17 de septiembre de 2018

Paladio



Si fuera a morir en cinco minutos
-si fuera-, no haría otra cosa que
seguir con lo que estaba: comerme una pera; por ejemplo
o hacerme una paja.

No saldría corriendo a ajustar mis cuentas con la vida y desde luego
no subiría un 8.000
ni dejaría una nota pegada al frigorífico para nadie.

Porque ya vivo como quiero.
Ya hago siempre lo que quiero.
Ya no me importa nada. Excepto yo. Por supuesto.

El bien y el mal del hombre cambian de chaqueta cada cierto tiempo.
A Rubens le gustaban gordas, por ejemplo, y un vaquero podía
llenarte de plomo si robabas un caballo.
De hecho dudo de que haya algo de verdad en todo esto
que llamamos sociedad.
Los donuts están buenos, eso, si que es verdad.

Seré crucificado.
Apedreado, traicionado, y enterrado en vida, me dije,
el día que abrí los ojos, tanto, que vomité sobre un señor
que esperaba a mi lado en el semáforo.

Pero aquí estoy. Y aquí a mi lado está la vida. Y fumamos. Y esto
es precisamente lo que voy a hacer
los próximos cinco minutos.

Y decir en voz alta palabras bonitas, claro
como hipocampo o nebulosa o tú.






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