas detrás de una esquina. Y además que no eres mi tipo ni nada. Oye, yo qué quieres que te diga, si quieres te invito al café. 

-Desde mi mesa eras más guapa. Si lo sé no te digo nada. Perdona. Y gracias por el café. Que por cierto, nunca me ha gustado.

Bueno perro, da igual, nos tenemos el uno al otro. ¿No? 

-Yo también me voy a morir ¿sabes?

-¿Qué?

-Un día. No sé cuál. Pero un día seguro que me muero. Y mira, aquí estoy, poniéndole café a un pisicícopata.

-Se dice psicópata.

-Ya lo sé. Tú nunca te ríes. ¿A que no? 

-Me tiene que hacer gracia.

-Y tengo una tortuga. Que lo sepas.

-¿Porque me miras así? Yo ya me iba.

-¿Me vas a decir tu nombre o tengo que adivinarlo?

-Podría estar escalando el Everest ¿sabes? O gastándomelo todo en no sé qué. Hasta podría atracar un banco. Total...Y sin embargo estoy aquí, invitándote a cenar. 

-¿Y tengo que sentirme afortunada o algo? Porque, joder, me siento como el último deseo de alguien. En las películas piden un  cigarro. O como mucho un filete de ternera. Con patatas y bacon. Podías haberme invitado a cenar antes. 

-¿Y hubieras dicho que sí?

-No. Por lo menos la primera vez.

-¿Cómo la primera vez?

-Bueno, si al día siguiente me lo hubieras vuelto a preguntar pues...

-Pues me hubieras dicho que sí.

-Tampoco. ¿Sabes cuántos tíos me invitan a cenar al cabo de la semana?

-¿Muchos?

-Mogollón. Y nunca he ido a cenar con ninguno. 

-¿Eres lesbiana?

-Soy una cabrona. 

-No me lo creo. Y seguro que ahí detrás tienes cola de sirena. 

-Me parto. ¿Eso lo has leído en algún libro?

-Te gusta. Has sonreído. 

-No he sonreído.

-Claro que has sonreído.

-Que no he sonreído. 

-Mañana vendré a invitarte a cenar. Y al otro. Y al otro. Tengo cuatro meses. Cuatro meses son...ciento y pico de días. 

-Te voy a decir que no todas las veces.

-Vale.

-Vale.




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