14 de septiembre de 2018

Fósforo



Y allí estaba yo. Jugándomelo todo de farol. Y allí estaba la Pili. Con su as en la manga. Y los dos esperando a que el otro disparara primero:

“-Te he metido en el bolsillo de la chaqueta la receta de la salsa de mi abuela. Sé que te encanta, y seguro que así me echaras de menos mucho menos.”

No hubo besos. Ni un apretón de manos ni un abrazo. La Pili se perdió por el pasillo y mi maleta y yo pulsamos el botón del ascensor.

Doscientos treinta y seis chuf chuf de tren más tarde metí la mano en el bolsillo y saqué un papelito doblado en doce partes: ...dos puñados de tomillo; pan del día antes; pimentón dulce; vinagre...ajo...sal...
Y al final de la nota un epitafio: “Falta un ingrediente. Pero seguro que sabes cuál es”.
Creí leer detrás, “Algún día”; pero detrás no había más que un punto y final. Y silencio. Un silencio que nunca había oído antes.
La salsa jamás me ha salido igual. La de la Pili estaba muchísimo más buena. Más que muchísimo. Siempre querías más. Hasta que se acababa. He probado a ver si era comino, o laurel, o una pizca de mostaza, yo qué sé. Pero no. No sabe a la salsa de la Pili. Ni siquiera se parece. Y hace poco la vi. A la Pili. En la acera de enfrente del brazo de un hombre. De otro hombre. Otro que no era yo. De mi brazo sólo cuelgan las bolsas del mercado o el paraguas. La vi y me sonrió. Después de nueve años. Y la sonrisa de la Pili todavía era la sonrisa más bonita del mundo. Con sus ojos brillantes como bolas de billar y sus hoyitos en la cara un día de lluvia donde los niños ponían barquitos de papel de periódico a navegar y esas cosas que hacen los niños cuando llueve. Y justo en ese instante, antes de que se metiera en una tienda de zapatos y no volviera a verla nunca más, supe que a mi salsa le faltaba, toda esa luz.






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