29 de septiembre de 2018

Escandio



El árbol no está ahí para darte sombra. No ha crecido por siglos ni ha pasado sed o lo ha partido en dos un rayo alguna vez para que tú vengas ahora a ponerte debajo. Y menos a abrazarlo. Ni siquiera lo conoces. Hace sus cosas de árbol. Toma el sol, crece, da sus frutos. No es tu puto amigo. Pero claro que puedes amarlo. Aunque no te conteste. ¿O no te basta un susurro entre las hojas, del aire? Puedes amar los ríos subterráneos y las grandes corrientes oceánicas; los icebergs y los galápagos; los gatos y los perros y las vacas. Puedes amar si te apetece las grandes montañas, la más pequeña flor que crezca en las cunetas, el silencio, ama el silencio si quieres. Pero a mí, llévame al cine a ver una de esas películas que odias tanto; pero que sabes que tanto me gustan. Compra muchas palomitas. Cógeme de la mano. Mírame sin que yo me de cuenta. Y cuando al final el soldado ponga una rosa roja encima de la tumba de la chica, bésame. Un beso largo y mojado y con los ojos cerrados del que nunca me olvide. Antes de que enciendan las luces.





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